53 – Orando con el salmista

Orando con el salmista - PortadaMe he convertido en extraño para mis hermanos, y en extranjero para los hijos de mi madre. Porque el celo por tu casa me ha consumido… Pero yo elevo a ti mi oración  (Salmos 69:8, 9,13).

Uno mismo viene a ser extraño y extranjero por el amor a la verdad. Cuando el celo por la casa de oración, el lugar santísimo, el trono de la gracia, la gloria de Dios, la cruz de Cristo, viene a ser la prioridad, nuestras vidas comienzan a ser extrañas para quienes solo piensan en lo terrenal. Somos como extranjeros y peregrinos en un mundo que vive lejos de los principios del reino de Dios. Los enemigos del hombre vienen a ser los de su propia casa. No hay profeta sin honra sino en su propia tierra y entre los suyos. ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, y hermano de Jacobo, José, Judas y Simón? ¿No están sus hermanas aquí con nosotros? Y se escandalizaban de El (Marcos 6:3). Como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, más sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto… (Isaías 53:2,3). Sin embargo, el Mesías oró por los transgresores. Oró por Jerusalén, pidió el perdón de sus verdugos y es hoy nuestro abogado delante del Padre.

Gracias Señor, por tu bondad para con los hijos de los hombres. Amén.

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