82 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (LXXIV) – Babilonia (66)

Vino a mi palabra de YHVH, diciendo: Tú, hijo de hombre, levanta endechas sobre Tiro. Dirás a Tiro, que está asentada a las orillas del mar, la que trafica con los pueblos de muchas costas: Así ha dicho YHVH el Señor: Tiro, tú has dicho: Yo soy de perfecta hermosura. En el corazón de los mares están tus confines; los que te edificaron completaron tu belleza  (Ezequiel 27:1-4)

         Está escrito: Las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron (Rom.15:4). También dice el apóstol: Estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron… y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos (1 Co.10:6,11).

Las naciones prósperas de hoy deberían comprender que corren un gran peligro si actúan con autosuficiencia, ignoran voluntariamente la profecía, y se levantan con soberbia oponiéndose a Israel mediante el antisemitismo o apoyando la campaña BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones). No debemos ignorar lo que está escrito, y aquello que la historia nos enseña.

Tiro y los fenicios consiguieron durante un tiempo ser ciudades-estado de gran relevancia mundial. Su comercio se extendió por todo el Mediterráneo, que es como decir todo el mundo conocido de la época. El capítulo 27 de Ezequiel nos da una relación exhaustiva de su comercio con las principales ciudades y naciones de la zona. Fueron años, décadas y siglos de predominio comercial. Esto atrajo grandes riquezas a Tiro y Sidón, que a su vez formó grandes ejércitos, tuvo enorme influencia, y por supuesto, grandes arrogancias. Su importante industria naviera fue tan exitosa que dominaron los mares estableciendo un sistema comercial y financiero que creó una inmensa riqueza, y con ella el engaño de la autosuficiencia, pensamientos inflados que les hicieron confundirse con dioses en forma humana, aupado por las adulaciones del resto de las ciudades importantes con quienes traficaban.

Entonces el Señor habla a la ciudad de Tiro mediante el profeta. Piensa. Dios habla a una ciudad como si fuera una persona. Las ciudades tienen personalidad propia. Seguramente hay una potestad predominante que implanta su carácter sobre ella influyendo en las autoridades que asumen la naturaleza de esa potestad, liberando la influencia demoniaca sobre ella.

Jesús habló en ciertas ocasiones a Jerusalén por no conocer el tiempo de su visitación. ¿Por qué somos tan soberbios para pensar que las ciudades populosas de nuestras naciones han de ser distintas?

         El Señor habla a las ciudades que han adquirido personalidad propia con su sello distintivo, y lo hace para corregir lo deficiente en sus gobernantes.

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