Bendito sea el Señor, porque ha oído la voz de mis súplicas. El Señor es mi fuerza y mi escudo; en El confía mi corazón, y soy socorrido (Salmos 28:6,7).
El Señor ha oído la súplica. El salmista ha llegado a esta certeza plena, sabe que su clamor ha llegado hasta el lugar donde Dios habita, ha penetrado la oposición, se ha roto la resistencia que impedía la llegada de petición de auxilio, ahora descansa, confía, se sabe socorrido, ha vuelto a experimentar que su fuerza viene del Señor y que Él es su escudo. Como cuando en una batalla, el soldado que ha sido enviado a pedir refuerzos traspasa las líneas enemigas, llegando hasta el lugar donde su mensaje tendrá una acción inmediata que pondrá a salvo el cerco que los atenaza. Antes de que lleguen los refuerzos ya hay regocijo y acción de gracias, la respuesta está en camino, la victoria es segura. Bendito sea el Señor que oye la voz de nuestra súplica y viene en auxilio de los menesterosos.
Te alabamos Padre, Dios del cielo y de la tierra, porque oyes nuestra voz cuando a ti clamamos y nos envías el oportuno socorro. Amén.