
Índice:
HISTORIA DE LA CARTA
- Acerca del autor
- Destinatario
ENSEÑANZAS Y TEMAS
- El incomparable Hijo de Dios (1:1-14) (2:9-18).
- Nuestro sumo sacerdote en el cielo
2.1. Se identificó con la naturaleza humana
2.2. Jesús es sumo sacerdote según la orden de Melquisedec
2.3. Los cambios que produce el sacerdocio de Jesús
2.4. El sacerdocio inmutable
2.5. Nuestro sumo sacerdote se presentó en el tabernáculo celestial
- Advertencias para los herederos de la salvación
3.1. Atendamos con diligencia a lo que hemos oído
3.2. No descuidar una salvación tan grande
3.3. Debemos mantener firme hasta el fin la confianza y esperanza
3.4. Los que una vez fueron iluminados… y recayeron…
3.5. Si pecamos voluntariamente…
3.6. Y si retrocediere no agradará a mi alma…
3.7. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición…
3.8. Raíces de amargura
- Acerquémonos al trono de la gracia (4:16)
4.1. Acerquémonos confiadamente
4.2. Esperanza… que penetra hasta dentro del velo
4.3. Una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios
4.4. Puede salvar perpetuamente
4.5. Teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo
4.6. Es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay…
4.7. Os habéis acercado al monte de Sion…
- Consejos finales (13:1-25)
PREGUNTAS Y REPASO
HISTORIA DE LA CARTA
Estamos ante una carta con algunas características propias que contiene temas que no aparecen habitualmente en el resto de los escritos del Nuevo Testamento. Lo iremos viendo a lo largo de nuestro recorrido.
Acerca del autor. Tal y como está confeccionado el escrito no responde a los parámetros habituales de una carta, parece más bien la exposición de una predicación con algunos elementos al final que nos recuerdan los clásicos de una epístola. Sobre el autor sabemos que es anónimo y no se ha llegado a una conclusión definitiva sobre quién es. Muchos lo relacionan con el apóstol Pablo aunque otros eruditos dicen que no responde al estilo habitual del apóstol. Se han mencionado varias alternativas pero ninguna de ellas definitiva. Destacan Apolos, Lucas, el médico amado, incluso Priscila, y en algunos casos a Clemente de Roma. Sobre la fecha se suele situar entre los años 50 al 90 d.C. aunque parece más lógico pensar que fue escrita antes de la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70. Lo importante para nosotros es que forma parte de los escritos divinamente inspirados como palabra de Dios.
Destinatario. Decíamos que su confección no responde a una carta con un destinatario definido, sino que comienza directamente con la forma en que Dios ha hablado en el pasado por los profetas y en estos últimos tiempos mediante el Hijo; aunque por su contenido podemos concluir que el autor piensa y se dirige a judeomesiánicos, —cristianos judíos—, seguramente de Jerusalén, incluso en Roma. Está escrita para un auditorio que tiene amplio conocimiento del Tanaj judío, incluyendo a gentiles familiarizados con dichas escrituras. A la vez podemos decir que cualquier cultura con un trasfondo religioso — ¡y qué cultura no lo tiene!— puede beneficiarse de su contenido, en el que aparece la figura central de Jesús como el profeta de Dios y a través de quién nos habla; es el rey que hereda el trono de David; y el sumo sacerdote que nos introduce más allá del velo para acercarnos a Dios en plena certidumbre de fe.
A continuación iremos viendo los temas principales que hemos escogido y nos parecen relevantes en esta importantísima carta de la Escritura.
ENSEÑANZAS Y TEMAS
La enseñanza primordial con la que nos encontramos es la figura central del Hijo de Dios. El comienzo es directo y sin rodeos: Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo. Por tanto, el autor inicia su andadura dejando claro desde el primer momento que estamos ante el mensaje de Dios a través de su Hijo, a quién constituyó heredero de todo, y por quién asimismo hizo el universo. La centralidad de Jesús es innegable.
Los temas que veremos y que resumen ampliamente este escrito serán la superioridad del Hijo de Dios en sus múltiples facetas, la veremos de sumo sacerdote, ahondaremos en las advertencias que se vierten como exhortación a los destinatarios de la carta, así como la importancia del camino abierto para poder acercarnos hasta el trono de la gracia penetrando más allá del velo; los testimonios de fe y las exhortaciones finales.
- El incomparable Hijo de Dios (1:1-14) (2:9-18)
Uno de mis maestros en la Escuela Bíblica de Lérida donde estudié a principios de los años 80, después de leer Hebreos 1:3, dijo que es imposible decir tanto en un solo versículo. Jesús es el resplandor de la gloria de Dios, la imagen misma de su sustancia, quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, y quién después de efectuar la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas (1:3). Antes lo ha presentado como el heredero de todo, y por quien hizo el universo. Una vez que llegamos a ser hijos de Dios somos autorizados a compartir esa herencia como coherederos juntamente con él (Rom.8:17), herederos conforme a la esperanza de la vida eterna (Tit. 3:7).
En el Mesías, hijo de David, hijo de Abraham, convergen los tres ministerios esenciales: de profeta, rey y sacerdote. Como profeta da a conocer al Padre. En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo. Dios dio testimonio en su bautismo: Este es mi Hijo amado, en quién tengo complacencia (Mt.3:17). Y en el monte de la transfiguración volvió a remarcarlo: Vino una voz desde la nube, que decía: Éste es mi Hijo amado; a él oíd (Lc.9:35). Además es el heredero del trono de David. El pacto de Dios con el hijo de Isaí mencionaba a uno de sus herederos al trono de Israel para siempre. El edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino…Y su trono será estable eternamente (2 Sam.7:13,16). Ese heredero anunciado es Yeshúa. Así fue aclamado ampliamente: ¡Jesús, hijo de David! Es el reino venidero que esperamos en la ciudad de Jerusalén, un reino de paz y justicia universal. Lo vemos al inicio. Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino (1:8). Y pronto lo encontramos como sumo sacerdote, uno de los grandes temas que hallamos en sus páginas.
Jesús es el resplandor de la gloria de Dios, de su misma sustancia, por tanto, participa de la divinidad, como queda reflejado en este primer capítulo. A Dios nadie lo vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer (Jn.1:18). Como dice en otro lugar: En él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Col. 2:9). La naturaleza divina del Mesías no admite duda en la Escritura y está ampliamente documentada.
El Hijo de Dios sustenta el universo con la palabra de su poder (1:3). La misma palabra que creó todas las cosas las sostiene. Jesús estaba con el Padre creando en el principio. Es el Verbo de Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho (Jn. 1:1-3). El autor de la carta nos dice: Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permaneces (1:10,11). Los cielos y la tierra actuales tienen fecha de caducidad, envejecerán como una vestidura, como un vestido serán envueltos y mudados (1:12), habrá cielos nuevos y tierra nueva en los que mora la justicia (2 P.3:13); pero tú eres el mismo, y tus años no acabarán. Aquí tenemos la eternidad del Hijo, uno con el Padre (Jn.10:30). El que nació en Belén, —la pequeña aldea de Judá—, sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad (Miq.5:2).
Jesús es superior a los ángeles (1:4); superior a Moisés (3:1-6); su sacerdocio es superior al levítico según el orden de Melquisedec (7:21); su sacrificio es también superior a los sacrificios de los sacerdotes levíticos (9:1-10:18); su sangre derramada limpia para siempre del pecado (9:12,14). Recibe la adoración de ángeles (1:6). Se sentó a la diestra del Padre hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies (1:13). El autor nos abruma enfatizando la supremacía del Hijo de Dios sobre todo el antiguo sistema mosaico presentándonos al que ha inaugurado un nuevo pacto establecido sobre mejores promesas (8:6).
Es el ungido del Señor, el Mesías anunciado (Is.11:1,2), el Cristo (Hch.2:36). Por cuanto amó la justicia, y aborreció la iniquidad, Dios le ungió más que a sus compañeros (1:9). Quedamos sobrecogidos por la revelación que nuestro autor desarrolla en la carta mostrando las múltiples funciones que convergen en el Mesías superando amplísimamente el antiguo sistema sacerdotal revelado en el desierto. El escritor tiene mucho interés en enfatizarlo para que sus oyentes no tengan la tentación de regresar al viejo sistema que está próximo a desaparecer, de ahí sus constantes advertencias en profundizar y madurar la verdad que irá hilvanando a lo largo de este importante texto que estudiamos.
Jesús gustó la muerte por todos (Heb.2:9,10). El mayor temor del hombre y el último enemigo en ser derrotado, la muerte, fue encarado por nuestro substituto aceptando el envite mediante la gracia de Dios. Pero antes de gustar esta batalla fue entregado al padecimiento de la muerte, afrontando el desafío para erradicar su poder y sacar a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio. Aquí tenemos el epicentro de la redención. Llevar muchos hijos a la gloria venciendo todos los obstáculos insalvables para el ser humano; fue perfeccionado mediante aflicciones, —la mayor de su misión en este mundo—, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía librarle de la muerte en aquella noche aciaga para él en la que fue abandonado por todos, sudando gotas de sangre, estando en agonía por si había alguna posibilidad de escapar de aquel tormento, sin embargo, no fue posible, era necesario beber la copa y llevar a cabo la expiación, nuestra única esperanza de salvación. En esas condiciones fue oído a causa de su temor reverente (Heb.5:7) para no ser devorado por el abismo sino levantarse en victoria el día de la resurrección. Como está escrito: Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría (Sal.30:5). Antes de pasar al siguiente texto quiero enfatizar que la obra expiatoria fue hecha por todos, no hay tal cosa como una expiación limitada a un grupo de elegidos, Jesús ha muerto por todos y se benefician aquellos que reciben la abundancia de la gracia y el don de la justicia (Rom.5:17).
Era necesario destruir el poder de la muerte (Heb.2:14,15). Constituido en un imperio, la muerte y el Hades debían ser derrotados, arrancarlos de la mano de su dueño; —ya que el pecado entró en el mundo por un hombre y por el pecado la muerte vino a todos nosotros (Rom.5:12)—; y salir victorioso el día de más luz. Ahora es Jesús quien tiene las llaves de la muerte y el Hades (Apc.1:18), y llegará el día cuando serán lanzados al lago de fuego para su destrucción definitiva (Apc. 20:14), siendo proclamado el grito final de victoria: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón, y dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Co.15:55-57). Jesús lo ha hecho participando de carne y sangre, un cuerpo encarnado sin pecado y sometido a todas las tentaciones humanas para derrotar el pecado y la muerte en favor de todos nosotros. Y habiendo sido perfeccionado mediante el padecimiento que le hizo aprender la obediencia plena, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen; declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec (Heb.5:8,9). Antes de pasar a ver a nuestro sumo sacerdote, repasemos lo que hemos visto hasta ahora sobre el incomparable Hijo de Dios.
Jesús es el resplandor de la gloria de Dios, la imagen misma de su sustancia, quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, el que ha efectuado la purificación de nuestros pecados por el sacrifico de sí mismo, sentado ahora a la diestra de la Majestad en las alturas. Ha sido hecho superior a los ángeles. Recibe adoración por indicación del Padre. Es profeta, rey y sacerdote. Su trono, —heredero de David—, es eterno y fundado en equidad y justicia. Fue ungido porque amó la justicia y aborreció la iniquidad. Es creador, —como parte de la Deidad—, de los cielos y la tierra; y eterno, porque sus años no acabarán. El autor de nuestra salvación gustó la muerte por todos, la padeció en toda su crudeza y agonía, para levantarse victorioso sobre ella, quitando las llaves de la muerte y el Hades al que tenía el imperio de la muerte librando así a todos los que por el temor a su dominio vivían toda la vida sujetos a servidumbre. Jesús es la piedra angular de nuestra salvación. Ha sacado a luz la vida y la inmortalidad permitiéndonos alcanzar el día de la resurrección a los que durmieron en él. Por todo ello ha venido a ser nuestro fiel sumo sacerdote.
- Nuestro sumo sacerdote en el cielo
Jesús es nuestro sumo sacerdote ante Dios según el orden de Melquisedec, no según el viejo orden levítico. Sabido es que el Mesías vino del linaje de David, de la tribu de Judá, de quien no se dice nada del sacerdocio. El autor de la carta dedica una amplia disertación de su mensaje a presentarnos nuestro sumo sacerdote y sus implicaciones. Este tema es propio de este escrito, enfatizando el ministerio sacerdotal del Mesías.
El autor tiene presente el viejo sistema levítico al abordar la superioridad del sacerdocio celestial de Jesús. Demuestra ser un gran conocedor del modelo revelado a Moisés en el desierto con toda su complejidad, pero ahora se introduce un nuevo orden establecido con el juramento de Dios, presentando el viejo como la sombra de una realidad mayor que penetra hasta al santuario celestial. Es importante que comprendamos bien esta revelación superior para que podamos entrar en el ámbito espiritual por el camino nuevo y vivo que se abrió mediante el Mesías, y podamos acercarnos al trono de la gracia alcanzado misericordia y gracia para la ayuda oportuna. Entremos en este misterio revelado y obtengamos una nueva dimensión de nuestra vida cristiana.
En el antiguo pacto era el sumo sacerdote, descendiente de la tribu de Leví, quien entraba en el lugar santísimo una sola vez al año, el día de la expiación, con la sangre del sacrificio animal, para obtener el perdón de los pecados que nunca se borraban definitivamente, siendo la sombra del mejor y más perfecto sacrificio de Jesús, hecho una vez y para siempre. El viejo sistema levítico fue un modelo provisional, símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que practica ese culto, ya que consiste sólo en comidas y bebidas, de diversas abluciones, y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas (Heb.9:9,10). Y añade lo que podemos tener como resumen antes de pormenorizarlo, diciendo: Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna salvación (Heb.9:11,12).
Cuán importante es situarse en la nueva realidad. Ya ha tenido lugar el acto central de la redención del mundo. Estando ya presente Cristo (9:11), vino a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote para expiar los pecados del pueblo (2:17). La carta a los Hebreos es una exhortación (13:22) llena de advertencias, que desarrollaremos más adelante, teniendo en cuenta los cambios efectuados con la venida del Mesías y su sacrificio expiatorio, para no caer en la tentación de regresar al viejo sistema levítico una vez abrazado el nuevo pacto sellado por nuestro sumo sacerdote que ha penetrado hasta el cielo en favor nuestro. Veamos algunas características de nuestro mediador.
2.1. Se identificó con la naturaleza humana, —carne y sangre—, haciéndose uno como nosotros, pero sin pecado, para que pueda compadecerse de nuestras debilidades y ser poderoso para socorrernos cuando seamos tentados, puesto que él mismo padeció siendo tentado (2:18). Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado (4:15).
2.2. Jesús es sumo sacerdote según la orden de Melquisedec (5:1-6,10). Nos encontramos aquí con un personaje peculiar y misterioso: Melquisedec. Existe un claro contraste entre el antiguo sacerdocio levítico y el nuevo orden de Melquisedec. Ya hemos visto un breve resumen del viejo orden, veamos ahora el nuevo sacerdocio aplicado solamente a Cristo. Este tema aparece en uno de los salmos mesiánicos más citados en relación a la obra y persona del Mesías. Es el Salmo 110. Vemos a Jesús como Señor, sentado a la diestra del Padre, hasta poner a sus enemigos bajo el estrado de sus pies. Habla del reino futuro en Sion, y se menciona el juramento que el rey es también sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec. Este personaje lo encontramos en el libro de Génesis en días del patriarca Abraham; es presentado mayor que él, le ofreció los diezmos y el padre de la fe recibió su bendición. Es superior a Abraham, por tanto, a todo el desarrollo posterior de la ley mosaica, en cuyos lomos estaba Leví, hijo de Jacob nieto de Abraham. Su nombre significa Rey de justicia y Rey de Salem, esto es, Rey de paz; sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre (Heb. 7:1-4). Pues bien, sin entrar a especular sobre figura tan relevante, lo que si podemos afirmar es lo que dice el mismo autor de la carta: Considerar, pues, cuán grande era éste… (7:4). Concluimos este punto volviendo a reseñar la superioridad del sacerdocio de Jesús según un orden superior que actúa, no en la tierra, sino en el cielo mismo. Porque no entró Cristo en el santuario hecho a mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios… se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado (Heb.9:24,26). Veamos ahora los cambios producidos mediante este sacerdocio.
2.3. Los cambios que produce el sacerdocio de Jesús. En primer lugar hay un cambio de ley. Porque cambiado el sacerdocio, necesario es que haya también cambio de ley (7:12). Entiendo que se trata de la ley que sustentaba todo el ceremonial del sacerdocio levítico y sus sacrificios. Al ser un sacerdocio para siempre, se entiende que es según una vida indestructible (7:16,17); en la esperanza de la vida eterna (Tit.1:2), como está escrito: El que cree en mí, tiene vida eterna (Jn.6:47). Queda abrogado el mandamiento anterior a causa de su debilidad e ineficacia (7:18). Como dice el apóstol Pablo: Porque lo que era imposible para la ley, por cuánto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros (Rom.8:3,4) (Gá.3:21). El argumento que presenta nuestro autor es el siguiente: Si, pues, la perfección fuera por el sacerdocio levítico (porque bajo él recibió el pueblo la ley) ¿qué necesidad habría aún de que se levantara otro sacerdote, según el orden de Melquisedec, y que no fuese llamado según el orden de Aarón? (7:11). Tenemos también una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios (7:19). Un mejor pacto (7:22), establecido sobre mejores promesas (8:6). Es el pacto anunciado por el profeta Jeremías (Jer.31:31-34) mediante el cual escribe su ley en nuestros corazones, nos sella con su Espíritu, perdona nuestros pecados y los olvida para siempre (8:12). La ley de Dios escrita, no en tablas de piedra, sino en nuestros corazones (2 Co.3:4-11) (Ro.8:2-4). Hay perdón de pecados. Nos hace nuevas criaturas (2 Co.5:17), y coparticipes de su naturaleza divina. (1 Jn.3:8-10) (2 P. 1:3,4).
2.4. El sacerdocio inmutable (intransferible o permanente) de Jesús es poderoso para salvar para siempre [completamente] a los que por medio de Él se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos (Heb.7:24,25 LBLA). La salvación que se deriva de la obra permanente de nuestro sumo sacerdote puede salvarnos por completo, todo nuestro ser, —en su totalidad—, sin dejar ninguna área sin redimir, para que podamos acercarnos a Dios en libertad, teniendo además ante el trono de la gracia un intercesor que aboga por nosotros ante el Padre (Rom.8:34) (1 Jn.2:1). Es nuestro único mediador, como nos enseñó el Maestro: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí (Jn.14:6). Como dijo el apóstol Pedro ante las autoridades judías; observa quienes la componían: gobernantes, ancianos, escribas, y el sumo sacerdote Anás, y Caifás, los mismos que habían manipulado a las masas para que se le condenara ante el gobernador romano. Pedro les dijo: Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos (Hch.4:5,6,11,12). También Pablo lo escribió a Timoteo: Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos (1 Tim. 2:5,6). Todos ellos inciden en el hecho de Jesús como mediador y sumo sacerdote. Es por invocación de su nombre que obtenemos la vida eterna porque Dios lo ha reunido todo en él, tiene su complacencia en el Hijo, por tanto, el que tiene al Hijo tiene la vida; el que honra al Padre, honra también al Hijo (Jn.5:23). En Jesús están concentrados los bienes venideros (Heb. 9:11 y 10:1), en él habita toda la plenitud de Dios, y nosotros estamos completos en él (Col. 2:9,10).
2.5. Nuestro sumo sacerdote se presentó en el tabernáculo celestial, más amplio y más perfecto, no hecho de manos, ni de esta creación, entrando con su propia sangre derramada en la cruz del Calvario al Lugar Santísimo, obteniendo eterna redención (Heb.9:11,12). Esa sangre del justo fue derramada en la tierra y recibida en el cielo para el perdón de los pecados. Fue ofrecida mediante el Espíritu eterno sin mancha a Dios, para limpiar nuestras conciencias de obras muertas y podamos servir al Dios vivo (Heb.9:14). Se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado (Heb.9:26). En cierta ocasión el Maestro dijo que el Padre le amaba porque él ponía su vida, para volverla a tomar. Y añadió: Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mis mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar (Jn.10:17,18). Él sabía que esa era la voluntad del Padre, por ello añade: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último. En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez y para siempre… Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios (Heb.10:9-12). Con esa sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Heb.10:14). Una sola ofrenda, una sola vez; lo repite el autor una y otra vez; había que remover una forma de pensar arraigada por siglos en la historia religiosa del pueblo judío y de todos aquellos que hemos sido enseñados en distintos sistemas religiosos desde la niñez. En nuestro caso el sistema Católico Romano que ha copiado gran parte del antiguo modelo sacerdotal levítico. La verdad nos hará libres. Nuestra mente debe ser renovada para alcanzar los pensamientos de Dios sobre la obra perfecta y acabada por el glorioso sumo sacerdote según la orden de Melquisedec. Nuestra tendencia innata, la sustancia religiosa que tiene atrapada nuestra alma mediante mitos, tradiciones, liturgias, filosofías e ideologías necesita ser derribada con sus argumentos para alcanzar el verdadero conocimiento de Dios, llevando todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2 Co. 10:3-5). Esta verdad central del evangelio la culmina nuestro autor con un canto sublime y liberador para penetrar más allá de los velos que nos ciegan. Leamos: Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y tendiendo un gran sumo sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero… (Heb. 10:19,20). Volveremos sobre este punto más adelante, ahora debemos detenernos frente a las múltiples advertencias en forma de exhortación que se nos hacen en esta carta para no menospreciar una salvación tan grande y que podamos obtener sus beneficios con la actitud correcta.
- Advertencias para los herederos de la salvación
En los primeros años de mi conversión al evangelio de Jesús tuve un dilema teológico entre dos sistemas aparentemente contradictorios en los que me movía. Por un lado el que afirma que la salvación se pierde casi en cada esquina ante nuestra falta de entrega y santificación que mantiene a muchos hermanos en la incertidumbre de si llegarán al final de sus días en victoria, o si serán capaces de mantenerse fieles hasta el momento cuando el Señor venga a rescatar a su iglesia en el arrebatamiento invisible que pregona la teología dispensacionalista. Por el otro, me enseñaron con gran convicción doctrinal que la salvación no se pierde nunca. Tajante. Es más, esta doctrina de la seguridad de la salvación es fundamental en ciertas denominaciones, de tal forma que mantener otra postura teológica te coloca en el lado de los ignorantes, inmaduros en la fe, combatiéndote con saña si llega el caso, especialmente en las redes sociales. Tuve mi debate perturbador con un misionero que afirmaba con toda la fuerza de la convicción personal que la salvación no se puede perder. A partir de ese momento, como he hecho a lo largo de mi vida, me volví al estudio personal de las Escrituras buscando los textos que presentan una y otra postura. Saqué mis propias conclusiones que quise colocarlas en una zona intermedia, cosa harto difícil según se mire, y he vivido mi vida cristiana aprendiendo lo mejor de cada una de las posturas enfrentadas, en cuyas denominaciones me he desenvuelto no sin cierto encaje de bolillos.
Debo decir, antes de seguir, que a lo largo de más de cuarenta y cuatro años desde mi conversión en el año 1980, nunca, y digo nunca, he dudado de mi salvación. He vivido hasta hoy con plena certeza en la obra redentora de Jesús como mi substituto, y jamás he pensado ni por un momento en volver atrás. No confío en mi mismo, la salvación es de Dios, y su gracia es la que me sostiene en mis debilidades y me ha guardado sin caída hasta el día de hoy. Sin embargo, veo en las Escrituras muchas advertencias para mantenernos firmes y perseverantes hasta el fin. Creo en el libre albedrio que Dios nos ha dado desde el mismo momento de nuestra creación, por tanto, necesito cada día morir con Cristo, obedecerle y plegarme a su voluntad para plena certeza de la esperanza.
Creo que necesitamos volver a la palabra de Dios una y otra vez sin las ataduras de conceptos preconcebidos mediante doctrinas cerradas que no lo están. Hay que hacer un esfuerzo sincero por leer lo que está escrito, sin hipotecas de sistemas teológicos infalibles, por lo que no sabemos en muchas ocasiones qué hacer con los textos que no encajan dentro de sus parámetros. La Biblia nos desborda en muchas ocasiones. Es una especie de gran puzle en el que tenemos tantas piezas que encajan, como otras que no sabemos dónde colocarlas. Algunas de esas piezas vamos a encontrarlas en los textos de la carta a los Hebreos que queremos meditar ahora. Leamos lo que está escrito y saquemos las conclusiones oportunas sin torcer el sentido de la Escritura más allá de su contexto necesario. Veamos la relación que he escogido para meditar sobre las múltiples advertencias que aparecen en el texto que estudiamos.
3.1. Atendamos con diligencia a lo que hemos oído, no sea que nos deslicemos (2:1). En el versículo anterior (1:14) nos habla de los herederos de la salvación. Por tanto, las exhortaciones están dirigidas a herederos, no a ocasionales creyentes que pasan por ahí. Bien. Dicho esto, pensemos. El autor nos dirige un mensaje claro. Debemos atender con diligencia a lo que hemos oído porque podemos correr el riesgo de deslizarnos. Me recuerda la parábola del sembrador. Todos oyeron la palabra pero hubo diversos factores que la ahogaron. Solo los que oyeron y entendieron retuvieron la palabra y llevaron fruto. Santiago nos dice que debemos ser oidores y hacedores, corriendo el riesgo de deslizarnos de la verdad y perder la bendición de Dios engañándonos a nosotros mismos. Es posible deslizarnos si no tenemos un oído correcto que retenga la verdad sin dejarse engañar o robar perdiendo en ello el propósito de Dios de salvación.
3.2. No descuidar una salvación tan grande (2:3). El contexto de esta advertencia tiene dos vertientes. En primer lugar se nos dice que es necesario que atendamos con diligencia a las cosas que hemos oído, de lo contrario corremos el riesgo de deslizarnos (2:1). Tener el oído afinado es esencial para mantener el discernimiento que nos sostenga dentro de los parámetros del mensaje recibido. Para ello debemos entrenarlo constantemente, dado que somos proclives a olvidar, mezclar y desorientarnos fácilmente. La segunda vertiente que nos refiere el texto es no descuidar la salvación tan grande que hemos recibido, la cual fue anunciada primeramente por el Señor, confirmada por quienes la oyeron, y dando testimonio Dios mismo mediante señales, prodigios y milagros, además de repartimiento del Espíritu Santo según su voluntad. Vemos que hay una apelación continua a velar, estar despiertos espiritualmente ante la avalancha de argumentos que siempre se levantan contra el conocimiento de Dios. Somos a menudo muy perezosos en esto. Debemos mantener firmes la verdad que hemos abrazado, como un soldado que cuida su arma limpia para el combate; es necesario sostener la espada del Espíritu para combatir unánimes por la fe del evangelio. Por tanto, es posible deslizarnos y descuidarnos de la verdad de la salvación. Cada generación tiene su maraña de mentiras ideológicas que pretenderán apagar la luz de la verdad en la persona de Jesús. Abracemos la verdad con firmeza hasta el día final.
3.3. Debemos mantener firme hasta el fin la confianza y esperanza (3:6). El contexto nos habla de la fidelidad de Moisés en toda la casa de Dios. Las amenazas, oposiciones y rebeliones que recibió a lo largo de su servicio es un ejemplo para todo siervo de Dios de cómo debe conducirse en el servicio al que lo llamó. Todo ello como sombra de la casa que había de venir en la persona del Mesías, el cual fue fiel como hijo sobre su propia casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos hasta el fin la confianza expresada al principio de nuestra andadura. La confianza de que es fiel el que lo ha prometido. La incredulidad y desobediencia fueron los enemigos que impidieron a toda una generación de israelitas entrar a la tierra prometida. De ahí que el autor de Hebreos sea tan explícito en sus advertencias conociendo la naturaleza humana y su inclinación al descuido y abandono de la fe y la esperanza. El mismo Maestro advirtió a los suyos en varias ocasiones de ser fieles hasta el fin. La carrera hay que comenzarla y acabarla (Mt. 10:22 y 24:13) (Apc. 2:10). Este mismo capítulo tres de la carta menciona algunas de las tentaciones que podemos enfrentar. Por un lado oír y endurecer el corazón, vagando en sus pensamientos sin el verdadero conocimiento de los caminos de Dios (3:7-11). Por otro, mantener un corazón malo de incredulidad que nos aparte del Dios vivo (3:12). Y para que eso no ocurra nos necesitamos los unos a los otros, exhortándonos cada día como protección para no endurecernos por el engaño del pecado (3:13). Nuestro corazón se deja seducir fácilmente por el error (engañoso es el corazón más que todas las cosas Jer. 17:9), y además el pecado, la naturaleza pecaminosa que nos ha dominado tanto tiempo, también tiene un poder seductor para engañarnos endureciendo nuestros corazones. De ahí la máxima del proverbio: Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia (Pr. 3:5). Los excesos de confianza pueden conducirnos al engaño. Como dice el apóstol: El que piensa estar firme, mire que no caiga (1 Co.10:12). Múltiples advertencias para no ignorar las continuas maquinaciones que nos acechan a diario. El apóstol Pedro nos exhorta a estar atentos a la palabra profética como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana aparezca en nuestros corazones (2 P.1:9); es decir, el mismo mensaje, mantener firmes la confianza hasta el fin, para plena certeza de la esperanza (6:11).
3.4. Los que una vez fueron iluminados… y recayeron… (6:4-12). Es una falacia comúnmente aceptada enseñar que los judíos rechazaron al Mesías. Debemos recordar que durante los primeros años de cristianismo, hasta que Pedro anunció el evangelio en la casa de Cornelio, los convertidos eran mayoritariamente judíos. Cuando Pablo visitó Jerusalén fue informado por los hermanos de cuantos miles [literalmente «diez miles» LBLA] hay entre los judíos que han creído, y todos son celosos de la ley (Hch.21:20). Había una multitud inmensa de judíos que habían aceptado al Mesías manteniendo las tradiciones de los padres sin dejar de ser judíos, más adelante se les impuso como condición para recibir el evangelio renunciar a su condición de hijos de Abraham. Pues bien, muchos de ellos, impulsados por la presión a la que fueron sometidas por las autoridades de la nación hebrea se vieron tentados a regresar al viejo pacto de la ley, anulando la obra expiatoria del nuevo sumo sacerdote según el orden de Melquisedec, y el nuevo pacto establecido sobre mejores promesas, abandonando la fe del evangelio que habían abrazado multitudinariamente. Por eso el autor de esta carta se dirige a muchos de ellos advirtiéndoles del abismo en que podrían caer si renuncian a la obra redentora del Mesías, regresando a la justicia que es por las obras de la ley. No nos engañemos. Nosotros, gentiles, que venimos de otras tradiciones religiosas no estamos exentos de caer en la misma trampa. Los argumentos son los mismos: mezclar el evangelio con obras humanas que avalen una justicia propia, o abandonarlo para regresar a los viejos dioses. Ese riesgo afrontaban los receptores de esta carta, y nosotros no somos distintos. Dicho esto, veamos la advertencia que encontramos en este pasaje.
Seamos claros, y no nos engañemos con el argumento clásico de que aquellos que abandonan el evangelio nunca creyeron realmente. Puede ser que en algunos casos sea así, no lo dudo, pero el mensaje de Hebreos se dirige ahora a los que una vez fueron iluminados y gustaron el don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron… (6:4-6). Se mencionan aquí todas las experiencias propias de un nuevo creyente, un renacido. Fueron iluminados, por tanto, recibieron la luz del evangelio en sus corazones. Gustaron el don celestial participando del Espíritu Santo, tuvieron experiencias carismáticas propias de un hijo de Dios. Degustaron un tiempo la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, fueron portadores de la esperanza de vida eterna, se regocijaron también en la edad futura del reino mesiánico, por tanto, no estamos hablando de personas sin conocimiento de Dios y sin experiencias transformadoras. Lo fueron, lo degustaron y estaban en peligro de abandonarlo. Para ellos no hay más redención. No hablamos aquí de las luchas propias de todo cristiano con el pecado. Hablamos de aquellos que mediante un proceso irreversible traspasan el punto de no retorno donde no hay ya oportunidad para el arrepentimiento, como fue el caso de Esaú. Niegan al que los compró y se vuelven a los ídolos o antiguos rudimentos de este siglo que habían abandonado. Si le negamos, él también nos negará (2 Tim. 2:12). Hablamos de una decisión mantenida y sostenida obstinadamente tras una y otra amonestación, al cual hay que desechar. No como en el caso de Pedro que rápidamente vino al arrepentimiento una vez negado a su Señor. Es fácil caer en un extremo u otro. La verdad nos hace libres. Pero hay pecado de muerte que nos coloca en una posición irreversible, de no retorno, como fue el caso de Saúl. Por ello, no debemos descuidar una salvación tan grande y generosa. No podemos engañar a Dios. Lo que sembramos recogemos, y el Señor conoce a los que son suyos, apartándose de iniquidad todo aquel que invoca su nombre. La salvación es de Dios y ha sido comprada a un alto precio, no podemos menospreciarla y pretender jugar a la margarita una y otra. El que pone su mano en el arado y mira atrás, no es apto para el reino de Dios. El gravísimo desafío que hoy tenemos en muchas iglesias es que se han diluido las demandas del discipulado como un azucarillo; se ha presentado un evangelio de oferta, pretendemos negociar una y otra vez las demandas del reino jugando con fuego menospreciando la santidad de Dios. En muchos casos no se conoce a Dios. Hemos hecho dioses a nuestra imagen y semejanza edulcorándolos con algunos textos bíblicos agradables que adormecen nuestros sentidos espirituales para impedirnos discernir el bien del mal. El engaño de nuestros corazones acepta cómodamente un mensaje popular y adaptado a las formas de vida permisivas y disolutas del presente siglo malo. Pero es imposible mezclar la luz con las tinieblas. ¡Qué concordia hay! Ninguna. Debemos recibir la confrontación que el profeta hizo a una generación similar de israelitas en la antigüedad. ¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él (1 R.18:21). Dos pensamientos. Dos almas. Almas adúlteras. ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistas contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios (Stg. 4:4). Esto, mis amados hermanos, está escrito para nosotros, no para los inconversos. El autor de la carta a Hebreos enfatiza: Es imposible que los que una vez fueron iluminados… y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento… (6:6). Pero dirigiéndose a los receptores de la carta les dice: Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así. Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre… Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza (6:9-11). ¡Hasta el fin! Sin embargo, asistimos hoy al espectáculo de multitudes de creyentes perezosos que juegan a pasarlo bien en los cultos, menospreciando una entrega incondicional al Señor que los compró, con una actitud pasiva y pusilánime que les impide cualquier esfuerzo por los demás, solo cuando hay entretenimiento se ponen en marcha, pero pocas veces si se trata de negarse a sí mismo, amando al Señor incondicionalmente con todo lo que ello significa. Así concluye este pasaje el autor de la exhortación: A fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas (6:12).
3.5. Si pecamos voluntariamente… (10:26). Una parte del lenguaje de esta carta nos descoloca. Por no decir que nos parece excesivo. Pero no lo es. Nuestra fe está enraizada en la revelación dada a los padres (patriarcas de la nación hebrea, no los padres de la iglesia) y los profetas, y en ellos siempre se aprecia el mensaje de juicio y restauración. Juicio para los que pecan y se apartan de la misericordia y la gracia recibida por el Dios de Abraham; pero restauración para el pueblo que regresa arrepentido de su desobediencia y rebelión. Muchos cristianos de hoy parecen señoritos. Creen, sin decirlo, que son niños bonitos, mimados por creer en Jesús, sin darse cuenta que adoptan una actitud infantil, inmadura, que solo piensa en juguetes y entretenimiento. Cuando oyen una palabra de exhortación como la que nuestro autor expone en este pasaje que queremos meditar ahora, creen que no va con ellos, que es muy dura o tal vez que el Dios en el que han creído nunca se manifiesta de esta forma hablando solamente de amor romántico al estilo de las pamplinas que se enseñan hoy en muchos colegios y universidades permisivas hasta la náusea. Acostumbrados a la falta de autoridad de maestros y profesores, padres y mentores, piensan, en su debilidad, que no se les puede hablar con claridad porque se enojan y rebotan ante un lenguaje explícito. Leamos. Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio… (10:26,27). Una vez más constatamos que se dirige a personas que han recibido el conocimiento de la verdad, no son plagiadores del evangelio, sino los que han abrazado la verdad libertadora, recordándoles que si pecan voluntariamente, despreciando la sangre derramada para el perdón de sus pecados, se ponen en peligro de caer bajo el juicio que los devore. Son aquellos a quienes se dirige también el apóstol Juan en sus cartas y que diciendo vivir en luz practican el pecado (1 Jn. 3:8,9 y 5:18). Los que han nacido de Dios no practican el pecado, pero el autor de Hebreos nos advierte que podemos pecar voluntariamente habiendo recibido el conocimiento de la verdad exponiéndonos a sus consecuencias. Y estas pueden ser devastadoras en una persona o una generación que le da la espalda a Dios después de haber disfrutado de los beneficios de su bondad y misericordia. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o tres testigos muere irremisiblemente ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? (10:28,29). Sin epidural. Sin anestesia. Diáfano como el agua clara. Duro, muy duro, pero es que está en juego la verdad del evangelio y las consecuencias eternas de nuestras vidas. No podemos jugar con Dios. El da el pago y juzga a su pueblo. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. Observa que está hablando a su pueblo, quienes han sido santificados en la sangre del Hijo de Dios. Sin embargo, aunque existe esa posibilidad de caer en manos de un Dios airado por nuestro pecado voluntario, el autor hace un giro en su mensaje para recordarles su trayectoria: después de haber sido iluminados, sostuvieron un gran combate de padecimientos, experimentaron vituperios y tribulaciones, se compadecieron de los presos, y sufrieron el despojo de sus bienes con gozo; por lo cual les recuerda que hagan memoria de todas estas cosas que han vivido y no lo echen a perder ahora, sabiendo que tienen una mejor y perdurable herencia en los cielos. Por ello, no deben perder la confianza, que tiene grande galardón; aunque les sea necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios (observa, manteniéndose en la voluntad de Dios), finalmente obtengan la promesa (10:28-36). El autor no es un negativista falto de amor que quiere amedrentarlos, sino alguien que conoce el gran corazón de los hermanos y no quiere que olviden los riesgos de una vida disipada y disoluta que los conduzca a la perdición después de haber vivido tanto tiempo en las señas de identidad propias de un hijo de Dios. Esto debería despertarnos del sueño que vivimos en la iglesia de occidente. Nos ha invadido el sopor y la apatía espiritual que nos coloca en una debilidad extrema disfrazada por la falsa sensación de seguridad y prosperidad. Necesitamos el revulsivo de la exhortación para levantarnos del sueño y seguir hacia la meta obteniendo la promesa.
3.6. Y si retrocediere no agradará a mi alma… (10:38). En estos próximos versículos vemos una prolongación del mensaje anterior. Culmina en el final del capítulo diez para entrar después en los grandes ejemplos de fe del capítulo once. Una vez más el contexto nos muestra que los hijos de Dios deben mantenerse fieles hasta el fin, porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá (10:37). Y mientras tanto, se requiere una vida de fe, porque el justo por la fe vivirá (10:38). La vida de fe verdadera está llena de obras, como se ve en el siguiente capítulo de la carta. Y ahora viene la exhortación: pero si retrocediere no agradará a mi alma. Mirar atrás, abandonar el camino de fe y obediencia siempre es una posibilidad en la larga carrera que tenemos por delante. Los enemigos son muchos, las dificultades inmensas, pero el poder de Dios es superior para quienes deciden seguir adelante sin titubeos a pesar de los contratiempos y adversidades. Precisamente nuestra fe se perfecciona en la debilidad, se enriquece en la hora de la prueba y produce paciencia así como un carácter maduro (St. 1:2-4). Abandonar la fe es desagradar a Dios, porque sin fe es imposible agradarle (11:6). Esta fe bíblica es fidelidad, obediencia, confianza. Es la fe que no duda de la bondad de Dios y su poder para guardarnos sin mancha y sin caída presentándonos delante de su gloria con gran alegría (Jud. 24). Sin embargo, debemos recordar que toda la historia antigua de Israel es un reflejo para nosotros de caminar en fe. En muchos episodios de su historia fueron rebeldes y contumaces, alejándose del camino y llenando la tierra santa de ídolos y fornicación. Eran el pueblo de Dios, vieron en muchas ocasiones su poder y misericordia, pero le fallaron por la dureza de sus corazones. De ahí que el autor de la carta a los Hebreos, buen conocedor de la historia de su pueblo, nos exhorte una y otra vez para no caer en semejante ejemplo de desobediencia. Pero nos hemos inventado una falsa seguridad. Creemos vivir en una arcadia feliz donde todos los días son viernes; parece como si hubiéramos sido llamados a la felicidad completa y el cielo trabaje en nuestro favor para conseguir todos nuestros sueños, a cual más caprichoso. Una vez más se activa el corazón engañoso del hombre. Por ello debemos exhortarnos cada día. Vivir en luz cada día. Depender de su gracia a cada momento de nuestro peregrinaje, sabiendo que el diablo ha salido en nuestra persecución y no tendrá compasión de nuestras debilidades carnales destruyendo todo lo que se le ponga por delante. La exhortación del Maestro a los suyos fue una y otra vez: velad y orad para que no entréis en tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero nuestra naturaleza de pecado es débil y entregada al autoengaño. Necesitamos la vida llena del Espíritu cada día. Dependemos de su gracia y no de nuestra potencialidad. Nuestra vida es Cristo, y fuera de él nada podemos hacer. ¡Debemos despertad del sueño!
3.7. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición… (10:39). Una vez más nuestro autor, después de poner delante de sus lectores las múltiples posibilidades de caer en tentación, advirtiéndoles de los peligros que corren si confían en si mismos apartándose del camino, les habla de la certeza que tiene para ellos. Su lenguaje levanta la convicción de la fe real anclada en la Roca que los sostiene. «Nosotros no somos de los que retroceden para perdición». Certeza y exhortación unidas. No retrocederemos, pero existe esa posibilidad y con ella la perdición. El retroceso de la fe nos hace perder el alma, la eternidad, el mundo venidero, este es el mensaje central de la carta, por ello las múltiples advertencias. Existen muchos ejemplos en la Escritura relacionados con el pueblo de Israel y los llamados de Dios que el autor no puede ignorar. Les habla la verdad en toda su extensión, amplitud y consecuencias. Leamos bien. Despojémonos de sistemas teológicos hechos a medida que olvidan algunos aspectos de la amplia verdad de todo el consejo de Dios. El retroceso aquí es para perdición, se pierde el alma (10:39), la vida y esperanza de resurrección y eternidad, este es el sentido de «perecer». Jesús lo enseñó claramente: De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama su vida [alma], la perderá; y el que aborrece su vida [alma] en este mundo, para vida eterna la guardará (Jn. 12:24,25). Cabe la posibilidad de perder el alma. La muerte del alma es un hecho posible para quienes abandonan la fe del Hijo de Dios y retroceden para perdición. Recuerda: El que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma… (Stg. 5:20). Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno (Mt.10:28). Porque ¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? (Mt. 16:26). Nuestro autor lo expresa así: Nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma (10:39). Este es un asunto serio. Muy serio. Cabe la posibilidad de perder el alma o preservarla. Según los textos mencionados y muchos otros debemos observar que hay la posibilidad que el alma muera, puede ser destruida y perderla para siempre. Seguramente la herencia filosófica griega, especialmente Platónica, ha perturbado y mezclado el mensaje de los profetas, de Jesús y los apóstoles. La Escritura y sus interpretaciones sufrieron una invasión griega en los siglos II al IV con sus repercusiones que llegan hasta nuestros días. Nuestra fe descansa en el contenido bíblico, y su lenguaje nos presenta la voluntad de Dios revelada, pero todos nosotros somos herederos de ciertas influencias adquiridas que nos impiden ver la palabra tal y como está escrita, sin hipotecas de sistemas teológicos. Nuestra garantía está en la fe que no retrocede para perdición, sino en mantenerla sólida y firme para la preservación del alma.
3.8. Raíces de amargura (12:15). Los múltiples mensajes de esta carta inciden una y otra vez en advertirnos de los diversos peligros que acechan al hijo de Dios en su caminar de fe y obediencia. Hemos visto una variedad de exhortaciones que nos previenen de las trampas del camino y hasta el final su autor insiste una y otra vez. En el capítulo doce nos encontramos con una más que puede producir efectos devastadores. De hecho, diría que es una de las que más comúnmente encontramos en las congregaciones: raíces de amargura. Leamos. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados (12:15). Estamos hablando de rencor o resentimiento que tan fácilmente nos envuelve. El texto nos lleva a la vida de Esaú, hermano de Jacob. El primogénito de Isaac y Rebeca fue suplantado por su hermano en un proceso de manipulación que la Escritura no esconde. Cuando Esaú despertó a la realidad que su hermano menor lo había engañado para obtener la bendición de su padre, se llenó de amargura y solo le consolaba la intención de matarlo. Hasta ese punto puede llegar el rencor. No obstante, los años pasaron, más de veinte, y volvieron a encontrarse en un episodio narrado en el libro de Génesis. La lucha que Jacob sostuvo con el ángel del Señor le permitió salir airoso de aquel encuentro. Los hermanos tomaron caminos distintos y parecía que todo se había resuelto. Sin embargo, esa amargura fue transmitida a sus descendientes, de tal forma que nos encontramos una y otra vez a los hijos de Esaú, llamado también Edom, manifestando su odio a los hijos de Jacob, el pueblo de Israel. Se menciona esa rivalidad en muchos de los libros de la Biblia, especialmente en la profecía de Abdías. En él encontramos el juicio a Edom por mantener su odio a Judá, sobre todo cuando el reino del sur fue llevado al cautiverio y los edomitas, descendientes de Esaú, se alegraron. Pues no debiste tú haber estado mirando en el día de tu hermano, en el día de su infortunio; no debiste haberte alegrado de los hijos de Judá en el día en que se perdieron, ni debiste haberte jactado en el día de su angustia (Abdías 1:12). Aquí vemos las consecuencias de mantener el rencor a lo largo de diversas generaciones. Ese comportamiento conduce irremediablemente a dejar de alcanzar la gracia de Dios que nos libere de los lazos de odio acumulado; nos estorba en nuestro desarrollo sano del corazón, y por esas raíces de amargura muchos serán contaminados, especialmente los más cercanos a nosotros, nuestra familia. España tiene históricamente una deuda trágica por este mal. El rencor destruye la convivencia y nos impide la salvación de Dios. Un enemigo mortal del que el autor a los Hebreos quiere protegernos.
En resumen, la carta a los Hebreos contiene una serie de advertencias, algunas muy serias, para que no volvamos atrás en el camino de fe, si menospreciamos la obra del Mesías que ha sido realizada una vez y para siempre. Se nos exhorta a no descuidar una salvación tan grande, anunciada primeramente por el Señor y confirmada por los que oyeron, dando testimonio Dios con señales y prodigios, milagros y repartimientos del Espíritu Santo. Que pecando voluntariamente retrocedamos en la fe, siendo llenos de raíces de amargura mediante un corazón malo de incredulidad. Fue lo que le pasó a Israel en el desierto, y toda aquella generación no pudo entrar en el reposo de la tierra prometida. Debemos recordar las quejas, codicia, murmuración, idolatría, y fornicación que los condujo a endurecer sus corazones con incredulidad impidiéndoles entrar en la promesa de Dios. El apóstol Pablo nos recuerda que todo ello está escrito como ejemplo para nosotros, para amonestarnos a quienes han alcanzado los fines de los tiempos (1 Co.10:6,11). Por tanto, para combatir estos comportamientos evitando caer en la hora de la prueba, debemos mantener firmes la profesión (confesión) de nuestra fe (4:14), sin fluctuar, frente a nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió (10:23). Recuerda. El justo vive por fe, una fe que va unida siempre a la obediencia y confianza en el Todopoderoso. Debemos alcanzar la madurez necesaria para no ser niños fluctuantes, llevados por todo viendo de doctrina (Ef. 4:14-16). En la carta a Hebreos se nos exhorta también o no ser tardos para oír, debiendo ser ya maestros y no volver una y otra vez a los rudimentos de las palabras de Dios, necesitando leche espiritual en lugar de alimento sólido. El que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal (5:12-14). Sentidos ejercitados para discernir. Tenemos aquí una verdad esencial para superar cualquier exhortación, especialmente porque nosotros mismos seremos capaces de reconocer la palabra de justicia cuando la oímos de forma personal o en boca de otros hermanos. Podremos edificar nuestra fe viendo el testimonio de los hombres de Dios que nos han precedido, muchos de los cuales los tenemos reseñados en el capítulo once. Después de ese capítulo maravilloso llegamos al texto al que acudo una y otra vez en medio de muchas caídas y flaquezas. Leamos. Teniendo en derredor nuestro una gran nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia (perseverancia) la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, quien sufrió el oprobio, y lo superó por el gozo anticipado viendo el resultado de nuestra redención. Superada la prueba, se sentó a la diestra del Padre. Ese ejemplo es el que debemos considerar, la contradicción de pecadores que sufrió contra sí mismo, para que nuestro ánimo no se canse hasta desmayar. Y culmina la cátedra nuestro expositor con estas palabras determinantes: Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado, olvidando la exhortación que como a hijos se nos dirige (12:1-5). Esta exhortación a la que se refiere el autor es la disciplina del Señor. Porque Dios, como Padre, al que ama disciplina, y azota a todo aquel que recibe por hijo. Esta verdad no es para gritar en los cultos de manera desaforada, sino para que podamos participar de su santidad, alcanzando un nivel de madurez propio de hijos agradecidos y firmes en la fe (12:6-11).
- Acerquémonos al trono de la gracia (4:16)
Después de haber visto las advertencias y exhortaciones que se nos hacen en esta carta, volvamos ahora a una verdad gloriosa que aparece expuesta en gran parte de su contenido. Me refiero al resultado lógico de la obra de nuestro sumo sacerdote y mediador del nuevo pacto: poder penetrar más allá del velo, entrar hasta el lugar santísimo, al trono de la gracia. Ese lugar exclusivo del sacerdocio aarónico en el que solamente podía entrar una vez al año en favor de todo el pueblo. Ahora se nos exhorta a acercarnos, entrar, traspasar los límites del viejo sistema, y hacerlo para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. Recordemos que el mismo día de la redención, cuando Jesús entregó su espíritu colgado en aquella cruz ignominiosa en el monte de la Calavera, el velo del templo se rasgo en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron (Mt. 27:50-52). La puerta se había abierto para poder entrar en el santuario celestial. Una nueva era comenzaba tras la certificación en el cielo de la resurrección del Hijo de Dios. Realmente sabemos muy poco de esta verdad central del evangelio de Jesús. Aún menos experimentamos la dimensión gloriosa que significa poder acercarnos traspasando el velo mediante el cuerpo del Mesías. Esta verdad la encontramos una y otra vez en la carta a los Hebreos, de ahí que su autor nos exhorte a no volver atrás, en concreto al viejo sistema ya superado, levantando nuevamente el antiguo edificio que no pudo santificarnos plenamente y lavar nuestras conciencias de obras muertas para que sirvamos al Dios vivo (9:13,14 con 10:10,14). Veamos un breve recorrido por los textos que nos invitan a acercarnos y entrar al lugar santísimo.
4.1. Acerquémonos confiadamente (4:16). Para comprenderlo aún mejor debemos regresar a los pies del monte Sinaí, donde el Señor le dijo a Moisés que no permitiera subir a nadie al monte, solamente Moisés y Aarón (Ex19:12,24). El pueblo se detuvo al pie del monte (Ex.19:17). Se le ordenó al pueblo que no traspasará los límites para ver a Jehová, porque caerían multitud de ellos (Ex. 19:21). Sin embargo, ahora, tras la venida del Mesías estableciendo el nuevo pacto, se nos invita a cada uno de nosotros a penetrar más allá del velo, acercándonos confiadamente hasta el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia en los momentos de necesidad.
4.2. Esperanza… que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor (6:18-20). La puerta está abierta. Jesús la ha abierto. Y cuando el abre nadie puede cerrar, y cuando cierra nadie puede abrir. EL mismo enseñó que es la puerta de las ovejas. Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos (Jn. 10:9). Así está escrito también en los profetas. Subirá el que abre caminos delante de ellos; abrirán camino y pasarán la puerta, y saldrán por ella; y su rey pasará delante de ellos, y a la cabeza de ellos Jehová (Miq. 2:13). El llamado del evangelio es: Venid en pos de mí, y os haré… (Mt.4:19). Caminar en las pisadas del Maestro nos hace ser lo que él ha determinado para cada uno de nosotros. Jesús es nuestro mediador entre Dios y los hombres (1 Tim. 2:5). Es el camino al Padre, y nadie puede acercarse por otro camino que por él. (Jn.14:6). Podemos inventar otros caminos, otros nombres, pero ninguno de ellos es reconocido, ni es la llave para penetrar más allá del velo; solo Jesús es nuestro precursor, el que ha abierto el camino de los redimidos hasta la presencia del Padre.
4.3. Una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios (7:19). En el contexto de este pasaje encontramos la superioridad de nuestro sumo sacerdote según el orden de Melquisedec que ya hemos visto ampliamente. Es un sacerdocio establecido para siempre según el poder de una vida indestructible (7:15-17). Ya no hay lugar para nada más. La obra está consumada. No hay otro evangelio. No hay otro nombre. Se ha consumado el plan de Dios en el siervo de Jehová que anunció el profeta Isaías. En él estamos completos. En él habita toda la plenitud de Dios.
4.4. Puede salvar perpetuamente [por completo LBLA] a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ello (7:25). La salvación es completa, para todo nuestro ser (1 Tes.5:23). La obra sobre la que se sustenta nuestra redención ha sido hecha una vez y para siempre; ya no queda más sacrificio por los pecados (10:26). El autor enfatiza esta verdad una y otra vez. Miremos. Entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención (9:12). Se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado (9:26). Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos (9:28). Somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre (10:10). Cristo habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios (10:12). Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (10:14). Debemos recordar que el énfasis está en la obra hecha por Jesús; la certeza está en su obra acabada para siempre, y los beneficiarios debemos mantener la confesión de fe en su obra, aferrados y perseverantes para plena certeza de la esperanza (6:11).
4.5. Teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo (10:19). En este pasaje nos encontramos con una invitación que debe estar presente en cada uno de nosotros cuando venimos a Dios en oración y comunión. En primer lugar se nos dice que tenemos libertad. El Hijo nos ha libertado de nuestra antigua condición de esclavos para poder entrar al salón del Rey. Es por fe. Pero esa fe tiene un sustento inconmovible, la sangre de Jesucristo, la sangre del Cordero que fue inmolado, la sangre del justo, porque sin derramamiento de sangre no hay remisión posible, no puede haber libertad y entrada hasta el trono de su gracia. La sangre del Hijo de Dios que fue anunciada anticipadamente por el precursor en el desierto, cuando exclamó: He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn.1:29). Ese Cordero aún no había subido a la cruz, pero lo haría tres años después, para que con su sangre derramada y aceptada en el cielo, pudiéramos tener la libertad de hijos redimidos. Por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención (9:12). Entró por un camino nuevo y vivo a través del velo de su carne (10:20). Nadie había transitado ese camino. Por eso el mismo dijo: Yo soy el camino, nadie viene al Padre sino por mí (Jn.14:6). Lo hizo con su cuerpo de carne, la encarnación, esencial en la redención. El apóstol Juan lo enfatiza con estas palabras: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y éste es el espíritu del anticristo… (1 Jn.4:2,3). Fácil. Nuestra redención completa necesitaba un cuerpo completo, espíritu, alma y cuerpo. El misterio de la piedad comienza así: Dios fue manifestado en carne… (1 Tim. 3:16). Esta es la fe del evangelio. Y una vez realizada la entrada mediante el cuerpo de Jesús, podemos acercarnos al Lugar Santísimo por el camino nuevo y vivo que él nos abrió, y hacerlo con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura (10:22). Maravilloso. Sublime. Es posible. Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros… (Rom. 8:3). Está hablando aquí Pablo de la ley del Espíritu de vida en Cristo que nos libra de la ley del pecado y de la muerte (Rom.8:2). En definitiva, hay un camino abierto con todas las garantías legales para que podamos entrar con libertad y acercarnos a Dios. Una obra, la de Jesús, que hace obsoletas todas las religiones con sus intentos de mediar ante las distintas divinidades. Una obra que nos devuelve la reconciliación y comunión con el Padre que perdimos en Adán cuando fueron expulsados de Edén. El camino de regreso ha sido abierto de nuevo y está disponible para todo aquel que se acerque mediante nuestro sumo sacerdote y su obra expiatoria hecha con su propia sangre, la sangre del justo para llevarnos a Dios (1 P. 3:18).
4.6. Es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay… (11:6). Hemos mencionado en varias ocasiones el famoso capítulo once de Hebreos donde se hace un reconocimiento a todos aquellos que nos han precedido en el camino, y alcanzaron buen testimonio mediante la fe. Por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos (11:2). Y a continuación se relaciona una gran nube de testigos que estimulan nuestra carrera viendo su fe y las obras que le siguieron. Porque la fe sin obras está muerta. La fe bíblica nunca es etérea, abstracta, intangible. La fe en Dios se manifiesta en obras y estas hechas por amor. De lo contrario estaremos engañándonos a nosotros mismos. Además, esa fe agrada a Dios y obtiene como resultado el galardón de los que le buscan. Lo vemos una y otra vez en los evangelios. Jesús respondía en muchas ocasiones a la fe de quienes se acercaban a él con estas palabras: conforme a vuestra fe os sea hecho (Mt. 9:29). Y una y otra vez la fe de muchos agradó a Dios y recibieron lo que creyeron. Observa. A la mujer pecadora: Tu fe te ha salvado, ve en paz (Lc.7:50). Una mujer con flujo de sangre: Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz (Lc.8:48). A un leproso samaritano: Levántate, vete; tu fe te ha salvado (Lc. 17:19). A un ciego mendigo le dijo: Recíbela, tu fe te ha salvado (Lc.18:42). Cuando Satanás pidió a los apóstoles para zarandearlos como a trigo; Jesús le dijo a Pedro: pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte (Lc. 22:31,32). Hemos visto a lo largo de la exposición de esta carta que la fe aparece una y otra vez como hilo conductor para agradar a Dios y recibir de Él los beneficios que se derivan de la obra perfecta y acabada de Jesús. Como está escrito: Mas el justo por su fe vivirá (Hab. 2:4) (Rom. 1:17) (Gá. 3:11) (Heb. 10:38).
4.7. Os habéis acercado al monte de Sion… (12:18-24). Por último, nos encontramos una vez más con la supremacía de la nueva dimensión de acercamiento que los redimidos han obtenido mediante el nuevo pacto y la superioridad del sacerdocio según el orden de Melquisedec. El autor vuelve a recordar a los hermanos hebreos, y con ellos a todos nosotros, que no se han acercado al monte que se podía palpar, que ardía en fuego, al sonido de la trompeta, la oscuridad y la tempestad que se manifestó en el Sinaí, llevando incluso a Moisés a exclamar: Estoy espantado y temblando (Dt. 9:19) (Ex. 19:16-25). Sino que se han acercado a una nueva realidad espiritual que se sustancia en lo siguiente: el monte Sion… a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos… a Dios el Juez de todos… a Jesús el Mediador del nuevo pacto… a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel. Es evidente que se nos escapa ampliamente esta dimensión de acercamiento, aunque mediante la fe y el Espíritu de gracia podremos ir descubriendo las primicias de una realidad celestial de la que ya podemos gustar, según los poderes del siglo venidero (6:5). Concluye el autor este capítulo recordándonos que hemos recibido un reino inconmovible, por lo que debemos mostrar gratitud a Dios y mediante ella servirle con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor (12:28,29).
- Consejos finales (13:1-25)
Fiel al contenido general de la carta, nuestro autor culmina su exposición con una serie de consejos prácticos a sus oyentes, manifestando con ello su gran corazón de pastor y alentador de los hermanos para que cumplan el amplio propósito de Dios en sus vidas, sirviendo a su generación.
Comienza con una apelación al amor fraternal (13:1). Amor de Dios manifestado en la comunión con los hermanos, fiel reflejo del amor a Dios en sus corazones. No deben olvidarse de la hospitalidad (13:2), recordando que algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles; una apelación a las visitas de los ángeles en casa de Abraham y Lot, relacionada con la destrucción de Sodoma y Gomorra. Deben acordarse de los presos (13:3), empatizando con ellos, como si estuvieran en su mismo lugar, y de los maltratados por el servicio a Dios, recordándoles que ellos mismos siguen aún en este cuerpo sometido en cualquier momento a las mismas pruebas. Continua con la honra que debe darse al matrimonio, y el lecho sin mancilla (13:4); sabiendo que a quienes lo deshonran mediante fornicación y adulterio los juzgará Dios. Les insta a una vida sin avaricia (13:5), de contentamiento con su situación actual, reconociendo que el Señor no les desamparará, ni los dejará. Pueden decir confiadamente que el Señor es su ayudador, por tanto, no deben temer lo que pueda hacerles el hombre. Además deben acordarse de sus guías o pastores (13:7), aquellos que les hablaron la palabra del Señor mediante un ejemplo digno de imitar. Más adelante amplia el pensamiento con la idea siguiente: dejaos persuadir por quienes os dirigen y sed dóciles, (Biblia Textual IV Edición) porque velan por vuestras almas, de lo cual deben dar cuenta, para que lo hagan con alegría, sin quejarse, lo cual no es provechoso para nadie (13:17). No deben dejarse arrastrar por doctrinas diversas y extrañas (13:9), sino afirmar sus corazones con la gracia, abrazando el vituperio de Cristo, quien padeció fuera de la puerta de la ciudad de Jerusalén, derramando su propia sangre por todos nosotros (13:9-13). Como extranjeros y peregrinos debemos saber que no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la ciudad que está por venir (13:14), cuyo arquitecto y constructor es Dios (11:13-16). Debemos ofrecer a Dios en todo momento, por medio de Jesús, sacrificio de alabanza, fruto de labios que confiesan su nombre (13:15). Hacer bien y ayudarnos mutuamente, porque esos sacrificios son agradables a Dios (13:16). El autor pide también oración a los hermanos por el grupo apostólico que representa: Orad por nosotros (13:18,19), con el fin de que se conduzcan bien en todo y les sea restituido más pronto, una apelación que algunos entienden como del apóstol Pablo estando en la cárcel, lo que le haría autor de la carta. Finalmente, expresa el sentir de su corazón y su firme convicción de que el Dios de paz que resucitó al Señor Jesucristo de los muertos, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda buena obra para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos (13:20,21). Una simbiosis necesaria de la combinación que debe haber entre la voluntad de Dios y la nuestra, fundidas ambas en un mismo propósito para agradar a Dios en todas las cosas.
La palabra de exhortación que ha sido expuesta a lo largo de esta epístola debe ser recibida, aceptada y soportada (13:22), para que cumpla su función de edificación y bendición. Es la palabra profética enviada para nuestro provecho, exhortación y consolación (1 Co.14:3) (2 P.1:19).
PREGUNTAS Y REPASO
- Qué sabemos sobre el autor y el destino de la carta.
- Qué bases encuentras en el capitulo uno sobre la divinidad de Jesús.
- Que beneficios emanan de Jesús como nuestro sumo sacerdote.
- Haz un resumen breve de las advertencias que nos encontramos.
- Que destacarías del acercamiento al que nos invita el autor.