El reino venidero – 12

El reino venideroDesde la fundación del mundo (2)

Todo esto habló Jesús por parábolas a la gente, y sin parábolas no les hablaba; para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo: Abriré en parábolas mi boca; declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo (Mateo 13:34,35)

Una gran parte de la enseñanza de Jesús sobre el reino de Dios la hizo a través de parábolas. Algunas de ellas difíciles de comprender, incluso sus discípulos no las entendían y le preguntaban aparte sobre su significado. En nuestro texto el Maestro dice que iba a declarar algunas cosas que estaban escondidas desde la fundación del mundo, pero que ahora iban a ser reveladas. Recogía un texto del Salmo 78:2 donde el salmista dejó anotado este principio. Una parte de esa revelación fue anunciada a Israel en días de Moisés. A Israel le fue confiada la palabra de Dios (Romanos 3:1,2); y aunque fue infiel al llamamiento del Señor, incumpliendo sistemáticamente el propósito divino, sin embargo, los profetas anunciaron cosas escondidas desde la fundación del mundo que Israel no comprendió y cumplieron muchas de ellas que estaban determinadas que sucedieran (Hechos 4:27,28). De la  misma forma se anunció en el mismo Salmo 78 el llamamiento de la tribu de Judá, el monte de Sión y la elección de David su siervo (78:68-70), como anticipo del reino que había de venir. La revelación a Israel mediante los profetas incluía el evangelio y el reino a Israel (1 Pedro 1:10-12) (Romanos 16:25-27); o si queremos, el reino a Israel y el evangelio a todas las naciones. Estas verdades gloriosas estaban escondidas desde la fundación del mundo. Ya habían sido acordadas en el consejo celestial, estaban diseñadas en la eternidad de Dios, pero aún no habían sido manifestadas y reveladas a los hombres. Esa revelación fue desarrollándose de manera progresiva en todo el contenido bíblico, comenzando con el llamamiento a Abraham, siguiendo por su descendencia, el hijo de la promesa, Isaac y Jacob, luego a la tribu de Judá, de donde nacería el vástago de Isaí (Isaías 11:1-10), y de quien vendría el Mesías, la simiente de Abraham y el descendiente de David que heredará el trono del reino anunciado desde la fundación del mundo. Jesús anuncia el reino de Dios mediante parábolas, y lo hace para declarar cosas escondidas desde la fundación del mundo. En palabras del apóstol Pablo: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman (1 Corintios 2:9). Veremos un breve recorrido por algunas de las promesas escondidas desde la fundación del mundo acerca del reino venidero.

         El reino escondido y venidero se manifestará en plenitud en la venida del Mesías a Jerusalén para establecerlo.

El reino venidero – 11

El reino venideroDesde la fundación del mundo (1)

Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo (Mateo 25:34)

El reino venidero ya estaba preparado y prometido desde la fundación del mundo. Preparado para los benditos del Padre, los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mateo 5:3). Y prometido a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman (Santiago 2:5). Un reino preparado y prometido desde la fundación del mundo que se truncaría por la entrada del pecado, para recuperarlo en el final de los tiempos después de todo un proceso de redención y regeneración mediante el Cordero de Dios que también fue inmolado desde el principio del mundo (Apocalipsis 13:8). Todo estaba preparado desde la fundación del mundo, cuando el Todopoderoso descansó de sus obras, porque está escrito: las obras suyas estaban acabadas desde la fundación del mundo. Porque en cierto lugar dijo así del séptimo día: Y reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día (Hebreos 4:3,4). En este último texto se habla de un reposo futuro para el pueblo de Dios, porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas (Hebreos 4:9,10). Ese reposo futuro no es otro que la herencia del reino, un reino de paz y gozo con el Rey entronizado en la ciudad de Jerusalén. Hemos visto en capítulos anteriores que al advenimiento del reino venidero le preceden tiempos de tribulación, angustia y dolores de parto como señal de que el día de reposo se acerca, —el séptimo día—, es el gobierno de Dios sobre las naciones para establecer un reino de justicia que traerá descanso a quienes forman parte del reino y muchas naciones se verán favorecidas por tiempos de refrigerio, como está escrito: así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado (Hechos 3:19,20). El contexto del pasaje que estamos meditando muestra que la heredad del reino ha sido preparada para los hijos del reino desde la fundación del mundo como consecuencia de la llegada del Hijo del Hombre viniendo en su gloria y todos los santos ángeles con él para sentarse en su trono de gloria en la ciudad de Jerusalén, donde serán reunidas delante de él todas las naciones para ser juzgadas por el trato dado a Israel (Mateo 25:31,32,40). Y los suyos, los santos, ―hijos del reino― juzgarán al mundo y los ángeles (1 Corintios 6:2,3).

         Hay un reino preparado y prometido desde la fundación del mundo que heredarán los hijos del reino juzgando con Jesús a las naciones.

El reino venidero – 10

El reino venideroLos hijos del reino (2)

Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios  (Juan 1:12,13)

Una de las grandes y gloriosas verdades que contiene el evangelio es la de ser hechos hijos de Dios. Éramos por naturaleza hijos de ira, vivíamos alejados de la ciudadanía de Israel, desligados de las promesas y los pactos hechos con Abraham y el pueblo de Israel. Éramos advenedizos, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Nosotros los gentiles andábamos perdidos en la vanidad de este mundo, pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, nos salvó, no por obras que nosotros hubiéramos hechos, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tito 3:4-5). Éramos esclavos de nuestras pasiones y deleites carnales. El pecado nos dominaba como un tirano implacable. Vivíamos bajo la potestad de las tinieblas, llevados de aquí para allá, sin rumbo, sin sentido ni dirección en la vida. Pero cuando oímos el evangelio, el mensaje que estaba oculto desde antes de la fundación del mundo, y que fue manifestado por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento de Dios, se  nos dio a conocer para que obedeciéramos a la fe en todas las naciones (Romanos 16:25-27). Ese mensaje libertador y transformador nos alcanzó y con él la adopción como hijos de Dios. De muerte a vida. De la potestad de las tinieblas al reino de su Hijo amado. Ahora somos hijos, no esclavos, sino hijos, y se nos ha dado el Espíritu de su Hijo con el cual podemos clamar ¡Abba Padre! (Romanos 8:15). Hemos sido comprados como propiedad de Dios. Hemos sido hechos hijos de Dios. Engendrados por su voluntad soberana. Nacidos para vivir en su reino, en sus dominios, bajo su autoridad y cuidado; aunque si es necesario tengamos que padecer por un poco de tiempo algunas aflicciones en el presente siglo. Porque hemos sido hechos hijos y herederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados (Romanos 8:17). Fusionados con el destino del Hijo de Dios. Vinculados a él para siempre. Predestinados para ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Vidas con destino dentro del reino en el que ya vivimos como hijos de Dios. Pero sigue habiendo «hijos del malo». Cizaña en medio del trigo. Por lo cual habrá una batalla hasta la manifestación del reino mesiánico en la tierra, donde los hijos serán manifestados en gloria.

         Hemos sido trasladados al reino como hijos de Dios por su soberana voluntad y una nueva naturaleza para dar fruto que honre al rey.

PANORÁMICA del Nuevo Testamento – 2 TIMOTEO

2 - TIMOTEOÍndice:

HISTORIA DE LA CARTA

ENSEÑANZAS  Y  TEMAS 

  1. Avivar el fuego del don de Dios (1:6)

1.1. Desechando la cobardía (1:7).

1.2. Recibiendo su poder (1:7).

1.3. Recibiendo su amor (1:7).

1.4. Una vida disciplinada o dominio propio (1:7).

1.5. Dar testimonio del Señor (1:8).

1.6. Participar en las aflicciones por el evangelio (1:8).

  1. Encárgalo a hombres fieles (2:1-7)

2.1. Soldado.

2.2. Atleta.

2.3. Labrador.

  1. El obrero del Señor (2:14-26)

3.1. Debe presentarse a Dios aprobado (2:15).

3.2. No tiene de que avergonzarse (2:15).

3.3. Maneja con precisión la Palabra de verdad (2:15).

3.4. Evita las palabrerías vacías (2:16-18).

3.5. Que se aparte de la iniquidad (2:19-21).

3.6. Huye de las pasiones juveniles (2:22).

3.7. El siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido, corrigiendo tiernamente a los que se

oponen (2:24-26).

  1. Sobre los últimos tiempos (3:1-9)
  2. La autoridad inspirada de las Escrituras (3:10-17) (4:1-5)
  3. Las últimas palabras de Pablo (4:6-18)

PREGUNTAS Y REPASO

Nota: He usado mayoritariamente la Biblia de las Américas. 

HISTORIA DE LA CARTA

Estamos ante el último escrito del apóstol Pablo. Haciendo un breve recorrido cronológico del tiempo anterior a su composición diremos que al final del libro de los Hechos encontramos a su autor en la cárcel de Roma alrededor del año 63 d.C. Según los datos comúnmente aceptados por los historiadores Pablo fue absuelto en aquella ocasión tras pasar dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento (Hch.28:30,31). Luego volvió a Grecia y Asia Menor, para posteriormente volver a Roma donde volvería a ser arrestado como uno de los cabecillas de la secta de los «nazarenos». El emperador Nerón había desatado una persecución implacable contra la iglesia acusando a los cristianos del incendio de la capital imperial que él mismo había ocasionado. Muchos seguidores de «Crestos» (Cristo en griego) fueron enviados a los circos romanos donde entregaron su vida como mártires.

Alrededor del año 66/67 d.C. nuestro protagonista fue nuevamente encarcelado en Roma donde finalmente sería ejecutado. Mientras esperaba la sentencia escribió esta carta a Timoteo, amado hijo (2 Tim.1:2). Estamos, por tanto, ante un relato altamente emocional y trascendente en el que destaca la grandeza espiritual de nuestro autor frente al martirio. Muchos le habían abandonado cuando tuvo que defender la causa del evangelio ante el emperador (4:16); sin embargo, añade a continuación, pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león (4:17). Pablo afronta sus últimos días con entereza de ánimo, sin pesar por el fin que enfrentaba por la causa a la que había dedicado la mayor parte de su vida. Sabe que el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial (4:18). Esta epístola es «el testamento» y colofón de un soldado de Jesucristo a punto de acabar su carrera para entrar en el descanso de su Señor.

ENSEÑANZAS  Y  TEMAS 

Hemos escogido algunas de las enseñanzas principales que Pablo da a su colaborador Timoteo para que después de su partida el discípulo tome el relevo y pueda seguir desarrollando la misión en el punto donde el apóstol lo deja. Este modelo se repite a menudo en las páginas de la Biblia. Lo encontramos en la bendición de los patriarcas a sus hijos al final de sus vidas. Lo vemos en la vida de Moisés y su relevo por Josué. Elías lo transmitió a Eliseo. Jesús lo hizo con sus discípulos y los apóstoles quienes seguirían transmitiendo el evangelio de Dios de generación en generación hasta nuestros días. A continuación veremos los temas que hemos recopilado de esta carta.

  1. Avivar el fuego del don de Dios (1:6)

Por lo cual te recuerdo que avives el fuego del don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos (1:6). Nos encontramos aquí con un aspecto nuclear de la vida cristiana y el liderazgo. El apóstol se lo recuerda a su colaborador para que no disminuya en él la impronta del verdadero discípulo del Señor. Avivar es necesario cuando el fuego decae. Recuperar el impulso interior en medio de las múltiples circunstancias cambiantes de la vida y los sentimientos que suben y bajan. El don de Dios es la manifestación latente del Espíritu Santo en nuestras vidas. Es posible apagarlo, incluso contristarlo, entristecerlo, y con ello nuestra misión sufrirá ineficacia y pérdida. Avivarlo es volver a encenderlo una y otra vez. En palabras del profeta: no quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo mortecino; con fidelidad traerá justicia (Is.42:3). Nuestra debilidad inherente a la condición humana tiende a decaer, pero los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas, se remontarán y volverán a correr (Is. 40:31). Es lo que le pide el apóstol a Timoteo. Parece que el discípulo está perdiendo vitalidad espiritual y su mentor le recuerda lo que debe hacer: avivar el fuego en su corazón. Fue la experiencia del profeta Jeremías cuando decayó su llamamiento a un pueblo rebelde y endurecido. Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude (Jer.20:9). La fuerza interior que nos sobrepuja es la consciencia de que el Señor está con nosotros como poderoso gigante (Jer.20:11). En los siguientes versículos Pablo le dice a Timoteo cómo avivar el fuego del don de Dios dentro de él.

1.1. Desechando la cobardía (1:7). Este enemigo que neutraliza el llamamiento de Dios y puede llegar a extinguirlo es de la misma familia que el temor pero tiene sus diferencias. Mientras que el temor es un enemigo con el que lidiamos a menudo, imposible de erradicarlo puesto que es una emoción humana intrínsecamente ligada a nuestra humanidad, por el contrario la cobardía es una actitud ante los desafíos de la vida, por tanto, un factor que puede modelar nuestro carácter. Un desecho es aquello que hemos desestimado como sobrante, es lo que abandonamos deliberadamente por improductivo, lo arrojamos tras apropiarnos de lo realmente útil y servicial. Desechamos un clínex después de su uso pues queda inservible para cualquier otra función. La cobardía, una vez evidenciada su ineficacia y habiendo comprobado lo nocivo de su utilidad la desechamos y abandonamos evitando recuperar sus servicios porque se ha grabado en nuestro ser su daño, lo cual, como decimos, forja nuestro carácter. La cobardía pertenece a la misma familia de la incredulidad, los homicidios, la fornicación y hechicería, la idolatría y la mentira, por tanto, tienen su destino en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda (Apc.21:8). La cobardía no procede de Dios, como enfatiza el apóstol a su discípulo: no nos ha dado Dios espíritu de cobardía. No nos pertenece, es otro espíritu. La cobardía asienta un tipo de comportamiento contrario a la voluntad de Dios. Nos guía a la desobediencia, mientras que el temor nos paraliza con la posibilidad de recuperar la acción correcta una vez pasa su hechizo paralizador. Tenemos un ejemplo claro de esto en la vida de Saúl. Cuando recibió el encargo de destruir a Amalec tuvo miedo del pueblo (se acobardó ante ellos) y les dejó hacer lo que querían (1 S.15:24 Traducción en lenguaje actual TLA), incumpliendo así la perfecta voluntad de Dios. Por ese camino el primer rey de Israel fue perdiendo el fuego del don de Dios que le había sido dado hasta su extinción. Por ello, dice el apóstol, «aviva» el fuego de Dios desechando la cobardía porque no viene de Dios, es otro espíritu. El Maestro tuvo que reprender a los suyos en cierta ocasión diciéndoles: Vosotros no sabéis de que espíritu sois (Lc.9:55). Probad los espíritus (1 Jn.4:1) escribió el apóstol Juan, porque muchos falsos profetas han salido por el mundo, por ello les apeló a no creer a todo espíritu, sino probarlos. Debemos saber cuál es el Espíritu de Dios y sus obras, seguirle, abrirnos a su guía desechando las manifestaciones contrarias a su naturaleza, una de ellas no es la cobardía, por tanto, cuando nos atenaza debemos saber que no andamos en el Espíritu, sino bajo la influencia de otro espíritu que Dios no nos ha dado.

1.2. Recibiendo su poder (1:7). El término «poder» viene de la palabra griega «dynamis» que significa capacidad o fortaleza para hacer algo, llevar a cabo una misión. Esta dynamis viene del Espíritu de Dios, está en Él, y nos es dada a los discípulos para ser testigos de la resurrección de Jesús. Recibiréis poder (dynamis), cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos (Hch.1:8). Este es el don de Dios que Timoteo debe avivar en su vida para seguir cumpliendo su servicio a los santos. Nuestro ser interior es como un vaso que necesita ser llenado con el soplo que lo impulsará en una dirección u otra. Jesús enseña que Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla. Entonces dice: Volveré a mi casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él y entrados, moran allí… (Mt. 12:43-45). No podemos servir a dos espíritus o señores que se apoderan de nuestro impulso. No hemos recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que hemos recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! (Rom.8:15). Pero si somos engañados en cuanto al Espíritu que hemos recibido, otro espíritu tomará lugar mediante la mentira y nos conducirá al error, alejados del propósito divino y eterno. Por eso una de las oraciones principales del apóstol Pablo por los hermanos de todas las congregaciones era que recibieran espíritu de sabiduría y de revelación, alumbrando los ojos de su entendimiento, para que supieran, entre otras cosas, cual era la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la misma que operó en Cristo resucitándole y sentándole en los lugares celestiales (Ef.1:16-20). Y el profeta dijo: mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento (Os.4:6). Dios nos ha dado espíritu de poder. Nos ha capacitado con la fortaleza necesaria para cumplir lo que nos ha sido encomendado. Otra cosa es cuando pretendemos hacer aquello para lo que no hemos sido capacitados, por ello es vital conocer cuál es la voluntad de Dios que tenemos expresada en las Escrituras, para ello Dios nos capacita mediante su Espíritu en el nuestro impulsando desde dentro el potencial para activar las obras preparadas de antemano. Luego existe una capacitación para el servicio concreto al que hemos sido llamados, y que en la vida de Timoteo era el ministerio de evangelista, siendo distinto en unos y otros. En todo tiempo nuestra verdadera necesidad es avivar el fuego del don de Dios, de esta forma obtendremos la fortaleza necesaria para ser fieles al que nos llamó. Por este motivo, la posible timidez de Timoteo no era excusa para dejar de afrontar los problemas de la congregación de Éfeso, y así se lo hizo constar el apóstol Pablo.

1.3. Recibiendo su amor (1:7). Todas nuestras motivaciones deben ser hechas por amor. Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, por tanto, andar en sus mismas pisadas es andar en amor. Recibir a Cristo es recibir el amor de Dios en nuestros corazones, puesto que Jesús es la expresión máxima del amor de Dios. La dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro (Rom.6:23). Ese amor recibido y expresado nos mantendrá avivados, motivados e impulsados en las obras que correspondan en cada ocasión. El amor de Dios procede de la misma fuente que el poder (dynamis). Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado (Rom.5:5). Tampoco en esto podemos servir a dos señores. Si el amor de Dios está activado en nuestros corazones no puede haber lugar para el odio y el rencor. Si se apaga el amor, —si dejamos el primer amor—, la tibieza y con ella la permisividad del sistema de este mundo nos inundará con sus reivindicaciones humanistas alejándonos de la fuente de poder que debe impulsar nuestras acciones (Apc.2:4). Nos dejaremos inundar por el egoísmo imperante torciendo nuestro destino y propósito. Precisamente esta exhortación de Jesús en Apocalipsis fue hecha a la iglesia de Éfeso donde Timoteo había ejercido su ministerio un tiempo. Una vez más constatamos lo fácil que es perder el fuego del don de Dios y la necesidad de avivarlo continuamente.

1.4. Una vida disciplinada o dominio propio (1:7). Realmente vivimos anegados en medio de una generación que ha perdido el dominio propio. Las adicciones de todo tipo han inundado el alma humana, y el comportamiento desequilibrado en tantas y tantas actividades nos han introducido en una dependencia de sustancias químicas (drogas y opiáceos mayoritariamente) que conducen al ser humano a un estado de esclavitud insoportable. Vivimos dependientes de la farmacología con toda su toxicidad y efectos secundarios para poder afrontar a duras penas los desafíos de la vida. Han surgido nuevas ideologías que impulsan todo tipo de caprichos sentimentales para acomodar nuestras apetencias a la realidad que pretendemos crear, aunque en el proceso destruyamos la esencia del ser humano tal y como la concibió el Creador. Pablo le dice a Timoteo que el dominio propio viene de Dios, nos ha sido dado por Él para desarrollar correctamente el proyecto de vida. Nuestra fuente de vida y salud es Dios, de Él viene toda gracia, pero en muchos casos hemos abandonado la fuente de agua viva y nos hemos entregado a las cisternas rotas que no retienen el agua (Jer.2:13). Abandonamos la fe de nuestros padres para entregarnos a filosofías e ideologías que no responden la necesidad vital del ser humano. Las consecuencias las tenemos a la vista en múltiples manifestaciones en esta generación. Es la consecuencia de la apostasía de la fe. La falta de continencia (dominio propio) en el ámbito sexual está propiciando un alarmante exceso de pornografía infantil, fornicación y violaciones todo ello impulsado por leyes que corrompen la infancia, esclavizan a toda una generación mediante el anticipo de los procesos naturales de crecimiento, destruyendo así la futura estabilidad familiar. Una libertad mal entendida que impide el autocontrol y las disciplinas básicas acaban destruyéndonos como personas y sociedades. Necesitamos regresar al equilibrio de los valores morales esenciales. Muchos cristianos están sometidos hoy también a todos esos vaivenes ideológicos que establecen una forma de pensar contraria a la voluntad de Dios. Por eso el apóstol le dice a su discípulo que debe avivar el fuego del don de Dios, desechando la cobardía y seguir recibiendo de la fuente divina el poder, amor y dominio propio que proceden de nuestra unión intrínseca con el Autor de nuestra salvación. Pablo lo practicaba para hacerse copartícipe del evangelio. Corría la carrera de tal manera que golpeaba su cuerpo con disciplina personal y dominio propio, poniéndolo en servidumbre para que no fuera eliminado de la carrera (1 Co.9:23-27). También lo quiso enseñar al gobernador Félix y éste se espantó. Pero al disertar Pablo acerca de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero, Félix se espantó, y dijo: Ahora vete; pero cuando tenga oportunidad te llamaré (Hch.24:25). Es el mismo espanto que produce a muchos de nuestros contemporáneos cuando les anunciamos el equilibro del evangelio frente a los desmanes del hombre caído. Sin embargo, la respuesta a nuestros males actuales está en regresar a la verdad que nos libera de nosotros mismos y todos los sucedáneos modernos que pretenden actuar como placebos engañosos. Timoteo, —y con él todos nosotros—, necesitaba recordar la fuente de donde emana el agua que siempre brota para vida eterna.

1.5. Dar testimonio del Señor (1:8). No avergonzarnos de dar testimonio de nuestra fe en el Señor Jesucristo en medio de una generación soberbia y burladora del evangelio es un potencial renovador de nuestro amor a Dios. Dar testimonio del Señor mantiene lubricado nuestro espíritu, por tanto, avivado. Retengamos nuestra profesión [confesión] (Heb.4:14). La firmeza de nuestra fe se hará cada vez más necesaria en medio de una generación maligna y perversa. Porque vivimos rodeados de ataques a la fe del evangelio. La persuasión hechicera de razonamientos altivos que se oponen a la verdad de la palabra de Dios es en nuestros días un ataque tan sutil y perturbador que pretende hacernos abandonar la fe por la vía de la vergüenza. Estamos siendo perseguidos en el hemisferio occidental con doctrinas de demonios y espíritus engañadores que pretenden destruir nuestras relaciones personales haciéndonos sentir avergonzados por nuestros valores, muy contrarios a la corriente del pensamiento único, léase ideología de género, la nueva religión woke, libertinaje sexual pasado por modernidad, que ejercen una fuerza irresistible en muchos jóvenes cristianos, especialmente en las universidades, que están naufragando ante la presión ejercida. El apóstol Pablo se adelanta a todos estos ataques inevitables animando a Timoteo para no avergonzarse de Jesús que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato (1 Tim.6:13). Leamos ese testimonio: Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz (Jn.18:37). ¡Este es nuestro Maestro! El que vino para dar testimonio de la verdad, sin temor, afrontando las consecuencias de esa determinación. Y llegado el tiempo, afirmó su rostro, con determinación para ir a Jerusalén (Lc.9:51 LBLA). Bendito Salvador. Mirándole a él tendremos las fuerzas necesarias para resistir toda tentación de negarle en un mundo obsesionado por las apariencias y la vanidad de la vida. El apóstol anima a su discípulo recordándole que Jesús nos salvó y llamó con un llamamiento santo, antes de los tiempos de los siglos, y que fue manifestado para quitar la muerte y sacar a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio (1:9,10).

1.6. Participar en las aflicciones por el evangelio (1:8). Participar en algo es entregarse voluntariamente a compartir el destino de una causa. Nuestra causa es el evangelio de Jesús. Pablo se hizo coparticipe de él (1 Co.9:23), lo llamaba «mi evangelio» (Rom.2:16 y 2 Tim.2:8), no por que fuese suyo, sino porque se hizo uno con él. Ahora le insta a su amado hijo en la fe a hacer lo mismo, abrazar la causa del evangelio y con ella las aflicciones según el poder de Dios. Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él (Fil.1:29). Cuando abrazamos con sinceridad el evangelio estaremos dispuestos a padecer por él, y con esa determinación obtendremos una de las mejores «fórmulas» para mantener avivado el fuego del don de Dios que está en nosotros. Recordemos que esa participación en las aflicciones por el evangelio es según el poder de Dios, aquella dynamis, fortaleza, que es la capacidad para llevar adelante una misión.

  1. Encárgalo a hombres fieles (2:1-7)

La fe se hereda. Sí, aunque suene muy provocador a nuestra mente teológica evangélica, plagada del espíritu individualista anglosajón, herederos de una cosmovisión asumida de forma indolora y sumisa en muchos casos, dada nuestra innata ingenuidad hispana, aunque tengamos fama de otras cosas. La fe de la Biblia se hereda de padres a hijos. Esa era la convicción del Eterno en cuanto a que Abraham, su amigo, mandaría a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de YHVH, para que haga venir el Señor sobre Abraham lo que he hablado acerca de él (Gn.18:19). Fue el encargo del Señor a Moisés. Después de anunciar la Shemá, confesión de fe, y exponer el amor a Dios como mandamiento principal de donde emanan todos los demás, le dice: Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes… (Dt.6:4-7). El proverbio que citamos siempre en la presentación de nuestros hijos al Señor, reza así: Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él (Pr.22:6). La fe debe ser transmitida de padres a hijos. Cuando el apóstol Pablo —judío— anunciaba el evangelio su proclamación básica era esta: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa (Hch.16:31). También el ángel enviado a casa de Cornelio le anunció que buscara a Pedro quien te dirá palabras por las cuales serás salvo, tú y toda tu casa (Hch.11:13,14). Pablo anunció la palabra del Señor al carcelero de Filipos y a todos los que estaban en su casa, y en seguida se bautizó él con todos los suyos (Hch.16:32,33). De esa manera se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios. El autor de la carta a Timoteo le trajo a la memoria la fe no fingida que había en él, la cual habitó primero en su abuela Loida y en su madre Eunice, y estaba seguro que en él también (2 Tim.1:5). Luego le recordó que esa fe debía avivarla, el pasaje que hemos estudiado. Por tanto, hay una primera responsabilidad en la transmisión de la fe en el seno familiar y especialmente sobre la figura del padre. Sabemos que las cosas han cambiado, y los modelos familiares han sido trastornados ampliamente, pero en el principio fue así. Esto, por supuesto, no excluye la necesidad de asumir personalmente la fe que hemos oído desde niños, debemos hacerla nuestra, pero es innegable la voluntad de Dios para que esa transmisión se consume primeramente en el hogar. Este es otro de los motivos por los que actualmente hay un intento perverso de anular la autoridad paternal en la familia para poder destruirla o fraccionarla consiguiendo así sociedades sumisas al pensamiento unipolar, alejado de la herencia y los valores que siempre comienzan en la familia. Esta verdad la vemos expresada claramente en las Escrituras, y el pueblo de Israel es un ejemplo innegable de esa transmisión de la fe. Bien, dicho esto, —que me parecía necesario para contrarrestar buena parte del pensamiento individualista exacerbado de nuestros días—, sigamos con el modelo que el apóstol le presenta a Timoteo para transmitir el legado de la fe del evangelio a las nuevas generaciones. Debe escoger hombres fieles y enseñarles lo que ha oído de Pablo, a su vez Timoteo enseñará a otros que sean idóneos para hacer lo mismo con la siguiente generación. Esta es la herencia apostólica. Este mismo modelo ya lo encontramos en la congregación en el desierto. Fue el consejo de Jetro a Moisés para que fuera aliviada su carga de juzgar a todo el pueblo él solo. No está bien lo que haces, le dijo (Ex.18:17). Desfallecerás del todo (18:18). Y a continuación le dio un modelo de delegación de autoridad enseñando a hombres de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia, y enseñaran las ordenanzas y las leyes mostrando el camino para que juzgaran al pueblo en todo tiempo, los asuntos graves los traerían a Moisés (18:20-23). Este modelo de delegar funciones sobre hombres fieles ha salvado a muchos pastores de la quema, y quienes han querido acaparar el trabajo han terminado rotos. Aprendamos. Pues bien, el mismo principio lo vemos en Jesús en la gran comisión (Mt.28:18-20), y ahora en uno de sus apóstoles aventajados. La fidelidad debe ser una virtud esencial en los hombres a quienes se les encomiende el trabajo. Hombres fieles idóneos para enseñar. Leer también (Mt.24:45-51) (Mt.25:2,21,23) (Lc.16:10) (He.3:2). El apóstol compara a estos hombres fieles con un soldado, un atleta y un labrador. Veamos las características de todos ellos y lo que tienen que enseñarnos.

2.1. Soldado. Sufre penalidades [trabajos, fatigas] conmigo, como buen soldado de Cristo Jesús (2:3,4). Definitivamente este mensaje es mayoritariamente impopular en nuestros días. Sufrir penalidades y hacerlo como soldado que pelea por una causa que le supera no está de moda en nuestro mundo occidental. Aunque debo decir que sí lo está en otras latitudes y especialmente en posturas radicales de terrorismo y nacionalismo. Sin embargo, sí estamos dispuestos a soportar aflicciones y fatigas para conseguir medrar en puestos de relevancia bien remunerados, de reconocimiento público haciendo lo posible, incluso trasgrediendo las normas y los valores esenciales, para triunfar en nuestras metas y sueños de grandeza, en ocasiones sacrificando la estabilidad familiar. Podríamos decir que hemos invertido el orden de prioridades, abandonando los principios y metas comunitarias por la realización personal e individual. Abandonamos el esfuerzo en beneficio de otros por el egoísmo de trabajar para nosotros mismos y aquello que beneficie nuestros intereses. Pablo le dice a Timoteo: Sufre penalidades conmigo. No es un consejo en el que no esté implicado, sino que se pone como modelo a seguir. El soldado tiene un objetivo que le ha sido marcado y para cumplirlo abandona los negocios de la vida civil. El soldado pelea la buena batalla de la fe, como le dice en otro lugar. Es entrenado a conciencia padeciendo incomodidades a las que renuncia voluntariamente en favor de su misión. Tiene armas que debe conocer para su buen manejo y eficacia, como tenemos relatado en la carta a los Efesios 6:10-20. Sus armas no son carnales, sino poderosas en Dios para derribar fortalezas y argumentos que se levantan contra el conocimiento de Dios (2 Co.10:3-5). Necesita valentía que implica gestionar los temores propios de su misión arriesgada, pero nunca puede ser un cobarde, de lo contrario no servirá para la milicia. Lo vemos en el episodio de Gedeón y la batalla contra los madianitas. Todos los que tenían miedo debían volver a casa, lo hicieron veintidós mil de los treinta y dos mil que se habían alistado. Los diez mil restantes fueron puestos a prueba para ver si vivían en alerta máxima frente a la batalla, quedaron trescientos, con ellos envió el Señor a Gedeón contra un ejército muy superior (Jue.7:1-8). Valentía necesitó Josué también. Fue exhortado una y otra vez a esforzarse y ser valiente, abandonando el temor (Jos.1:6,7,9,18). El soldado vive bajo autoridad, se somete a la dirección del superior para lograr un objetivo común, como disertó el centurión que vino a Jesús (Mt.8:9 y Lc.7:8). De esa forma podrá ejercer bajo la autoridad delegada que a su vez ha abrazado y le reviste de convicción para ejecutar las órdenes con fidelidad. Todo ello está implícito en la exhortación de Pablo a Timoteo, y por añadidura a todos los que amamos el servicio y la milicia en favor del avance del evangelio.

2.2. Atleta. El que lucha como atleta (2:5). La vida del atleta nos enseña la abnegación asumida para conseguir una meta. La disciplina necesaria para superar los momentos de agotamiento que invitan a abandonar. El esfuerzo deliberado que nos impulsa cuando nuestras fuerzas se debilitan. Y especialmente, dice el apóstol, el atleta está convencido que debe luchar legítimamente. La legalidad no es negociable si quiere alcanzar las metas. No se engaña creyendo que el fin justifica los medios. Tiene una conciencia escrupulosa para no transgredir los valores establecidos que le coronarán en aquel día. Aplica constancia allí donde está tentado a escoger atajos que le faciliten los objetivos peleando sin honor. El mismo apóstol corre su carrera como atleta que se abstiene de todo lo necesario para conseguir una corona incorruptible (1 Co.9:24,25). Tiene su mirada en la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida (2 Tim.4:8). Ha estimado todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo, por amor al cual ha decidido perderlo todo, y tenerlo por basura, para ganar a Cristo, a fin de conocerle, y el poder de la resurrección, participando en sus padecimientos, para llegar a ser semejante a él en su muerte participando así también en la resurrección de entre los muertos (Fil.3:7-11). Es el mismo sentir de su Maestro que oró al Padre diciendo: Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese (Jn.17:4). Es la fusión mística del discípulo con su Señor siendo un espíritu con él. No estimando la vida para sí mismo, sino con la determinación de acabar la carrera con gozo culminando el ministerio recibido para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios (Hch.20:24). No hay laurel más verde, ni corona mas resplandeciente que recibir del Señor de toda gracia el saludo de entrada al reino en aquel día con estas palabras: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor (Mt.25:21). El verdadero atleta entrando en la meta de su vida.

2.3. Labrador. El labrador… debe trabajar primero (2:6). Gran parte del pensamiento dominante de nuestros días está saturado de un engaño de base, pretende obtener gran beneficio trabajando poco. La ley del mínimo esfuerzo con el mayor rendimiento. Perseguir la quimera de tenerlo todo antes de ponerse a trabajar primero. Es el mundo al revés. La pretensión infantil de conseguir grandes logros a la distancia de un clic. La especulación financiera sin escrúpulos que hace ricos de un día para otro a jóvenes plagados de sí mismos que pueblan los laberintos de Silicón Valley. En definitiva, el sueño americano que a tantos ha cautivado y a muchos más decepcionado. Porque hay muchos llamados y pocos elegidos, pero hemos creído, con ensoñación, que el ejemplo de algunos exitosos hombres de negocios está al alcance de cualquier aventurero que se lo proponga. Ciertamente algunos lo consiguen, en ocasiones al precio de dejar cadáveres en todas las esquinas que tuvieron que torcer, pero nunca sin el esfuerzo, el talento, la abnegación y capacidad de sufrimiento suficiente para superar grandes obstáculos que en algunos casos obtuvieron el premio deseado. No como un golpe de suerte caprichoso del destino, sino tras un arduo trabajo. Como el labrador de nuestro texto enseñando a Timoteo. Pero no nos engañemos, la gran mayoría de nosotros trabajamos toda una vida sin obtener El Dorado, sino la satisfacción de una familia estable y unas metas moderadamente aceptables que nos hacen sentir lo suficientemente felices de haberlo hecho con gran esfuerzo y sincera entrega pensando más en el bienestar de los nuestros que en engordar un gran ego. El labrador, para participar de los frutos, debe trabajar primero. Este principio lo encontramos por toda la Escritura, sin embargo, hay muchos creyentes de nuestro tiempo que parece no han leído con la suficiente calma para comprenderlo. Veamos uno de esos pasajes. Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás… El que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará… Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si lo uno y lo otro es igualmente bueno (Ecl. 11:1-6). El labrador tiene paciencia para esperar el fruto, como está escrito: Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía (Stg.5:7). No nos cansemos, pues, de hacer el bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos (Gá.6:9). A su tiempo dará su fruto (Sal.1:3). El labrador confía plenamente en el resultado de su trabajo y ardua dedicación, esperando con paciencia y confianza la cosecha de lo que ha sembrado. A la vez comprende mejor que nadie que existen riesgos de una mala cosecha, de tiempos esquivos que pueden dar al traste con parte de su trabajo, sin embargo, cree y espera lo mejor. Mira al cielo con expectativa. Sabe que hay elementos atmosféricos que no dependen de él, por tanto, confía en Dios para la lluvia temprana y tardía. Israel recibía la bendición del Eterno cuando vivía conforme a los mandamientos de la Torah. Pero si se apartaba de ella aparecían madianitas que robaban el esfuerzo de su trabajo. Observa el siguiente texto porque buena parte de su contenido lo estamos sufriendo hoy en todo el continente europeo. Sucedía que cuando los hijos de Israel sembraban, los madianitas venían con los amalecitas y los hijos del oriente y subían contra ellos; acampaban frente a ellos y destruían el producto de la tierra hasta Gaza, y no dejaban sustento alguno en Israel… entraban como langostas en multitud… y entraban en la tierra para devastarla. Así fue empobrecido Israel en gran manera por causa de Madián, y los hijos de Israel clamaron al Señor (Jue.6:3-6). Preguntémonos ¿por qué sucedía esto? Israel había dejado al Señor y su ley abrazando los cultos foráneos; habían apostatado de su fe y las consecuencias no se hicieron esperar. Europa y el hemisferio occidental han conocido los tiempos de mayor prosperidad de su historia, hoy han abandonado la fe que un día los hizo prósperos y asistimos al declive de nuestra civilización. Dios ha permitido, —nos ha entregado—, que una generación de políticos corruptos elaboren leyes que han propiciado una invasión silenciosa (el gran reemplazo lo llaman algunos) que está devorando los recursos del llamado Estado del Bienestar. Asistimos al juicio de Dios por nuestra soberbia y apostasía. Se están tomando medidas que destruyen el sector primario (agricultura, ganadería y pesca) y vemos como se han levantado los agricultores ante la amenaza real de que su esfuerzo sea devorado por despiadados lobbies financieros que traicionan los principios originales de la Unión Europea en beneficio de terceros países y sus productos. Hacen cosas que no convienen porque no han tenido en cuenta a Dios, y Dios los ha entregado a una mente depravada para que hagan cosas que no convienen (Rom.1:28). Hay en estos momentos un clamor en muchos países europeos por la injusticia de algunas medidas políticas que responden más a interese ideológicos que a buscar el bienestar de los pueblos. Y los hijos de Israel clamaron al Señor, en los días de Gedeón. Creo que asistimos hoy a lo que nos dice el apóstol Santiago: He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos (Stg. 5:4). Y yo me uno y digo ¡Amén! a ese clamor ante el trono de la gracia. Trabajar arduamente y no recibir el salario justo que debe sustentar nuestras vidas es una afrenta al Señor que no pasará inadvertida en el consejo celestial.

  1. El obrero del Señor (2:14-26)

La cualidad básica que identifica al hombre de Dios es el servicio. El obrero del Señor está dispuesto a trabajar y lo hace sin quejas porque se nutre del espíritu de su Maestro, aquel que vino a servir y dar su vida en rescate por muchos. Jesús hizo las obras del Padre y estas confirmaban que el Padre lo había enviado (Jn.6:36). Por sus frutos los conoceréis, nos enseñó; para que alumbren nuestras buenas obras delante de los hombres y glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos (Mt.5:16). Esas obras han sido preparadas de antemano para que andemos en ellas (Ef.2:10). El Maestro vio las multitudes dispersas como ovejas sin pastor y les dijo a sus discípulos que había pocos obreros y el trabajo era mucho, por tanto, les pidió que rogasen al Señor de la mies que enviara obreros a su mies (Mt.9:35-38). Observa cómo se repite una y otra vez el oficio «obreros». ¡Cómo hemos olvidado esta verdad esencial! Volvemos a encontrarla en la parábola que comienza así: Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña (Mt.20:1). El apóstol Pablo comprendió bien este mensaje y entregó su vida para llevarlo a cabo, ahora emplaza a Timoteo para seguir en la misma senda dándole algunas pautas de lo que significa ser un obrero del Señor. Veámoslo brevemente.

3.1. Debe presentarse a Dios aprobado (2:15). En otras palabras: después de haber superado un examen. Ha culminado con buena nota el tiempo de prueba. Tenemos muchos ejemplos de esta verdad en la Escritura. Pienso en Josué en la ladera de la montaña mientras Moisés estaba en lo alto del monte y el pueblo en la llanura entregado a la fiesta del becerro de oro (Ex.32:17-19). Después mientras el Señor hablaba con Moisés cara a cara, Josué hijo de Nun, su servidor, nunca se apartaba de en medio del tabernáculo (Ex.33:11). Cuando llegó el tiempo del relevo generacional Dios escogió a Josué para que continuara la obra iniciada con Moisés para llevar al pueblo a la tierra prometida. Que diremos de Eliseo aferrado a Elías antes de ser alzado al cielo. Y de los días de desierto y cuevas de David huyendo de Saúl. Todos ellos se presentaron a Dios habiendo superado el tiempo de prueba llegando a las etapas culminantes de sus vidas con un carácter probado. El apóstol de los gentiles, tras una conversión espectacular, fue «enterrado» durante catorce años en Arabia antes de poder decir: fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones (1 Tes.2:4). ¡Cómo hemos acortado y devaluado las demandas del discipulado! Por ello, como dice la parábola, hay los que oyen la palabra con gozo, pero no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan (Lc.8:13) y (1 P.1:6-9). ¡Ay de aquellas congregaciones cuyos pastores no han superado la prueba y su carácter no ha sido forjado en el desierto purificando sus verdaderas motivaciones! No les ha sido confiado el evangelio aunque su puesta en escena impresione durante un tiempo, sin raíces, o neófitos, caerán en la condenación del diablo arrastrando a muchos en su caída. Dios no puede ser burlado…

3.2. No tiene de que avergonzarse (2:15). El obrero que ha pasado la prueba sabe que sus fuentes están en Dios (Sal.87:7). Ha bebido del agua de vida alejándose de las cisternas rotas que no retienen el agua y no se avergüenza de su Señor en un mundo entregado a la vanagloria de la vida. Le sustenta la verdad que lo ha liberado del temor de hombres viviendo su identificación con Jesús en su muerte, sepultura, resurrección y exaltación. La cruz es su emblema. Está crucificado con Cristo y el poder de la resurrección opera con toda su fuerza en medio de su gran debilidad. Sabe que Cristo murió en debilidad, pero vive por el poder de Dios. Sus discípulos, los obreros que habiéndose presentado a Dios aprobados, no se avergüenzan del crucificado, sino que siendo débiles en él, viven por el poder de Dios (2 Co.13:4). Aquí tenemos el gran misterio del evangelio actuando en la vida de quienes han sido enterrados con Cristo para resucitar en novedad de vida. En esa realidad mística no hay lugar para la vergüenza sino el regocijo de la fe.

3.3 Que maneja con precisión la Palabra de verdad (2:15). El obrero del Señor usa bien la palabra de Dios. ¡Cuánto abuso de la bibliomancia! ¡Cuánta arrogancia pensando que sabemos algo por conocer algunos textos bíblicos! ¡Cuánta letra muerta pasada por adoctrinamiento obstinado! En definitiva, hemos usado mal en múltiples ocasiones la palabra de verdad. Sin tino. Sin precisión. Sin sabiduría. Sin el Espíritu de la palabra. Hemos quedado hechizados por el brillo de la perla de gran precio y pisoteado los tesoros ofreciéndolos al mejor postor. El apóstol Pedro dice a todos los «Simones»: tu corazón no es recto delante de Dios… porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero… Arrepiéntete de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón (Hch. 8:20-22). Manejar con precisión la palabra de verdad es conseguir su penetración, como espada de dos filos, hasta partir el alma y el espíritu, discerniendo los pensamientos y las intenciones del corazón (Heb.4:12); todo ello primeramente en nuestras vidas, participando de la palabra de justicia, abandonando la niñez, y absorbiendo el alimento sólido que conduce a la madurez ejercitando nuestros sentidos espirituales para discernir el bien del mal (Heb. 5:13,14). Usarla bien  es dar la palabra a su tiempo (Pr.15:23), no como golpes de espada (Pr.12:18), usando correctamente las Escrituras. En ocasiones podemos «matar» con la Biblia alejando la vida que contiene a quienes nos oyen (2 Co.3:6). Y como dijo el apóstol, para estas cosas ¿quién es suficiente? (2 Co.2:16). Vida y muerte están en el poder de la lengua (Pr.18:21), por tanto, predicando la palabra también podemos ser portadores de vida o muerte; el mentor de Timoteo lo resume así: Pues no somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo (2 Co.2:17). Aquí tenemos una buena respuesta al dilema de cómo usar bien, —con precisión—, la palabra de Dios.

3.4. Evita las palabrerías vacías (2:16-18). Sí, hay mucha palabrería, especialmente en las redes sociales. También en las iglesias. En ocasiones estamos rodeados de vana palabrería, discusiones interminables que enredan y ofuscan nuestras mentes llevándonos a debates interminables que minan nuestras fuerzas y desalientan nuestras almas. Debemos saber escoger bien cuándo es necesario pararse en un terreno de lentejas (2 S. 23:11,12) y combatir firmes por la fe del evangelio (Fil.1:27), y cuándo estamos ante los discutidores de este mundo (1 Co.1:20). Jesús, dice el evangelio, dejándolos, se fue (Mt.16:4). ¿Por qué? Porque había discernido que vinieron a él para tentarle pidiéndole señal. Pues bien, después de llamarlos ¡hipócritas! Los dejó con la palabra en la boca y se fue. En muchas ocasiones nos gusta acabar los debates teniendo razón, y por ello estamos dispuestos a debatir sin tiempo hasta que percibimos que hemos dicho la última palabra. Hay un tiempo para cada cosa. Tiempo de hablar y tiempo de callar (Ecl.3:7). El apóstol enseña a su mejor discípulo que debe evitar las vanas palabrerías porque conducen a la impiedad; además carcomen como gangrena, y algunos ya se habían desviado en esos derroteros diciendo que la resurrección ya había tenido lugar trastornando la fe de algunos. Por tanto, podemos consolar y edificar con nuestras palabras o perturbar con ellas (Hch.15:24 y 32). Seamos sabios. Nuestro texto queda reflejado en la versión NTV de la siguiente manera: Evita las conversaciones inútiles y necias, que solo llevan a una conducta cada vez más mundana. Este tipo de conversaciones se extienden como el cáncer.

3.5. Que se aparte de la iniquidad (2:19-21). El fundamento de Dios es firme teniendo esta seña de identidad: El Señor conoce a los suyos, y que se aparte de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo. Jesús amó la justicia y aborreció la iniquidad, por ello fue ungido con óleo de alegría más que sus compañeros (Heb. 1:9); por tanto, los que son suyos mantienen este mismo fundamento en sus vidas. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo (1 Jn.2:6). Y añade el mismo apóstol Juan: Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de él (1 Jn.2:29). La voluntad de Dios es nuestra santificación (1 Tes.4:3). El salmista dijo: La santidad conviene a tu casa (Sal. 93:5). Es la clara enseñanza del Maestro: Por sus frutos los conoceréis (Mt.7:20). El apóstol enseña a Timoteo que en una casa grande hay utensilios de diversos materiales, unos para usos honrosos y otros para usos viles, por lo cual el que se limpia será un instrumento para honra, santificado, útil al Señor y dispuesto para toda buena obra. El siervo del Señor se aparta de la iniquidad como de la lepra, vive alejado de ella, por cuanto está vinculada a aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca y destruirá con el resplandor de su venida. Su advenimiento es obra de Satanás con todo engaño de iniquidad para los que se pierden habiéndose complacido en la injusticia (2 Tes.2:7-12). Es el espíritu anticristo del que habla el apóstol Juan en sus cartas, cuya acción combatimos mediante la unción que hemos recibido y que nos enseña a permanecer en Cristo (1 Jn.2:18-20,27).

3.6. Huye de las pasiones juveniles (2:22). La misma Escritura que nos enseña ampliamente a ser valientes y estar firmes ante las acechanzas del diablo, también nos exhorta a huir de algunas cosas sin que ello signifique una actitud de cobardía. Se nos exhorta a no andar en el consejo de los malos, ni sentarnos en la silla de los pecadores, ni andar con burladores (Sal.1:1 NTV). En definitiva, huir de las malas compañías (Pr.4:14-19). Debemos huir de la idolatría (1 Co.10:14). También de la fornicación (1 Co.6:18), una de las pasiones juveniles clásicas y comunes de todos los tiempos. Fue lo que hizo el joven José ante la persecución pertinaz de la mujer de Potifar (Gn.39:7-21). Por su parte el joven Daniel tomó la determinación de no dejarse contaminar con la comida del rey babilónico (Dn.1:8). Otra de las grandes pasiones que pretende dominarnos y subyugar nuestra vida es el amor al dinero, el cual codiciándolo algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados por muchos dolores. Por ello culmina este mensaje de Pablo a Timoteo en su primera carta: Más tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre (1 Tim.6:9-11), con los que de corazón limpio invocan al Señor (2 Tim.2:22). En definitiva, asociándoos con los humildes (Rom.12:16), para no ser arrastrados por el error de los inicuos cayendo de la firmeza que debe mantener el siervo del Señor (2 P.3:17).

3.7. El siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido, corrigiendo tiernamente a los que se oponen (2:24-26). Es el resumen final del apóstol para que su discípulo mantenga el equilibrio deseado en medio de una generación torcida y perversa a la cual debe servir sin dejarse contaminar por ella. Todo un desafío nuclear para vivir siendo luz en medio de las tinieblas que en todo tiempo rodean la vida de aquellos que han elegido la senda del discipulado. Para ello necesita mantener la llama del don de Dios ardiendo en su corazón, como le exhortó al inicio de esta carta: aviva el fuego del don de Dios que está en ti. Este debe ser el requisito esencial de donde brotará la energía sobrenatural para poder ser un obrero del Señor, que no tiene de que avergonzarse y que usa bien la palabra de vida.

  1. Sobre los últimos tiempos (3:1-9)

Antes de terminar su alocución, el apóstol quiere dejarle una información más que Timoteo debe saber. También debes saber esto. Para a continuación hacerle una relación bastante pormenorizada de lo que será el carácter de los hombres en los últimos tiempos. Este concepto sobre los últimos tiempos ya estaba anunciado en el primer discurso del apóstol Pedro el día Pentecostés, recogiendo el mensaje del profeta Joel (Hch.2:17). El apóstol Juan nos dice lo siguiente al respecto: Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo (1 Jn.2:18). También el apóstol Pedro dice en su primera carta: Mas el fin de todas las cosas se acerca; sed, pues, sobrios, y velad en oración (1 P.4:7). Y el mismo apóstol Pablo en su carta a los romanos nos dice: Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos. La noche está avanzada, y se acerca el día… (Rom.13:11,12). Tal era la expectativa acerca de los tiempos finales en el primer siglo. Cada siglo ha tenido su dosis de la misma esperanza, pero a la vez, se nos indican en múltiples lugares de la Escritura señales que preceden a su venida, y la que Pablo reseña ahora a Timoteo es sobre el deterioro del carácter de los hombres, lo cual hace que los tiempos sean peligrosos porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella, y concluye: a éstos evita. Podríamos rematar que asistimos hoy a la masificación y generalización de este tipo de carácter predominante. Cada una de las características reseñadas encuentra su similitud en nuestros días, por lo que es urgente preguntarse cómo prevalecer en medio de tal deterioro moral. La respuesta la encontramos en las líneas siguientes.

  1. La autoridad inspirada de las Escrituras (3:10-17) (4:1-5)

Hay un giro proverbial que se repite tres veces en la forma que tiene el apóstol Pablo de incentivar a Timoteo para que no caiga presa del pesimismo ante la abrumadora manifestación del carácter de los hombres en los últimos tiempos que acaba de reseñar. «Pero tú», «Pero persiste tú», «Pero tú» (3:10, 14 y 4:5). No es imperativo caer vencido y derrotado por la decadencia moral y espiritual que rodea al discípulo. Hay una diferencia providencial en el carácter de los hombres de Dios también en medio de los últimos tiempos. Pero tú has seguido mi doctrina, conducta, propósito, fe, longanimidad, amor, paciencia, persecuciones, padecimientos. También le dice: Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quien has aprendido. Tiene un maestro y mentor que le ha enseñado la doctrina de la piedad basada en las Escrituras, que el mismo Timoteo ya conocía desde su niñez, y le pueden hacer sabio para la salvación. ¡Hay esperanza! Aferrarse a la verdad revelada en las Escrituras, la doctrina que muchos no soportarán y apartarán de la verdad el oído volviéndose a fábulas; es el ancla firme y sólida para ser sostenido en medio del oleaje incontrolado, las aguas turbulentas que harán anegar a muchos, pero nunca a quienes se sujetan a la verdad revelada. Porque toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. Y todo ello en medio de la decadencia predominante. Las Escrituras y su práctica son la clave para que la iglesia se mantenga viva y victoriosa en medio de la confusión mundial. El apóstol Pedro lo expresa de la siguiente manera: Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones (2 P.1:19-21). Debemos estar atentos al mensaje revelado por el Espíritu, porque los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por Él, y hacerlo como a una antorcha que nos alumbra en medio de gran oscuridad. Aferrados a su luz para salir del túnel tenebroso. Siguiendo su estela que nos conduce hacia un nuevo día pleno de luz. Mientras alcanzamos ese día único, por el resplandor de su venida, la verdad manifestada en la Escritura nos mostrará la voluntad de Dios, nos dará la sabiduría necesaria para alcanzar la salvación mediante la fe en Jesús, nos enseñará a cada paso por donde andar, nos reprenderá y corregirá cuando nos equivoquemos de rumbo, nos instruirá por las sendas de justicia, a fin de que podamos ser hombres de Dios, aptos y equipados para realizar toda buena obra (2 Tim.3:16,17). El hombre de Dios es un hombre de la palabra. El obrero del Señor es equipado con su palabra viviente. El soldado de Jesucristo aprenderá a manejar la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. El hijo de Dios tiene su deleite en la palabra que a vida eterna permanece. Las Sagradas Escrituras están en el corazón del siervo del Señor transformándole día a día a su semejanza (2 Co.3:18). Si soltamos la verdad que nos ha hecho libres volveremos a la esclavitud de las viejas pasiones (Jn.8:31,32,36). Si somos engañados por las corrientes de pensamiento de este mundo perderemos la luz y la sal que nos distingue diluyéndonos en el océano de la mediocridad. Pablo le dice a Timoteo, pero tú persiste en lo que has aprendido y te persuadiste, permanece en las Sagradas Escrituras que conociste desde la niñez para alcanzar la sabiduría de la salvación eterna. Sigamos su ejemplo.

  1. Las últimas palabras de Pablo (4:6-18)

Recordemos que el apóstol está en prisión por el evangelio. Es consciente que su partida está cerca (4:6). Sabe que ha peleado la buena batalla de la fe, está a punto de terminar su carrera habiendo guardado la fe (6:7). Abandonado por casi todos en ese momento, como su Maestro en el día de las tinieblas, cuando gimió en soledad con gran clamor y lágrimas, mientras sus discípulos estaban cargados de sueño, Pablo también afronta este momento con la esperanza de que le está guardada la corona de justicia, la cual le dará su Señor en aquel día, junto con todos los que aman su venida (6:8). Aún en esos momentos finales anhela los libros (6:13), consciente que Demas le ha desamparado amando este mundo (6:10), Alejandro el calderero le ha causado muchos males (6:14), y que en su primera defensa por causa del evangelio ninguno estuvo a su lado, sino que todos le desampararon (6:16); sin embargo, tiene el consuelo celestial que el Señor estuvo a su lado, y le dio las fuerzas necesarias para que a través de él fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen el mensaje de salvación (6:17). Mantiene el pulso divino en su corazón sabiendo que el Señor le librará de toda obra mala y le preservará para su reino celestial (6:18). Estamos ante la culminación de la obra de Dios en la vida de un discípulo que comenzó persiguiendo el Camino y ahora enfrenta su destino eterno con la fortaleza de la Roca que lo ha sostenido todo el camino. El legado del evangelio que recibió por revelación lo ha depositado en Timoteo para que a su vez lo vierta sobre hombres fieles que sean idóneos para transmitirlo a la siguiente generación hasta la nuestra. Tomemos el relevo y hagamos lo mismo con fidelidad hasta que él venga. Concluimos con las palabras que alentaban al apóstol de las naciones: Por lo cual también sufro estas cosas, pero no me avergüenzo; porque yo sé en quien he creído, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día (2 Tim.1:12).

EFESIOS (6) - el misterio del evangelioPREGUNTAS Y REPASO

  1. Relata los hechos históricos que rodearon el escrito de esta carta.
  2. ¿Cómo se puede mantener avivado el fuego del don de Dios?
  3. ¿Por qué crees que Dios da tal importancia a la calidad de hombres fieles?
  4. Que características resaltarías de las mencionadas para el obrero del Señor.
  5. Explica la importancia de las Escrituras en la vida del cristiano.
  6. Qué conclusiones sacas de las últimas palabras de Pablo (4:6-18) ¿Por qué?

El reino venidero – 9

El reino venideroLos hijos del reino (1)

Respondiendo él, les dijo: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo  (Mateo 13:37,38)

Estamos viendo de forma sucinta algunos aspectos del reino de Dios. Ya sabemos que hay tres manifestaciones distintas del reino en la Escritura. La primera en el corazón de los hombres, es la que tiene lugar cuando invocamos el nombre del Mesías-Rey. Entramos a formar parte del reino que ya ha venido de manera invisible, aunque se hace claramente visible por medio de las obras que emanan en aquellos que son ahora hijos del reino. Dio comienzo con el advenimiento de la primera venida del Mesías. Él dijo que su reino no era de este mundo. Luego hemos comentado brevemente el reino que tendrá su manifestación visible en la ciudad de Jerusalén en la segunda venida de Cristo. He hecho un amplio recorrido en la serie titulada El reino mesiánico. Y también hay un reino eterno que tendrá lugar al final del reino mesiánico o milenial. Hasta ahora hemos visto algunos aspectos fundamentales del reino de Dios que ha quedado establecido en los corazones de todos aquellos que han entrado mediante una nueva naturaleza y que conforman el pueblo de Dios: judíos y gentiles. Estamos haciendo un breve recorrido por las bases del reino de Dios: el rey, el reino, cómo se entra, la autoridad que contiene y ahora queremos pararnos unos instantes en los hijos del reino. En la parábola del trigo y la cizaña el Maestro dijo que el trigo, —la buena semilla—, son los hijos del reino; y la cizaña son los hijos del malo. El reino de Dios tiene hijos. Son todos aquellos que han sido redimidos por la obra redentora de Jesús. Han recibido la palabra de Dios y dan fruto a treinta, sesenta y ciento por uno. Tienen una nueva naturaleza; se les compara con el trigo, cuyo proceso de maduración lo encontramos en otro mensaje del Maestro: primero hierba, luego espiga, después grano en la espiga; y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado (Marcos 4:26-29). Todo un proceso de crecimiento hacia la madurez cuyo resultado es dar fruto. Los hijos del reino dan buen fruto. Sirven para alimentar a otros con la verdad que anida en su interior y en su manera de vivir. Son buena tierra, donde se ha sembrado la semilla y ha germinado produciendo el gozo del sembrador que es el Señor del reino.

         Los hijos del reino tienen la naturaleza del Rey, cuyo reino está edificado sobre la justicia, la verdad y la santidad de la vida. Son luz y sal en la tierra.

El reino venidero – 8

El reino venideroLa autoridad del reino (2)

Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre…  (Marcos 16:15-20)

Toda la autoridad de Dios está reunida en el nombre de Jesús. De su nombre emana la potencia del reino para que podamos extenderlo bajo su autoridad. Algunos pretenden, −no es nada nuevo−, asaltar la autoridad del reino sin pasar por la puerta. La puerta es el rey, la autoridad del rey, el sometimiento a su señorío. Había los que ejercían en su nombre pero no eran conocidos por él. Hacían obras, incluso obras espectaculares, pero el Señor no los conocía, ¿por qué? porque no habían entrado por la puerta del reino. Querían el poder del reino sin la autoridad del rey. Otros pretenden los beneficios del reino pero alejados del rey. Lo hemos visto en algunas ideologías como el comunismo, que ha pretendido traer justicia social a la tierra, erradicar la pobreza y anunciar un reino de paz y bienestar que ha hundido a naciones enteras en la miseria y la tiranía. Otros, mediante filosofías y terapias de autoayuda pretenden hacer valer los principios del reino de Dios pero negando al Señor del reino. Ese ha sido desde el principio el intento de la rebelión de Lucifer. Sin embargo, el reino de Dios contiene la soberanía de Dios, establecida mediante su voluntad expresada en su palabra revelada. Jesús es el Verbo de Dios. Y en ese nombre está reunida toda la autoridad del Padre. Él la recibió porque vivió sujeto al Padre. Solo hacía lo que veía hacer al Padre. Y por ese sometimiento obtuvo el nombre que es sobre todo nombre. El nombre al que están sujetos todo dominio, autoridad y principados, triunfando sobre ellos en la cruz del Calvario. Ahora, en su nombre podemos, bajo los mismos parámetros, salir a predicar y echar fuera demonios. Algunos quisieron hacerlo en nombre de Jesús, el que predica Pablo, y fueron expuestos en su fraude. No estaban sujetos a la autoridad pero querían ejercerla creyendo que podían burlar las leyes del reino (Hechos 19:13-17). Dios no se responsabiliza de las consecuencias por la transgresión de su autoridad. Los hijos de Esceva fueron expuestos y avergonzados. El Señor confirma su palabra con señales y prodigios, pero nunca la rebelión (como la de Coré) que pretende los beneficios del reino sin vivir bajo la autoridad del rey. El Maestro enseñó a los suyos una y otra vez: Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. (Juan 15:7). Jesús oró por los que habían recibido su palabra, no por el mundo (Juan 17:6-9,20).

         La autoridad del nombre de Jesús emana del sometimiento al señorío de Cristo, que nos hace discípulos para anunciar el reino en su nombre.

El reino venidero – 7

El reino venideroLa autoridad del reino (1)

Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado… (Mateo 28:18-20)

La autoridad del reino emana de la voluntad del rey expresada en su palabra. Separados de él nada podemos hacer. No haremos la obra de Dios, será otra cosa. No edificaremos sobre oro, plata y piedras preciosas. El reino de Dios se construye sobre el sometimiento a su voluntad. Su voluntad es soberana. Y esa voluntad, expresada mediante su palabra escrita, es la que debemos recibir y enseñar para que el reino se extienda. El libro de los Hechos muestra esta verdad en toda su extensión. Los que recibían la palabra estaban juntos, entraban a formar parte de la familia de Dios, la comunidad de hijos, el cuerpo del Mesías. Los que la rechazaban quedaban fuera de los límites del reino de Dios. Para ser discípulos hay que recibir la palabra del rey y Señor, sometiéndose a ella. No hay otra opción. Es imperativo. No existe tal cosa como la posibilidad de escoger. El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismoCon Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo… Debemos ser renovados y transformados de la manera de pensar de este siglo para conocer cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. Dios envía sus órdenes a la tierra, su palabra corre veloz (Salmos 147:15). La palabra de Dios que sale de su boca no vuelve a él vacía, sin hacer antes la obra para lo cual ha sido enviada. Sus dominios se extienden a medida que es recibida su palabra y con ella la autoridad del reino. Así es en el cielo, y debe ser en la tierra. Dice el salmista: El Eterno estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos. Bendecid a YHVH, vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra, obedeciendo la voz de su precepto (Salmos 103:19-20). Jesús nos ha enviado con su autoridad para hacer discípulos enseñando en todas las naciones la verdad de su palabra. Nuestra autoridad está vinculada a nuestro sometimiento a su palabra. No a una institución religiosa. Jesús es la misma palabra de Dios, el Verbo de Dios. El es la palabra que se hizo carne, por tanto, estar sujetos a Jesús, unidos con él, es estar ceñidos a su palabra, de donde obtendremos la autoridad para extender su reino. Nos ha dado permiso para usar su nombre. En mi nombrehaced discípulos. Pero separados de él no podremos.

         Dios extiende sus dominios en la tierra a través de los discípulos que reciben su palabra y quedan unidos a ella bajo su señorío y autoridad.

TIEMPOS FINALES – Apostasía de la fe (1 al 9)

Tiempos finalesTIEMPOS FINALES – Apostasía de la fe (1)

Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía… (2 Tesalonicenses 2:3)

En este capítulo de la segunda carta de Pablo a los tesalonicenses parece como si el autor quisiera enfriar la precipitación de algunos creyentes en aquel lugar que daban por hecho que el día del Señor era inminente. El apóstol nos da aquí uno de los discursos más detallados de los acontecimientos que tendrán lugar antes de la segunda venida del Mesías. Hay precedentes que revelan el tiempo de su venida. Ya hemos visto una amplia relación en esta serie, ahora quiero pararme en algunos más. El autor comienza su disertación apelando a la cordura y el equilibro deseado que deben tener los hermanos de Tesalónica para que no se dejen mover fácilmente del modo de pensar; ni se turben en cuanto a que el día del Señor está cerca. En algunos casos esa perturbación venía a través de supuestas revelaciones, visiones o profecías, incluso había quienes apelaban a alguna carta del apóstol. Todo ello pone de manifiesto que desde el principio la expectativa del retorno del Señor fue un tema predominante en la iglesia primitiva. Lo vemos en diversos lugares de la Escritura. Pero una cosa es  tener expectativa en su regreso y otra alterar el diario vivir con énfasis desmedidos que pueden llegar a perturbar la fe y descolocar a los hermanos. Por eso digo que Pablo parece enfriar las expectativas inminentes que algunos mantenían sobre la venida del Señor apelando a no dejarse engañar con un tema que siempre provoca cierto grado de neurosis colectiva. Las hemos vivido en distintos momentos durante las últimas décadas. Dicho esto, el apóstol Pablo relaciona algunos de los hechos que preceden a la venida del Señor, y lo inicia hablando del advenimiento de la apostasía que viene antes del fin. Este término proviene del griego y significa «colocarse fuera de»; en el sentido religioso viene a ser el abandono de la fe o la doctrina que se había abrazado. Significa abandonar o romper públicamente con la fe o doctrina que se profesa. Por tanto, la apostasía es un abandono de la fe generalizado que precede a la venida del Mesías. El mismo Señor, después de enseñar a los suyos sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, y hacerlo mediante la parábola de la viuda que insiste a un juez injusto para que le haga justicia, reseñando que Dios sí la hará a sus escogidos que claman a él día y noche, concluye con estas enigmáticas palabras: Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra? (Lc.18:8).

         La fe que nos ha sido dada necesita ser abrazada, peleando y combatiendo ante las fuerzas hostiles que pretenden ahogarla o diluirla en un tiempo cuando la apostasía se extiende como un virus.

 

TIEMPOS FINALES – Apostasía de la fe (2)

Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía… (2 Tesalonicenses 2:3)

Hemos dicho que el término apostasía significa «colocarse fuera de», que en el sentido religioso viene a ser un abandono de la fe y la doctrina que un día se abrazó. Significa abandonar o romper públicamente con la fe que se había profesado, y esto de una manera generalizada. Es una atmósfera de incredulidad. Un clima espiritual tibio cuya nota predominante es el rechazo de los valores judeocristianos. Es el abandono de la ética y la moral que ha sostenido a la sociedad durante siglos, pero que ahora se ve atacada mediante leyes que pretenden erradicar toda huella de espiritualidad cristiana de la sociedad, impulsada especialmente desde las instituciones supranacionales. En este sentido, nuestra generación, especialmente lo que llamamos Occidente, ha abandonado con violenta determinación una fe que sustentaba gran parte de la cohesión social y familiar. En términos generales, la prosperidad y el bienestar conseguidos son el resultado de una ética y moral sustentadora del comportamiento humano en unos parámetros establecidos sobre el fundamento de principios bíblicos. Hoy asistimos a la gran apostasía de la fe cristiana en Europa. Los valores que han dado forma al continente están siendo socavados progresivamente mediante el abandono de los principios que lo han sostenido. Este es el primer estado de apostasía que quiero señalar en estas meditaciones. Una apostasía que se ha acelerado en esta generación de una forma alarmante, dando lugar a un deterioro de la convivencia familiar y social de consecuencias siempre dramáticas. En la historia del reino antiguo de Israel, reseñado en la Escritura, vemos que la apostasía suele instalarse después de un tiempo de prosperidad y bienestar social. La decadencia moral y espiritual daba paso al juicio de Dios y su posterior restauración. Esos tiempos preñados de idolatría en sus múltiples manifestaciones relegaban la adoración, gratitud y alabanza al Creador y Hacedor de todas las cosas, elevando el orgullo humano como generador de los logros conseguidos. Esa es una de las grandes idolatrías a la que asistimos hoy. Como dijera el rey Nabucodonosor: ¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué… con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad? (Daniel 4:30). Este rey, prototipo de las élites actuales que añoran un gobierno único y mundial, pasó siete años entre bestias, hasta que reconoció que el Señor es quien tiene el dominio en el reino de los hombres.

La soberbia que predomina en nuestros días ha producido el abandono de la fe y dependencia de Dios que nos conducirá, sino regresamos a la cordura de la fe bíblica, al juicio antes de su venida.

 

TIEMPOS FINALES – Apostasía de la fe (3)

Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía… (2 Tesalonicenses 2:3)

Hemos hablado brevemente de la apostasía generacional en Europa, una sociedad que ha sido edificada sobre los valores judeocristianos, además de la filosofía griega y el derecho romano. Hoy asistimos al sueño de Juliano, llamado el apóstata, de hacer volver el paganismo a la sociedad del siglo IV. Quisiera pararme unos momentos en el caso español, la metamorfosis que ha experimentado España en las últimas décadas, abandonando su ancestral moral católica, con todos los matices que queramos ponerle, pero que ha dado forma a la nación, configurando su carácter identitario. Hemos pasado de la dictadura nacional católica, a una democracia desdibujada que nos ha conducido, mediante libertades mal entendidas, al hundimiento y disolución de una sociedad quebrada y confusa como pocas veces en su larga historia. Es evidente que una parte de las bases tradicionales de nuestro pueblo estaban fundadas sobre la arena movediza de una religiosidad impuesta desde el poder. Por otro lado, no se pueden negar las raíces profundas de un sector de la población en una fe cristiana-católica que sirve de cortafuego ante la deriva disoluta de quienes buscan su destrucción mediante el desmembramiento de la nación española. Sin embargo, asistimos perplejos a la caída de los valores y principios espirituales que han hundido a esta generación en un secularismo que pretende desalojar la fe de todos los ámbitos públicos para desterrarla al ostracismo de una manifestación mínimamente individual. Muchos han sido anegados por los tiempos postmodernos que niegan el lenguaje bíblico y toda manifestación pública de la fe. Por otro lado, si analizamos la vertiente protestante evangélica de la fe cristiana vemos con profundo dolor que tampoco aquí estamos ante una solidez de las verdades bíblicas que puedan frenar la deriva disoluta a la que asistimos. He vivido personalmente momentos de cierto despertar espiritual en algunos movimientos cristianos en España que poco a poco fueron perdiendo su vigor en las aguas procelosas de las rencillas y divisiones impidiendo la fortaleza de una iglesia sólida con voz profética en la sociedad. Nuestros líderes representativos tampoco están a la altura de la necesidad del momento decadente que vivimos. Siempre podemos consolarnos con ciertas manifestaciones de entusiasmo locales en algunas congregaciones, pero en un sentido amplio y general, veo con tristeza que la apostasía de la fe y la doctrina también nos ha traspasado a quienes pretendíamos, ingenuamente, la transformación de la sociedad.

         España también vive hoy tiempos de decadencia de la fe y los valores.

 

TIEMPOS FINALES – Apostasía de la fe (4)

Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando (1 Timoteo 4:1)

El Espíritu lo dice claramente, que en los tiempos finales, habrá una apostasía de la fe y la doctrina; como también dice en otro lugar que se derramará el Espíritu sobre toda carne. El apóstol Pedro retomó el mensaje del profeta Joel el día de Pentecostés identificando el acontecimiento que tuvo lugar en Jerusalén, (una vez que Jesús fue recibido arriba, y sentado a la diestra del Padre), con la profecía del derramamiento del Espíritu Santo. Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne. Ambos sucesos tienen lugar en los tiempos finales: apostasía y llenuras del Espiritu. No podemos ni debemos eludir ninguno de ellos en nuestra predicación actual. Hoy asistimos al decaimiento de la fe en países y continentes enteros, especialmente en Occidente, Europa y América; a la vez que sabemos de grandes derramamientos del Espíritu en otras naciones y continentes donde el cristianismo no tuvo históricamente un arraigo similar. Me refiero a África y Asia, donde a la vez se padece una persecución infernal a manos sobre todo de integristas islámicos que masacran a los cristianos de todas las denominaciones. Dicho esto para poner moderación y equilibro en nuestra exposición, debemos reconocer sin cortapisas, que asistimos desde hace décadas al derrumbe de la fe y la doctrina en naciones con un arraigo histórico de tradición cristiana. Y según el texto que tenemos para meditar (en el que me he parado deliberadamente a su inicio) esta apostasía se produce, o mejor dicho, penetra por el oír: Apostatarán de la fe, escuchando. Paradójicamente, la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios; como también el abandono de la fe se produce por la misma vía, por oír. Por el oído penetra la fe de Dios y también la negación de ella. Podemos oír con fe o hacerlo con incredulidad. Y si algo caracteriza a nuestra sociedad actual es por la negación de la verdad revelada en la Escritura. Esa verdad ha sido suplantada por otras fes: en la ciencia, la razón, la religión del cambio climático, adoramos a las criaturas en lugar de al Creador, hemos colocado al hombre en el epicentro de todas las cosas en nombre de un falso humanismo y unos derechos humanos que suelen ser la tapadera para cobijar corrupciones de todo tipo. El egoísmo exacerbado, la vanagloria de la vida, el amor al dinero y los placeres, la cultura hedonista que huye de cualquier experiencia que provoque dolor, abnegación y esfuerzo, han substituido la verdad de la fe revelada en las Escrituras. Y todo ello ha penetrado masivamente en el oído de esta generación produciendo apostasía.

         Un sector amplio de la iglesia actual ha abandonado la fe viva y sólida.

 

TIEMPOS FINALES – Apostasía de la fe (5)

Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios (1 Timoteo 4:1)

Debemos prestar mucha atención a lo que oímos y a quién escuchamos. En palabras del Maestro: Tened cuidado de como oís (Lucas 8:18 LBLA). Uno de los indicativos de la sociedad actual es la proliferación de voces y la diversidad de altavoces para que nos lleguen todo tipo de mensajes. Cada día somos bombardeados por los medios de comunicación con mensajes repetitivos sobre los peligros de la supuesta pandemia que padecemos. Una y otra vez hemos sido expuestos a informaciones no contrastadas sobre contagios masivos y muertes atribuidas a un virus que mantiene a naciones enteras en un estado de pánico y fobia que ha penetrado en las relaciones humanas perturbándolas a unos niveles preocupantes. Lo sorprendente es que nos hemos sometido de forma servil a unas medidas restrictivas en una sociedad que alardea de mantener un régimen de libertades pero se ha plegado con ceguera sin poner en duda los mensajes unívocos de los medios de comunicación. La fascinación y el hechizo se han producido porque el temor se ha apoderado de nuestra alma… oyendo. Hay excepciones que son rápidamente calladas y estigmatizadas para imponer el relato oficial. Cuando el hombre rechaza la verdad revelada un poder engañoso toma su lugar ocupando el centro de la escena. Y no estoy negando la realidad de los hechos que nos han invadido y perturbado, estoy poniendo en duda que los gobiernos, llevados por el impulso globalista de unas élites que pretenden aprovechar el dolor y la angustia, han implantado su agenda perversa y destructiva al estilo de Nimrod en la llanura de Sinar. La fe viene por el oír; el temor también. Podemos tener fe en Dios, y, negándola, naufragar mediante otro tipo de fe que niega al Soberano Dios de Israel, entregándose a una credulidad infantil al estilo del cambio climático, con una unanimidad de los científicos falsa, y las diatribas de una adolescente sueca. La apostasía de la fe viene cuando oímos y aceptamos a espíritus engañadores y doctrinas de demonios. Los poderes espirituales que impulsan agendas de creencias globalistas son los mismos que se rebelaron contra el mandato de Dios en la antigua Babel. A estos se les unen líderes humanos que se entregan a las artimañas del error para mantener a sociedades enteras en la infantilización de quienes pretenden llevarnos, mediante vientos de doctrinas humanas, a la esclavitud de la negación de la verdad revelada en favor de ideologías destructivas que imponen mediante la prostitución del lenguaje.

         Debemos aprender a oír bien escogiendo la buena parte, como María.

 

TIEMPOS FINALES – Apostasía de la fe (6)

Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios (1 Timoteo 4:1)

Si hay un denominador común que cohesiona y cimenta los tiempos finales es la mentira y la iniquidad. El apóstol de los gentiles une ambos extremos en esta  carta. Nos habla del misterio de la iniquidad que se manifestará siendo impulsado por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos (2 Tes. 2:7-10). La agenda globalista que muchos ya están poniendo de manifiesto con datos objetivos alejados de teorías conspiranóicas, es un producto elaborado en el mismo trono de Satanás (Apocalipsis 2:13), de donde emana la iniquidad sobre todas las naciones, cuyo advenimiento es por obra de Satanás, dice el apóstol, y lo hace mediante poderes, señales y prodigios mentirosos. El mundo entero vive hoy bajo la tiranía de una de esas obras poderosas, que usando el temor a la pandemia, se ha extendido y aceptado como verdad absoluta —siempre hay argumentos verosímiles en toda gran mentira— aunque ese prodigio tiene como matriz la mentira del padre del engaño. Según los medios de comunicación, la pandemia está extendida en todas las naciones, por ello hay que aceptarla sin dar lugar a ninguna crítica o pensamiento alternativo. ¿Hay mayor prodigio que poner de acuerdo a todas las naciones hechizadas y sometidas a unas medidas de aislamiento universales? ¿Los gobernantes que legislan sin pudor sobre la muerte de millones de niños en el vientre materno (aborto); que vuelven a hacerlo para que los médicos sean cómplices del suicidio de los ancianos, o quienes atraviesan una situación de máximo dolor y pretenden quitarse la vida para evitar el sufrimiento que no garantiza el descanso eterno (eutanasia); estos gobernantes, en su mayoría corruptos y llenos de sí mismos, son quienes tienen una preocupación ejemplar para evitarnos un contagio que en un 94% de los casos nos provocará algo de fiebre, tos, dolores musculares y que nos abandonarán en diez días? Realmente estamos ante un prodigio de la manipulación y el engaño. ¿Una sociedad individualista, que mayoritariamente busca sus propios intereses se ha convertido en sumisa, de la noche a la mañana, aceptando una realidad que está destruyendo la convivencia y la economía mundial? Solo un poder sobrenatural de modelo babilónico puede sustentar esta estratagema.

         Iniquidad y engaño, mentira y maldad, son dos manos de una misma estrategia impulsada por los poderes de las tinieblas.

 

TIEMPOS FINALES – Apostasía de la fe (7)

Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios (1 Timoteo 4:1)

La fuerza del engaño en los tiempos finales tiene una potencia mayor que la bomba atómica. La capacidad de manipular a sociedades enteras se ha vuelto una posibilidad altamente verosímil. Los argumentos que se levantan contra el conocimiento de Dios, (léase verdades y principios judeocristianos), contienen una altivez sobrenatural capaz de neutralizar la fe que un día abrazamos. Por ese camino se filtra la apostasía. Una lluvia fina en forma de vanas imaginaciones, huecas sutilezas, filosofías, ideologías y teologías, cuya matriz está en el centro de la soberbia humana, tienen la capacidad de paralizar el desarrollo de la fe del corazón y someterlo al hechizo de los sentidos para abandonar «suavemente» la firmeza de la verdad. Todo ello es posible cuando dejamos de oír la voz de Dios entregándonos a escuchar mensajes humanistas políticamente correctos y la suavidad de argumentos con apariencia de piedad que neutralizan los fundamentos sólidos de la verdad revelada. El lenguaje se ha vuelto inclusivo, falsario, prostituyendo el sentido original de las cosas para darle otro totalmente distinto, aunque al oírlo tenga la apariencia de piedad y bondad sin que percibamos el engaño que esconde. De esta manera, una de las doctrinas de demonios ampliamente aceptada hoy, y legislada mediante leyes aprobadas por mayorías parlamentarias, es la llamada ideología de género que pretende, entre muchas otras iniquidades y algunas reivindicaciones equitativas, negar la propia naturaleza del ser humano, oponiéndose a la biología que determina el sexo por una elección caprichosa al gusto del consumidor. Es un ataque frontal a la creación de Dios. Como Nimrod, vigoroso en oposición a Dios. Prepotente, emancipado del Creador, como al principio (seréis como dioses), para levantar un reino universalista, globalista, de gobierno e ideología única, asentado en la ciudad ramera, cuyo modelo se extendió a todas las naciones después del juicio de Dios. Como está escrito: Y Cus engendró a Nimrod, primer prepotente en la tierra. Este era intrépido cazador enfrentado a Adonai Elohim (Génesis 10:8,9 BTX IV Edición). Hoy tenemos esa misma potestad establecida desde la ONU, un organismo mundial, cuyas instituciones supranacionales son el mayor impulsor de la agenda mundialista. Pensemos. No es posible tanta unanimidad en una agenda global a la que se han sometido la mayoría de las naciones sin que haya un dominio espiritual que las sustente, como se hizo en Babel.

         Asistimos a la simplificación del engaño produciendo apostasía mundial.

 

TIEMPOS FINALES – Apostasía de la fe (8)

Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios (1 Timoteo 4:1)

La Escritura enseña taxativamente que el corazón del hombre es engañoso, por tanto, proclive a la mentira y el autoengaño. Es más fácil aceptar una mentira que combatirla para entresacar la verdad de la inmensidad de argumentos humanos. Y cuando las sociedades entran en la deriva de entregarse a los placeres, viviendo está muerta (1 Timoteo 5:6). Por tanto, desconfiemos de ideologías mayoritarias que no aceptan otra forma de pensar. La apostasía puede manifestarse de forma abrupta oponiéndose a la verdad radicalmente, combatiéndola, como Janes y Jambres (2 Timoteo 3:8), hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe, pretendiendo apartar a otros de la verdad para que fueran salvos; como Elimas el mago trataba de impedir que el procónsul Sergio oyera la palabra en boca de Bernabé y Saulo, procurando apartarle de la fe;  o bien, de manera sutil y progresiva calando mediante una lluvia fina que permea el pensamiento, atrapa el alma en una red sentimental, y ahoga el espíritu para que no pueda reaccionar frente a los argumentos de apariencia de piedad a los que ha sido expuesto mediante un largo proceso de asimilación. Los patrocinadores de la ingeniería social a la que asistimos en las últimas décadas han optado por esta última estrategia. Habiendo infiltrado los colegios y universidades, los medios de comunicación y el poder judicial, solo han tenido que empujar levemente a los gobernantes títeres de las naciones para que acepten su pensamiento único sometiéndose bajo la sutileza de argumentos democráticos y derechos humanos. De esta forma tenemos un abanico de doctrinas que han alcanzado el nivel de verdades absolutas como el cambio climático, la ideología de género, el matrimonio homosexual, el aborto, la eutanasia, la inmigración ilegal impulsora de verdaderos asaltos a la convivencia y los recursos de una Europa rica endeudada de por vida y para varias generaciones, destruir las identidades nacionales en un carrusel de multiculturalismo falso, la destrucción de la familia tradicional, el papel de los padres y su autoridad sobre los hijos, el desprecio del cristianismo en paralelo a la invasión del islam, pretendiendo despojar a los pueblos de su cultura tradicional y conservadora de los valores esenciales que han forjado nuestra historia. Todo ello mediante un lenguaje altamente inclusivo, modulado, buenista y falso a la misma vez. Una vez aceptados los argumentos, la tibieza y el relativismo moral socaban la fe y levantan la apostasía.

         El engaño globalista es masivo, pero la verdad nos hará libres.

 

TIEMPOS FINALES – Apostasía de la fe (9)

Llegará el tiempo en que la gente no escuchará más la sólida y sana enseñanza. Seguirán sus propios deseos y buscarán maestros que les digan lo que sus oídos se mueren por oír. Rechazarán la verdad e irán tras los mitos (2 Timoteo 4:3,4 NTV)

Y ese tiempo ha llegado. Sí, me dirás, pero ha habido muchos momentos anteriores cuando las gentes han hecho exactamente lo mismo que expresa este texto. Sin duda. No hay nada  nuevo debajo del sol. La diferencia está, creo yo, en que hace tan solo unas décadas, la velocidad de transmisión del error ocupaba más tiempo, el mundo era más grande; hoy la globalización lo ha achicado de tal forma que de la misma manera que podemos conseguir un mejor precio de algunos productos al otro lado del globo, también podemos ser expuestos a la falsedad y las doctrinas de demonios que tienen su origen a miles de kilómetros. Los avances tecnológicos, internet, redes sociales, la digitalización, etc. han conseguido que podamos ser expuestos a una masificación de la información, todo tipo de mensajes, que nos abruman por un lado, y por el otro, debidamente manipulados por las élites globalistas que dominan los medios con su financiación, unifiquen sus contenidos de tal forma que tenemos naciones y continentes enteros pensando lo mismo y aplicando las mismas políticas y doctrinas. Por las mismas vías corre también todo tipo de enseñanzas que alimentan la soberbia de los sentidos y placeres, asimilando nuestro oído a un mensaje placentero, exitoso, positivista que engorda nuestro ego para destruir el alma y matar el espíritu. La sana doctrina o enseñanza de nuestro texto son los fundamentos de la doctrina de la piedad. No se trata de predicadores doctrinarios y sectarios. Son los fundamentos que una vez destruidos ¿qué ha de hacer el justo? (Salmos 11:3). Estas son las autopistas por donde viajan la disipación, disolución y apostasía. La iglesia actual está sometida a una tensión infernal. Hay muchos mensajes que tienen gran audición, el oído dispuesto, pero falsos como un euro de madera. El liberalismo doctrinal ha socavado los fundamentos de la fe, incluso hay quienes dudan en el ámbito evangélico de la autoridad de las Escrituras. Se han amontonado maestros con cierto carisma que arrastran a masas ingentes al error. Hemos abandonado la necesidad de un carácter probado. Los líderes que un tiempo fueron referentes se vuelven en algunos casos promotores de la dispersión de la grey de Dios. La sana doctrina se ha vuelto arcaica, anacrónica, y hemos buscado nuevos modelos conformados al sistema de este mundo. Todo ello nos ha debilitado asimilando gran parte de la apostasía generalizada de la fe.

         Escoger bien qué y a quién oímos es vital para no caer de la firmeza.

 

El reino venidero – 6

El reino venideroUn nuevo Señor

Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre (Filipenses 2:9-11)

Jesucristo es el Señor. Esa es la confesión de fe que reconoce el cielo para poder tener entrada al reino de Dios en la tierra, alcanzando así su reino mesiánico y celestial a su tiempo. Jesús fue glorificado a la diestra del trono de Dios después de acabar la obra que el Padre le dio para hacer. Y una vez concluida, fue entronizado en el cielo, a la diestra del Padre. La prueba de ello fue el derramamiento del Espíritu Santo el día de Pentecostés (Shavuot). Los apóstoles lo supieron, y Pedro, en su primer discurso después del derramamiento del Espíritu, dijo: Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo [Mesías] (Hch.2:36). Jesús ha sido entronizado como Señor y Mesías. Predicar su nombre y su obra sería a partir de ese momento el propósito esencial de la gran comisión. Pablo dijo: «predicamos a Cristo, y a este crucificado». Si confesamos con nuestra boca que Jesús es el Señor, y creemos en nuestro corazón que Dios lo levantó de los muertos, seremos salvos; porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación (Romanos 10:8-10). Por ello encontramos en las epístolas el tema del reino de Dios a través de la proclamación: Jesús es el Señor. No es Cesar el señor. Jesús es el Señor; y por esa declaración de fe, desde el corazón, muchos en los primeros siglos de cristianismo soportaron el martirio. Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino. Hoy vivimos lo mismo en muchas naciones del mundo, especialmente las de predominio islámico. El islam ha cambiado la confesión de fe. La base de su declaración se denomina la Shahada, y dice: «No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su mensajero». Observa que se trata de invocar un nombre, un dominio, una potestad. Jesús o Cesar. Yeshúa o Mahoma. Por negarse a cambiar esta confesión muchos están siendo masacrados impunemente en el Oriente Medio, y en muchas naciones de África y Asia; todos ellos de tradición y confesión musulmana. Los discípulos del Señor mantienen su confesión. Como está escrito: Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión (confesión) de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió (Hebreos 10:23).

         El que confiesa a Jesús como Señor tiene otro dueño, vive para él, y muere para él. Sea que vivamos o que muramos, somos del Señor.

El reino venidero – 5

El reino venideroCómo se entra (3)

… Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo  (Colosenses 1:12,13)

La entrada al reino de las tinieblas fue una herencia que recibimos en Adán. Todos nacimos bajo ese dominio de rebelión, con la naturaleza del padre de la mentira; el que ha sido homicida desde el principio, por tanto, hemos participado en mayor o menor medida de su legado. El pecado entró en el mundo por el hombre. Para poder entrar en el reino de Dios necesitamos salir del dominio de las tinieblas, y esa salida es un milagro liberador que solo Dios puede hacer. La puerta de salida de ese dominio es la cruz de Cristo y su sangre derramada en el Calvario; y la de entrada al reino es su resurrección. El cual [Jesús] fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación (Romanos 4:25). La salvación es de Dios. Por eso dice el apóstol: con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia, y esa herencia tiene que ver con su propia naturaleza: creados en Cristo Jesús, en la justicia y santidad de la verdad (Efesios 4:24). Dios nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas lleguemos a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo (el antiguo dominio del príncipe de este mundo del que hemos escapado) a causa de la concupiscencia (2 Pedro 1:4). Nacer de nuevo es salir de la potestad de las tinieblas, (su autoridad, dominio, cárcel, vivir bajo un ente espiritual dominante), y ser trasladados a otro reino, el reino de su Hijo amado. Y todo ello proviene de Dios. La salvación es de Dios. Recordemos que hay en la Escritura tres expresiones del reino de Dios, una en el corazón, que es de la que estamos hablando; otra en Jerusalén, que es el reino mesiánico futuro del que hablamos ampliamente en otra serie, y la tercera se denomina reino eterno. Debemos entender que para alcanzar el reino eterno, y participar del reino mesiánico, necesitamos ser parte del reino de Dios aquí y ahora mediante la fe en Jesús. Él mismo dijo: Yo soy la puerta, el que por mi entrare hallará pastos. También dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí. Hay un solo Dios y un solo Mediador, Jesucristo hombre. Porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los en el que podamos ser salvos que en el nombre de Jesús. El reino comienza aquí. El rey ya ha venido. El evangelio es la puerta de entrada (Efesios 1:13,14).

         La buena nueva es que el reino de Dios ha llegado, y aunque no es de este mundo, podemos entrar en él por la fe en Jesús y alcanzar el reino eterno.