89 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (LXXXI) – Babilonia (73)

Con tu sabiduría y con tu prudencia has acumulado riquezas, y has adquirido oro y plata en tus tesoros. Con la grandeza de tu sabiduría en tus contrataciones has multiplicado tus riquezas; y a causa de tus riquezas se ha enaltecido tu corazón (Ezequiel 28:4-5)

         Hay personas y pueblos especialmente dotados para los negocios. No todos valemos para ello. Los fenicios, y especialmente los tirios, sí lo fueron. La mezcla de talento y astucia para los negocios los llevó a dominar durante mucho tiempo el comercio marítimo en todo el Mediterráneo.

Pero no nos engañemos, todos sabemos que hay pocos negocios que no acaben ensuciando nuestras manos, directa o indirectamente, a medida que penetramos en sus entrañas.

Los diversos intereses que afloran en todo negocio hacen surgir también lo peor de la naturaleza humana.

El egoísmo suele imponerse, la avaricia acaba dominando los motivos que un día fueron honestos, y cuando caemos en la cuenta hemos sido atrapados en redes y lazos que hacen muy difícil mantener su desarrollo sin entrar en áreas sombrías del alma que oscurecen los sentidos. Entonces damos inicio a gestiones con cierta dosis de manipulación, otras veces presionamos o coaccionamos para conseguir los objetivos, y por fin perdemos la honestidad que nos hace insensibles para ver más allá de nuestros propios intereses, sean de empresa o de estado. Una diversidad de argumentos acudirán a socorrer nuestra conciencia para que podamos transgredirla y no ser punzados por ella. Hemos llegado a la dureza del corazón. Perdemos toda sensibilidad y nos entregamos con avidez a cometer toda clase de impurezas (Efesios 4:19).

Este deterioro fue el que se produjo progresivamente en Tiro, la ciudad más próspera de la antigua Fenicia, y cuyo rey enalteció su corazón para compararse con un dios. Esa altivez fue transmitida a toda su generación, que asumió con normalidad la soberbia de su idiosincrasia, confundida con la cultura comercial, justificando su acción para sobrevivir en un mundo salvaje y competitivo que no da tregua. No hemos cambiado mucho.

Los mismos negocios siguen produciendo los mismos resultados. Hay un tiempo de prosperidad causada por el buen hacer, la sabiduría innata para los negocios, la sagacidad para saber contratar, comprar y vender con rentabilidad, pero cuando la arrogancia aparece, y con ella la superioridad de nuestra cultura, hemos puesto la primera piedra de la caída.

         Hacer negocios rentables requiere sabiduría, prudencia y negociar adecuadamente, aunque el mayor negocio será guardar el corazón de la soberbia cuando las riquezas aumenten.

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