LA VIDA EN EL ESPÍRITU – Capítulo 3 – La enseñanza de Jesús

La vida en el Espíritu - MeditacionesCapítulo 3 – LA ENSEÑANZA DE JESÚS SOBRE EL ESPÍRITU SANTO

Veamos ahora la enseñanza de Jesús sobre la importancia del Espíritu Santo. El Maestro pone un énfasis muy pronunciado en la obra del Consolador desde el inicio de la vida de los discípulos. Lo explica a Nicodemo y la mujer samaritana. Después enseñará a los suyos la trascendencia del Espíritu Santo después de su partida. Jesús enseñó a los discípulos su importancia esencial para que fueran guiados a toda verdad, recordar sus enseñanzas, dar testimonio de él, convencer al mundo de pecado, glorificarle en la tierra y esperar del Padre la promesa del Espíritu sobre sus vidas después de su ascensión.

  1. Nacidos del Espíritu para entrar en el reino (Jn.3:5-8)
  2. El don de Dios es agua viva (Jn.4:10)
  3. Brotarán ríos de agua viva (Jn.7:37-39)
  4. Otro consolador (Jn.14:16)
  5. El Espíritu de verdad (Jn.14:16-18)
  6. El Espíritu enseña y recuerda (Jn.14:25-26)
  7. El Espíritu da testimonio de Jesús (Jn.15:26-27)
  8. El Espíritu convence de pecado, justicia y juicio (Jn.16:7-11)
  9. El Espíritu guía a la verdad (Jn.16:12-13)
  10. El Espíritu glorifica a Jesús (Jn.16:12-15)
  11. Recibid el Espíritu Santo (Jn.20:21,22)
  12. La promesa del Padre (Lc.24:49 y Hch.1:4,5)
  13. Poder para ser testigos/mártires (Hch.1:6-8)

18 – Nacidos del Espíritu para entrar al reino

Jesús respondió: En verdad, en verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es… El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de donde viene ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu  (Juan 3:5-8).

         El encuentro de Jesús con Nicodemo es uno de los episodios más conocidos del Nuevo Testamento. En esta conversación personal entre el Maestro y este fariseo prominente, encontramos verdades esenciales que debemos retener a lo largo de nuestra vida cristiana. En primer lugar, Jesús enseña que para ver el reino de Dios hay que nacer de nuevo. Curiosamente el Maestro habla antes de ver que de entrar (Jn.3:3,5). Y antes de ver y entrar en el reino debemos nacer del agua (figura de la palabra de Dios Ef. 5:26; Stg.1:18; 1 Pedro 1:23) y del Espíritu. Pablo dice que estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, que la paga del pecado es muerte; y el profeta Isaías nos dice que nuestros pecados han hecho separación entre nosotros y Dios para no escucharnos (Is. 59:2). Por tanto, necesitamos nacer de nuevo a la vida de Dios, la vida y la gloria que perdimos en Adán, que ahora recuperamos en Cristo. Para ello es esencial la acción de la palabra y el Espíritu. Nacemos de la palabra y del Espíritu. Y una vez que hemos nacido de nuevo entramos a formar parte del reino de Dios, por el mismo Espíritu. También el apóstol nos enseña que hemos sido bautizados en un cuerpo por el mismo Espíritu (1 Co.12:13). Por lo tanto, el Espíritu de Dios nos hace nacer de nuevo, y nos permite ver y entrar en el reino de Dios. Somos trasladados de la potestad de las tinieblas al reino de su Amado Hijo (Col.1:13). También nos capacita para discernir el reino y separarlo del sistema de este mundo. En el nuevo nacimiento recibimos nuevos sentidos espirituales para discernir las cosas del Espíritu y saber lo que Dios nos ha concedido (1 Co.2:10-14). Ahora tenemos dos naturalezas con dos nacimientos, uno carnal y otro espiritual. Nicodemo no acababa de entenderlo y preguntó a Jesús: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo ya viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?  Puedes leer toda la conversación en el capítulo 3 del evangelio de Juan. Lo que debemos entender bien es que la vida cristiana tiene su inicio mediante un nuevo nacimiento engendrado por el Espíritu y la palabra para poder ver y entrar en el reino de Dios.

         La vida cristiana es sobrenatural. Comienza con un nacimiento interior por el Espíritu Santo; como Jesús nació milagrosamente en el vientre de María.

19 – El don de Dios es agua viva

Respondió Jesús y le dijo: Si tú conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tu le habrías pedido a Él, y El te hubiera dado agua viva  (Juan 4:10).

         Otra sorprendente conversación personal de Jesús con una mujer samaritana nos vuelve a dejar verdades eternas sobre la vida en el Espíritu. El Maestro llama «el don de Dios» a la obra del Espíritu en el interior de la persona. Y ese don de Dios lo relaciona con agua viva. Podemos verlo también en Juan 7:37-39. Pues bien, el Espíritu Santo es el don de Dios para todos aquellos que creen en Jesús. Fue también el mensaje del apóstol Pedro el día de Pentecostés: Arrepentíos y sed bautizados cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hch.2:38).

El Espíritu Santo actúa como agua viva refrescando y calmando nuestra sed interior. El vacío existencial del ser humano es llenado por una fuente de vida que salta en él para vida eterna. El Espíritu nos devuelve la comunión perdida con Dios. La sed por el sentido vital en el hombre, a causa del pecado, es ahora calmada y llenada por la fuente de vida que Dios introduce en nuestro espíritu por su Espíritu. Este es el mensaje que Jesús le está dando a la mujer samaritana. Esa nueva vida calma la sed de búsqueda incesante porque nos conecta con la Fuente de vida y salud eterna. El apóstol Pablo mantiene esta verdad cuando enseña a los corintios que han creído en el nombre de Jesús, diciéndoles que han sido bautizados en un solo cuerpo por el Espíritu, y a todos se nos dio a beber del mismo Espíritu (1 Co.12:13).

Por tanto, no necesitamos embriagarnos con vino, en lo cual hay disolución, sino que necesitamos ser llenos del Espíritu. Llenos de agua viva que riega todo nuestro ser interior para vivir saciados, satisfechos y capacitados para compartir el evangelio en un mundo sediento de verdad y vida. El Espíritu se bebe ¿cómo? por el reconocimiento de que Jesús es el Mesías; por invocar su nombre. Dios es rico para con todos los que le invocan. La mujer samaritana reconoció a Jesús como el Mesías que había de venir y fue llena del agua viva del Espíritu. Su primera manifestación fue dejar su cántaro, ir a la ciudad y decir a sus habitantes que tenían al Mesías en el pueblo. Muchos creyeron por su palabra y muchos más por la palabra de Jesús mismo.

         El don de Dios cambia nuestras vidas, sacia nuestra sed, y nos hace adoradores y testigos de la verdad que Jesús es el Mesías.

20 – Brotarán ríos de agua viva

El que cree en mí, como ha dicho la Escritura: De lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva. Pero El decía esto del Espíritu, que los que habían creído en El habían de recibir; porque el Espíritu no había sido dado todavía, pues Jesús aún no había sido glorificado  (Juan 7:38-39).

         El Maestro se pone en pie, alza su voz, —exclamó en alta voz— e invitó a los presentes en la fiesta de los Tabernáculos (Sucot) a venir a él y beber. Luego identificó esa acción con creer en él como está dicho en la Escritura, y recibir en lo más hondo del ser un manantial de agua viva, ríos de agua viva. No me extraña que en alguna ocasión dijeran de él: ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre! (Jn.7:46). Una vez más vemos la relación existente entre la fe en Jesús y una operación interior en el corazón del hombre, mediante el Espíritu Santo, relacionándolo con agua viva. La misma vida de Jesús derramada en nuestro interior como agua. Una fusión líquida que transforma al ser humano en otro hombre. Así fue con el mismísimo rey Saúl (1 Sam.10:6). Notemos lo siguiente. Jesús apela a creer en él ya ahora, y recibir más adelante la manifestación de los ríos de agua viva que ya estarían presentes en el creyente, aunque sin la manifestación definitiva. Eso lo dijo pensando en la obra posterior del Espíritu en la vida de aquellos que creían en él. Es decir, primero creer y ser sellados con el Espíritu Santo, hasta llegar al momento cuando se manifestara en plenitud la vida del Espíritu, puesto que aún Jesús no había sido glorificado, y por tanto, el día de Pentecostés y el derramamiento del Espíritu sobre toda carne no había llegado tal como estaba profetizado por Joel. Pensemos. Primero creer en Jesús. Luego recibir las primicias del Espíritu; porque nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu (1 Co.12:3). Es decir, no podemos ser creyentes en Jesús sin tener ya el Espíritu actuando en nosotros. Sin embargo, quedan manifestaciones futuras, desbordamientos de los ríos de agua viva, —su activación—, en aquellos que creían en él, y que tendría lugar a partir de que Jesús fuera glorificado, suceso que aún no se había producido. Fue el mensaje de Pedro el día de Pentecostés. Así que, exaltado a la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís (Hch. 2:33). Por tanto, la vida cristiana tiene, ―sí―, varias experiencias progresivas. La fe en Jesús nos lleva a la activación de los ríos de agua viva en nuestro interior como una obra poderosa y posterior a nuestra conversión.

Los que han creído en Jesús deben llegar a la activación de los ríos de agua viva, mediante el Espíritu Santo, en lo más hondo de su ser.

21 – Otro Consolador

Y yo rogaré al Padre, y El os dará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre…  (Juan 14:16).

         Los últimos días de Jesús al lado de sus discípulos, antes de ser entregado, fueron muy intensos. Reunió a los suyos para darles las últimas instrucciones. En los capítulos 13 al 17 del evangelio de Juan tenemos los diversos mensajes que el Maestro anunció a los doce. Una buena parte de esos discursos tenían que ver con la obra posterior del Espíritu Santo. Jesús sabía que su tiempo estaba cerca, regresaría al Padre, pero vendría el Ayudador y Consolador para continuar la obra iniciada por él.

Queremos en las siguientes meditaciones pararnos en los mensajes específicos que Jesús hace sobre la obra del Espíritu. Comienza con un ruego al Padre. La venida del Espíritu forma parte de la oración de Jesús. Es su petición. Esto debe llevarnos a comprender la importancia que el Señor le da a la continuación de la obra iniciada por él mismo. Sabe que los discípulos necesitarán la acción del Consolador en ellos, por tanto, es un ruego de Jesús que les sea dado el Espíritu. La obra de Dios es imposible sin el Espíritu de Dios. Jesús inició su ministerio siendo lleno del Espíritu, dependió de él en todo momento, y sabía que la continuidad del mensaje precisaba su acción sobre los apóstoles. En primer lugar lo llama el Consolador, ―paracletos―, en griego, que significa uno llamado al lado de otro para ayudar. Ser enviados a proclamar el evangelio necesita la capacitación del Espíritu, su consolación y ayuda, de lo contrario el hombre no podrá llevarlo a cabo. Además debe estar con ellos para siempre. Predicar el evangelio es entrar de lleno en el reino de las tinieblas y saquearlo. La oposición y persecución será inevitable y muy fuerte; Jesús lo sabía, por ello rogó al Padre para que enviase el Consolador a sus discípulos para que estuviera con ellos para siempre, y pudieran cumplir la misión encomendada. Si no somos capaces de entender esta dependencia vital del Espíritu para realizar la obra, y derivamos en la búsqueda de recursos humanos más que sobrenaturales, pondremos las bases para la derrota. No podemos hacer la obra de Dios sin la ayuda de Dios mediante su Espíritu. Es arrogancia y soberbia pretender hacerlo sin su ayuda. Es autosuficiencia. Pronto habremos levantado un edificio espurio que nada tiene que ver con el reino de Dios.

         Jesús rogó al Padre para que enviase a sus discípulos el Consolador y estuviera con ellos para siempre. Es la única manera de poder realizar la misión encomendada.

22  – El Espíritu de verdad

Y yo rogaré al Padre, y El os dará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre; es decir, el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque ni le ve ni le conoce, pero vosotros sí le conocéis porque mora con vosotros y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros  (Juan 14:16-18).

         El Consolador también es el Espíritu de verdad. Jesús ya había confrontado la oposición a la verdad revelada a través del diablo mismo y de los hijos de desobediencia, aquellos que se oponen a la verdad, y el Señor les envía un espíritu engañoso para que crean la mentira (2 Tes. 2:10-12). El Maestro había comprobado la oposición tenaz de aquellos que resisten la verdad con toda clase de sutilezas y maniobras, incluso usando argumentos bíblicos para resistir el avance de la verdad de Dios. Jesús comprende que sus discípulos van a necesitar la acción del Espíritu de verdad en ellos para poder hacer frente a las riadas de mentira y vanos argumentos que se levantarán contra el conocimiento de Dios. Por eso pide al Padre que les envíe el Consolador, el Ayudador y Espíritu de verdad. Ese Espíritu de verdad es el Espíritu Santo, a quién los discípulos ya conocen en parte, porque ya moraba con ellos (llevaban tres años viendo su operación a través de Jesús), y estaría en ellos (una acción interior cuando el Espíritu Santo viniera en plenitud el día de Pentecostés, puesto que Jesús aún no había sido glorificado).

Este hecho les permitiría no sentirse huérfanos en un mundo dominado por el engaño y el padre de la mentira (1 Jn.5:19) (Jn.8:44). La obra apostólica no puede llevarse a cabo sin el Espíritu de verdad. Los discípulos ya habían hecho obras mediante la operación del Espíritu Santo: habían echado fuera demonios, sanado a los enfermos, resucitado muertos; pero necesitarían una capacitación mayor para realizar la obra posterior a la exaltación de Jesús a la diestra del Padre, cuando les fuera quitado el Maestro y ellos mismos iniciaran la misión encomendada, y para ello era esencial recibir el Espíritu de verdad y Consolador. En el mundo opera otro espíritu; el príncipe de la potestad del aire que opera en los hijos de desobediencia; huestes espirituales de maldad en las regiones celestes (Ef.6:12); por ello, no pueden recibir el Espíritu de verdad, ni conocerle, hasta que la proclamación del evangelio, el mensaje de vuestra salvación, traiga la luz necesaria para ser creído, recibido y sean sellados por el Espíritu.

La proclamación del evangelio necesita, de principio a fin, el Espíritu de verdad operando en los discípulos para combatir el predominio de la mentira.

23  – El Espíritu enseña y recuerda

Estas cosas os he dicho estando con vosotros. Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quién el Padre enviará en mi nombre, El os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho (Juan 14:25-26).

         Jesús insiste en la próxima llegada del Consolador y Ayudador. Lo enviará el Padre en su nombre para que enseñe a los suyos y les recuerde la enseñanza de Jesús. Por tanto, tenemos que algunas de las operaciones esenciales del Espíritu de Dios son enseñarnos y recordarnos la verdad que Jesús ha anunciado. Aquí encontramos un principio básico de interpretación y clarificación en los casos de controversia: el Espíritu Santo nunca contradice la enseñanza de Jesús, sino que la recuerda. El Espíritu no trae cosas nuevas, sino las que ya han sido anunciadas por el Hijo de Dios. No hay ninguna posibilidad de contradicción en esto. Dios es Uno, y actúa en perfecta unidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pablo llega a decir en 2 Corintios 3:17 que El Señor es el Espíritu. Son Uno, y Jesús y el Padre son Uno también (Jn. 17: 21). Por tanto, nadie puede decir que habla por el Espíritu y llamar a Jesús anatema, o decir que no se ha manifestado en carne (1 Co.12:3) (1 Jn. 4:2,3). Hay que probar los espíritus para saber si son de Dios.

Los discípulos de Jesús estamos ligados a depender del Espíritu de verdad y su acción en nosotros, de otra manera no podremos anunciar el evangelio de la verdad, sino otros evangelios. La continuidad del mensaje de Dios está unida al Espíritu de verdad y a hombres fieles. Debemos guardar el buen depósito, como Pablo dijo a Timoteo. Pelear la buena batalla de la fe, combatir ardientemente por la fe que ha sido dada una vez a los santos, debemos combatir por la verdad del evangelio, y para ello estamos ligados a una dependencia esencial: el Espíritu de verdad. En algunas ocasiones las verdades del evangelio han sido olvidadas y llegado el momento el Espíritu de Dios las ha vivificado, para que la verdad de Dios olvidada o deformada sea nuevamente liberada por el Espíritu de verdad en boca de hombres fieles, dispuestos a ser testigos de ella ante la oposición mayoritaria, en ocasiones, de las instituciones religiosas. Paradójico, pero muy histórico. La historia de la iglesia está llena de lo que acabo de decir. Hay muchos ejemplos de ello. Ahora bien, no hablo de nuevas revelaciones en boca de iluminados, sino de verdades olvidadas, reveladas en la Escritura, que durante un tiempo son escondidas a los hombres. En ocasiones por generaciones.

         El Espíritu de verdad nos recuerda la verdad que está en Jesús y siempre la confirma, nunca la contradice.

24  – El Espíritu da testimonio de Jesús

Cuando venga el Consolador, a quién yo enviaré del Padre, es decir, el Espíritu de verdad que procede del Padre, El dará testimonio de mí, y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio (Juan 15:26-27).

         Vemos una y otra vez como el Señor apela a sus discípulos para que tengan presente la obra futura del Espíritu sobre ellos. Les recuerda en varias ocasiones en el mismo discurso que vendrá el Consolador, enviado del Padre en su nombre, que es el Espíritu de verdad, para que anuncien el evangelio de la verdad. Jesús dijo que el Espíritu les enseñaría y recordaría todo lo que él mismo había dicho; y además daría testimonio de él. Por tanto, no hay lugar a equívocos. El Espíritu Santo reafirma la enseñanza del Maestro y la sella en la vida de aquellos que han de dar testimonio también. El Señor habló a los suyos de una combinación perfecta entre el Espíritu y aquellos que han de anunciar el mensaje, ambos dan testimonio en unidad y dependencia.

El Espíritu de Dios busca hombres fieles, y estos deben someterse a la voluntad del Espíritu para dar testimonio de la verdad. Es el principio de Pablo a Timoteo. Esta comisión te confío, hijo Timoteo, conforme a las profecías que antes se hicieron en cuanto a ti, a fin de que por ellas pelees la buena batalla (1 Tim.1:18). No descuides el don espiritual que está en ti, que te fue conferido por medio de la profecía con la imposición de manos del presbiterio (1 Tim.4:14). Luego le recuerda que avives el fuego de don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos (2 Tim.1:6). Y también le dice: Guarda, mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros, el tesoro que te ha sido encomendado (2 Tim. 1:14). El Espíritu da testimonio, y aquellos que han sido llamados también. Pablo muestra el proceso que debe seguir la revelación de Dios pasando de generación en generación. Y lo que has oído de mí en la presencia de muchos testigos, eso encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros (2 Tim.2:2). Este es el modelo de Dios para transmitir la fe a las futuras generaciones. Recordemos una palabra más de Pablo a Timoteo: Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de que avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad (2 Tim.2:15). El Espíritu de Dios no da testimonio de sí mismo; el obrero del Señor tampoco debe hacerlo, sino de aquel que lo compró y le envió para dar testimonio de Jesús. El es el evangelio mismo.

         El Espíritu da testimonio de Jesús y nosotros también debemos hacerlo.

25 – El Espíritu convence de pecado, justicia y juicio

Pero yo os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré. Y cuando El venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio; de pecado, porque no creen en mí; de justicia, porque yo voy al Padre y no me veréis más; y de juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido juzgado (Juan 16:7-11).

         En todo el discurso de Jesús hay una apelación constante a la obra que realizará el Espíritu Santo una vez que él se haya ido. Lo llama una y otra vez el Consolador, «paracleto», uno llamado al lado de otro para ayudar. Incluso dice que les conviene que él se vaya para dar lugar a la obra del Ayudador. Hasta esos días el Espíritu se había manifestado en diversas ocasiones, especialmente en dirigentes del pueblo de Israel: sacerdotes, profetas y reyes. Ahora Jesús anuncia una obra universal de la acción del Espíritu, en primer lugar sobre los que él ha llamado para anunciar el evangelio, pero además, la obra divina tendrá una dimensión global convenciendo al mundo de pecado, justicia y juicio. Una vez más encontramos que la acción del Espíritu es esencial en la misión evangelizadora. Nosotros damos testimonio de Jesús, anunciamos el mensaje libertador, pero sin el testimonio interno del Espíritu en la persona receptora del evangelio no habrá consecuencias trascendentales. Jesús enviaría el Espíritu con diversas funciones: revelar la verdad, enseñar y recordar sus palabras; ahora incluye convencer al mundo de pecado, justicia y juicio. En primer lugar pecado. Ese pecado tiene que ver con la incredulidad, la negación de que Jesús ha venido en carne para salvar. Fue la obra realizada el día de Pentecostés. Una vez oído el mensaje anunciado por Pedro, los oyentes dijeron: al oír esto, compungidos de corazón, dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: hermanos, ¿qué haremos? La respuesta del apóstol no dejó lugar a dudas: arrepentíos, sed bautizados y recibiréis el don del Espíritu Santo. Fueron convencidos de su pecado.

Si se predica el evangelio y no hay convencimiento de pecado la obra del Espíritu no está en acción. Habrá argumentos humanos, religiosos, emoción, pero sin la obra interna en el corazón del hombre sobre su propia iniquidad, reconociendo haber trasgredido la ley de Dios, no habrá avance del reino. Luego dice de justicia. El Espíritu convence de justicia. ¿Qué justicia? Solo hay una, la de Dios, y se ha manifestado en la persona del Hijo. Somos hechos justicia de Dios en él. Y finalmente de juicio. El juicio venidero al que todos estamos sujetos.

         El Espíritu Santo consuela y convence de pecado revelando a Jesús.

26 – El Espíritu guía a la verdad

Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis soportar. Pero cuando El, el Espíritu de verdad, venga, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber lo que habrá de venir (Juan 16:12-13).

         Me fascina la confianza que Jesús muestra en la obra posterior del Espíritu Santo sobre la vida de los discípulos. El Maestro sabe que los suyos no son capaces de absorber, asimilar y digerir todo lo que están viendo y oyendo en boca de su Señor. Incluso sabe que no tienen la capacidad de comprender muchas de las cosas que han sucedido y están por suceder. Por eso le dijo a Pedro en cierta ocasión: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después (Jn.13:7). La verdad está en Jesús. La verdad debe ser revelada progresivamente mediante la obra del Espíritu Santo en la vida de aquellos que aman la verdad. El mismo Pedro en cierta ocasión tuvo que decir: Ahora comprendo que Dios no hace acepción de personas (Hch.10:34). Y más adelante, explicándolo a los que eran de la circuncisión, les dijo así: Entonces me acordé de las palabras del Señor, cuando dijo: Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo (Hch.11:16). ¿Cómo lo supo? El Espíritu Santo le recordó lo que Jesús había dicho. Comprender y recordar las palabras de Jesús es una obra directa del Espíritu sobre sus discípulos. El apóstol Juan escribió: Cuando resucitó de los muertos, sus discípulos se acordaron de que había dicho esto; y creyeron en la Escritura y en la palabra que Jesús había hablado (Jn.2:22). Aquí se trataba de otro misterio sin resolver en la mente de los apóstoles acerca de la destrucción del templo, hecho en 46 años, y levantado uno nuevo en solo tres días. Los judíos no lo comprendieron, pero los apóstoles tampoco.

El Espíritu no habla por su propia cuenta. No podemos aceptar un supuesto mensaje de algún profeta o maestro diciendo hablar en nombre de Dios si lo que dice no concuerda con las palabras del Maestro. Jesús es la verdad y el Espíritu también es la verdad. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad (1 Jn.5:6). Por tanto, siempre hay acuerdo en Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Espíritu de Dios también puede revelar lo que habrá de acontecer en el futuro, no en vano reveló a Juan el Apocalipsis, pero siempre en concordancia con la enseñanza de Jesús y la palabra revelada en la Escritura. Nosotros también debemos confiar en la obra del Espíritu una vez hemos anunciado y proclamado el evangelio.

         El Espíritu, que es la verdad, nos guía a la verdad y no hay mentira en El.

27 – El Espíritu glorifica a Jesús

Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis soportar. Pero cuando El, el Espíritu de verdad, venga, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber lo que habrá de venir. El me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que El toma de lo mío y os lo hará saber  (Juan 16:12-15).

         Hubo un tiempo —y en ciertos contextos denominacionales sigue existiendo— cuando algunos predicadores parecían mostrar en sus mensajes una pugna entre predicar a Jesús o predicar al Espíritu. Como si hubiera alguna rivalidad entre ambos. Craso error. Jesús lo resuelve de un plumazo en su enseñanza a los discípulos: El me glorificará. Antes había dicho que no hablará por su propia cuenta, sino que os mostrará y recordará las palabras que os he hablado. Nunca hemos sido enviados a predicar al Espíritu, sino a Jesucristo, y este crucificado. El Consolador viene para ayudarnos, capacitarnos y dar testimonio juntamente con nosotros, pero nunca para rivalizar con el Hijo de Dios. El Espíritu Santo glorifica a Jesús. Revela a Jesús. Convence de pecado, justicia y juicio para mostrar la salvación obtenida por el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Por tanto,  no puede haber conflicto en esto. Donde la alabanza exalta al rey de gloria, al Hijo de Dios, el Unigénito del Padre, allí está en acción el Espíritu Santo glorificándole. El Espíritu de Dios no atrae la mirada sobre sí mismo, sino sobre Jesús. Ha sido enviado para revelar al Hijo, glorificarle y capacitar a los discípulos para hacer lo mismo. Cuando el énfasis de un predicador recae sobre sí mismo, su potencialidad, su carisma, sus experiencias, se convierte en el mensaje en lugar del mensajero. Grave error.

Dios no comparte su gloria con nadie. Dios es Uno, pero en la predicación del evangelio el punto de mira está focalizado sobre el Hijo, el Substituto, nuestro Redentor y Salvador, aunque sabemos que toda la Trinidad está involucrada en la salvación del hombre. El Padre envía al Hijo, que hace la obra, y el Espíritu Santo revela y sella la verdad en los corazones que creen en Jesús y rinden sus vidas a su Señor. Todo en unidad, sin rivalidades inventadas por mentes retorcidas. El Espíritu de Dios glorifica a Jesús y nosotros debemos hacer lo mismo si andamos en el Espíritu, somos llenos de Él y vivimos por El. Sencillo para los sencillos.

         El Espíritu siempre glorifica a Jesús y no comparte la gloria con predicadores centrados en sí mismos.

28 – Recibid el Espíritu Santo

Jesús entonces les dijo otra vez: Paz a vosotros; como el Padre me ha enviado, así también yo os envío. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo  (Juan 20:21,22).

         Jesús ha muerto; ha sido sepultado y se ha levantado de la muerte. La resurrección ya ha comenzado a ser revelada a los suyos, con ciertas reticencias van comprendiendo algo de lo que ha ocurrido en la ciudad de Jerusalén los últimos días. El Mesías ha resucitado, pero aún no ha sido glorificado a la diestra del Padre. Los siguientes cuarenta días Jesús les va a hablar del reino a los discípulos, las últimas instrucciones antes de partir. En uno de esos cuarenta días, después de haberse manifestado a los suyos, otra vez se presenta ante ellos; en esta ocasión sopla y les dice: Recibid el Espíritu Santo. Interesante escena. Me recuerda la experiencia del profeta Ezequiel en el capítulo 37 de su libro. El Espíritu del Señor le puso en medio de un valle lleno de huesos secos. Luego le dijo que profetizara al espíritu, y el espíritu entró en ellos, y vivieron y se pusieron en pie. Más adelante dice: Pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis, y os pondré en vuestra tierra.

Ahora tenemos a Jesús soplando sobre los apóstoles para que reciban el Espíritu Santo. Sin embargo, el contexto de los acontecimientos nos muestra que no se produjo ninguna experiencia sobre los discípulos, más bien parece que el Señor les está impartiendo la promesa del Padre que deberá manifestarse en unos días. Les transmite la comisión que el Padre le había encomendado. Como el Padre me ha enviado, así también yo os envío. La tradición judía muestra esta verdad en diversos acontecimientos relevantes  de su historia. Lo vemos en la bendición de Jacob a sus doce hijos antes de morir. Lo vemos en la despedida de Moisés y la comisión a Josué. También cuando Elías fue llevado al cielo y transmitió a Eliseo la continuidad de la obra, prefigurada en el manto del profeta de fuego. Jesús dice: Recibid. Como diciendo: tened la disposición de hacerlo, estad preparados para el momento oportuno. Lo anunció en fe, esperando la promesa del Padre, el día cuando llegaría en plenitud el Espíritu. Lo sabemos porque no vemos ninguna manifestación evidente de la obra del Espíritu en ellos, sin  embargo, después de Pentecostés se hizo manifiesto a todo el pueblo que el Padre envió la promesa y los discípulos fueron transformados y capacitados para la obra.

         La obra del Espíritu en los discípulos es un proceso gradual hasta la plenitud, con diversos repartimientos del Espíritu en momentos distintos.

29 – La promesa del Padre

Y he aquí yo enviaré sobre vosotros la promesa de mi Padre; pero vosotros, permaneced en la ciudad hasta que seáis investidos con poder de lo alto [] Y reuniéndolos, les mandó que no salieran de Jerusalén, sino que esperaran la promesa del Padre: La cual, les dijo, oísteis de mí; pues Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de pocos días   (Lucas 24:49 y Hechos 1:4,5).

         Seguimos en el periodo entre la resurrección y la ascensión de Jesús. Fueron cuarenta días en los que el Maestro, por el Espíritu Santo, les dio instrucciones a los apóstoles escogidos. Durante ese tiempo les habló de lo concerniente al reino de Dios, y luego reuniéndolos les mandó que no salieran de la ciudad de Jerusalén hasta que se cumpliera la promesa del Padre. Esta promesa era la venida del Espíritu sobre ellos. En los pasajes que meditamos ahora encontramos algunos detalles que me gustaría resaltar. La promesa del Padre está vinculada estrechamente a la ciudad de Jerusalén. Jesús les encargó rigurosamente que no salieran de la capital de Israel. La mayoría de ellos era de Galilea, incluso Jesús había estado con ellos en esa región después de resucitar (Mateo 28:6,10,16). Pero el énfasis está puesto sobre la ciudad de Jerusalén, donde debía cumplirse el advenimiento de la promesa, es decir, el derramamiento del Espíritu Santo. Era el lugar del templo. Uno nuevo iba a surgir inmediatamente, y todo ello debía tener lugar en la ciudad de David.

Hoy tenemos un conflicto irresoluble por la ciudad de Jerusalén. Para los judíos es su capital innegociable. El pueblo árabe también quiere establecer en ella la capital de un hipotético estado palestino. Ambas cosas son imposibles. Los profetas de Israel han dicho que la venida del Mesías tendrá lugar en la ciudad de Jerusalén. Los ángeles que aparecieron a los apóstoles cuando Jesús fue tomado al cielo dijeron: Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, vendrá de la misma manera, tal como le habéis visto ir al cielo (Hch.1:11). Está escrito que pisará el monte de los olivos cuando regrese (Zacarías 14:3,4). Tal vez ahora podemos comprender algo más la naturaleza  del conflicto que vivimos en Oriente Medio. La promesa del Padre está vinculada a la ciudad de Jerusalén; además incluye ser investidos de poder de lo alto, o dicho de otra forma, bautizados (sumergidos) con el Espíritu Santo.

         La obediencia de los apóstoles los condujo a permanecer en la ciudad de Jerusalén para ser investidos, o bautizados, con poder y realizar la obra encomendada. Todo ello era la promesa del Padre.

30 – Poder para ser testigos/mártires

Entonces los que estaban reunidos, le preguntaban, diciendo: Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel? Y El les dijo: No os corresponde a vosotros saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con su propia autoridad; pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra   (Hechos 1:6-8).

         La obra de Dios no puede ser hecha a través del potencial humano. ¿Qué es el hombre? Jesús necesitó la potencia del Espíritu para realizar la voluntad de Dios; ahora les recuerda a los suyos que no es posible hacerlo sin la intervención de la promesa del Padre. Los apóstoles seguían elucubrando sobre la posibilidad de que en poco tiempo se manifestara el reino de Dios entre ellos. Su mente judía y práctica les llevó una vez más a esperar una manifestación distinta a la que el Padre tenía pensada. Hasta ese punto y hasta el último momento (estamos en los instantes anteriores a la ascensión de Jesús al cielo) los encargados de la continuidad de la obra de Jesús no comprendían realmente la naturaleza de los acontecimientos que se acababan de producir en Jerusalén. El Maestro orienta sus pensamientos en otra dirección.

Hay tiempos y épocas fijadas por el Padre que corresponden a su autoridad no a la nuestra. Pero debemos saber lo que nos corresponde hacer a nosotros. Jesús les dice: a vosotros os toca recibir el poder del Espíritu Santo para ser testigos, es decir, mártires. ¡Hasta ese punto se daba cuenta el Señor del conflicto que significaría predicar el evangelio! Los apóstoles necesitaban el potencial del Espíritu para ser testigos no para alardear de unción. Tampoco para exhibir dominio. No. Para poder dar testimonio del evangelio de Jesús poniendo sus vidas en riesgo hasta la muerte. Poco después tendrían ocasión de vivirlo in situ. Ambas cosas van juntas: el poder del Espíritu y la exposición a la muerte. ¡Qué lejos estamos hoy de entender lo que significa anunciar el reino! Hemos convertido el recibimiento del poder del Espíritu en una especie de experiencia para iniciados, una exclusiva para ciertas denominaciones solamente, una práctica extravagante para el entretenimiento y la curiosidad de las masas reunidas para exhibirse a sí mismas. No. No es eso. Dudo que esas manifestaciones tengan algo que ver con las palabras de Jesús a los que debían ser testigos —mártires— en la ciudad de Jerusalén, en toda Judea, Samaria y hasta los confines de la tierra.

         El poder del Espíritu está vinculado a ser testigos y mártires de Jesús.

Download PDF

Deja un comentario