86 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (LXXVIII) – Babilonia (70)

Vino a mi palabra de YHVH, diciendo: Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Así ha dicho YHVH el Señor: Por cuanto se enalteció tu corazón y dijiste: Yo soy un dios, en el trono de Dios estoy sentado en medio de los mares (siendo tú hombre y no Dios), y has puesto tu corazón como corazón de Dios; (Ezequiel 28:1-2)

         La Biblia muestra con toda claridad que hay un mundo visible y otro invisible. Que este ejerce su influencia sobre aquel mucho más de lo que podemos percibir, de ahí que se hable de sentidos espirituales, de discernimiento de espíritus, de no creer a todo espíritu, sino de probarlos.

El mismo ser humano está compuesto de espíritu, alma y cuerpo, es un ser tripartito, con la evidencia de que puede ser influenciado mas allá de su consciencia por el mundo invisible. El mismo apóstol Pedro lo fue, cuando llevado por afectos humanos quiso impedir que Jesús fuera a la cruz, y el Señor le reprendió con palabras duras: ¡Quítate de delante de mí Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.

La fascinación, el hechizo momentáneo, el magnetismo, el carisma arrollador que ejercen algunos líderes sobre las multitudes solo se puede entender desde la influencia irresistible que en un momento dado puede ejercer un ser humano sobre pueblos y naciones mediante la activación de las potestades superiores sobre su voluntad y razón. Es lo que vemos en el príncipe de Tiro. El profeta le llama hombre, pero a la vez ve una potestad dominante que lo ha subyugado mediante el orgullo para implantar en él su propia naturaleza que le lleva a querer ser igual a Dios.

Todo comienza por la boca. Como dice el dicho popular: por la boca muere el pez. Así está escrito: Por cuanto se enalteció tu corazón, y dijiste… La soberbia da lugar a una forma determinada de hablar. A la vez, la manera de hablar pone de manifiesto lo que hay en el corazón de la persona. Por las palabras somos justificados o condenados. De lo que hay en el corazón habla la boca. Por eso está escrito: Sobre toda cosa guardada, guarda el corazón, porque de él mana la vida.

La soberbia se había producido por el éxito comercial innegable de la ciudad de Tiro, y en concreto en la cabeza de esa ciudad, su príncipe (Is. 7:7-9). Una vez dominada la persona que ejerce autoridad sobre el pueblo, la naturaleza del mal puede abrirse camino fácilmente hacia las multitudes.

         Las personas que ejercen autoridad deben estar bajo autoridad, de lo contrario quedarán expuestos al dominio de las potestades superiores.

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