171 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos impíos (XXX) – Falsos maestros (4)                                                 

Tienen los ojos llenos de adulterio, no se sacian de pecar, seducen a las almas inconstantes, tienen el corazón habituado a la codicia, y son hijos de maldición (2 Pedro 2:14)

         Los falsos maestros no solamente enseñan herejías, también seducen con su forma de vivir. La maldad puede estar disfrazada detrás de una vida atractiva, buenos modales, gran cultura, educación exquisita, pero ocultar una personalidad lasciva, poseída por el sexo y la adicción a la pornografía. Sus ojos están llenos de adulterio. Tienen su esposa pero se recrean con imágenes de otras mujeres. Son esclavos del pecado. A la misma vez pueden ejercer una seducción altamente atrayente que los hace la envidia de muchas personas.

Persuaden con argumentos manipuladores para engañar a los ingenuos e inconstantes en la verdad. Sus corazones están habituados a la codicia. La personalidad que emana de ellos proviene de una naturaleza corrompida, sin regenerar, pero con una sutileza infernal se convierten en modelos a seguir. La retórica de sus argumentos neutraliza el juicio de personas respetables. Muchos reconocen su maldad, pero el talento que despliegan es tan manifiesto que justifican su forma de vida con una benevolencia insoportable.

El apóstol que escribe de estos falsos maestros concluye: son hijos de maldición. Nuestra sociedad actual ha elaborado un sistema inmunológico para justificar el pecado bajo una falsa tolerancia y respeto a todas las opiniones, así como no entrar a valorar la vida privada de las personas. Bajo ese escudo protector se esconden verdaderas alimañas del mal, hombres perversos y malos que hunden las sociedades en la decadencia más absoluta. Buena parte de la nuestra tiene estos síntomas.

A los ojos de un Dios santo y justo no pasan desapercibidos estos comportamientos. El Señor no perdonó a los ángeles que pecaron; y no perdonó a las ciudades de Sodoma y Gomorra. Sí libró al justo Lot que vivía en medio de ellos afligiendo su alma justa cada día viendo los hechos inicuos de ellos.

Cuando perdemos la capacidad de discernir los hechos inicuos que se suceden ante nuestros ojos, y acabamos asumiendo la normalidad de semejantes comportamientos hemos dado el paso definitivo a la depravación.

Hay enfermedades que pueden incubarse durante mucho tiempo hasta que una vez afloran y ya es demasiado tarde para neutralizarlas. La palabra de Dios nos advierte, como medicina preventiva, para que podamos ver y denunciar los hechos inicuos de los hijos del mal.

         El corazón de un falso maestro puede esconder toda una diversidad de malignidades que arrastren a muchos hasta el punto de no retorno.

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