108 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (C) – Balaam (4)

Volvió Balac a enviar otra vez más príncipes, y más honorables que los otros; los cuales vinieron a Balaam, y le dijeron: Así dice Balac, hijo de Zipor: Te ruego que no dejes de venir a mí; porque sin duda te honraré mucho, y haré todo lo que me digas; ven, pues, ahora, maldíceme a este pueblo. (Números 22:15-17)

         Cuando la primera comitiva regresó al rey de Moab con la negativa del profeta Balaam, éste no cesó en su empeño e insistió en el propósito de que Israel fuera maldecido. Como buen negociador aumentó las expectativas para impresionar al oráculo. Envió príncipes más honorables con capacidad de ofrecer a Balaam una mejor oferta. Aumentó los honorarios para persuadirle apelando a su punto débil: la codicia del dinero.

Se suele decir que cada hombre tiene un precio, eso lo saben todos los negociadores políticos y comerciales, que en muchas ocasiones actúan como verdaderas mafias para conseguir sus fines.

Cuando este segundo grupo de diplomáticos llegó a casa de Balaam, él se hizo el duro apelando a su aparente integridad: Aunque Balac me diese su casa llena de plata y oro, no puedo traspasar la palabra de YHVH mi Dios para hacer cosa chica ni grande (22:18). Esta respuesta puede confundir al lector inexperto.

El lenguaje tiene visos de convicción, honradez y firmeza en el profeta, que incluso habla del Señor como su Dios. Expone con aparente claridad que cree en la Biblia, que toda la Escritura es palabra de Dios y por tanto él no puede traspasarla. Sin embargo, a renglón seguido la pone en duda, porque el Señor ya le ha dado respuesta, el Señor no cambia, como él mismo diría más adelante: Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta (23:19); pero actúa en contradicción con lo que aparentemente cree y pide a este segundo grupo de negociadores que reposen en su casa esta noche, para que yo sepa qué me vuelve a decir YHVH.

Observa la sutileza.

El profeta ya tiene respuesta clara de Dios, sabe que no puede maldecir a Israel porque no debe trasgredir su palabra, sin embargo, llevado por la codicia de la oferta que se le ha presentado, vuelve a preguntar una segunda vez al Señor por si ha cambiado de parecer.

Es decir, el conocimiento que dice tener de Dios no le parece suficiente para saber que Él ya ha hablado y no miente, por lo que su actitud de volver a preguntar al Señor le delata como falso profeta. Pretende servir a Dios y a las riquezas. Este es el error de Balaam que lo llevará directamente a la perdición.

         Dios es inmutable, no cambia; por tanto, pretender obedecerle y a la vez buscar una segunda opción conduce directamente al error de Balaam.   

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