60 – LA LUCHA INTERIOR (Fin de la Serie) – La liberación de un cuerpo de muerte

Lucha interiorLa liberación de un cuerpo de muerte

¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte? Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que yo mismo, por un lado, con la mente sirvo a la ley de Dios, pero por el otro, con la carne, a la ley del pecado  (Romanos 7:24-25).

Hay quienes son partidarios de cambiar el vocabulario en la predicación del evangelio para hacerlo —dicen— más accesible al hombre no religioso. Damos por hecho que la terminología bíblica es ininteligible y buscamos la forma de acercarlo a la mente natural. Craso error. No estoy de acuerdo. Pablo habla de lucha interior, de guerra, de prisiones, de muerte y por supuesto del libertador. El lenguaje no puede ser más claro. Somos esclavos. Hemos nacido en pecado. Tenemos una naturaleza pecaminosa que se opone a Dios. Necesitamos un libertador de este cuerpo de muerte, y para ello debemos diagnosticar la enfermedad, sin eufemismos, ni pretender hacerla más agradable conduciéndonos irremediablemente a la muerte eterna.

Nos hemos vuelto demasiado blandos. Hemos abandonado, por cobardía, la proclamación de la verdad cruda, sin epidurales que mitiguen el dolor. Hay dolor. Hay sufrimiento. Y habrá más si no hablamos claro en lo tocante a la realidad del estado del hombre. Pablo ha expuesto en este capítulo un conflicto que desemboca en un clamor, un grito desgarrador: «¡Miserable de mí!». El hombre es un ser miserable sino resuelve su necesidad de ser librado del mal que lo domina. «¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?» El mismo clamor pone de manifiesto que el hombre al que se refiere Pablo está atrapado y tiene la necesidad de ser liberado.

Y la liberación no es de una cárcel siberiana, sino de un cuerpo muerto pegado al que clama, atado a la persona que grita desesperada por liberación. ¡No podemos vivir enlazados a un cuerpo muerto! La muerte acabará oliendo mal, descomponiendo el cuerpo y afectando con su podredumbre al que lo lleva ligado. Es una imagen aterradora y una realidad aún peor. Si no hay clamor por liberación es porque no hay consciencia de la compañía a la que estamos atados. Los que perciben el olor de muerte del hombre carnal claman con desesperación, y es a ellos a quienes se dirige Pablo: «Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro». Amén.

         El grito de desesperación por la muerte que llevamos atada culminará con la liberación de ser unidos en yugo con Jesús. Soltamos la muerte y abrazamos la vida. Jesús es la vida, nuestra nueva vida en libertad.

59 – LA LUCHA INTERIOR – Un conflicto de leyes contradictorias

Lucha interiorUn conflicto de leyes contradictorias

Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios, pero veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros  (Romanos 7:22-23).

La terminología que usa el apóstol Pablo en este pasaje es llamativamente belicosa. Habla de una guerra interior entre miembros del mismo cuerpo, incluyendo prisioneros. En ocasiones hablamos de «almas atormentadas» refiriéndonos a personas con un conflicto interno especial. Tenemos centros psiquiátricos donde las internamos, y en ocasiones decimos que hay mas «locos» fuera que dentro. Hemos hecho una lista de comportamientos aceptables que la sociedad reconoce como tales, y otros que son un peligro para la convivencia. Desde luego las autoridades deben tomar medidas para mantener la ley y el orden, impidiendo comportamientos nocivos que puedan destruir la sociedad.

Sin embargo, damos por bueno o tolerable actitudes que son igualmente perniciosas, como por ejemplo el egoísmo, la codicia, las ambiciones y desigualdades abiertamente dañinas en toda convivencia. Pero, «no hay justo, ni aún uno… todos se han desviado, a una se hicieron inútiles; no hay quién haga lo bueno, no hay ni siquiera uno… Todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios» (Rom. 3:10-12,23).

Al hacer una lista de «buenos y malos» damos por sentado que hay personas a las que no parece afectarles la guerra de la que habla Pablo en Romanos 7, pero todos sabemos que eso no es así. Todos sufrimos el conflicto interno con la naturaleza de pecado. El hombre interior, el espiritual, se deleita en la ley de Dios, pero hay otra ley que se revela y hace la guerra entre los mismos miembros de nuestro ser, afecta a los miembros y a la mente, y el resultado de esa lucha es acabar en una prisión invisible que actúa en nuestro cuerpo, haciendo obedecer una ley de pecado opuesta a la ley de Dios.

Ahora podemos comprender mejor el lenguaje de Jesús en la sinagoga de Nazaret: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos… para poner en libertad a los oprimidos…» Son, —somos—, los prisioneros de la ley del pecado, apresados en calabozos de iniquidad interior.

         La batalla interior de la persona, −el conflicto invisible del ser humano−, comienza a resolverse cuando identificamos la prisión en la que estamos y al libertador que necesitamos. El Hijo del Hombre vino a ponernos en libertad.

58 – LA LUCHA INTERIOR – El hallazgo de una ley mala

Lucha interiorEl hallazgo de una ley mala

Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo la ley de que el mal está presente en mí  (Romanos 7:21).

La cosmovisión bíblica del hombre parte de la premisa negativa de que el mal está presente desde el principio. «En pecado me concibió mi madre», dijo el salmista. Por su parte, la cosmovisión humanista moderna, surgida de la Ilustración, enseña que la naturaleza del hombre es buena hasta que se demuestra lo contrario. Ambas posturas son diametralmente opuestas. El conflicto comienza ya en el punto de partida. Si partimos de la concepción de un hombre bueno que viene a malearse por la influencia externa, estamos ante una idea opuesta a la revelación que encontramos en las Escrituras.

La verdad bíblica presenta el caso contrario. El hombre nace en pecado, participa de una naturaleza mala, «el mal está presente en mí», dice el texto en el que estamos meditando, por tanto, necesita un regenerador externo que cambie el rumbo del hombre. Esta premisa básica es fundamental en la predicación del evangelio. Sin naturaleza pecaminosa no se necesita un Redentor.

Si partimos de concepciones ilustradas en la que una educación adecuada soluciona el problema de la naturaleza del hombre, evitamos la necesidad del evangelio, por tanto, de Dios, somos autosuficientes, basamos nuestra historia en nosotros mismos y nuestra potencialidad para hacer frente al mal. Ardua tarea. Errada visión. La historia reciente ha demostrado con toda nitidez la falacia de ese argumento.

La religión tampoco es la solución, puesto que pretende reformar al hombre, el mal que está presente en él, a través de ritos, ceremonias, liturgia o doctrina. El poder del mal es tan fuerte que el hombre no tiene fuerza en sí mismo para sobreponerse a él. Queremos, pero no podemos. Lo intentamos y fracasamos. La frustración nos lleva a la rendición… pero hay respuesta, el evangelio es poder de Dios para salvación; lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. Jesús apareció para quitar nuestros pecados (1 Juan 3:5), el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios.

El hombre es la mayor sorpresa del hombre. Hay acciones que muestran un tipo de maldad desconocida. Existe una ley invisible en nuestros miembros que pone de manifiesto la maldad que mora en el interior de la persona. Las acciones se reproducen a lo largo de familias y generaciones. La historia revela que el hombre comete los mismos errores y pecados sin que haya alternativa. La Biblia tiene razón: «el mal está presente en mí».

         El conflicto interno debe ser expuesto a la luz de la verdad del hombre que revela la Escritura. Evitarlo solo reproduce el mal. El evangelio redime.

57 – LA LUCHA INTERIOR – Dos voluntades contrapuestas

Lucha interiorDos voluntades contrapuestas

Pues no hago el bien que deseo, sino el mal que no quiero, eso practico. Y si lo que no quiero hacer, eso hago, ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí  (Romanos 7:19-20).

La voluntad se mueve a impulsos de los deseos y la razón. Hay personas más inclinadas a la racionalidad, y otras que son más emocionales. Todas ellas tienen el mismo conflicto. Sea que la voluntad se mueve por deseos, o que lo hace por razonamientos, o ambos casos a la vez, siempre se le opone otra voluntad más fuerte, la del pecado que habita en él. Estas dos luchan entre sí para que no hagamos lo que realmente queremos hacer.

Una vez más vemos que el poder del pecado es superior al de nuestra fuerza de voluntad o el poder de nuestros afectos. Mantenemos una lucha de voluntades en nuestro interior que nos recuerda la novela de Stevenson, Dr. Jekill y Mr Hyde. Dos personajes antagónicos en una misma persona. La esquizofrenia —dos voluntades contrapuestas— forman parte de nuestra experiencia más veces de las que quisiéramos. Hoy lo llamamos trastorno bipolar.

La exégesis de Pablo incide en la lucha de querer hacer una cosa y practicar otra, con lo que se pone de manifiesto que una personalidad ajena a nuestro ser, pero que está mezclada con él y se fusiona aunque sea distinta, nos lleva a hacer lo que no queremos. El apóstol lo vuelve a llamar «el pecado que habita en mí». En otro lugar dice que «el pecado entró en el mundo por un hombre». El pecado entró, por tanto, vino de otro lugar, era originalmente ajeno a nuestra naturaleza primigenia. Lo vimos en otras meditaciones.

Pero ahora estamos ante una realidad que nos impide ser y desarrollar la voluntad de Dios, que es buena, agradable y perfecta. Podemos dar todas las coces contra el aguijón que queramos, pero no conseguiremos desalojar el poder del pecado de nuestras vidas salvo mediante aquel que lo ha vencido y derrotado en la cruz del calvario. «El que hace pecado, es esclavo del pecado, pero si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres». Por tanto, solo un cambio de naturaleza, creada en justicia y santidad de la verdad, podrá ponernos en disposición de afrontar esta dualidad para amar a Dios con todo el corazón, sin doblez, y vivir alejados de la voluntad del pecado para poder hacer la voluntad de Dios.

         No podemos servir a dos señores. Tampoco podemos servir a dos voluntades. El evangelio declara: «ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí».

56 – LA LUCHA INTERIOR – Un habitante interior opuesto al bien

Lucha interiorUn habitante interior opuesto al bien

Así que ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí. Porque yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita nada bueno; porque el querer está presente en mí, pero el hacer el bien, no  (Romanos 7:17-18).

La pregunta: ¿Qué es el hombre?, debería llevarnos a otra: «¿qué hay en el hombre?». Si sabemos lo que hay dentro de nosotros podremos comprender mejor lo que hacemos. La respuesta teológica de Pablo nos dice que hospedamos en nuestra morada terrestre un habitante que nos impide hacer el bien, y no solo lo impide, sino que trabaja en nuestra contra para producir aquello que en realidad no queremos hacer. Ese intruso que ha venido para quedarse, Pablo lo llama «el pecado que habita en mí».

Además, nos dice el apóstol, que es consciente de que en su viejo hombre, el nacido según la carne, no habita nada bueno. ¿Nada? ¡Nada! No tiene arreglo posible. Es un desecho. No hay religión que pueda con él. No hay fuerza de voluntad que lo doblegue. El potencial del habitante que menciona Pablo es tan poderoso que estamos sentenciados a obedecer sus demandas por muy distintas que sean a nuestro pensamiento. ¡Qué lejos queda este mensaje de la filosofía humanista y «buenista» que nos han inoculado desde la infancia! Nuestros hijos la han bebido hasta la embriaguez en las universidades. Está tan extendida que oponerse a ella es ser intolerante, extraño, extraterrestre. Nada nuevo, el evangelio, en su múltiple mensaje, siempre ha sido impopular y ajeno al pensamiento humano.

Una filosofía o religión que enfatiza la potencialidad humana, la autosuficiencia, el poder interior de la persona y las capacidades intrínsecas del hombre está muy lejos de la enseñanza del apóstol de los gentiles. Este mensaje se predica hoy en muchos púlpitos, haciendo un énfasis desmedido y falso sobre la realización personal y búsqueda de la felicidad. Pablo dice: En mi carne no habita nada bueno. Está presente el deseo de hacerlo, pero la impotencia es la norma y no hay excepciones en este caso.

Acariciar, acunar y besuquear el hombre carnal no lo hará cambiar de naturaleza, su destino es la muerte para que pueda nacer una simiente nueva con el potencial del reino de Dios. No el potencial de resucitar la carne y regresar al deseo de hacer lo bueno, sino, el poder de Dios para salvarnos de nosotros mismos y llevarnos a la impotencia para vivificar el nuevo hombre.

         El inquilino indeseable que habita nuestro interior no saldrá por voluntad propia, ni por educación, ni por normas religiosas, solo lo hará mediante el poder de la sangre de Jesús que lo disuelve.

55 – LA LUCHA INTERIOR – Un comportamiento incomprensible

Lucha interiorUn comportamiento incomprensible

Porque lo que hago, no lo entiendo; porque no practico lo que quiero hacer, sino que lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero hacer, eso hago, estoy de acuerdo con la ley, reconociendo que es buena  (Romanos 7:15-16).

Ciertos comportamientos humanos son tan incomprensibles que nos dejan estupefactos. La capacidad del mal es tan poderosa que muchas veces arrastra personas a manifestaciones de un nivel de depravación difícilmente aceptables en una sociedad normal. Los más sorprendidos somos nosotros mismos. «¡Cómo he podido hacer eso!», decimos, «jamás pensé en hacerte daño», y sin embargo, lo hemos hecho, invadiéndonos la perplejidad. Nos odiamos. Nos culpamos. En los casos más graves solo el suicidio puede acallar la voz que nos atormenta.

Ciertas filosofías modernas —porque son relativamente recientes, proceden en su mayoría de la época de la Ilustración francesa— nos dicen que el hombre es bueno por naturaleza, siendo la sociedad quien produce los resultados indeseados en su carácter. Habría que preguntarse quién ha producido la sociedad. Esa corriente de pensamiento humanista está muy lejos de la cosmovisión bíblica. En nuestras meditaciones lo hemos visto ampliamente.

También se dice que «el hombre es el mayor enemigo del hombre». Hemos llegado a unos niveles de desequilibrio básico valorando más a los animales que a las personas. Decimos: «somos peores que animales», y en ciertos casos es cierto, pero eso no es razón para negar nuestra humanidad y colocarla al mismo nivel que el mundo animal. Lo que debemos saber es que «Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones» (Ecl. 7:29).

Debemos saber también que la ley es buena para poner freno a los caprichos del pecado, pero que no es suficiente. La ley fue nuestro ayo para llevarnos a Cristo, quién cambia nuestra naturaleza de pecado por el poder de la resurrección y una vida indestructible por el Espíritu de Dios. Hay un tiempo para la lucha sin entender lo que sucede en nuestro interior. Pero el conocimiento revelado, mediante la palabra vivificada por el Espíritu, levantará la verdad en nuestros corazones para hacernos libres de nosotros mismos. Es el gran milagro: Cristo en vosotros, la esperanza de gloria. (Colosenses 1:27).

         Lo incomprensible de ciertos comportamientos humanos debe llevarnos a la impotencia de pelear una batalla perdida contra el pecado. La victoria está en aquel que venció el pecado y la muerte por nosotros.

54 – LA LUCHA INTERIOR – La carne actúa sobre el cuerpo para muerte

Lucha interiorLa carne actúa sobre el cuerpo para muerte

Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas despertadas por la ley, actuaban en los miembros de nuestro cuerpo a fin de llevar fruto para muerte  (Romanos 7:5).

¿Qué es el hombre? Un entramado de conflictos internos si atendemos a la enseñanza del apóstol Pablo en la epístola de Romanos capítulo 7. El apóstol se interna en este capítulo en las interioridades del ser para tratar de diseccionar y comprender el conflicto que se lleva a cabo en su interior. Verdaderamente es complejo. Somos complejos. Por mucho que leemos este capítulo nos quedan preguntas sin resolver, pero podemos constatar de manera clara que lo expuesto responde a la verdad de nuestra lucha interior.

Vayamos adentro. Bajemos a las cavidades interiores cual geólogo a las profundidades de la tierra. Las conexiones son múltiples, los caminos diversos y escarpados, pero tratemos de percibir las guías maestras que nos lleven a comprender mejor nuestra propia complejidad para mejorarla. Es evidente que necesitamos el socorro del Espíritu de Dios, pero avancemos paso a paso.

Dice Pablo: mientras estábamos en la carne Es un estado que hemos abandonado, forma parte del pasado, de nuestra vieja y vana manera de vivir y pensar. Viviendo en ese estado se despertaban en nosotros las pasiones pecaminosas mediante la ley que pretendía limitarlas y acotarlas, sin embargo, producían un efecto contrario.

La ley es buena, pero cuando actúa sobre el hombre carnal excita su pasión de tal forma que anhela hacer aún más aquello que se le prohíbe. De ahí que el pecado tenga cierto atractivo morboso para producir deseos que sabemos son contraproducentes. El adulterio es la muerte de la familia, pero ejerce un atractivo tan posesivo que neutraliza la razón, subyuga la voluntad y atrapa los sentimientos en una espiral irrefrenable.

Las pasiones carnales activadas por la oposición de la ley actúan sobre los miembros del cuerpo, que se someten y rinden sin condiciones, produciendo un resultado de muerte previsible. Sin embargo, no podemos, o no tenemos, la capacidad para frenar sus efectos devastadores. Entramos así en la impotencia que nos conduce a la frustración, en unos casos; o a la condenación en otros, bajo el peso de una conciencia atormentada.

Para el hijo de Dios esta lucha es posible ganarla porque existe dentro de su ser una nueva fuente de poder capaz de frenar las pasiones desordenadas. «Nueva criatura es». Una nueva naturaleza con capacidad para levantarse sobre las cenizas del viejo hombre carnal y reinar.

         Hemos muerto y resucitado con Cristo para andar en novedad de vida.

53 – LA LUCHA INTERIOR – Las obras de la carne

Lucha interiorLas obras de la carne

Ahora bien, las obras de la carne son evidentes, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes, contra las cuales os advierto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios  (Gálatas 5:19-21).

Después de este amplio recorrido que hemos hecho de las vidas de Esaú y Amalec, viendo la analogía que hay entre el hombre carnal y el espiritual,  quiero regresar al mensaje del Nuevo Testamento y la enseñanza del apóstol Pablo sobre la lucha que afrontamos los creyentes entre la carne y el Espíritu.

La lucha interior es inevitable puesto que mantenemos dos naturalezas, una nacida de la carne y otra del Espíritu. Cada una de ellas produce según su propia naturaleza, ambas son incompatibles, y aunque en muchos casos se mezclan en nuestro diario vivir, debemos escoger con determinación a quién vamos a servir.

La vida cristiana produce de sí misma el fruto de justicia. Sin embargo, la acción pecaminosa aún tiene la posibilidad de rebrotar para recuperar su viejo dominio sobre los redimidos que han escapado a su tiranía. Esta lucha interior puede producir frustración en nosotros, debemos saber manejar el conflicto y comprenderlo para no caer en el engaño de la incredulidad.

Jesús dijo que el árbol se conoce por su fruto, por tanto, viendo el fruto podemos saber cuál es su naturaleza. Las obras de la carne están bien especificadas en la Escritura. Pablo nos hace una lista amplia de sus manifestaciones que nos recuerda al viejo ejército de Amalec. Cuando esas acciones están presentes en la vida de una persona sabemos que allí está operando el hombre carnal, opuesto a Dios y a la vida del Espíritu. Pablo acaba la lista con una sentencia lapidaria: los que practican tales cosas no heredan el reino de Dios. No hay lugar para la duda. No hay discusión posible.

La manifestación del hombre carnal es abominación a Dios, como lo eran las obras de los edomitas y los amalecitas, pueblos contra los que Dios está enojado para siempre y aborrece. La lista de Pablo incide ampliamente en los pecados sexuales, muy presentes en nuestra sociedad, donde todo parece estar afectado por una sexualidad mal entendida y desordenada que ha sumergido a la presente generación en un mar de lodo.

         Las obras de la carne están opuestas a Dios como lo estuvieron Edom y Amalec, y su práctica aleja al hombre del reino de Dios.

52 – LA LUCHA INTERIOR – La respuesta de David a Amalec

Lucha interiorLa respuesta de David a Amalec

Entonces David y la gente que estaba con él alzaron su voz y lloraron, hasta que no les quedaron fuerzas para llorar… Y David estaba muy angustiado porque la gente hablaba de apedrearlo, pues todo el pueblo estaba amargado, cada uno a causa de sus hijos y de sus hijas. Más David se fortaleció en el Señor su Dios… Y David consultó al Señor… Y El le respondió   (1 Samuel 30:4-8).

El panorama era desolador. Cuando pasan las hordas de Amalec por un territorio, una familia o una persona, el resultado es devastador. Veamos algunos contrastes. Saúl comenzó su carrera con una victoria sobre Amalec que acabó llevándolo a la derrota final, después de desobedecer completamente la palabra de Dios. Por su parte, David tuvo también sus encuentros con Amalec antes de ser rey, fue atacado ferozmente y expuesto a una prueba devastadora. Sin embargo, una experiencia inicial tan dramática dio lugar a un combate contra Amalec que acabó, siendo ya David rey, sometiendo a las bandas de amalecitas. (David tomó el oro de Edom, Amalec y otros que había sometido 2 Sam. 8:9-12 1 Crónicas 18:11).

Pero vayamos por partes. Veamos cómo reacciona David al dolor de la pérdida. La situación era dramática: lloraron hasta que no les quedaron mas fuerzas para llorar… David estaba muy angustiado porque la gente hablaba de apedrearlo, puesto que todo el pueblo estaba amargado. Y ante este panorama desolador se levanta el corazón de fe de un hombre de Dios: David se fortaleció en el Señor su Dios. He aquí la respuesta del hombre espiritual y renacido. El espíritu toma el control de la situación poniendo su mirada en el Señor y en el poder de su fuerza. Ese levantamiento le llevó a consultar a Dios, no quedó paralizado más tiempo del necesario, si no que «anduvo en el Espíritu» combatiendo las obras de la carne que lo habían atacado.

El Señor le respondió y le hizo entender cómo recuperar las pérdidas para llegar a un final victorioso: David recuperó todo lo que los amalecitas habían tomado, también rescató a sus dos mujeres. Nada de lo que era de ellos les faltó, pequeño o grande, hijos o hijas, botín o cualquier cosa que habían tomado para sí; David lo recuperó todo. Este es el mensaje del evangelio de Jesús. Podemos recuperar, en Cristo, todo lo que el hombre carnal nos ha robado andando en obras pecaminosas. En Cristo, las cosas viejas pasaron, todas fueron hechas nuevas.

         Ante un ataque imprevisto de las obras de la carne debemos reaccionar en el Espíritu recuperando el propósito de Dios con nuestras vidas.

51 – LA LUCHA INTERIOR – Un descuido y Amalec arrasa con todo

Lucha interiorUn descuido y Amalec arrasa con todo

Y aconteció que cuando David y sus hombres llegaron a Siclag al tercer día, los amalecitas habían hecho una incursión en el Neguev y contra Siclag, y habían asolado a Siclag y la habían incendiado; y se llevaron cautivas las mujeres y a todos los que estaban en ella, grandes y pequeños, sin dar muerte a nadie; se los llevaron y siguieron su camino. Cuando llegaron David y sus hombres a la ciudad, he aquí que había sido quemada, y que sus mujeres, sus hijos y sus hijas habían sido llevados cautivos  (1 Samuel 30:1-3).

Estamos en el final del reinado de Saúl y los acontecimientos que darán lugar a un cambio de dinastía en Israel. Se libra la última batalla con los filisteos; Saúl y sus hijos están al frente del ejército. Los augurios son malos. La adivina de Endor ha invocado a Samuel y el mensaje recibido es trágico para la casa de Saúl y el pueblo de Israel. David y los que le siguen viven en la ciudad de Siclag, lejos del alcance de Saúl, y vaga por diversos lugares hasta saber lo que el Señor hará con su vida.

Mientras tanto, las bandas de merodeadores amalecitas quieren sacar provecho de la situación. Aprovechando la ausencia de los varones en el campamento de David —que se encontraban en territorio filisteo dilucidando si irían a la guerra contra el ejército de Saúl; finalmente fue desaconsejado por los príncipes filisteos, y David con los suyos regresaron a  Siclag— lo atacaron y se llevaron todo lo que encontraron, incluyendo las mujeres, los hijos y las hijas de las familias que seguían al hijo de Isaí. El texto es estremecedor: habían asolado Siclag y la habían incendiado; se llevaron cautivas las mujeres y a todos los que estaban… había sido quemada y sus mujeres llevadas cautivas.

Si Amalec y sus bandas de asaltantes son una figura de la vida de la carne, aquí tenemos un cuadro muy gráfico de lo que pueden hacer las obras de la carne en la vida de una familia y un pueblo: asolar, incendiar y llevar en cautiverio. No podemos ignorar el poder destructivo de Amalec. David y los suyos fueron cogidos por sorpresa, estaban ocupados —ciertas ocupaciones desmedidas de los padres pueden provocar la invasión despiadada de asaltantes amalecitas que no perdonarán a la familia—, y al volver se encontraron con el desastre que les había sobrevenido de forma inesperada. Una vez más tenemos a los amalecitas asaltando el bienestar de las familias. Cómo afrontamos esos ataques determinará una buena parte de sus efectos.

         La vida familiar está siendo atacada por bandas de amalecitas para destruirla. Nadie se libra de esos ataques, pero podemos combatirlos.