139 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (CXXXI) –  Simón el mago (2)

Respondiendo entonces Simón, dijo: Rogad vosotros por mí al Señor, para que nada de esto que habéis dicho venga sobre mí  (Hechos 8:24)

         Dejamos en la meditación anterior a Simón el mago ante la exhortación sin paliativos del apóstol Pedro. Durante un tiempo pudo esconder la realidad de su corazón detrás de un apoyo aparente al ministerio evangelístico de Felipe. Luego vinieron los apóstoles Pedro y Juan a Samaria discerniendo, especialmente Pedro, la verdadera actitud de este antiguo mago que parecía haberse convertido a la fe del evangelio.

Es interesante resaltar que Felipe no parece haber notado este hecho, sin embargo, el apóstol Pedro lo discernió cuando Simón quiso comprar el don de Dios con dinero. Su corazón quedó expuesto. A Pedro no le impresionó su aparente conversión de la magia a Cristo, y le reprendió, conminándole a que se arrepintiese de esa maldad. El deseo de comprar el don de Dios lo denominó el apóstol: maldad. Sin diplomacia. Directo al grano. Sin rodeos para no perder el apoyo de un personaje tan relevante en la ciudad de Samaria, y que podía aportar credibilidad al evangelio.

El apóstol que había sido reprendido por Jesús cuando quiso evitarle su viaje a Jerusalén para ir a la cruz, había aprendido que la verdad no puede comprarse, y que hay que combatir ardientemente por la fe dada una vez a los santos para que no se mezcle con un corazón, que él mismo comprendió, estaba en hiel de amargura y prisión de maldad.

Hoy hemos sido tan tolerantes con ciertas conversiones aparentes de personajes «relevantes» que el evangelio ha perdido en muchos lugares el peso de verdad y credibilidad sin componendas.

Llama la atención que la respuesta de Simón a semejante reprensión fuera la de que ellos orasen por él, en lugar de arrepentirse de su pecado. Aquí tenemos un indicio de lo que más tarde sería la confesión de los pecados a un clérigo. Pedro envió a Simón el mago directamente a Dios, por si quizás le fuera perdonado el pensamiento que había concebido en su corazón (8:22). Por tanto, nada que se le parezca a un sacramento de confesión.

El que perdona pecados es Dios. Pedro lo sabía y conminó al mago para hacerlo directamente. Algunas personas piden oración a otros con la idea de que su piedad y autoridad pueda perdonarles los pecados, pero la Escritura enseña que podemos y debemos confesar nuestros propios pecados a Dios recibiendo el perdón de Él mismo si nuestro corazón es recto para con Él.

         El apóstol Pedro no actuó como mediador ante Simón el mago, sino que le envió directamente a Dios para que pidiese perdón por el pensamiento de su corazón.

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