EL REINO VENIDERO (26) – El reino ha venido y vendrá

El reino venideroLa esperanza de Israel – El reino ha venido y vendrá

Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado (Mateo 4:17)

Nada más iniciar Jesús su ministerio anunció sin titubeos que el reino de Dios había venido a la tierra. Su predicación, como antes la de Juan el Bautista, estuvo centrada en la necesidad del arrepentimiento para poder entrar al reino, dejando claro que la dimensión del reino que anunciaba era claramente espiritual, individual y dirigida en primer lugar al corazón del hombre. Porque de él mana la vida; es en el corazón donde primeramente debe ser establecido el gobierno de Dios sobre cada persona que voluntariamente se someta a su palabra, creyendo el evangelio. Muchos así lo entendieron, pero otros, acostumbrados al concepto de reino político, territorial y nacionalista, siguieron al Maestro como líder de masas en lugar de Señor de sus vidas.

También hubo quienes, comprendiendo la necesidad del arrepentimiento y el bautismo para un cambio de vida trascendental, reconociendo el señorío del Mesías sobre sus vidas, a la vez, creían que Israel sería el centro espiritual donde todas las naciones vendrían a adorar al rey, según el testimonio anunciado ampliamente por los profetas.

Pero los acontecimientos se desarrollaron de forma distinta. Jesús sanaba a los enfermos, liberaba a los endemoniados, perdonaba pecados, resucitaba muertos, anunciaba la buena nueva de regresar al Dios de Jacob, enseñaba una y otra vez sobre el reino de Dios mediante múltiples parábolas, y creaba una expectativa un tanto confusa y ambigua sobre la realidad de su reino. Por un lado dijo que el reino se había acercado, por el otro, que su reino no era de este mundo. Habló de un reino expresado en sus días, como de una dimensión futura y venidera del mismo reino. Hoy podemos comprender ambas dimensiones mucho mejor.

Sabemos que era necesario, y estaba anunciado por los profetas, un Mesías siervo y redentor, hijo de José; y el mismo Mesías en una segunda manifestación de Rey Soberano, hijo de David. Jesús reúne en sí mismo ambas concepciones mesiánicas. Para algunos su primera aparición fue motivo de tropiezo, distinta a la norma teológica que tenían; y para otros hoy es incomprensible el testimonio de los profetas que anuncian ampliamente en sus escritos el reino mesiánico establecido en la ciudad de Jerusalén sobre todas las naciones. Un reino en la tierra. Un Mesías gobernando desde Sion. En ambos casos, ciertos sistemas teológicos y tradiciones religiosas impiden ver lo que está revelado con claridad en la Escritura: un reino que ya vino y vendrá en la misma persona de un único Mesías Salvador y Rey.

         En los evangelios tenemos el testimonio del reino de Dios que ha llegado en la persona de Jesús, y también vendrá en su segunda manifestación.

EL REINO VENIDERO (25) – La esperanza de Israel – Saulo de Tarso

El reino venideroLa esperanza de Israel – Saulo de Tarso

Así que por esta causa os he llamado para veros y hablaros; porque por la esperanza de Israel estoy sujeto con esta cadena (Hechos 28:20)

La esperanza de Israel, la consolación de Israel (Lucas 2:25) y la redención en Jerusalén (Lucas 2:38) es un mismo episodio en la mente hebrea, formada por el mensaje de los profetas. Se trata en definitiva del advenimiento del reino mesiánico, cuyo trono será establecido en Jerusalén. Esta es la esperanza de Israel a la que se refiere el apóstol Pablo en nuestro pasaje y en Hechos 26:6-8. Por esta esperanza estaba sujeto a cadenas en Roma, viviendo en una casa alquilada donde recibió a los principales de los judíos y con quienes estuvo reunido en diversas ocasiones. Pablo les habló del reino de Dios, la esperanza que ellos mismos abrigaban, aunque los sucesos no estaban teniendo lugar tal y como habían imaginado.

La mentalidad hebrea, formada mediante siglos de instrucción sistemática en la expectativa de la redención del pueblo, comenzando con el advenimiento del Mesías-Rey, no comprendió que la redención hubiera tenido lugar mediante la obra expiatoria del Justo en la cruz del Calvario para llevar los pecados del pueblo. Ese mensaje está contenido en el evangelio de Dios que Pablo anunciaba. Es un mensaje que proclama salvación y vida eterna, una dimensión espiritual que al judío le causa tropiezo, teniendo su conciencia educada en un reino y una redención física, cuya historia lo ponía de manifiesto desde los días cuando fueron redimidos de la esclavitud de Egipto. Las fiestas establecidas por el Señor en la ley de Moisés recuerdan la liberación el día de la Pascua, las primicias en la tierra que habían recibido en heredad, y Sucot (fiesta de los Tabernáculos) que recordaba los cuarenta años en el desierto. Todo ello centralizado en un reino en Israel pactado con David, cuyo descendiente heredaría el reino prometido en el pacto.

La dimensión espiritual de esta redención no era comprendida por muchos judíos, un velo se levantó en ellos que impedía verlo; sin embargo, los gentiles, que no tenían este bagaje tradicional recibieron la buena nueva de salvación con rapidez por falta de tropiezos teológicos. Ahora bien. De la misma forma ocurrió lo contrario. Poco tiempo después el reino se interpretó solamente en clave espiritual, y la iglesia se alejó de la dimensión física que contiene el reino en Jerusalén mediante el Mesías hijo de David. Hoy es la iglesia la que no ve los aspectos literales del mensaje de los profetas porque ha espiritualizado la esperanza de Israel.

         La esperanza de Israel condujo a Pablo a cadenas y prisiones, de la misma forma que la iglesia ha encadenado a Israel por su esperanza del reino.

EL REINO VENIDERO (24) – La esperanza de Israel – Los apóstoles

El reino venideroLa esperanza de Israel – Los apóstoles

Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? (Hechos 1:6)

Después de haber sido sepultado por José de Arimatea y Nicodemo, Jesús resucitó de entre los muertos y estuvo durante cuarenta días hablando a sus discípulos acerca del reino de Dios. La expectativa que el mismo Señor había sembrado en el corazón de los apóstoles fue tan indiscutible que provocó una pregunta evidente: ¿Restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Hubo un tiempo cuando muchos de los suyos pensaron que el reino se manifestaría de manera inminente. Fue cuando estaba cerca de su llegada a Jerusalén para ser entregado en expiación. Ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente (Lucas 19:11). Sin embargo, Jesús había sido entregado a la muerte y los discípulos fueron testigos de todo el proceso. Finalmente le habían visto resucitado, y aunque habían pasado por el valle de sombra en cuanto a su expectativa de la manifestación del reino ―las cosas no parecían haber ocurrido como pensaron―, nuevamente, después de estar con ellos por espacio de cuarenta días oyéndole hablar sobre el reino, la pregunta se hizo obvia: ¿Restaurarás el reino a Israel en este tiempo?

Ya habían formulado preguntas similares con anterioridad. Recordemos. Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo? Jesús respondió ampliamente con las señales que precederían a su venida, el regreso para establecer el reino mesiánico. La mente hebrea, impregnada del lenguaje de los profetas y la larga espera de la venida del hijo de David, consideraba verosímil que estuvieran cerca, muy cerca, del advenimiento de la gran esperanza de Israel. Porque de una cosa no había duda: era el reino en Israel. Estaría focalizado en Jerusalén, su capital. Donde se levantaría el trono de David y ellos reinarían con él.

Sabemos hoy que esa expectativa continuó después que Jesús fuera alzado al cielo, aunque por el momento tocaba recibir la llenura del Espíritu y anunciar el evangelio a toda criatura, comenzando desde Jerusalén. Siempre relacionaron la parusía de Jesús con el inicio del reino mesiánico. Esa era la esperanza de Israel, el mensaje de los profetas, la enseñanza del Maestro, y lo que esperaban los discípulos después que el Señor fuera glorificado a la diestra del Padre. Volvería para establecer el reino a Israel, desde Jerusalén, y traer un gobierno de paz y justicia a las naciones desde Sion. La teología de los siglos posteriores se encargaría de espiritualizar esta esperanza, mutilando así el mensaje de los profetas, contradiciendo las Escrituras.

         Hasta muy poco antes de la partida al cielo del Señor los discípulos mantuvieron la expectativa del inminente advenimiento del reino en Israel.

EL REINO VENIDERO – (23) – La esperanza de Israel – José de Arimatea

El reino venideroLa esperanza de Israel – José de Arimatea

Había un varón llamado José, de Arimatea, ciudad de Judea, el cual era miembro del concilio, varón bueno y justo. Éste, que también esperaba el reino de Dios, y no había consentido en el acuerdo ni en los hechos de ellos, fue a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús (Lucas 23:50-52)

Se puede pertenecer a un concilio que toma decisiones erróneas e injustas y a la vez no participar del acuerdo general. Es posible disentir, poniéndolo de manifiesto, y no seguir la corriente general de la mayoría. Más aún. Podemos vivir bajo la fuerte influencia del dominio de las tinieblas, como lo estaba en aquellos días la ciudad de Jerusalén, y no tomar parte del desenfreno generalizado. Y no solamente es posible mantenerlo en secreto (Juan 19:38), sino que podemos tomar decisiones que ayuden a mitigar el dolor y la iniquidad de hechos profundamente injustos. José de Arimatea lo hizo. No participó de la confabulación generalizada de la mayoría en el proceso que se le hizo a Jesús. Tampoco se dejó intimidar por el temor a las represalias por disentir de la opinión mayoritaria, sino que su bondad y justicia de carácter le llevó a pedir a Pilato el cuerpo de Jesús para darle sepultura.

Había en Jerusalén hombres justos y piadosos en los días cuando se juzgó al Justo. Hubo judíos que no participaron de la trama orquestada contra el Autor de la vida. José de Arimatea fue uno de ellos, ayudado por Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras (Juan 19:39). Ambos eran discípulos de Jesús, aunque secretamente por miedo de las autoridades judías (Juan19:38). Podemos ver el conflicto espiritual que se estaba llevando a cabo en la ciudad de David. Por un lado la expectativa de la manifestación del reino de forma inminente. José de Arimatea lo esperaba. Y por el otro, una atmósfera de oscuridad y temor que no hicieron mella en las almas buenas y justas como las de estos dos discípulos del Maestro, aunque participaban de puestos relevantes en el concilio. No tuvieron la fuerza necesaria para frenar el juicio contra el Cordero de Dios, pero mostraron con sus hechos, hasta donde pudieron, que mantenían la esperanza del reino en sus corazones. Seguramente con interrogantes, como nosotros, pero dispuestos a hacer lo que estaba en sus manos para aliviar la causa del reo. El cuerpo de Jesús fue sepultado según la costumbre de los judíos, y todo ello realizado por dos amantes del reino cuya esperanza abrigaban en sus corazones.

         La ceguera generalizada de la ciudad de Jerusalén no impidió que hombres justos mantuvieran la esperanza del advenimiento de su reino.

EL REINO VENIDERO (22) – La esperanza de Israel – Uno de los malhechores

El reino venideroLa esperanza de Israel – Uno de los malhechores

Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso (Lucas 23:42,43)

La Escritura deja constancia inequívoca de que había una expectación muy amplia entre la población judía de la manifestación del reino de Dios en la persona del Mesías, hijo de David. La espera en la consolación de Israel, su redención, y la inmediata consumación del advenimiento del reino prometido estaba en un nivel muy alto. El mensaje reincidente y constante de Jesús sobre la llegada del reino no hacía más que exacerbar dicha expectativa. Hemos visto que se proclamó en su nacimiento. Lo vemos en el inicio de su ministerio público a Israel. Jesús lo expone ampliamente en una diversidad de parábolas, y deja claro que si echa fuera los demonios por el Espíritu el reino de los cielos se ha acercado.

Ahora bien, hemos visto que hay tres aspectos del reino de Dios. Uno en el corazón, aceptando al rey como Señor. Otro que tendrá su manifestación en la ciudad de Jerusalén donde se levantará el trono de David nuevamente; y el tercero llamado reino eterno al final de los tiempos. La mayoría de los seguidores del Mesías unían las dos primeras manifestaciones del reino en una misma. Por tanto, muchos creían, entre ellos los propios discípulos, que el reino se manifestaría en breve en la ciudad de Jerusalén.

El pasaje que tenemos para estudiar demuestra que aunque el rey había sido clavado a una cruz, la esperanza de la manifestación de su reino no se había perdido. Uno de los dos malhechores, crucificado al lado de Jesús, lo puso de manifiesto claramente: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. El espíritu profético que había en esos días en la ciudad de Jerusalén actuaba como una poderosa influencia sobre las multitudes. Incluso sobre quienes no seguían al Maestro. El que llamamos «buen ladrón» mantenía esta expectativa. Pero, el otro, que llamamos «el mal ladrón» también quiso arrancar un último beneficio de aquel a quien llamaban Rey de los judíos, diciéndole: Si tú eres el Cristo [el Ungido y Mesías], sálvate a ti mismo y a nosotros.

El mensaje de la mesianidad de Jesús, con la manifestación inminente de su reino, había calado en toda la sociedad, y no debemos simplificarlo diciendo que tenían una esperanza política del Mesías, porque todos los profetas habían hablado con claridad de la redención múltiple que llevaría a cabo el hijo de David, incluyendo la liberación del yugo romano.

         La expectativa de la inminente manifestación del reino mesiánico se había apoderado de la sociedad jerosolimitana de tal forma que incluso los ladrones colgados al lado de Jesús la mantuvieron hasta el final.

EL REINO VENIDERO (21) – La esperanza de Israel – Jerusalén

El reino venideroLa esperanza de Israel – Jerusalén

… Estaba cerca de Jerusalén, y ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente […] Cuando llegaban ya cerca de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto, diciendo: ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas! (Lucas 19:11,37,38)

Los acontecimientos del nacimiento de Jesús y el día de su circuncisión en el templo de Jerusalén fueron tan espectaculares que no pasaron desapercibidos para muchos, especialmente para sus padres, que estaban maravillados de todo lo que se decía de él (Lucas 2:33). Pero una vez cumplido con todo lo prescrito en la ley del Señor, volvieron a Galilea, a la ciudad de Nazaret. La familia entró así en la normalidad diaria de un hogar judío. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría y la gracia de Dios era sobre él (Lucas 2:39,40). Luego se nos cuenta otro episodio cuando cumplió los doce años y la familia subió nuevamente a Jerusalén para celebrar el Bar Mitzvá, el momento cuando el joven judío es considerado responsable para guardar los mandamientos, y comienza a tener, como todos los adultos, deberes y obligaciones. Todo ello nuevamente en la ciudad de Jerusalén y en el templo judío, que a pesar de la manipulación mediática árabe, si existió y era el centro de la múltiple actividad  del pueblo en días de Jesús.

Pasado el tiempo, y manifestado el Mesías a Israel a la edad de treinta años, nos encontramos nuevamente en la misma ciudad, capital de Judea, después de sus tres años y medio de ministerio público. Pues bien, la ciudad está convulsionada. Han visto y oído todo lo que Jesús ha hecho y dicho, y la expectativa está en su nivel más alto. Pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente. Observa cual era la expectativa del pueblo: el reino de David, un reino literal y físico, con un rey, Jesús, hijo de David. Así lo proclamaron con gran gozo las multitudes en su entrada a la ciudad eterna. ¡Hosanna! ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor!

Pero hay también otra manifestación oculta de las autoridades religiosas que piensan de otro modo. Las huestes espirituales de maldad han cercado la ciudad y esperan su momento. La expectativa de la multitud parece disolverse, y poco después, debidamente manipulados, dan voces diciendo: ¡Crucifícalo! Sin embargo, la expectación del reino no muere, adormece, y rebrota nuevamente.

         La ciudad de Jerusalén fue testigo privilegiado de la venida del siervo sufriente, y lo volverá a ser en la manifestación del rey triunfante.

EL REINO VENIDERO (20) – La esperanza de Israel – Ana

El reino venideroLa esperanza de Israel – Ana

Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel […] y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones. Ésta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén (Lucas 2:36-38)

Estamos visitando el templo de Jerusalén en el siglo I. En medio de la actividad religiosa habitual, con las multitudes ignorando los sucesos que están teniendo lugar en medio de ellos, nos encontramos con algunas personas, escogidas por Dios, para dejar su testimonio eterno. La eternidad actuando en medio de la rutina diaria. Los gobernantes del pueblo sin revelación, los sacerdotes entregados a su quehacer cotidiano no perciben lo que ha visto Simeón, un anciano que esperaba la consolación de Israel, y una viuda entregada al ayuno y la oración, que han desembocado en un día único para ella y muchos más en Israel. Se presentó en la misma hora cuando Jesús era circuncidado. Ella, que siempre estaba en el templo, ese día discernió que algo trascendía a lo habitual.

Simeón bendijo al niño, anunció la profecía de Isaías en su oración; y ahora Ana, una mujer profetisa, sensible al Espíritu de Dios, supo que el niño que apareció en el templo ― ¿cuántos niños no serían circuncidados ese día?― era el redentor esperado por muchos en Jerusalén. Fue tan fuerte su convicción que hablaba del niño a todos los que estaban en su entorno. Muchos se sorprenderían, otros la mirarían con recelo, pero ella era una mujer virtuosa, conocida por estar siempre en el templo, sirviendo a Dios desde que quedó viuda, por tanto, lo que anunciaba tenía la fuerza de la verdad, y que concordaba con la esperanza de la redención que muchos en Israel esperaban desde tiempo atrás. Para muchos otros, todo esto pasó desapercibido. Unos porque no estaban en el templo y no supieron lo que allí tuvo lugar; otros porque anegados del día a día, —como hoy—, no tenían tiempo para pensar en profecías, ni profetas, y mucho menos en lo que varios ancianos anunciaban con tanta vehemencia.

El texto dice que Ana hablaba a todos los que esperaban la redención en la ciudad de Jerusalén. Piensa. Muchos la esperaban. Redención aquí no solo tiene que ver con la dimensión espiritual, sino con liberación física de sus enemigos, en ese caso el Imperio Romano. Ambos aspectos están presentes en la redención. La Pascua judía celebra un acto de redención física, salieron de la esclavitud de Egipto, siendo hechos un reino de sacerdotes para servir al Dios vivo y verdadero. Esa esperanza estaba presente en Jerusalén y Ana lo sabía.

         La consolación y redención de Israel es una misma esperanza que muchos tenían en los días cuando nació el Mesías y que aún hoy conservan. 

EL REINO VENIDERO (19) – La esperanza de Israel – Simeón

El reino venideroLa esperanza de Israel – Simeón

Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor (Lucas 2:25,26)

La secuencia de los múltiples acontecimientos que se estaban desarrollando en la ciudad de Jerusalén nos conduce ahora al templo. Por cierto, templo que los palestinos, con sus gobernantes a la cabeza, niegan que haya existido nunca, poniendo en duda el testimonio de los apóstoles y profetas. El templo estaba bien activo en días cuando nació el Mesías, y a él se encaminó Simeón  movido por el Espíritu de Dios. Providencialmente, llegó cuando los padres de Jesús habían llevado al niño al templo para que fuera circuncidado según la ley. Acto que no se hubiera podido realizar si el templo, como dice una reciente resolución de la UNESCO, nunca hubiera existido. Sin embargo, el testimonio es firme.

A Simeón, un judío justo y piadoso que mantenía una vida de fe y oración en niveles muy altos, le había sido revelado por el Espíritu que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. Por tanto, Simeón supo que no partiría a la eternidad sin haber visto la llegada del Mesías. Además, mantenía la esperanza de la consolación de Israel como parte de su fe viva, y esa esperanza consoladora contenía el advenimiento del reinado mesiánico, mediante el Ungido del Señor, el hijo de David, para liberar al pueblo de sus enemigos, perdonar sus pecados y establecer su reino de justicia y paz. Esa era la esperanza del anciano Simeón. Esa era la consolación de Israel que esperaba.

Y ahora, movido por el Espíritu, fue al templo, vio al niño con sus padres, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios, diciendo: Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel (Lucas 2:28-32). Una oración fundamentada sobre la profecía de Isaías, leamos: Yo soy el Señor, en justicia te he llamado… te pondré como pacto para el pueblo, como luz para las naciones (Isaías 42:6 LBLA). Una profecía del siervo del Señor vinculada al reino mesiánico de justicia y paz. Y en otro lugar dice: también te haré luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra (Isaías 49:6 LBLA). La salvación viene de los judíos. El reino venidero será establecido en Jerusalén con gloria, y alcanzará a todas las naciones con revelación… como las aguas cubren la mar.

         Aún esperamos y oramos, como Simeón, la consolación de Israel que traerá luz y revelación a todas las naciones y gloria al pueblo de Dios.

EL REINO VENIDERO (18) – La esperanza de Israel – Zacarías

El reino venideroLa esperanza de Israel – Zacarías

Y Zacarías su padre fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó, diciendo: Bendito el Señor Dios de Israel, que ha visitado y redimido a su pueblo, y nos levantó un poderoso Salvador en la casa de David su siervo, como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio… (Lucas 1:67-70)

Hay periodos de la historia profética cuando la palabra de Dios se activa de forma veloz acelerando los planes de Dios en la tierra. Se impulsan distintas convergencias con múltiples factores que actúan sobre diversas personas para llevar a cabo los propósitos divinos. María, la madre de Jesús, había recibido el mensaje del ángel, y ésta había respondido: «Hágase». En esta sola palabra tenemos la combinación siempre misteriosa de la voluntad de Dios y la de los hombres, en este caso, la de María. El plan eterno seguía su curso, y ahora le tocaba el turno a Zacarías, sacerdote y futuro padre de Juan el Bautista. Me gusta pensar que la vida cotidiana en Israel se movía en los parámetros habituales, mientras se llevaban a cabo acontecimientos sobrenaturales que cambiarían la historia para siempre.

Elisabeth, mujer de Zacarías, había dado a luz un niño al que pusieron por nombre Juan, tal y como anunció el ángel a su padre. Cuando Zacarías recuperó el habla, después de haber quedado mudo durante el tiempo del embarazo de su mujer, fue lleno del Espíritu Santo y profetizó. En sus palabras inspiradas volvemos a encontrarnos con la esperanza de Israel, una esperanza que contiene redención, liberación y gobierno sobre Israel. Redención de sus pecados, liberación de sus enemigos, y reinado mediante el descendiente de la casa de David. El Mesías que esperaban debía venir de la casa de David, entroncando con el pacto hecho por Dios con su descendencia.

Los judíos recuerdan siempre en la Pascua (Pesaj) la liberación de Egipto. Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron; para hacer misericordia con nuestros padres, y acordarse de su santo pacto; del juramento que hizo a Abraham nuestro padre, que nos había de conceder que, librados de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos en santidad y justicia delante de él (Lucas 1:71-75). Israel, en ese tiempo sujetos al yugo romano, vieron la similitud con Egipto de una liberación que estaba tomando forma. El Mesías vendría a establecer un reino libertador para que el pueblo sirva a su Dios.

         Zacarías vinculó en su profecía el nacimiento de su hijo Juan con la llegada del Mesías, librándolos de sus enemigos y estableciendo el trono de David en Jerusalén para que Israel sirviera a su Dios en santidad y justicia; servicio que solo puede realizarse plenamente en el reino venidero.

EL REINO VENIDERO (17) – La esperanza de Israel – El ángel a María

El reino venideroLa esperanza de Israel – El ángel Gabriel a María

María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Éste será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin (Lucas 1:30-33)

Cuando llegó el cumplimiento del tiempo para que la simiente de Abraham fuera manifestada a Israel, una parte del pueblo mantenía viva la esperanza de los padres. Esa esperanza era la venida del hijo de David, heredero de su trono. Así le fue comunicado por el ángel Gabriel a la joven María. Ésta había hallado gracia delante de Dios para ser el vaso mediante el cual nacería el niño que estaba anunciado por el profeta Isaías. Su nombre sería Jesús, que significa Salvador, por tanto, una apelación inequívoca a su función expiatoria de los pecados del pueblo, cuya misión invocaba la función del Mesías como siervo sufriente. Este fue el mensaje que José, desposado con María, recibió a través del ángel que se le apareció en sueños para decirle: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS [Salvador], porque él salvará a su pueblo de sus pecados. (Mateo 1:18-21).

El evangelio de Mateo enfatiza al Mesías sufriente, el siervo de YHVH, el cual salvará al pueblo de sus pecados, por tanto, Mesías redentor; mientras que el mensaje que recibió María a través del ángel Gabriel, narrado por el evangelista Lucas, el énfasis estuvo sobre la vinculación del niño con la simiente de David y su trono, es decir, la figura del Mesías rey. Ambas funciones reunidas en un mismo Mesías. El mensaje del ángel a María ponía el acento sobre la esperanza que anidaba en el alma judía desde hacía siglos: será grande. Como dijo Isaías: Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Será llamado Hijo del Altísimo. No solo hijo de Abraham y de David, sino del mismísimo El Shaddai. Y el Señor Dios le dará el trono de David su padre. Heredero de la promesa hecha a David, que de su descendencia habría uno que reinará sobre la casa de Jacob para siempre. Aquí tenemos el anuncio del reino mesiánico en Jerusalén. Añadiendo: Y su reino no tendrá fin. El reino se extenderá durante mil años, y le sucederá el reino eterno. Esta esperanza estaba presente en el primer siglo en Israel cuando el ángel Gabriel se le apareció a María.

         Cuando llegó el cumplimiento del tiempo Israel mantenía la esperanza de un reino mesiánico en Jerusalén, anunciado por el ángel Gabriel a María.