10 – UNIDOS CON EL MESÍAS: Partícipes del sufrimiento y la consolación

Unidos con el Mesías (2)Textos claves: (2 Co.1:5-11) (Is.60:1,2)

UNIDOS CON YESHÚA

Nuestra unión espiritual con Cristo tiene también expresiones contundentes en nuestro cuerpo mortal. Nuestra fusión con Cristo puede desembocar en cualquier momento en muerte física. «Constantemente estamos entregados a muerte por causa de Jesús» (2 Co.4:10-11). De la misma forma, en cualquier momento, puede haber en nosotros, a través de nuestros cuerpos, una manifestación palpable de la vida de Jesús. «Llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal» (2 Co.4:10-11). «Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros» (Ro.8:11). «Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento. Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a estos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquellos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?» (2 Co.2:14-16).

Esta ambivalencia (que presenta dos sentidos distintos) es completamente normal en los resultados de nuestra unión con Cristo.

RESULTADOS DE ESA UNION

1.- Sufrimientos y consuelo.

«Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación. Pero si somos atribulados, es para vuestra consolación y salvación; o si somos consolados, es para vuestra consolación y salvación, la cual se opera en el sufrir las mismas aflicciones que nosotros también padecemos. Y nuestra esperanza respecto de vosotros es firme, pues sabemos que así como sois compañeros en las aflicciones, también lo sois en la consolación. Porque hermanos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia; pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida. Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos; el cual nos libró, y nos libra, y en quien esperamos que aún nos librará, de tan gran muerte» (2 Co.1:5-10).

Aflicción y consuelo van juntos. No se puede separar la gloria de estar con Jesús de sus padecimientos y sufrimientos. Pertenecen a la misma vida del hombre nuevo. En Cristo vivimos dos caras de una misma moneda. Veamos algunos ejemplos en las Escrituras.

  • Padecimientos y gloria. «Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados» (Ro.8:17).
  • La cruz es gloria y persecución. «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo». «Todos los que quieren agradar en la carne, éstos os obligan a que os circuncidéis, solamente para no padecer persecución a causa de la cruz de Cristo» (Gá.6:14,12).
  • Creer en él y sufrir por él. «Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él, teniendo el mismo conflicto que habéis visto en mí, y ahora oís que hay en mí» (Fil.1:29-30)
  • Vida piadosa y persecución. «Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución» (2 Ti.3:12).
  • Oprobio y recompensa. «Teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón» (Heb.11:26).
  • Buen soldado y penalidades. «Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo» (2 Ti.2:3).
  • Padecimientos (fuego de pruebas) y regocijo en gloria. «Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría. Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros. Ciertamente, de parte de ellos, él es blasfemado, pero por vosotros es glorificado» (1P.4:12-14). Esta es una verdad y experiencia básica de nuestra unión con Jesús. Así fue para él, y así será para nosotros. «Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos» (1 P.1:10-11).

2.- Firmeza y fortaleza.

Tanto en los sufrimientos como en las glorias de ser de Cristo se necesitan firmeza y fortaleza de carácter para permanecer en nuestra justa posición. Ambas, firmeza y fortaleza, brotan de Cristo en nosotros.

  • Firmeza. «Así que, hermanos míos amados y deseados, gozo y corona mía, estad así firmes en el Señor, amados» (Fil.4:1). «Porque aunque estoy ausente en cuerpo, no obstante en espíritu estoy con vosotros, gozándome y mirando vuestro buen orden y la firmeza de vuestra fe en Cristo. Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias» (Col.2:5-7). «Porque ahora vivimos, si vosotros estáis firmes en el Señor… para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos» (1 Tes..3:8,13). Decidimos estar firmes en él como un acto de nuestra voluntad, y su gracia viene a nuestro encuentro con la capacidad.
  • Fortaleza. «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil.4:13). «Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza» (Ef.6:l0). «Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león» (2 Ti.4:17).

Nosotros decidimos permanecer firmes, y así activamos la fortaleza necesaria que Cristo nos suministra de su propia naturaleza. Un ejemplo de ello lo tenemos en la ministración de nuestro servicio a Dios con los dones. Es un acto de nuestra voluntad usar los dones que Dios nos ha dado, un acto de obediencia; y Dios confirma su fortaleza en nosotros para poder hacerlo adecuadamente. «Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén» (1 Pedro, 4:10-11). «Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios. Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían. Amén» (Marcos, 16:19-20). «¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad» (Hebreos, 2:3-4).

CONSECUENCIAS

En Cristo, podemos mantenernos firmes en medio de los tiempos de sufrimiento, por el consuelo y la fortaleza que brotan de la misma vida: Cristo en nosotros. Por tanto, podemos levantarnos y resplandecer en cualquier circunstancia (Is. 60:1,2).

Sabemos que la vida de Dios en nosotros no se paraliza en los padecimientos, sino que se mantiene bombeando fortaleza para poder resistir. «No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar» (1 Co.10:13).

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