138 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (CXXX) –  Simón el mago (1)

Pero había un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciudad, y había engañado a la gente de Samaria, haciéndose pasar por algún grande. A éste oían atentamente todos… diciendo: Éste es el gran poder de Dios. Y le estaban atentos, porque con sus artes mágicas les había engañado mucho tiempo… También creyó Simón mismo, y habiéndose bautizado, estaba siempre con Felipe  (Hechos 8:9-13)

         Avanzamos en nuestro recorrido por los nombres propios, hijos de condenación, para encontrarnos en el libro de Hechos con un personaje verdaderamente singular, nos referimos a Simón el mago.

Felipe había descendido a Samaria para predicar el evangelio. Al hacerlo, el Señor confirmó su palabra con señales, de tal forma que muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados; así que había gran gozo en aquella ciudad.

Simón llevaba tiempo en aquel mismo lugar impresionando a las multitudes con lo que llamaban el gran poder de Dios. Pero cuando vio las señales que acompañaban a Felipe se quedó deslumbrado. Me recuerda la confrontación de los magos de Egipto cuando Moisés fue enviado a Faraón y se estableció una especie de pugna hasta que tuvieron que reconocer que no podían seguir más allá con sus artes mágicas.

Simón, con una mente fascinada, creyó el mensaje de Felipe, incluso se bautizó, y no se despegó del evangelista. Podíamos decir que a partir de ese momento no se perdió ni un solo culto en el que predicaba Felipe. Lo cual no fue ninguna garantía de que su corazón fuera recto delante de Dios.

La confrontación vino a través de la visita que hicieron los apóstoles Pedro y Juan a la ciudad de Samaria. Atraídos por las noticias que llegaban de aquel lugar, donde muchos habían recibido la palabra de Dios, se presentaron en la ciudad y oraron para que los que habían creído recibiesen el Espíritu Santo.

Cuando vio Simón que por la imposición de manos se transmitía el Espíritu, quiso obtener aquella «habilidad» ofreciendo dinero a los apóstoles para conseguirlo. En ese momento su corazón quedó expuesto. El pecado de Balaam se manifestó abiertamente, y Pedro le reprendió dura y públicamente, diciendo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero… tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete… porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás.  Dura palabra para quién había gozado de gran fama en aquel lugar.

         Hacer confesión de fe, bautizarse y congregarse no siempre es garantía de abandonar las tinieblas. Simón lo hizo, pero su corazón aún era malo.

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