126 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (CXVIII) –  Jezabel (3)

Entonces Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab: Vive YHVH Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra  (1 Reyes 17:1)

         El Señor, Dios de Israel, no nos ha dejado sin testimonio aunque en el trono haya una Jezabel. En ese tiempo de gran confusión el Señor levantó a los profetas más espectaculares de la historia antigua de Israel, si exceptuamos a Moisés; me refiero a Elías y Eliseo.

La Escritura introduce de forma abrupta la irrupción vehemente del profeta de fuego. Entonces Elías tisbita, dijo a Acab… Su mensaje iba directamente al pecado de idolatría que se había instalado en el reino. No habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra. Elías hablaba conscientemente de estar en la misma presencia de Dios. Vive el Señor, en cuya presencia estoy.

El apóstol Santiago escribiría tiempo después que Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses (Stg.5:17). Si unimos los dos textos podemos sacar la conclusión de que el profeta llevaba ya un tiempo orando a Dios para que interviniera ante su pueblo que se había alejado tanto de sus mandamientos.

Las condiciones del pacto estaban bien especificadas en el libro de la ley. Si se apartaban de ellas las consecuencias también estaban reseñadas. Y los cielos que están sobre tu cabeza serán de bronce, y la tierra que está debajo de ti, de hierro. Dará YHVH por lluvia a tu tierra polvo y ceniza; de los cielos descenderán sobre ti hasta que perezcas (Dt.28:23,24).

Elías dijo al rey Acab que no habría lluvia ni roció sobre la tierra. Por delante se presentaba una batalla sin tregua. El profeta de Dios penetró con su voz el gobierno impío de Acab, manipulado por Jezabel, con la autoridad de la palabra del Eterno en boca. La palabra fue enviada para juicio, y el profeta escondido y sustentado por cuervos y una viuda extranjera.

Pasarían más de tres largos años en los que el pueblo vivió bajo la tiranía de una potestad espiritual que operaba a través de una mujer hechicera, y un hombre valiente pero pusilánime, debilitado en su interior por la fuerza espiritual demoniaca que ejercía su mujer sobre él.

Aquí tenemos un ejemplo claro de cómo el mundo espiritual ejerce su influencia sobre la política de un país, y cómo el Señor levanta la voz de un profeta para contrarrestarla. La falta de autoridad espiritual y oración deja a naciones enteras en manos de poderes hechiceros que ejercerán dominio sobre millones de personas zarandeadas.

         La idolatría es un fiel reflejo de la batalla espiritual por el control de una nación. Necesitamos autoridad, voz de Dios y vida de oración para frenarla.

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