77 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (LXIX) – Babilonia (61)

Pero más ha dicho YHVH el Señor: ¿Haré yo contigo como tú hiciste, que menospreciaste el juramento para invalidar el pacto? Antes yo tendré memoria de mi pacto que concerté contigo en los días de tu juventud, y estableceré contigo un pacto sempiterno  (Ezequiel 16:59,60)

         Si hay un mensaje claro en la Escritura es que si no hubiera sido por la misericordia del Señor hubiéramos perecido. Nuevas son cada mañana, grande es su fidelidad. Aunque nosotros seamos infieles, él permanece fiel. No hay justo, ni aún uno; todos se desviaron, a una se hicieron inútiles, no hay quién haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.

Por tanto, todos necesitamos su misericordia, todos somos deudores de su gracia, y todos podemos arrepentirnos para retornar al pacto. El Señor no tiene mala memoria, ni olvida el juramento que ha salido de su boca, el pacto que hizo con Abraham, con Moisés, con David y el nuevo pacto, establecido sobre la sangre del Mesías de Israel, el Hijo de Dios. La niña —Jerusalén— que nació en una tierra maldecida por el pecado, que fue encontrada en sus sangres y menospreciada por todos, llegó a su juventud y el Señor hizo un pacto con ella. Escogió a Sion para poner allí su nombre. Hizo construir un templo para manifestar su gloria y andar en medio de Israel.

Jerusalén fue rebelde, se prostituyó, fue mezclada con Babilonia, recibió sus juicios —porque el Señor no hace acepción de personas ni de pueblos en lo que respecta a su santidad y justicia— y una vez castigada se acordó de su pacto hecho con Abraham y Moisés. Luego confirmó a David, que de su descendencia levantaría un vástago, del tronco de Isaí, para establecer su trono en Jerusalén, un reino de paz para todas las naciones de la tierra.

Llegará el día cuando Jerusalén recuperará el propósito y llamamiento soberano del Dios de Israel, no así la ciudad destinada a condenación, Babilonia, la madre de todas las fornicaciones de la tierra. Hay esperanza para Jerusalén en los pactos hechos por el Señor señalados en Sion, pero hay un destino distinto para la ciudad de perdición. Salgamos de Babilonia aunque llevemos el nombre de Jerusalén. El Señor conoce a los que son suyos, y apártese de iniquidad todo aquel que invoca su nombre.

Dios perdona los pecados de Jerusalén, pero de Babilonia hay que salir y huir. Ezequiel termina su mensaje con estas palabras: cuando yo perdone todo lo que hiciste (16:63).

Hay perdón en Jerusalén, pero juicio eterno en Babilonia, porque esta ciudad alberga la sede de quién ha sido destinado a condenación.

         Regresar a la cobertura del pacto hecho por el Señor nos hará recuperar el propósito para el cual fuimos llamados antes de nacer.

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