10 – LA LUCHA INTERIOR – El rencor quiere matar

Lucha interiorEl rencor quiere matar

Esaú, pues, guardó rencor a Jacob a causa de la bendición con que su padre lo había bendecido; y Esaú se dijo: Los días de luto por mi padre están cerca; entonces mataré a mi hermano Jacob  (Génesis 27:41).

Alguna razón podía haber tenido Esaú para aborrecer a su hermano, aunque él mismo había menospreciado la primogenitura. El menospreciador nunca tiene en cuenta las consecuencias de sus actos. Se alimenta de rencor dirigido a matar. El rencor mata. Está en su ADN. El resentimiento primeramente destruye la salud interior de uno mismo, luego quiere alargar su extenso brazo para alcanzar a todo aquel que vea como objeto de su aflicción. Nunca piensa en la responsabilidad que pueda haber contraído él mismo. Está orientado a buscar culpables de sus desdichas, sin reparar en ningún momento que pudiera haberlas atraído él mismo, o al menos ser parte de ellas.

Esaú quedó ciego de rencor cuando supo que le habían suplantado en la primogenitura. Cuando se sintió engañado no pudo recordar que él mismo la había menospreciado. El corazón malo nunca recuerda sus propias acciones pecaminosas, solo ve enemigos que le han robado lo que un día desestimó. Ahora es dominado por el deseo de matar, aunque sea a su propio hermano.

El rencor ciega y apaga los afectos naturales. Y toda esta lucha forma parte de nuestro conflicto interior. Cuando vemos que Dios ha bendecido a otros hermanos más que a nosotros podemos quedar atrapados en la envidia y el resentimiento de sentirnos despreciados, aunque el Señor nos haya dado distintos dones y funciones que complementan la familia de la fe. Formamos parte de un mismo cuerpo, y en el cuerpo hay diversidad.

Si el rencor está presente no podremos aceptar, ni reconocer, la función de otros, nos ciega la soberbia de no estar contentos con lo que hemos recibido. Queremos la función del otro, pensamos que somos tratados injustamente por Dios, no aceptamos su soberanía, sino que buscamos poner tropiezos y estorbar el bienestar del prójimo. Hemos dado lugar al diablo. El diablo viene a matar.

No seamos condescendientes ni contemplativos ante el levantamiento de Esaú. Necesitamos huir. Jacob tuvo que huir de su hermano, separarse de él. Eran incompatibles. Esaú no pensaba en el arrepentimiento sino en la oportunidad favorable para matar a Jacob. Cuando la destrucción del hombre nuevo está en juego debemos huir lejos, a Harán.

         La lucha interior puede llevarnos al extremo de odiarnos a nosotros mismos y pretender nuestra propia muerte, llevados por el rencor de Esaú.

9 – LA LUCHA INTERIOR – Por tu espada vivirás

Lucha interiorPor tu espada vivirás

Por tu espada vivirás, y a tu hermano servirás; mas acontecerá que cuando te impacientes, arrancarás su yugo de tu cerviz  (Génesis 27:40).

El hombre carnal tiene la fortaleza en sus propios recursos. Sabe que depende de él mismo, por ello todo su intento es perfeccionar sus habilidades, destreza, recursos y posibilidades. Está orientado hacia su pericia natural. Puede mantener las ceremonias religiosas tradicionales y culturales, pero solo serán eso, tradición de hombres alejados de la revelación de Dios. Puede incluir en su vida la dimensión religiosa, pero él mismo será su gobernador. Por tu espada vivirás.

Necesitará la violencia para imponer sus criterios y conseguir sus metas. Tendrá que manipular y engañar en los negocios porque de otra forma no conseguirá los objetivos marcados. Forcejeará con muchos para abrirse camino. Meterá codos y zancadillas con el fin de alcanzar sus objetivos. Sabe que sin la fuerza de su voluntad y la destreza de sus manos no puede llegar a las metas establecidas. Por tanto, desgastará sus fuerzas hasta que las consuma. Llegará al agotamiento y no tendrá reposo porque el descanso viene por la fe en aquel que es más fuerte, el Fuerte de Jacob.

Este es el mensaje de la Escritura para el hombre espiritual: No es con espada, ni con ejércitos, sino con mi Espíritu, ha dicho el Señor de los ejércitos… No depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia… Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican… Fíate del Señor, de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento, reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas.

No hablamos de pasividad, ni misticismo paralizante. Hablamos de la lucha interior que todos nosotros mantenemos entre nuestros propios recursos humanos y los del hombre renacido. Pablo dijo: Ya no vivo yo, más vive Cristo en mí. Y lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios. No creo que podamos acusar al apóstol de falta de actividad. Él dijo: He trabajado mucho más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Por tanto, el Esaú que anida en nuestro interior pretende vivir por la espada y la violencia. Ese fue el sello de la Inquisición. Una cruz invertida se convierte en espada en manos del hombre carnal. Pero la cruz de Jesús en nuestros corazones nos da la fuerza para sobreponernos a nuestra debilidad, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. Nuestra competencia procede de Dios.

         Esaú vive por la espada pero sirve a Jacob. El hombre carnal pretende el dominio pero debe rendirse al poder de la resurrección del hombre nuevo.

8 – LA LUCHA INTERIOR – La elección de mujer

Lucha interiorLa elección de mujer

Cuando Esaú tenía cuarenta años, se casó con Judit, hija de Beeri hitita, y con Basemat, hija de Elón hitita; y ellas hicieron la vida insoportable para Isaac y Rebeca  (Génesis 26:34-35).

El hombre carnal no tiene en cuenta a Dios para elegir mujer con quién emparentarse. El apóstol nos ha dejado la máxima: No os unáis en yugo desigual con los incrédulos, porque la concordia no será posible. Pretender la paz familiar uniéndose a mujeres idólatras no es posible. Escoger mujer por iniciativa propia sin el consentimiento de los padres puede resultar perturbador.

Esaú tenía cuarenta años, podía haber escogido mujer de otra forma, pero lo hizo llevado por las pasiones desordenadas de los incrédulos. Sabiendo que sería dañino para sus padres no le importó. Aquí no se trata de caprichos afectivos, ni de intereses económicos, tampoco de romanticismo de serie televisiva. La naturaleza de Esaú le lleva a escoger mujer de forma contraria a la voluntad de Dios. Sus padres son portadores de la bendición del Eterno, herederos de la promesa dada a Abraham y su descendencia, por ello unirse a mujeres idólatras era contrario al deseo de sus padres.

El desarrollo del carácter de Esaú le condujo a un deterioro progresivo en todas sus iniciativas. Así es el proceso del hombre carnal cuando domina nuestras decisiones. Dios lo aborrece. La decisión de Esaú, −mayor de edad−, para escoger mujer, hizo la vida de sus padres insoportable. Emparentó con el pueblo hitita, un pueblo originario de Anatolia, —la actual Turquía —, que seguramente ofrecía a los ojos de la carne un futuro más esperanzador que vivir aferrado a la fe de los padres.

De esta forma, la vida de Esaú se alejaba más y más del Dios de Abraham y su herencia. Incluso cuando vio que su hermano Jacob obedecía a sus progenitores marchando a la casa de su madre para emparentar con ellos (Gn. 28:1-7), −porque no querían que su hijo se casara con cananeas−, cuando Esaú vio que eso desagrada a sus padres, fue y tomó más mujeres de entre las familias cananeas, emparentadas con Ismael (Gn. 28:8,9).

Nuestra sociedad actual, —incluidos muchos creyentes—, se deja arrastrar por las corrientes de pensamientos mundanos en lugar de seguir las instrucciones divinas a la hora de escoger cónyuge para formar una familia. No deberíamos tomar a la ligera decisión tan trascendente y guiar a nuestros hijos según la enseñanza del reino de Dios. El hombre carnal se resiste poniendo rumbo a la idolatría y los deseos de sus ojos; por su parte el espiritual se guiará por la voluntad de Dios y el consejo de sus padres.

         Debemos saber que habrá conflictos si tomamos decisiones equivocadas en un asunto tan relevante como formar un hogar.

7 – LA LUCHA INTERIOR – Una naturaleza menospreciadora

Lucha interiorUna naturaleza menospreciadora

Pero Jacob le dijo: Véndeme primero tu primogenitura. Y Esaú dijo: He aquí, estoy a punto de morir, ¿de qué me sirve, pues, la primogenitura? Y Jacob dijo: Júramelo primero; y él se lo juró, y vendió su primogenitura a Jacob. Entonces Jacob dio a Esaú pan y guisado de lentejas; y él comió y bebió, se levantó y se fue. Así menospreció Esaú la primogenitura  (Génesis 25:31-34).

El hombre carnal menosprecia los privilegios del hombre espiritual. Se mofa de la herencia celestial porque su mirada está puesta en las cosas terrenales. Todo su pensamiento está orientado hacia los apetitos de la carne. Sus deseos más íntimos se dirigen hacia lo instantáneo, sin ver más allá de su necesidad actual. Eso fue lo que hizo Esaú.

Cada uno de nosotros llevamos dentro un menospreciador. La naturaleza menospreciadora muestra poco aprecio y estima hacia uno mismo o hacia los demás. En su origen primario procede de aquel que menospreció su posición original y quiso ser semejante a Dios. Los ángeles caídos no guardaron su dignidad, la abandonaron menospreciándola (Judas 6) y rebelándose contra la soberanía de Dios. De esa rebelión hemos bebido todos los hombres al introducirse la naturaleza de pecado. Dios la aborrece.

La historia posterior de los hijos de Isaac y Rebeca muestra que Esaú vivió para menospreciar a Jacob, perseguirlo y hacerle la vida difícil. La primogenitura era el derecho del hijo mayor a la herencia familiar. El hombre carnal menosprecia las realidades espirituales, tiene su mente puesta en las cosas de la tierra, solo le importa lo material: comer, beber, comprar, vender. Fue la característica de las generaciones de Noé y Lot.

Esaú menospreció la primogenitura, aunque luego quiso recuperarla, incluso con lágrimas, pero ya no hubo oportunidad. El menosprecio nos puede llevar a un punto irreversible de condenación. Si menospreciamos la sangre del nuevo pacto, y la tenemos por inmunda, pisoteándola, ya no queda más que una horrenda expectación de juicio que ha de consumir.

El hombre carnal se identifica por su menosprecio hacia los beneficios de Dios: la gracia, el perdón y la misericordia. Menosprecia también todo aquello en lo que no está involucrado. El egoísmo galopante que vivimos hoy hace que solo nos ocupemos de lo nuestro y aquello que está vinculado con nosotros. Todo lo demás no nos interesa. Nuestra sociedad está diseñada por intereses. Podemos ser atrapados por el Esaú que anida en nuestro interior, −el viejo hombre−, y menospreciar o descuidar una salvación tan grande (Hebreos 2:3).

         La lucha interior puede llevarnos al menosprecio de la herencia eterna si solo tenemos nuestra mirada puesta en lo terrenal.

6 – LA LUCHA INTERIOR – A Jacob amé mas a Esaú aborrecí

Lucha interiorA Jacob amé mas a Esaú aborrecí

Tal como está escrito: A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí  (Romanos 9:13).

Esaú es un tipo o figura de la naturaleza carnal. En la Biblia uno de sus descendientes, Amalec, encarna la naturaleza pecaminosa y carnal en oposición a Dios y su pueblo. Después de Isaac, —el hijo de la promesa—, tenemos un desdoblamiento en dos hijos más, el mayor, Esaú, tipo como decimos de la naturaleza opuesta a Dios, menospreciador de los dones de Dios; y por otro lado encontramos a Jacob, que en un proceso transformador llega a ser el heredero de las promesas dadas a Abraham.

En todo este proceso vemos la soberanía de Dios actuando en la vida de diversas personas. Una expresión como la del texto que nos ocupa es chocante a la mente natural. El apóstol nos trae aquí las palabras del profeta Malaquías: Profecía de la palabra del Señor a Israel por medio de Malaquías. Yo os he amado —dice el Señor—. Pero vosotros decís: ¿En qué nos has amado? ¿No era Esaú hermano de Jacob? —declara el Señor—. Sin embargo, yo amé a Jacob, y aborrecí a Esaú, e hice de sus montes desolación, y di su heredad a los chacales del desierto. Aunque Edom dice: Hemos sido destruidos, pero volveremos y edificaremos las ruinas, el Señor de los ejércitos dice así: Ellos edificarán, pero yo destruiré. Y los llamarán territorio impío y pueblo contra quien el Señor está indignado para siempre (Malaquías 1:1-4).

Sin hacer una exégesis amplia del texto, podemos ver aquí que la naturaleza de Esaú es resistir la voluntad de Dios, oponerse a ella. El breve libro del profeta Abdías menciona el juicio de Dios sobre Edom, es decir, Esaú, por la violencia que llevó a cabo contra su hermano Jacob (1:10), y porque se alegró el día de su juicio (1:12).

Por su parte Pablo no elude el conflicto planteado ante expresión tan llamativa y lo desarrolla hasta donde es posible. Su argumento es este −y yo no pienso añadir ni quitar nada−: ¿Qué diremos entonces? ¿Qué hay injusticia en Dios? ¡De ninguna manera! Porque El dice a Moisés: Tendré misericordia del que yo tenga  misericordia, y tendré compasión del que yo tenga compasión. Así que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia… Me dirás entonces: ¿Por qué, pues, todavía reprocha Dios? Porque ¿quién resiste a su voluntad? (Ro.9:14-19). Luego habla de vasos de ira y vasos de misericordia preparados para usos diversos. En el tema que nos ocupa podemos decir: Que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios (1 Corintios 15:50).

         Los que viven según la carne (Esaú) no pueden agradar a Dios.

5 – LA LUCHA INTERIOR – Cazador y pacífico

Lucha interiorCazador y pacífico

Los niños crecieron, y Esaú llegó a ser diestro cazador, hombre del campo; pero Jacob era hombre pacífico, que habitaba en tiendas  (Génesis 25:27)

Hemos dicho en un capítulo anterior que en la Escritura hay una diversidad de figuras, símbolos, tipos, parábolas, hipérboles y tantas otras figuras retóricas, además de que podemos sacar enseñanzas múltiples de episodios históricos y aprender de la biografía de los hombres de Dios que llenan el contenido bíblico. Nosotros no queremos espiritualizar demasiado, aunque encontramos verdades escondidas detrás de realidades físicas, pero en este caso, creo que podemos, sin retorcer la Escritura, ver una analogía en los dos hijos de Rebeca.

Curiosamente, Esaú se dio a la caza, era un hombre cazador, vigoroso, —Nimrod también lo fue—, con iniciativa propia, dispuesto a aceptar desafíos apoyado en sus habilidades. Por su parte Jacob se nos presenta como un hombre pacífico, casero, que habitaba en tiendas. Me recuerdan a Marta y María. La primera siempre dispuesta a la acción práctica, la segunda a la meditación. También recuerdo una de las bienaventuranzas: Bienaventurados los pacificadores.

Pues bien, el hombre carnal siempre está dispuesto a la acción, tiene iniciativas propias, se siente fuerte la mayor parte de las veces y desarrolla múltiples proyectos fundamentados en la fuerza de su personalidad y carácter. Por su parte el hombre espiritual, el que ha nacido de Dios tiende a la contemplación, la meditación, el recogimiento, la espiritualidad. Aunque ello no excluye la acción, pero siempre mostrando la necesidad de ser guiado y dependiente.

La Biblia nos dice: Andad en el Espíritu y no satisfagáis los deseos de la carne. El hombre nuevo sabe que depende de la dirección del Espíritu, de la guía del Espíritu, de ser llevado por el Espíritu. De lo contrario sabe que puede equivocarse, extraviarse o ser engañado. Isaac y Rebeca tenían en su casa la manifestación diversa de sus hijos. Ambos eran queridos por uno de los cónyuges. Isaac amaba a Esaú porque le gustaba lo que cazaba, pero Rebeca amaba a Jacob (Gn. 25:28).

Ya he dicho que no todo encaja cuando hacemos interpretaciones espirituales de personajes bíblicos, pero creo que nos puede servir para echar luz sobre la lucha que muchas veces experimentamos en nuestro interior como hijos de Dios. En una misma casa, la de los patriarcas, ya existía esta tensión. Tenemos también este conflicto en nuestro desarrollo como cristianos, es consustancial a la vida recibida.

         Dentro de nosotros mismos albergamos un cazador/depredador, y un pacífico/contemplativo. El crecimiento de ambos dependerá de su alimentación.

4 – LA LUCHA INTERIOR – Una lucha que divide desde las entrañas

Lucha interiorUna lucha que divide desde las entrañas

… Y Rebeca su mujer concibió. Y los hijos luchaban dentro de ella; y ella dijo: Si esto es así, ¿para qué vivo yo? Y fue a consultar al Señor. Y el Señor le dijo: Dos naciones hay en tu seno, y dos pueblos se dividirán desde tus entrañas; un pueblo será más fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor  (Génesis 25:21-23).

Es paradójico que cuando una persona nace de nuevo, una de sus primeras experiencias, después del gozo de la salvación, es un conflicto interior. Aunque ha decidido vivir en santificación, abandonar el dominio del pecado mediante la fe en Jesús, eso no le exime de la batalla que acaba de comenzar. Es la batalla de la fe.

Tenemos otra analogía en la vida de Rebeca, mujer de Isaac. Una vez casada con su marido, figura de Jesús, encuentra que es estéril. No hay fruto en su vientre. De esa necesidad surge un clamor que termina con la concepción de Rebeca. Pero pronto, a la alegría del alumbramiento, le sigue el conflicto de dos naturalezas distintas peleando en su ser interior. El conflicto fue tan grande en la vida de Rebeca, que incluso superó su inicial deseo de tener hijos.

Muchos creyentes se preguntan en los primeros tiempos de la fe por qué tienen ahora mas luchas que antes. ¿Cómo es posible que después del «alumbramiento» —nacer de nuevo— la lucha sea más intensa que cuando no era cristiano? Rebeca se dijo: si esto es así, ¿para qué vivo yo?. Hay un periodo de interrogantes sin resolver, pero superado el tiempo de la prueba, llega el conocimiento de lo que está pasando.

Rebeca fue a consultar al Señor y la respuesta que le dio seguramente fue inesperada: Dos naciones hay en tu seno, y dos pueblos se dividirán desde tus entrañas; un pueblo será más fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor. Una misma persona con dos naturalezas bien distintas la una de la otra. Cada una de ellas tiene el poder de desarrollarse y crecer, pero una tendrá el dominio sobre la otra. Es lo que vimos en el capítulo 6 de Romanos.

Hemos salido del dominio del pecado y entrado a la esfera de la gracia; sin embargo, debemos disponer nuestros miembros para servir a la justicia. Dios le dijo a Rebeca: el mayor servirá al menor. La naturaleza carnal es anterior y en su origen más fuerte que la espiritual. El reino de Dios comienza en nosotros siendo la menor de las semillas, pero luego crece y se hace grande. Esa es la voluntad de Dios para el nuevo hombre, que crezca, y la vida del Espíritu tenga el predominio en nuestras vidas. Por tanto, el mayor servirá al menor.

         La lucha interior comienza pronto en nosotros una vez que hemos concebido la vida de Dios.

3 – LA LUCHA INTERIOR – Nacidos para la libertad

Lucha interiorNacidos para la libertad

Y vosotros, hermanos, como Isaac, sois hijos de la promesa. Pero así como entonces el que nació según la carne persiguió al que nació según el Espíritu, así también sucede ahora. Pero, ¿Qué dice la Escritura? Echa fuera a la sierva y a su hijo, pues el hijo de la sierva no será heredero con el hijo de la libre. Así, que hermanos, no somos hijos de la sierva, sino de la libre (Gálatas 4:28-31)

Cuando en la Escritura nos encontramos con una alegoría como la que vemos en la epístola de Gálatas, no todos sus extremos concuerdan perfectamente con la verdad que se expresa. De igual forma cuando un personaje bíblico decimos que es tipo del Mesías, como por ejemplo el rey David, no quiere decir que toda su vida exprese plenamente la realidad de Jesús. También en la analogía que estamos haciendo sobre el viejo y nuevo hombre, con la lucha interior resultante, no todos sus aspectos concuerdan perfectamente. Dicho esto para evitar malos entendidos, lo que quiero resaltar es la naturaleza de un hijo y otro.

Ismael nació de la carne y para esclavitud; por su parte Isaac nació de la promesa, según el Espíritu de Dios, para vivir en libertad y ser el heredero. Nuestro nuevo hombre, resultante de la vida de Cristo en nosotros, ha nacido por el Espíritu, en libertad y para ser heredero de las promesas dadas por Dios. Pablo lo dice expresamente: Vosotros, hermanos, como Isaac, sois hijos de la promesa.

La nueva vida no es el resultado de nuestros esfuerzos, las buenas obras o el deseo de nuestros corazones; hemos nacido como consecuencia de una promesa dada por Dios. El profeta Isaías lo dice así: Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje… Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho (Isaías 53:10-11). La salvación está basada en una promesa hecha por Dios y realizada por Jesús.

El autor de los Hebreos lo expresó de esta manera: He aquí yo he venido para hacer tu voluntad… Por esa voluntad hemos sido santificados (Hebreos 10:9,10). Entender esta verdad nos dará una posición idónea para vencer los engaños de la carne. Seremos perseguidos por el viejo hombre carnal, también por otras personas que viven bajo los parámetros del viejo hombre de pecado. El diablo viene a robar nuestra herencia, debemos resistirlo y no someternos al yugo de esclavitud. Por precio fuimos comprados, no nos hagamos esclavos de los hombres. Hemos recibido el Espíritu de Dios, no un espíritu de esclavitud, y por el Espíritu clamamos ¡Abba Padre!

         Promesa, herencia y libertad en oposición a la carne, esclavitud y muerte. Ese es el contraste entre el nuevo hombre y el viejo, esa es la lucha que debemos afrontar desde nuestra nueva posición en Cristo.

2 – LA LUCHA INTERIOR – Un hijo de la carne y otro de la promesa

Lucha interiorUn hijo de la carne y otro de la promesa

 Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos, uno de la sierva y otro de la  libre. Pero el hijo de la sierva nació según la carne, y el hijo de la libre por medio de la promesa (Gálatas 4:22-23).

La Escritura nos enseña la verdad revelada de Dios de diversas formas. En ella encontramos personajes que son tipo del Mesías. Hay parábolas, diversas figuras hermenéuticas; tenemos visiones, sueños, etc. El propósito principal es echar luz en la revelación de Dios, su Mesías, el evangelio y que podamos alcanzar el conocimiento necesario para conseguir hacer la voluntad de Dios en la tierra.

El apóstol Pablo nos presenta en su carta a los Gálatas una analogía en la familia de Abraham y algunas verdades que trascienden el ámbito natural y hogareño. Pablo ve en el nacimiento de los dos hijos del patriarca una similitud entre el nacimiento carnal y el nacimiento por la promesa. Podríamos decir: el viejo hombre carnal nacido por voluntad humana, y el nuevo hombre nacido por la voluntad de Dios. Además nos presenta la lucha que se originó entre ellos.

Ismael nació antes como resultado de una decisión humana, la de Sara y Abraham, por no esperar el tiempo de la promesa que Dios les había dado. Algunos años más tarde nació Isaac, el hijo de la promesa. Crecieron juntos, bajo el mismo techo. Pronto se manifestó la naturaleza distinta de cada uno.

Ismael peleaba con Isaac, lo menospreciaba y le hacia la vida difícil. Cuando la madre se dio cuenta pidió a su marido que echara fuera a Ismael. Abraham se sintió profundamente apenado por semejante petición, pero Dios le dijo que escuchara a Sara. El patriarca tuvo que expulsar a su hijo Ismael del hogar a causa de la incompatibilidad con el hijo de la promesa. Este mismo conflicto se presenta en nuestras vidas cuando nacemos de nuevo.

El viejo hombre carnal pelea contra el nuevo, −nacido del Espíritu−, se opone para que no hagamos lo que quisiéramos. La enseñanza de Pablo es que debemos hacer morir lo terrenal en nosotros. Debemos despojarnos del viejo hombre que está viciado conforme a los deseos engañosos. Necesitamos la cruz de Cristo, −el lugar de la muerte del viejo hombre−, para que podamos vivir en novedad de vida. Esta es en esencia la enseñanza de gran parte de las epístolas del Nuevo Testamento. Los que hemos muerto con Cristo, hemos crucificado la carne con sus pasiones y deseos, por lo cual, el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo (Gá. 5:24; 6:14).

         El nuevo hombre es resultado de la promesa de Dios, lleva su simiente, y está diseñado para vencer echando fuera al viejo hombre carnal.

1 – LA LUCHA INTERIOR – Introducción

Lucha interiorIntroducción

Pelea la buena batalla de la fe (1 Timoteo 6:12).

Después del recorrido que hemos hecho por el capítulo 6 de la epístola a los Romanos queremos ahora adentrarnos en una nueva serie que voy a llamar la lucha interior. Como creyentes tenemos una batalla que pelear. Una vez que la nueva vida se ha producido en nuestro interior, y la nueva naturaleza ha tomado lugar en nosotros, nos movemos en un conflicto entre dos naturalezas.

Jesús también tiene dos naturalezas, una completamente humana, y otra totalmente divina. Como hombre encarnado fue tentado en todo según nuestra semejanza pero sin pecado, lo cual no quiere decir que no tuviera la posibilidad de caer. No lo hizo, venció el reclamo que la naturaleza humana hizo sobre sus apetitos carnales, sin embargo, como no había nacido en pecado, la única forma de caer era quedar atrapado en la tentación del diablo. Sabemos que Satanás lo hizo, tentó a Jesús en diferentes ocasiones, a veces con verdadera sutileza y persuasión, pero Jesús, el Hijo del Hombre, venció sobre todo principado y potestad, se levantó triunfante sobre la muerte y su poder, por ello es poderoso para socorrer a los que somos tentados.

Para nosotros, Jesús es la garantía de superar toda tentación. Nuestra unión con él lo hace posible. Pero aún vivimos en un mundo caído, sujeto al pecado y sus consecuencias, por tanto, es posible ser desviados de la verdad, engañados del verdadero conocimiento y torcer el propósito de Dios en nuestras vidas. Tenemos una lucha interior con la vieja naturaleza, con el sistema de este mundo y sus reclamos, así como con el príncipe de la potestad del aire que sigue operando en los hijos de desobediencia. Eso hace que en ocasiones tengamos un conflicto que pretende movernos de nuestra firmeza, ser zarandeados, desviados y errar el blanco. La lucha comienza en el interior, en la vieja concupiscencia activada por el reclamo carnal, mundano y diabólico.

En esta nueva serie veremos que la lucha está caracterizada ya en la misma familia de los patriarcas. Veremos el conflicto en la familia de Abraham con sus hijos Ismael e Isaac. También lo encontramos en el hogar de Isaac, en el mismo vientre de Rebeca, su mujer, cuando luchaban Esaú y Jacob. Muchas veces nuestra mayor batalla tiene que ver con nosotros mismos, se desarrolla en el interior de la persona. Experimentamos una lucha interior después de creer en el evangelio, por ello, lo abordaremos en las siguientes meditaciones.

Tenemos una batalla que pelear que no debemos ignorar. Comienza en nuestro propio interior. Debemos conocer sus términos para pelear y vencer.