85 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (LXXVII) – Babilonia (69)

Vino a mi palabra de YHVH, diciendo: Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Así ha dicho YHVH el Señor: Por cuanto se enalteció tu corazón y dijiste: Yo soy un dios, en el trono de Dios estoy sentado en medio de los mares (siendo tú hombre y no Dios), y has puesto tu corazón como corazón de Dios; (Ezequiel 28:1-2)

         En este capítulo de Ezequiel nos encontramos con la fusión que se establece entre el comportamiento de la ciudad de Tiro y su príncipe, −la influencia que llegaron a tener sobre todo el Mediterráneo, es decir, todo el mundo conocido, que dio lugar a un comercio mundial con su consiguiente dominio y poder sobre otros pueblos y naciones−, con las potestades superiores. El éxito de la ciudad de Tiro en mantener un mercado común europeo, (aunque ciertamente superaba las fronteras de Europa y llegaba hasta el Oriente Medio), propició, (o tal vez vino motivado por su vinculación anterior a la fuerza que ejercía el poder babilónico sobre ella), una combinación de fuerzas naturales y sobrenaturales. Me explico.

El ser humano tiene las potencialidades que el Creador le ha dado para dominar sobre la creación, ejercer de mayordomo y administrar lo que ha sido puesto bajo su custodia, pero una vez que se emancipa de la fuente de su autoridad, es decir, el Hacedor de todas las cosas, se activa otro poder espiritual que lo subyuga y ejerce su persuasión sobre él para conducirle más lejos aún de su dependencia primaria, inyectar en el ser humano su naturaleza rebelde y doblegarle a su dominio mediante la rebelión contra el Creador pretendiendo ocupar su lugar.

Esa fue la caída de Lucifer, el ángel o querubín caído, que ahora se proyecta sobre la naturaleza del hombre para conseguir los mismos resultados. Todo ello se desprende del texto que tenemos para meditar.

Una vez que la ciudad de Tiro consiguió una posición de influencia sobre las demás naciones mediante su comercio, aparece en la revelación que nos da el profeta de Dios, una fusión de voluntades entre el hombre y el que Jesús llama el príncipe de este mundo, y el apóstol Pablo, el príncipe de la potestad del aire, que opera sobre los hijos desobediencia, o hijos de ira.

Por eso, el profeta Ezequiel se dirige en su mensaje de este capítulo al príncipe de Tiro, y en el desarrollo de su exposición pone de manifiesto que está viendo en él al querubín, sello de la perfección, sabiduría y hermosura que estuvo en Edén.

         El profeta Ezequiel revela que detrás del éxito económico del príncipe de Tiro se manifestaba una naturaleza que sobrepasaba el ámbito natural.

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