97 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (LXXXIX) – Babilonia (81)

Y oí una voz del cielo, que decía: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas; porque sus pecados han llegado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus maldades (Apocalipsis 18:4,5)

         Hay un mensaje que se repite en la Escritura una y otra vez: salid de Babilonia. Hay un llamamiento a salir. Hemos visto a través de esta larga serie sobre Babilonia que esta ciudad está destinada a condenación. No hay regeneración para ella. La única alternativa posible es salir para no participar de sus plagas. El mismo mensaje se repite de distintas formas a lo largo de la revelación de Dios.

El Señor llamó a Abraham para que saliera de Ur de los caldeos (Babilonia). Lot fue apremiado por los ángeles de Dios para que saliera con su familia de Sodoma antes de ser destruida por fuego. Moisés fue enviado a Faraón, rey de Egipto, para que dejara salir a su pueblo para adorarle y no participar de sus plagas. Israel fue llamado por los profetas a salir de Babilonia (Jer. 50:8; 51:6,45). El mismo mensaje anuncia el apóstol Pablo a la iglesia para que salga de la idolatría, es decir Babilonia (2 Co.6:14-18).

El evangelio anuncia la redención de la vana manera de vivir heredada de nuestros padres, dejando atrás las cosas viejas e iniciar una andadura nueva de fe, justicia y santidad en Cristo. Se nos anuncia el traslado de la potestad de las tinieblas al reino de su amado Hijo (Col.1:13).

El evangelio tiene el potencial de Dios para vivir en este mundo pasajero sin participar de sus obras impías. No conformarnos a su manera de vivir, si no caminar como extranjeros y peregrinos a la ciudad celestial. Hemos escapado de las contaminaciones que hay en el mundo y no debemos enredarnos otra vez en ellas. Hemos sido redimidos por la sangre de Jesús para entrar al reino de Dios, una dimensión de fe, obediencia, autoridad, soberanía y gracia que nos capacitará para vivir en este mundo pero no ser parte de él.

En definitiva, un mismo mensaje: salid de Babilonia y entrar en Jerusalén. Hay que nacer de nuevo en otra ciudad. No es posible parchear el viejo hombre. La vieja ciudad de perdición y pecado impide la regeneración; sus condiciones «medioambientales» actúan contra la nueva naturaleza; hay que salir, nacer de nuevo con un cuerpo diseñado para otra ciudad, el cuerpo que Jesús ha hecho posible en la cruz. Hay que aprender a vivir en la nueva ciudad y no regresar a los viejos hábitos dependiendo del Espíritu Santo. Esa es la vida cristiana. Una salida para un nuevo amanecer.

         Solo se puede vencer a Babilonia saliendo de ella, y esto es posible mediante la redención que quiebra su hechizo y abre la puerta a Jerusalén.

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