13 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoLos fundamentos (X) – La autoridad del reino (2)

Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre…  (Marcos 16:15-20)

         Toda la autoridad de Dios está reunida en el nombre de Jesús. De su nombre emana la potencia del reino para que podamos extenderlo bajo su autoridad. Algunos pretenden, −no es nada nuevo−, asaltar la autoridad del reino sin pasar por la puerta. La puerta es el rey, la autoridad del rey, el sometimiento a su señorío. Había los que ejercían en su nombre pero no eran conocidos por él. Hacían obras, incluso obras espectaculares, pero el Señor no los conocía, ¿por qué? porque no habían entrado por la puerta de su reino. Querían el poder del reino sin la autoridad del rey. Otros pretenden los beneficios del reino pero alejados del rey.

Lo hemos visto en algunas ideologías como el comunismo, que ha pretendido traer justicia social a la tierra, erradicar la pobreza y anunciar un reino de paz y bienestar que ha hundido a naciones enteras en la miseria y la tiranía.

Otros, mediante filosofías y mecanismos de autoayuda pretenden hacer valer los principios del reino de Dios pero negando al Señor del reino. Ese ha sido desde el principio el intento de la rebelión de Lucifer.

Pero el reino de Dios contiene la soberanía del propio Dios, establecida mediante su voluntad expresada en su palabra. Jesús es el Verbo de Dios. Y en ese nombre está reunida toda la autoridad del Padre. Él la recibió porque vivió sujeto al Padre. Solo hacía lo que veía hacer al Padre. Y por ese sometimiento obtuvo el nombre que es sobre todo nombre. El nombre al que están sujetos todo dominio, autoridad y principados, triunfando sobre ellos en la cruz del Calvario.

Ahora, en su nombre podemos, bajo los mismos parámetros, salir a predicar y echar fuera demonios. Algunos quisieron hacerlo en nombre de Jesús, el que predica Pablo, y fueron expuestos en su fraude. No estaban sujetos a la autoridad pero querían ejercerla creyendo que podían burlar las leyes del reino (Hch. 19:13-17).

Dios no se responsabiliza de las consecuencias por la transgresión de su autoridad. Los hijos de Esceva fueron expuestos y avergonzados. El Señor confirma su palabra con señales y prodigios, pero nunca la rebelión (como la de Coré) que pretende los beneficios del reino sin vivir bajo la autoridad del rey. El Maestro enseñó a los suyos una y otra vez: Si permanecéis en mis palabras… Jesús oró por los que habían recibido su palabra, no por el mundo (Jn. 17:6-9,20).

         La autoridad del nombre de Jesús emana del sometimiento al señorío de Cristo, que nos hace discípulos para anunciar el reino en su nombre.

12 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoLos fundamentos (IX) – La autoridad del reino (1)

Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado… (Mateo 28:18-20)

         La autoridad del reino emana de la voluntad del rey expresada en su palabra. Separados de él nada podemos hacer. No haremos la obra de Dios, será otra cosa. No edificaremos sobre oro, plata y piedras preciosas. El reino de Dios se construye sobre el sometimiento a su voluntad. Su voluntad es soberana. Y esa voluntad, expresada mediante su palabra, es la que debemos recibir y enseñar para que el reino se extienda.

El libro de los Hechos muestra esta verdad en toda su extensión. Los que recibían la palabra estaban juntos, entraban a formar parte de la familia de Dios, la comunidad de hijos, el cuerpo del Mesías. Los que la rechazaban quedaban fuera de los límites del reino de Dios.

Para ser discípulos hay que recibir la palabra del rey y Señor, someterse a ella. No hay opción. Es imperativo. No existe tal cosa como la posibilidad de escoger. El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismoCon Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo

Debemos ser renovados y transformados de la manera de pensar de este siglo para conocer cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. Dios envía sus órdenes a la tierra, su palabra corre veloz (Sal.147:15). La palabra de Dios que sale de su boca no vuelve a él vacía, sin hacer antes la obra para lo cual ha sido enviada.

Sus dominios se extienden a medida que es recibida su palabra y con ella la autoridad del reino. Así es en el cielo, y debe ser en la tierra. Dice el salmista: YHVH estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos. Bendecid a YHVH, vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra, obedeciendo la voz de su precepto (Sal.103:19-20).

Jesús nos ha enviado con su autoridad para hacer discípulos, y enseñar en todas las naciones la verdad de su palabra. Nuestra autoridad está vinculada a nuestro sometimiento a su palabra. No a una institución religiosa. Jesús es la misma palabra de Dios, el Verbo de Dios. El es la palabra que se hizo carne, por tanto, estar sujetos a Jesús, unidos con él, es estar ceñidos a su palabra, de donde obtendremos la autoridad para extender su reino. Nos ha dado permiso para usar su nombre. En mi nombre… Pero separados de él no podremos.

         Dios extiende sus dominios en la tierra a través de los discípulos que reciben su palabra y quedan unidos a ella bajo su señorío y autoridad.

11 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoLos fundamentos (VIII) – Dos tronos complementarios (2)

Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono (Apocalipsis 3:21)

         Hemos dicho que el trono de Dios está en el cielo, pero la Escritura habla de otro trono que estará sobre la tierra. No podemos, ni debemos, espiritualizar esta verdad expresada con claridad por los profetas, y recogida en la tradición judía ampliamente, así como por la iglesia primitiva, de amplia mayoría judía.

Jesús ha vencido en la cruz y ha sido glorificado sentándose a la diestra del Padre. Como dice el texto que tenemos para meditar, se ha sentado con su Padre en el trono. Como expresa el autor de Hebreos: Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de Dios de la Majestad en los cielos (Heb.8:1). El apóstol Pedro lo dice así: Quien habiendo subido al cielo está a la diestra de Dios; y a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades (1 Pedro 3:22). Este trono es el centro del universo. El punto focal sobre el que gira toda la revelación y la adoración en el libro de Apocalipsis.

Pero en nuestro texto el Señor habla de aquellos que vencen y se sientan con él en su trono, no es el trono celestial, sino lo que la Escritura llama el trono de David. Este trono estará ubicado en la ciudad de Jerusalén y se levantará en la segunda venida de Jesús para establecer su reino mesiánico y milenial en la ciudad de David, la ciudad del gran rey.

Dios hizo un pacto con David diciéndole que de su descendencia se sentaría en su trono un descendiente para siempre. El profeta Isaías anunció la llegada del nacimiento de un niño que se llamaría Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz; y añade: Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre (Is.9:6,7). El mismo profeta lo anunció en 2:1-4.

Cuando nació el Mesías en la ciudad de Belén, fue anunciado por el ángel Gabriel a María con estas palabras: Éste será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin (Lc.1:32,33).

Hay un trono de David que aún no ha sido levantado, pero lo será en el retorno del Mesías a Israel. Así está escrito: Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte (Sal.2:6) (Zac. 14:4,9). Lo iremos viendo ampliamente a lo largo de esta serie.

         El Mesías y redentor del mundo es también el rey de los judíos, que como heredero de David levantará su trono en la ciudad de Jerusalén.

10 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoLos fundamentos (VII) – Dos tronos complementarios (1)

Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino. Has amado la justicia, y aborrecido la maldad, por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros (Hebreos 1:8,9)

         Todo reino tiene su rey, y todo rey tiene su trono. Jesús ha sido entronizado a la diestra del Padre. Se le ha dado un nombre que es sobre todo nombre. Tiene toda autoridad en el cielo y en la tierra para enviar a sus discípulos a hacer nuevos discípulos. Jesús se ha sentado en el trono hasta que sus enemigos sean puestos bajo el estrado de sus pies.

Debemos entender dos dimensiones del trono del Mesías y Señor. Estamos hablando del trono celestial, a la diestra del Padre. Pero hay otro trono, del que hablaremos mas adelante con profundidad, y que estará asentado en Jerusalén; tiene que ver con el trono heredado de su padre David (Lc.1:32,33).

Por tanto, aunque ambos tronos pertenecen a un mismo rey y un mismo reino, sin embargo, debemos diferenciarlos en cuanto a su manifestación. El trono de Dios está en el cielo y nos habla de la divinidad de Jesús. El trono de David estará en Jerusalén y muestra la naturaleza humana del Mesías. Uno en el cielo, otro en la tierra.

El trono celestial que aparece en Apocalipsis es el centro del universo. En él está sentado el Padre, y a la diestra está sentado el Hijo. Leamos. Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios (Col.3:1). Pero Cristo habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies (Heb.10:12,13). Este trono es el centro de donde emana toda la revelación del último libro de la Biblia. Es el trono de Dios, a cuya diestra está sentado el Hijo. Delante de él hay una gran multitud que nadie puede contar que adoran a Dios. Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero… el Cordero que está en medio del trono los pastoreará (Apc.7:9,17). Esteban lo vio cuando daba su vida por el Maestro. Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba [en pie, dice la Biblia de las Américas] a la diestra de Dios (Hch.7:55).

Sin embargo hay otro trono llamado el trono de David como veremos.

         La Escritura revela dos tronos. Uno el de Dios, que expresa la divinidad de Jesús; el otro de David que manifiesta su humanidad.

9 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoLos fundamentos (VI) – Un nuevo Señor

Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre (Filipenses 2:9-11)

         Jesucristo es el Señor. Esa es la confesión de fe que reconoce el cielo para poder tener entrada al reino de Dios en la tierra, y alcanzar su reino mesiánico y celestial en su día.

Jesús fue glorificado a la diestra del Padre después de acabar la obra que el Padre le dio para hacer. Y una vez concluida, fue entronizado en el cielo, en el trono de Dios. La prueba de ello fue el derramamiento del Espíritu Santo el día de Pentecostés (Shavuot). Los apóstoles lo supieron, y Pedro, en su primer discurso después del derramamiento del Espíritu, dijo: Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo [Mesías] (Hch.2:36).

Jesús ha sido entronizado como Señor y Mesías. Predicar su nombre y su obra será a partir de ese momento el propósito esencial de la gran comisión. Pablo dijo: predicamos a Cristo, y a este crucificado. Si confesamos con nuestra boca que Jesús es el Señor, y creemos en nuestro corazón que Dios lo levantó de los muertos, seremos salvos; porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación (Ro.10:8-10).

Por eso encontramos en las epístolas el tema del reino de Dios a través de la proclamación: Jesús es el Señor. No es Cesar el señor. Jesús es el Señor; y por esa declaración de fe, desde el corazón, muchos en los primeros siglos del cristianismo experimentaron el martirio. Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino.

Hoy vivimos lo mismo en muchas naciones del mundo, especialmente las de predominio islámico. El islam ha cambiado la confesión de fe. La base de su declaración se denomina la Shahada, y dice: «No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su mensajero». Observa que se trata de invocar un nombre, un dominio, una potestad. Jesús o Cesar. Yeshúa o Mahoma.

Por negarse a cambiar esta confesión muchos están siendo masacrados impunemente en el Oriente Medio, y en muchos países de África y Asia, todos ellos musulmanes. Los discípulos del Señor mantienen su confesión. Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión (confesión) de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió (Heb.10:23).

         El que confiesa a Jesús como Señor tiene otro dueño, vive para él, y muere para él. Sea que vivamos o que muramos, somos del Señor.

8 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoLos fundamentos (V) – Cómo se entra (3)

… Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo  (Colosenses 1:12,13)

         La entrada al reino de las tinieblas fue una herencia que recibimos de Adán. Todos nacimos bajo ese dominio de rebelión, con la naturaleza del padre de la mentira, el que ha sido homicida desde el principio, por tanto, hemos participado en mayor o menor medida de su legado. El pecado entró en el mundo por el hombre.

Para poder entrar en el reino de Dios necesitamos salir del dominio de las tinieblas, y esa salida es un milagro liberador que solo Dios puede hacer. La puerta de salida de ese dominio es la cruz de Cristo y su sangre derramada en el Calvario; y la de entrada al reino es su resurrección. El cual [Jesús] fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación (Rom. 4:25).

La salvación es de Dios. Por eso dice el apóstol: con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia, y esa herencia tiene que ver con su propia naturaleza: creados en Cristo Jesús, en la justicia y santidad de la verdad (Ef.4:24).

Dios nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas lleguemos a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo (el antiguo dominio del príncipe de este mundo del que hemos escapado) a causa de la concupiscencia (2 P.1:4).

Nacer de nuevo es salir de la potestad de las tinieblas, (su autoridad, dominio, cárcel, vivir bajo un ente espiritual dominante), y ser trasladados a otro reino, el reino de su Hijo amado. Y todo ello proviene de Dios. La salvación es de Dios.

Recordemos que hay en la Escritura tres expresiones del reino de Dios, una en el corazón, que es de la que estamos hablando; otra en Jerusalén, que es el reino mesiánico futuro del que hablaremos ampliamente más adelante, y la tercera se denomina reino eterno.

Debemos entender que para alcanzar el reino eterno, y participar del reino mesiánico, necesitamos ser parte del reino de Dios aquí y ahora mediante la fe en Jesús. El mismo dijo: Yo soy la puerta, el que por mi entrare hallará pastos. También dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí. Hay un solo Dios y un solo Mediador, Jesucristo hombre. Porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los en el que podamos ser salvos que en el nombre de Jesús. El reino comienza aquí. El rey ya ha venido. El evangelio es la puerta de entrada (Ef. 1:13,14).

         La buena nueva es que el reino de Dios ha llegado, y aunque no es de este mundo, podemos entrar por la fe en Jesús para alcanzar el reino eterno.

7 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoLos fundamentos (IV) – Cómo se entra (2)

Y después de anunciar el evangelio a aquella ciudad y de hacer muchos discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquia, confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios  (Hechos 14:22)

         En ocasiones, con el buen deseo de poner fácil la entrada a quienes predicamos el evangelio, cometemos excesos que más adelante pasan factura a los nuevos discípulos. La Biblia habla de dos reinos en oposición. El apóstol de los gentiles lo expuso claramente en el último texto de nuestra anterior meditación en Hechos 26:18-20. Veamos. Para entrar en el reino se necesita que los ojos sean abiertos. El que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios. Se necesita revelación. Luz celestial. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Co.4:6). Esa revelación produce una conversión de las tinieblas a la luz, un cambio de reino y dominio; dice el apóstol: de la potestad de Satanás a Dios.

Es lo que llama Jesús nacer de nuevo. Ese nuevo nacimiento nos introduce a la esfera de la gracia, donde nuestros pecados son perdonados, recibiendo la herencia de hijos de Dios. La consecuencia de esta experiencia interna, imposible para la sugestión humana, es un milagro de Dios, es un arrepentimiento que produce obras dignas de una nueva manera de vivir.

Nuestras vidas experimentan un traslado, de la potestad de las tinieblas, introducidos al reino de su amado Hijo (Col.1:13). Dejamos el antiguo dueño y tirano, al que Jesús llama el príncipe de este mundo, y Pablo enseña que seguíamos la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que opera en los hijos de desobediencia (Ef.2:2).

Por tanto, ahora tenemos otro Señor y Dueño. Jesús ha sido hecho Señor y Cristo (Mesías), y por la invocación de su nombre somos hechos propiedad de Dios. Pero el antiguo «señor», el que nos tenía cautivos a voluntad de él (2 Tim.2:26), no se conformará con la pérdida de sus dominios en los corazones de los hombres, por eso dice Jesús que el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan (Mt.11:12). Hay una batalla que librar; de ello se desprende lo que el apóstol enseña en el texto que meditamos. La entrada al reino se produce a través de muchas tribulaciones que no debemos ignorar.

         La entrada al reino de Dios produce una convulsión en la esfera espiritual que origina conflictos y tribulaciones inesperadas en el ámbito natural.

6 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoLos fundamentos (III) – Cómo se entra (1)

Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios… el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios (Juan 3:3,5)

         Si el reino al que se refería Jesús ante Pilatos no era de este mundo, la pregunta que surge inmediatamente es dónde está y cómo podemos entrar en él. Una pregunta similar le hicieron los fariseos al Maestro en cierta ocasión. Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el reino, les respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros (Lc.17:21).

Observa que aunque Jesús enseñaba que su reino no era de este mundo, sin embargo, la expectativa de Israel era que vendría un día cuando se manifestaría. Esa fue más concretamente la pregunta de los fariseos, a la que Jesús respondió que ya estaba aquí, entre vosotros. Pero también habría un día futuro en que el reino se manifestaría. Como el relámpago que al fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro, así también será el Hijo del Hombre en su día (17:24).

Pero antes era necesario que el rey padeciera mucho, y fuera desechado por aquella generación (17:25). Por tanto, la entrada al reino que ya está aquí mediante la presencia del rey, aunque no se vea manifestado en la forma de un reino de este mundo, sí se hace evidente a través de sus obras. Recuerda lo que dijo Jesús en cierta ocasión: Mas si por el dedo de Dios hecho yo fuera los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado a vosotros (Lc.11:20).

Podemos entrar al reino de Dios ¿Cómo? La respuesta la encontramos en una conversación personal del Maestro con un importante hombre, principal entre los judíos, se llamaba Nicodemo. Jesús le dijo que para ver el reino hay que nacer de nuevo, se entra con otra naturaleza, lo cual nos enseña que el ámbito natural de la persona impide ver el reino de Dios, hay que nacer de nuevo, y ese nacimiento se produce mediante el agua (símbolo de la palabra de Dios Efesios 5:26 y Santiago 1:18), y del Espíritu.

Esta nueva realidad toma forma a través del arrepentimiento y la fe en Jesús. Recuerda: el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio (Mr.1:15). Pablo lo explicó de esta manera al relatar su conversión: para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados… que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento (Hch. 26:18-20).

         Ver y entrar en el reino mediante el arrepentimiento y la fe en Jesús.

5 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoLos fundamentos (II) – El reino

¿Eres tú el Rey de los judíos?… Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí (Juan 18:33-36)

         Todo rey tiene su reino. En la lógica humana una persona que es proclamada rey debe tener un reino en algún lugar. Ese fue el razonamiento de Pilatos en su conversación con Jesús. El gobernador romano quiso incidir sobre los aspectos de su reinado al ver que Jesús era anunciado por las multitudes como rey de los judíos. La respuesta del Maestro tuvo que dejarle desconcertado: mi reino no es de este mundo.

Como muchos de nosotros, Pilatos tuvo que pensar que no había peligro para su posición, y menos aún para la estabilidad del Imperio Romano, si el reino que se anunciaba no pertenecía a la esfera terrenal, se trataba del hecho religioso, y eso entraba dentro de un terreno que parece no preocupar a la política.

Sin embargo, aunque el reino de Dios no es de este mundo, sí opera en este mundo y tiene una incidencia mayor de la que suponen muchos gobernantes humanos.

Por otro lado, el reino de Dios tiene dos manifestaciones complementarias, por un lado en el corazón de los hombres que reciben al rey como Señor de sus vidas aquí y ahora, y eso siempre tiene consecuencias prácticas en la sociedad; y por otro, debemos entender que el reino de Dios tiene una manifestación futura que sí será palpable y tendrá una repercusión definitiva sobre todos los demás reinos.

El profeta Daniel lo vio de esta forma al interpretar el sueño de Nabucodonosor: Hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios, y él ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de acontecer en los postreros días… Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó… Mas la piedra que hirió a la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra… Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre (Dn.2:28-44).

Por tanto, hay una manifestación invisible del reino de Dios que no es de este mundo, pero habrá otra que si será visible y derribará todos los demás reinos. Es lo que llamamos el reino mesiánico, del que hablaremos ampliamente en esta serie. Hoy, dice Pablo, el reino de Dios no consiste en comida y bebida, sino en justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (Rom.14:17).

         El reino de Dios no es de este mundo, aunque ha leudado el mundo con su poder manifestado en justicia, paz y gozo por el Espíritu en sus hijos.

4 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoLos fundamentos (I) – El rey

Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de YHVH de los ejércitos hará esto (Isaías 9:6,7)

         Identificar al rey que había de nacer era una prioridad en la esperanza de Israel. Estaba anunciado por los profetas. Vendría de la tribu de Judá, de la familia de David, y nacería en Belén efrata. Cuando este niño nació vinieron de oriente unos magos preguntando: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle (Mt.2:2). Cuando el rey Herodes escuchó la noticia entró en pánico. Se sintió amenazado. Y partir de ese momento hizo lo indecible para impedir el nacimiento y posterior crecimiento del niño destinado a ser rey de los judíos.

Unos cuántos en Israel conocían las Escrituras que apuntaban al hijo de José y María como el rey anunciado. Otros no lo identificaron. Estaban confusos. Algunas de sus manifestaciones concordaban con él, pero no acababan de verlo claro. Reconocer la identidad del Mesías necesita una revelación dada por el Padre (Mt.11:25-27) a quienes le esperan, y mantienen una actitud de niños, sin la arrogancia de los pensamientos altivos, y el orgullo de la mente humana.

Cuando el Maestro preguntó a los suyos qué decía la gente de él surgieron distintas opiniones formadas: unos Juan el Bautista; otros que Elías; otros que Jeremías, o alguno de los profetas. Y al preguntar a los discípulos: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo [el Mesías, el Ungido], el Hijo del Dios viviente. Pedro sabía por revelación del Padre que Jesús era el Mesías, el Ungido, un título real para el descendiente de la casa de David que había de venir.

Fue lo que clamaron las multitudes cuando el Señor entró en Jerusalén: ¡Hosanna al Hijo de David! Y está escrito que: Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo: Decid a la hija de Sion: He aquí, tu Rey viene a ti, manso, y sentado sobre una asna (Mt.21:4-11).

El rey ha sido identificado mediante las profecías que anunciaban su llegada como un niño que tendría el principado sobre su hombro, sería llamado Admirable y su reino no tendrá límites. No hay duda: Yeshúa, el rey de los judíos, es el rey que había de venir… Y volverá.

         Los profetas de Israel identificaron al rey que había de venir. Muchos otros testigos posteriores confirmaron que Jesús era ese rey.