187 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLa ira venidera (VII) – Perder el alma (3)                                             

Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios (Lucas 12:20,21)

         Perder el alma es la condenación eterna. Significa vivir alejados de la luz y la verdad por toda la eternidad. Perder el alma es incumplir el propósito original de Dios cuando sopló en el hombre aliento de vida. En el alma tenemos la imagen y semejanza de Dios (1 Co.15:45). Dios es Espíritu y necesitamos un alma vivificada, renacida, un espíritu nuevo, para poder acceder a su naturaleza y tener comunión con Él.

Cuando Pablo habla a los hombres y mujeres renacidos en la ciudad de Colosas les dice: «habéis muerto, y vuestra vida [alma] está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.

En el lado opuesto tenemos al hombre necio de nuestro texto. Jesús dice de él que era un hombre orientado únicamente a las cosas materiales. Tenía muchas, pero quería más. Su alma no estaba satisfecha. Entonces pensó dentro de sí salvar su alma, redimirse a sí mismo, asegurar el futuro, y se dijo: Esto haré; derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Y Dios le dijo: Necio. No puedes salvar tu propia alma.

El que gana su alma la pierde, y el que la pierde por Cristo, la salva. Esa es la vida verdadera. Cristo en nosotros. Observa que este hombre habla en singular cuando se refiere a su alma. No hay tal cosa como la transmigración de las almas, ni la fusión en un alma cósmica. Tampoco hay reencarnación. Se le dijo: Vienen a pedir tu alma. La tuya. Cada uno de nosotros daremos cuenta a Dios.

Jesús enseñó: Con vuestra paciencia ganareis vuestras almas (Lc.21:19). Paciencia en medio de un mundo orientado a la vanidad y el oprobio de quienes han entregado sus almas al fiel Creador (1 P.4:19). Pablo desgastaba su vida por amor a las almas de los corintios (2 Co.12:15). Oraba por los tesalonicenses para que todo su ser, espíritu, alma y cuerpo, fuera guardado irreprensible hasta el día del Señor (1 Tes.5:23).

El autor de Hebreos dice que nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para la preservación del alma (Heb.10:39). El alma de Jesús no fue dejada en el Hades (Hch.2:31). Juan vio las almas de los decapitados por Jesús que reinaban con él mil años (Apc.20:4).

         El alma se puede perder en el infierno, es la muerte segunda; Jesús ha venido para que no se pierda, sino para salvar las almas de los hombres.

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