112 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (CIV) – Balaam (8)

Oyendo Balac que Balaam venía, salió a recibirlo a la ciudad de Moab… Y Balac dijo a Balaam: ¿No envié yo a llamarte? ¿Por qué no has venido a mí? ¿No puedo yo honrarte? (Números 22:36,37)

         Después del episodio desconcertante para el profeta viendo a su asna hablar con voz de hombre, y percatarse que el ángel del Señor estaba contra el camino que había emprendido, Balaam llegó a la residencia real de Balac. El rey salió a recibirlo con todos los honores, había conseguido convencerle para que viniera después de enviar diversas embajadas. Le aduló con diplomacia y reconocimiento, asegurándole que podía honrarle ampliamente si se prestaba a sus demandas. A partir de ese momento se desarrollaron tres escenas en tres montes distintos donde el profeta exigió levantar siete altares para sacrificar en cada uno de ellos un becerro y un carnero, cuyo propósito era maldecir a Israel.

El primero se llevó a cabo en un lugar llamado Bamot-baal. Allí el Señor habló por medio del profeta errado y dijo lo siguiente: ¿Por qué maldeciré yo al que Dios no maldijo? ¿Y por qué he de execrar al que YHVH no ha execrado?… He aquí un pueblo que habitará confiado, y no será contado entre las naciones (23:8-9). Cuando Balac se dio cuenta que en lugar de maldecir a Israel lo había bendecido reprendió al profeta. Este le respondió que hablaba lo que el Señor le mostraba.

Sin perderse en más discusiones el rey de Moab preparó otro lugar desde donde pudiera ver mejor a Israel para maldecirlos. Se trataba de otro monte llamado la cumbre del Pisga. Se volvieron a construir siete altares en los que otra vez sacrificarían en cada uno de ellos un becerro y un carnero. Balac volvió a tener la expectativa de que Israel sería maldecido y no conseguiría sus objetivos de asentarse en la tierra prometida.

El profeta vino con la palabra de Dios y profirió lo siguiente: Balac, levántate y oye; escucha mis palabras, hijo de Zipor: Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. El dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no ejecutará? He aquí he recibido orden de bendecir; Él dio bendición y no podré revocarla… Porque contra Jacob no hay agüero, ni adivinación contra Israel (23:18-23). La perplejidad del rey moabita le llevó a decir al profeta que puesto que no lo maldecía, tampoco lo bendijera.

Aquí tenemos un ejemplo claro de que la palabra que ha salido de la boca de Dios no se contradice. El Señor bendijo a Israel desde los días del patriarca Abraham y no se retractará. De la misma manera que ha bendecido a los redimidos con toda bendición espiritual en lugares celestiales en Cristo.

         Está escrito que el diablo ha venido a matar, robar y destruir (maldición); pero Jesús ha venido para que tengamos vida (bendición) en abundancia.

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