117 – Orando con el salmista

Orando con el salmista - Portada¡Aleluya! Porque bueno es cantar alabanzas a nuestro Dios, porque agradable y apropiada es la alabanza. El Señor edifica a Jerusalén; congrega a los dispersos de Israel; sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas  (Salmos 147:1-3).

         Me encanta la palabra ¡Aleluya! Expresa alabanza al Rey. Significa: «Alabad a Dios». Exalta al que está en el trono. Los últimos cinco salmos comienzan y terminan con esta expresión: ¡Aleluya! Es un grito de júbilo. Expresa regocijo por la majestad de Dios. Algunos la relacionan con cierto tipo de creyentes exaltados y excéntricos. En el cielo se dice ¡Aleluya! Lo vemos en Apocalipsis. Hay tantas canciones con esta sola palabra que aún no han agotado su profundidad. Todo se puede trivializar. Incluso las perlas se pueden pisotear. Pero un corazón adorador expresará con júbilo su alabanza a nuestro Dios. Porque es bueno cantar alabanzas. Es agradable y apropiada. Es el hábitat natural de un espíritu renacido. De un corazón agradecido. Nuestro hombre sabe que, después de la manifestación de la alabanza al Rey, viene la edificación de Jerusalén. El trono de Dios es levantado en la tierra en medio de las alabanzas de su pueblo. Jesús dijo: Y yo, si soy levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo (Juan 12:32). El salmista nos dice aquí que después de la debida alabanza a Dios, viene la edificación, la congregación de los dispersos, la sanidad de los quebrantados de corazón, y el vendaje de sus heridas, para recuperar el propósito de Dios, y que su reino sea establecido en la tierra. Todo un proceso liberador. Sumergirnos en la alabanza nos introduce a la dimensión celestial. Nos arranca de la atracción terrenal para envolvernos con la gloria eterna. Por eso es buena, agradable y apropiada. Alabemos a Dios y digamos sin temor y a viva voz: ¡Aleluya!

         Padre, te adoramos, te alabamos. Edifica Jerusalén, congrega a los dispersos de Israel en su tierra. Sana y venda sus heridas, también la herida de mi pueblo, en el nombre de Jesús. Amén.

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