84 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (LXXVI) – Babilonia (68)

¿Quién como Tiro, como la destruida en medio del mar? Cuando tus mercaderías salían de las naves, saciabas a muchos pueblos; a los reyes de la tierra enriqueciste con la multitud de tus riquezas y de tu comercio… tu comercio y toda tu compañía caerán en medio de ti… Los mercaderes de los pueblos silbarán contra ti; vendrás a ser espanto, y para siempre, dejarás de ser (Ezequiel 27:32-36)

         El salmista nos advierte: Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas (Sal.62:10). Jesús también lo hace una y otra vez en sus enseñanzas. No podéis servir a Dios y a las riquezas. Y el apóstol Pablo escribe: Los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciándolo algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores (1 Tim.6:9,10).

Hoy en muchos púlpitos cuando se leen estos textos rápidamente se pone el énfasis en que el problema está en el amor al dinero, no en el dinero mismo, éste es neutro, se enfatiza. La realidad es que parece haber muy poca capacidad en el ser humano para no ser subyugado por el brillo del oro.

Dinero, poder y sexo son una triada diabólica que hunden a los hombres en perdición haciendo emerger lo peor de la naturaleza humana.

Sin embargo, hay personas prósperas en la Biblia que no sucumbieron a semejante tentación: Abraham, Isaac, Jacob, Job, David y muchos otros. Pablo dice a Timoteo: A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en Dios, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos (1 Tim.6:17).

No fue el caso de la ciudad de Tiro y sus habitantes. Como tampoco lo será el de las ciudades y naciones de hoy que prosperan un tiempo para envanecerse cayendo presa de sus propios excesos. Lo efímero de las riquezas pone a prueba el devenir de los pueblos.

La historia revela que grandes ciudades e imperios antiguos cayeron y nunca más se han levantado. ¿Qué nos hace pensar que las ciudades prósperas de Europa y América lo serán siempre? Si hubo juicio para Tiro, Sodoma, Gomorra y las ciudades vecinas, lo habrá también para las nuestras si seguimos los mismos patrones de comportamiento. Dios no cambia.

Las generaciones van y vienen, pero la palabra de Dios permanece para siempre. Nuestro afán actual por las riquezas, el confort y el lujo desmesurado nos iguala a Tiro y su caída. Seamos sabios y aprendamos del testimonio escrito para todas las generaciones.

         Busquemos primero el reino de Dios y todo lo demás será añadido.

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