70 – El Espíritu da testimonio a nuestro espíritu

La vida en el EspírituY ahora, he aquí que yo, atado en espíritu, voy a Jerusalén sin saber lo que allá me sucederá, salvo que el Espíritu Santo solemnemente me da testimonio en cada ciudad, diciendo que me esperan cadenas y aflicciones… (Hechos 20:22-23).

         Escuchando los mensajes que se dan a muchos hermanos en esos cultos donde «abundan» las profecías, veo que predomina un tipo de mensaje de este estilo: «Dios te va a usar en grandes cosas, irás a otras naciones con el evangelio y Dios hará grandes cosas a través de ti», o similares. Un porcentaje demasiado elevado son palabras infladas dirigidas a hinchar el ego más que a producir la exhortación para ser un discípulo del Señor en cualquier tipo de circunstancias.

Pablo salió de Éfeso, −un lugar donde había vivido momentos de gran testimonio del evangelio−, y se dirigió a Jerusalén, donde sabía le esperaban cadenas y aflicciones, así como una gran resistencia a su mensaje. Dice: «atado en espíritu, voy a Jerusalén sin saber lo que allá me sucederá». Sabe con certeza que no puede escapar de acudir a la ciudad donde estaba la primera congregación, y también el epicentro de sus mayores detractores. Jesús también afirmó su rostro para ir a Jerusalén cuando le llegó el tiempo (Lc. 9:51 LBLA). Pablo seguía a su Maestro. Lo hacía atado en espíritu, sin otra alternativa y sin saber con claridad lo que allí le esperaba, aunque tenía el testimonio del Espíritu de que le esperaban cadenas y aflicciones.

Meditemos. El Espíritu Santo daba testimonio al espíritu de Pablo de que se encaminaba directamente a experimentar tiempos de tribulación. ¡Qué gran debate en la iglesia de hoy sobre si la iglesia pasa o no por la gran tribulación! Pablo se encaminaba directamente a ella, lo hacía atado en espíritu y además el Espíritu Santo se lo confirmaba. La nube se había levantado para el apóstol de los gentiles. Dejando atrás la ciudad de Éfeso, donde era reconocido y aceptado ampliamente, se encamina a la ciudad donde sería rechazado, odiado y amenazado de muerte. Jesús también sabía que en Jerusalén le esperaban la cruz, la muerte… y la resurrección. Pablo supo que seguía a su Maestro y nos dejó una declaración para enmarcar cuando los discípulos quisieron impedir que viajara a la capital de Israel: «Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el  ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios» (Hch. 20:24).

         A todos nos llega el tiempo cuando el Espíritu Santo nos guía a nuestra Jerusalén sin que podamos eludirla; y atados en espíritu no podamos evitarla.

 

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