50 – Orando con el salmista

Orando con el salmista - PortadaPero ciertamente Dios me ha oído; El atendió a la voz de  mi oración. Bendito sea Dios, que no ha desechado mi oración, ni apartado de mí su misericordia  (Salmos 66:19,20).

Nuestro hombre sabe que Dios le ha oído. Tiene la certeza que su voz ha sido escuchada en lo alto, en la morada de Dios. ¿De dónde le viene esa seguridad? de la fe, −dirán algunos−, porque la fe es la certeza de lo que se espera. Esto es una parte de la verdad, pero no toda la verdad. Si vivimos en pecado Dios no oirá nuestras oraciones. Si no hemos perdonado de todo corazón, Dios no nos perdonará tampoco a nosotros. El salmista dice en el versículo anterior: Si observo iniquidad en mi corazón, el Señor no me escuchará. (Salmos 66:18). Sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguien teme a Dios y hace su voluntad, a ese oye (Juan 9:31). En algunos casos hemos simplificado la realidad de la oración a vanas repeticiones. Podemos creer −los demonios también lo hacen− que repitiendo «mantras» seremos oídos y atendidos. Pero el que ama a Dios es conocido por El, y puede afirmar con seguridad que le oye, le atiende, no desecha su oración y vive bajo su misericordia.

 Padre amado, nos acercamos a ti en plena certidumbre de fe, con corazón sincero y purificados de mala conciencia, por la sangre de Jesús. Amén.

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