87 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (LXXIX) – Babilonia (71)

Vino a mi palabra de YHVH, diciendo: Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Así ha dicho YHVH el Señor: Por cuanto se enalteció tu corazón y dijiste: Yo soy un dios, en el trono de Dios estoy sentado en medio de los mares (siendo tú hombre y no Dios), y has puesto tu corazón como corazón de Dios; (Ezequiel 28:1-2)

         Veamos algo más sobre el significado de ser cabeza en la Escritura. Toda autoridad viene de Dios. Pablo enseña: Cristo es cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo (1 Co.11:3). Este es un mensaje impopular en nuestra generación, contraria a toda autoridad, seguramente por los excesos y falta de modelos reales de lo que significa ser cabeza. La idea errónea es que significa ser «jefe», mandar, imponerse, cautivar, dominar. Pero esa no es la verdad que se expresa en la Escritura. Cabeza en la Biblia siempre significa estar bajo autoridad, estar sujeto a, para poder ejercerla debidamente sobre. El hombre estaba sujeto a la cabeza, que es Cristo, pero cuando pecó se emancipó y escogió una aparente libertad que lo llevó a la esclavitud. Por tanto, toda emancipación de la autoridad significa acabar en esclavitud.

Jesús, el postrer Adán, nació y vivió en un mundo caído, pero nunca se emancipó del Padre; vivió sujeto a su voluntad hasta la muerte, por eso triunfó en la resurrección y fue exaltado hasta lo sumo, recibiendo toda autoridad en el cielo y en la tierra. Ahora tiene un nombre que es sobre todo nombre.

Los ladrones y salteadores de la autoridad nunca se sujetan, solo en apariencia, por tanto, acaban siendo tiranos, ejerciendo dominio a costa de la libertad de los demás, y para ello deben usar el miedo, la manipulación y el engaño para mantenerse en autoridad.

Cuando el hombre de éxito, en cualquier ámbito, se enseñorea de quienes están bajo su autoridad es porque ha dejado de estar sujeto él mismo. Se ha emancipado como mayordomo pensando que tiene derecho a hacerlo y ha creído ser un dios; la soberbia activará en él la misma naturaleza de la primera personalidad espiritual que se rebeló contra Dios, y a partir de ese momento quedará preso de ese dominio que lo impulsará a su propia ruina, causada por una combinación de factores humanos, −muy humanos−; el apóstol los llama las obras de la carne; un poder hechicero cauterizará su conciencia para perder su humanidad y llegar al engaño de creer que es dios. Eso es lo que ocurrió con el príncipe de Tiro y su autoridad sobre la ciudad fenicia.

         Nuestra generación vive atrapada en este engaño por su soberbia.

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