128 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (CXX) –  Jezabel (5)

Entonces Elías dijo a Acab: Sube, come y bebe; porque una lluvia grande se oye. Acab subió a comer y a beber. Y Elías subió a la cumbre del Carmelo, y postrándose en tierra, puso su rostro entre las rodillas… los cielos se oscurecieron con nubes y viento, y hubo una gran lluvia  (1 Reyes 18:41-46)

         El bienestar del reino se estaba dilucidando en lo alto de un monte. En aquel lugar se habían dado cita una multitud de adoradores falsos de Baal y Asera, y un solo profeta de Dios. Se puso en marcha el culto de oración.

Una congregación de ochocientas cincuenta personas oró invocando frenéticamente a su dios. Gritaban a grandes voces. Se cortaban con sus cuchillos haciendo brotar la sangre sobre ellos (me recuerda los flagelantes de semana santa en algunos lugares de nuestra geografía, y la fiesta islámica chiíta de Ashura, en la que se celebra la muerte de Hussein, el nieto de Mahoma, con flagelaciones sangrientas); todo en medio de un vocerío frenético desde la mañana hasta el mediodía.

Por otro lado, la pequeña reunión de oración de un solo hombre, Elías, moviéndose en la autoridad de Dios, consciente de estar en Su presencia y andar en la perfecta voluntad de Dios. Sabe que se mueve por la palabra que ha recibido del Señor, y su certeza le da la seguridad que no necesita compuestos religiosos.

Eso sí, restaura el altar caído del Señor, lo pone en orden, y pide que descienda fuego del cielo para consumirlo. Lo hace con autoridad y sin adornos ambientales, orando así: Señor Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, sea hoy manifiesto que tú eres Dios en Israel, y que yo soy tu siervo, y que por mandato tuyo he hecho todas las cosas (18:36). El trono celestial respondió a la oración de su hombre en la tierra con fuego que consumió el holocausto.

Luego, Elías mandó prender a los profetas de Baal, −que aparentemente estaban reconociendo la supremacía del Dios de Israel−, degollándolos en el arroyo de Cisón. Después dijo con seguridad al rey Acab: sube a comer y beber porque se acerca una gran lluvia.

Elías se quedó en el monte Carmelo orando con su rostro entre las rodillas (como el de una mujer que da a luz), y pronto comenzaron a aparecer las primeras nubes que traerían la lluvia. El hambre en Samaria había concluido. La sequía dio lugar a un tiempo de lluvia abundante que regó nuevamente la tierra sedienta. Y mientras todo esto sucedía ¿dónde estaba Jezabel? Pronto aparecerá «vomitando» ira.

         La oración ferviente de un solo hombre venció a toda una congregación de más de ochocientos profetas falsos atrayendo la ira de Jezabel.

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