161 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos impíos (XX) – Quieren enriquecerse

Porque los que quiere enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición (1 Timoteo 6:9)

         En una sociedad materialista el dinero se ha convertido en uno de los ídolos más evidentes. Esta idolatría está camuflada detrás de argumentos de todo tipo en los que cualquier iniciativa parece tener el beneplácito de la sociedad si con su actividad se genera riqueza y puestos de trabajo.

No toda ambición es saludable. Como tampoco lo es la falta de motivación que paraliza toda iniciativa emprendedora. Como en todas las cosas la clave está en el corazón. Se nos advierte que sobre toda cosa guarda, guardemos nuestro corazón, porque de él mana la vida. Y donde tengamos nuestro corazón, allí estará nuestro tesoro. Si nuestro corazón está atrapado en el afán por las riquezas dedicaremos todo nuestro esfuerzo a su consecución, quedando atrapados en lazos y tentación que hunden a los hombres, dice nuestro texto, en destrucción y perdición.

El deseo de las riquezas atrapará el corazón en codicias necias y engañosas que hunden a los hombres. Pablo dijo a los creyentes que eran ricos que no pusieran el corazón en las riquezas, porque son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos (1 Tim.6:17).

Se puede ser rico y generoso, o pobre y avaro. No hay ninguna garantía de que los pobres sean humildes, ni que los ricos tengan que ser obligatoriamente perversos. Sin embargo, cuando el corazón está atrapado en el amor al dinero, se convierte en una raíz de pecado, que al codiciarlo algunos se extravían de la fe, y son expuestos a muchos dolores (1 Tim.6:10).

Por tanto, el deseo de enriquecerse puede convertirse en una piedra de tropiezo insalvable para la vida de fe. Pablo enseña que debemos estar contentos teniendo nuestras necesidades básicas cubiertas. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen. Hay caída en el deseo irrefrenable por las riquezas.

Jesús dijo que era muy difícil que un rico entrara en el reino. El joven rico tenía su corazón atrapado en las riquezas y se convirtió en él en un muro infranqueable para poder seguir el camino del discipulado. Muchos otros, a lo largo de la historia, han hecho el recorrido correcto: dejando las riquezas siguieron al maestro; lo cual no quiere decir que todos deban hacer lo mismo.

         Muchos predicadores han caído en tentación y lazo por el amor a las riquezas y la vanagloria de este mundo. Ven el evangelio como fuente de ganancia y quedan expuestos con muchos dolores.

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