96 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (LXXXVIII) – Babilonia (80)

Con la multitud de tus maldades y con la iniquidad de tus contrataciones profanaste tu santuario; yo, pues, saqué fuego de en medio de ti, el cual te consumió, y te puse en ceniza sobre la tierra a los ojos de todos los que te miran. Todos los que te conocieron de entre los pueblos se maravillarán sobre ti; espanto serás, y para siempre dejarás de ser (Ezequiel 28:18,19)

         Las palabras finales del profeta Ezequiel sobre Tiro nos devuelven al paralelismo con la ciudad de Babilonia y su destrucción final. Un mismo final para ambas, y para todas aquellas ciudades en las que predomina el pecado, la maldad y la iniquidad. Dios no hace acepción de ciudades, como no hace acepción de personas. Los mismos comportamientos obtienen el mismo juicio condenatorio. Dios no puede ser burlado.

El aumento de la maldad y la iniquidad, propio de la generación anterior a la venida del Mesías, enfría el amor y la vida en el Espíritu. Cuando se extiende la maldad por pueblos y naciones, globalizando la iniquidad, se llega a un nivel insoportable de pecado que sube delante del Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo, que no soportará más.

Así ocurrió en los días de Noé, lo mismo en los días de Lot en Sodoma y Gomorra, también en la tierra de los cananeos, cuyo pecado subió al colmo de la maldad y fueron juzgados (Gn.15:16).

La paciencia de Dios espera que los hombres se arrepientan y vivan, pero hay un día cuando se cierra la puerta del arca, y la lluvia lo inunda todo. Hay un tiempo cuando la paciencia de Dios se acaba y el fuego caerá sobre este mundo. Pero hoy es día de salvación. Por eso, si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.

Podemos vivir en Sodoma, en Tiro o Babilonia, pero aún de esos lugares nos rescatará el Señor, porque el Señor sabe rescatar de tentación al justo, como lo hizo con el justo Lot y lo hace con el remanente que no dobla sus rodillas ante Baal, y son sellados para Dios y su Mesías.

Tiro, un día esplendor del Mediterráneo, fue consumida en ceniza por el fuego que salió de sí misma. Los pueblos vieron su caída, surgieron otras ciudades. Cartago (ciudad fundada por los fenicios) tomó el relevo un tiempo hasta que a su vez fue vencida por Roma. El viejo Imperio también cayó.

Todos los reinos, hijos de Babilonia, caerán y vendrán a ser del Señor y de su Cristo. Hoy se llaman la City de Londres, Wall Street en New York y otras, todas ellas mantienen un denominador común: son hijas de Babilonia y por tanto, coherederas de su caída. Espanto serán, y para siempre dejarán de ser.

         El cielo y la tierra pasarán, pero las palabras de Jesús no pasarán. Babilonia y sus sucursales caerán, pero Sión será habitada para siempre.

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