140 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (CXXXII) –  Simón el mago (3)

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad… Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo  (1 Juan 1:9 y 2:1)

         Simón el mago no parece haber seguido el consejo del apóstol Pedro cuando le dijo que rogara a Dios para que le fuera perdonado el pensamiento de su corazón, que estaba en hiel de amargura y en prisión de maldad. Lo entendió así al ver cómo Simón quiso comprar el don de Dios con dinero. Por tanto, tenemos a Simón que había creído aparentemente el evangelio, se había bautizado, y no se apartaba ni un momento de Felipe, aunque por su trayectoria posterior todo parece indicar que fue llevado más por su afán de protagonismo que por un corazón sincero delante de Dios.

Las obras de cada uno se hacen evidentes más pronto o más tarde. La historia nos dice que Simón no consiguió librarse de la hiel y amargura de su corazón, tampoco se arrepintió verdaderamente de su maldad, porque como está escrito: cuando confesamos nuestros pecados, el Señor es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de nuestra maldad. Eso era lo que había en el corazón de Simón a pesar de haber cumplido con los requisitos externos de la fe: creer y ser bautizado.

Pedro vio que su corazón seguía atrapado con la vieja magia que había practicado, y que ahora pretendía ampliar su carisma con dones comprados con dinero.

A Simón el mago se le presenta en varios escritos de los discípulos del segundo siglo como el padre del gnosticismo (Ireneo de Lyon), y como opositor a las enseñanzas de apóstol Pablo (Clemente). Por tanto, todo parece indicar que Simón no consiguió deshacerse de su maldad, sino que mezcló su vieja vida en la magia con la nueva doctrina que aprendió y vio en los discípulos del Señor.

Lo cual nos enseña lo siguiente: es fácil presentarse como predicador del evangelio, mostrar un testimonio espectacular, abusar de protagonismo contando el pasado pagano, y a la vez haber mezclado el evangelio con el engaño del corazón.

Hoy tenemos muchos aparentes predicadores carismáticos «llenos del gran poder de Dios», pero mostrando una conducta contraria a la doctrina de la piedad. Algunos han seguido el ejemplo de Simón, pensando que el don de Dios se puede comprar con dinero; o tal vez que pueden usar los dones recibidos para enriquecerse. Ambos extremos manifiestan un corazón semejante al de Simón. Examinémonos en la fe.

         Confesar nuestros pecados no es una artimaña religiosa para mostrar piedad. El que se arrepiente de corazón es conocido por Dios y perdonado.

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