193 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLa ira venidera (XIII) – El Hades (4)

Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado. Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá (Lucas 16:25,26)

         Un lugar sin salida posible. No hay salvación. No hay vuelta atrás. Sin retorno. Despertar a esta realidad debe ser la mayor de las pesadillas que un ser humano aún no ha podido imaginar. El rico de nuestro texto fue consciente de su estado: era imposible pasar de un lado al otro. Una gran sima los separaba, −este texto no deja lugar al invento del purgatorio como una última oportunidad de salvación ultra tumba, no la hay, es un intento más del alma humana de inventar su propia salvación−, y el traslado de un lugar al otro era imposible.

La sentencia está dictada: Lázaro es consolado aquí (el lugar de los justos en el Hades), y el rico atormentado en aquella llama (el lado opuesto del Hades donde iban a parar las almas de los impíos) insalvable.

Ante este mensaje definitivo, el hombre despreocupado de otro tiempo entra ahora en pánico  pensando en su propia familia. Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento.

Notemos la plena consciencia de este hombre: recordaba a su familia. Sabía que vivían en la misma disolución que él mismo había vivido y que les esperaba el mismo destino. De pronto, no solo estaba preocupado por el estado de su propia alma, sino por el alma de sus familiares.

Para evitar esa tragedia el Dios Todopoderoso ha enviado a su Hijo Unigénito al mundo para que el mundo sea salvo por medio de él.

Este rico no conocía la redención que se iba a consumar dentro de poco en Jerusalén. Sí conocía la Ley y los profetas, aunque los había ignorado. Ahora su celo proselitista se activó. Muy sensible por su parte pero infructuoso. El tormento en el que vivía le llevó a pensar en los demás. Por fin se había desprendido del egoísmo y la vanidad aunque sin resultado de salvación.

Para nosotros hay esperanza hoy. Aún estamos al otro lado del rio. Vivimos en este lado de la eternidad. Mejor es perro vivo que león muerto (Eclesiastés 9:4), por tanto, reaccionemos cuando hay tiempo, antes que vengan los días malos sin contentamiento posible. Hay un lugar de tormento. Podemos eludirlo aún si venimos al Salvador del mundo: Jesucristo.

         Jesús enseñó este episodio sin minimizar la dureza del mensaje. Lo hizo para que muchos pudieran escapar de la ira venidera.

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