76 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos hijos de condenación (LXVIII) – Babilonia (60)

Y con todas tus abominaciones y tus fornicaciones no te has acordado de los días de tu juventud, cuando estabas desnuda y descubierta, cuando estabas en tu sangre  (Ezequiel 16:22)

         ¡Que frágil es la memoria del hombre para olvidar su antigua miseria en los días prósperos! Esta verdad se ha repetido y se está repitiendo en estos mismos momentos en personas, familias, pueblos y naciones en la actualidad. Y por supuesto, está sucediendo en la iglesia del Señor. Porque no olvidemos que Jerusalén es un tipo de la iglesia en la Escritura.

¡Qué fácil es cargar los juicios a Israel y Judá en la Biblia y las bendiciones a la iglesia! ¡Cómo nos engañamos a nosotros mismos cuando pensamos que somos mejores que ellos! Jerusalén, una niña desahuciada y menospreciada al nacer, creció en hermosura y prosperó por la bendición y misericordia del Señor. Pero olvidó su pasado, y con él, la realidad de su origen. Por eso se suele decir que el pueblo que desconoce su historia está condenado a repetirla. También la iglesia del Señor.

El desarrollo que vemos en el mensaje de Ezequiel sobre el deterioro de Jerusalén es estremecedor. La que había recibido gracia y vida se convirtió en ciudad malvada, fornicaria, peor que ramera, en adúltera, porque buscó a sus amantes, se entregó a ellos sin paga, voluntariamente, por lujuria. Llegó a ser peor que sus hermanas Samaria y Sodoma. Su comportamiento alcanzó cotas de maldad superiores a las de Sodoma que consistieron en: soberbia, saciedad de pan, abundancia de ociosidad, no fortaleció la mano del afligido, se llenó de soberbia y abominaciones delante del Señor (16:48-50).

Jerusalén, capital del reino de Judá, la superó, por tanto, atrajo el juicio de Dios inexorablemente. El Señor no tendrá por inocente al malvado. Su justicia alcanza a su pueblo también. Si hacemos un paralelismo histórico viendo a Samaria como la iglesia católica y a Judá como la iglesia protestante (verdaderamente hay muchas similitudes que no podemos concretar aquí), encontramos que se repite la soberbia doctrinal.

Judá se jactó y juzgó a sus hermanas Samaria y Sodoma, pero llegó a ser peor que ellas. Jesús enseñó que miramos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro. Nosotros también vivíamos, en otro tiempo, sin esperanza y sin Dios en el mundo; la gracia de Dios nos alcanzó, por tanto, no juzguemos erróneamente, sino hagámoslo con justo juicio (Juan 7:24).

         La memoria frágil puede conducirnos al error olvidando nuestros antiguos fracasos para juzgar a otros con dureza. Jerusalén atrae la cordura.

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