10 – LA REDENCIÓN – Justificados por su gracia (I)

La locura de la cruzJustificados por su gracia (I)

Siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús  (Romanos 3:24 LBLA)

De principio a fin, la salvación es obra de Dios. La salvación pertenece a nuestro Dios (Apc. 7:10). La Biblia lo llama una salvación tan grande (Heb. 2:3). Fue anunciada primeramente por el Señor, confirmada por los que la oyeron y Dios testificó también con señales, prodigios, milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad. Esta salvación tan grande contiene todo el consejo de Dios para restaurar al hombre de su caída, y devolverlo al propósito original.

La salvación tiene diversas fases. Toda ella tiene un propósito: rescatar al hombre, restaurarle, regenerarle y conducirle a una posición nueva, que supera y va más allá de la creación en Adán; es hacernos conforme a la imagen de su Hijo (Rom. 8:29). El propósito final de la salvación es llevar muchos hijos a la gloria, habiéndolos transformado a la imagen del Hijo, y vencido el poder del pecado y de la muerte, llevarlos a un estado glorioso de redención en el que no habrá más posibilidad de rebelión y pecado. Ya no habrá muerte,  no habrá llanto, ni dolor, las primeras cosas habrán pasado y todas han sido hechas nuevas.

Esta gran salvación de Dios tiene diversas fases y debemos comprenderlas. La ira, el juicio, la ley, el pecado y la condenación resultante, han colocado al hombre en una posición insostenible, y es en esa fase donde aparece la encarnación del Hijo de Dios para redimir, rescatar y justificar al hombre caído. La justificación del hombre es un milagro solo posible por la justicia satisfecha del Santo.

Ser declarados justos, siendo pecadores, no es posible para ningún sistema religioso, por ello, esta verdad revelada ha transformado la vida de los hombres y las sociedades. Esta verdad quedó enterrada bajo la arena de la ignorancia, oscurecida por el manto del poder religioso y oculto a los ojos de generaciones y generaciones.

La justificación del hombre, en base a la redención que realizó el Hijo de Dios, es tan determinante en el devenir de los pueblos y familias, que fue sacada a luz nuevamente con una fuerza increíble en el siglo XVI por hombres como Martin Lutero, que Dios usó para devolver la verdad al pueblo. La verdad de la justificación por la fe contiene una parte esencial de la salvación que Dios ha preparado para las naciones. Si no entendemos bien esta verdad esencial en nuestra comunión con Dios, otras muchas verdades que cuelgan de ella quedarán en un vacío, o serán distorsionadas con mezclas indeseables.

         El evangelio de Dios contiene la verdad de la redención, y ésta incluye la justificación del hombre por fe, recibida gratuitamente por su gracia.

9 – LA REDENCIÓN – Por medio de la fe en Jesucristo

La locura de la cruzPor medio de la fe en Jesucristo

Pero ahora, aparte de la ley, la justicia de Dios ha sido manifestada, atestiguada por la ley y los profetas; es decir, la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen; porque no hay distinción (Romanos 3:21-22 LBLA)

La justicia de Dios ha sido manifestada. Es decir, la justicia divina ha sido satisfecha. Tal vez podemos invertir el orden y decir que una vez satisfecha la justicia de Dios, ha sido manifestada para ser aplicada a todos aquellos que creen en aquel que la ha hecho posible: Jesucristo. Por eso, en ningún otro hay salvación, porque  no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cuál podamos ser salvos (Hch. 4:12).

Jesús ha satisfecho la justicia de Dios para que podamos acercarnos en plena certidumbre de fe, para alcanzar gracia y la ayuda oportuna. Esa justicia ha sido testificada por la ley y por los profetas, por tanto, hay una secuencia de continuidad. Estaba encerrada para ser manifestada. Se veía en sombra, pero ahora ha sido revelada en plenitud en la persona y obra de Jesús. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre (1 Tim. 2:5).

Esta gracia estaba destinada. Es el plan de Dios desde la eternidad, pero se ha presentado progresivamente para alcanzar a todos aquellos que han llegado al fin de los tiempos. La redención estaba  preparada incluso antes de la caída. Porque El estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, pero se ha manifestado en estos últimos tiempos por amor a vosotros (1 Pedro 1:20). Y antes dijo el apóstol Pedro: Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos. A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles (1 Pedro 1:10-12 RV60).

La revelación del evangelio estaba contenida en la ley y los profetas, es decir, las Escrituras judías. Somos deudores (Ro.15:27). Seamos agradecidos. Aceptemos la soberanía de Dios. Y pongamos nuestra fe en el Mesías de Israel, el redentor del mundo.

           La fe en Jesús activa todo el plan de salvación a nuestro favor. Satisface la justicia de Dios. Crea un nuevo hombre en justicia y santidad de la verdad. Nos regenera. Eleva nuestra dignidad. Nos hace hijos de Dios.

8 – LA REDENCIÓN – La justicia de Dios

La locura de la cruzLa justicia de Dios

Pero ahora, aparte de la ley, la justicia de Dios ha sido manifestada, atestiguada por la ley y los profetas; es decir, la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen; porque no hay distinción (Romanos 3:21-22 LBLA)

La ira de Dios, su justo juicio; la ley que es insuficiente; la circuncisión también, y el pecado que hemos heredado; todo ello coloca al hombre en una posición insostenible. Delante de Dios, un Dios santo, con unas demandas imposibles de cumplir por la imposibilidad de una naturaleza mala e impotente para alcanzar la justicia más elevada de Dios, estamos vendidos. El veredicto no tiene margen de error: culpables. La sentencia es la muerte. Para Dios sí hay pena de muerte, aunque tarde un tiempo en llegar. La paga del pecado es muerte. La consecuencia de vivir en la carne, según las apetencias del hombre caído, es condenación. Muerte eterna. Separados de Dios. Condenados al abismo y el lago de fuego. El Hades nos espera sin esperanza. La cárcel perpetua es nuestro destino. ¿Cómo escaparemos? (Heb. 2:3). ¿Quién nos librará de este cuerpo de  muerte? (Rom. 7:24). Dios es fuego consumidor (Heb. 12:29). … y yo lloraba mucho, porque nadie había sido hallado digno de abrir el libro… Entonces uno de los ancianos me dijo: No llores; mira, el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, ha vencido para abrir el libro (Apc. 5:1-5).

Hay uno que ha vencido para libertarnos. Hay uno que dispuso su voluntad para venir en nuestro rescate. Entonces dijo: He aquí, yo he venido para hacer tu voluntad… Por esta voluntad hemos sido santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo ofrecida de una vez para siempre (Heb. 10:9,10). Jesús dispuso su voluntad y dio su vida en rescate por muchos. En esa voluntad el destino de millones de hombres y mujeres ha cambiado para toda la eternidad.

La justicia de Dios ha sido satisfecha por el justo. ¡Hay un justo! El justo por los injustos, para llevarnos a Dios (1 Pedro 3:18). La ecuación ha sido resuelta. ¿Qué ecuación? La de encontrar una respuesta que despeje la incógnita y solucione la ira, el juicio, la ley, el pecado y la justicia de Dios. Como está escrito: Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en El (2 Co.5:21). Es el misterio de la redención que necesita ser revelado por el Espíritu y la Escritura. Porque «el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo».

En el evangelio, la justicia de Dios se revela por fe y para fe… (Ro.1:17).

7 – LA REDENCIÓN – Todos pecaron

La locura de la cruzTodos pecaron

Por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios (Romanos 3:23 LBLA)

El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte. Todos hemos participado de esa naturaleza maligna, por tanto, todos hemos sido despojados de la gloria de Dios. Aquel vestido que cubría al primer hombre y la primera mujer fue quitado, quedaron desnudos y separados de la comunión de vida con Dios. Esa naturaleza la hemos heredado de nuestros padres. Y aunque nos hayan educado bajo las demandas de un sistema religioso, seamos judíos o gentiles, con ley o conciencia natural, todos hemos participado en el inicio de nuestra existencia del mal que entró en el corazón del hombre y lo apartó de Dios.

El pecado destruye la comunión con Dios. No podemos alcanzar su justicia. Es demasiado elevada y ningún sistema religioso puede ayudarnos plenamente para recuperar la gloria perdida. Necesitamos un Redentor. Necesitamos redención. Necesitamos un justo. Pero, como está escrito: no hay justo, ni aún uno; no hay quién entienda, no hay quién busque a Dios; todos se han desviado, a una se hicieron inútiles; no hay quién haga lo bueno, no hay ni siquiera uno (Rom. 3:10-12).

Necesitamos un justo que satisfaga plenamente la justicia de Dios. Pero si todos los hombres pecaron y están destituidos de su gloria ¿de dónde vendrá nuestro socorro? Necesitamos un hombre sin pecado como propiciación delante de Dios que pueda presentar una ofrenda ante el trono de justicia, satisfaga las demandas de la santidad de Dios, y pueda ser aplicada a quienes la aceptan como rescate de sus vidas. Eso es redención.

Y solo hay uno que puede hacerlo, que nació sin pecado, que se hizo hombre, aunque era Dios. La doble naturaleza de Jesús como Hijo de Dios e Hijo del Hombre viene en nuestro rescate. Ahora la gloria perdida en Adán podemos recuperarla para ser revestidos de Cristo, nuestro sumo sacerdote, redentor y propiciación. Gracias a Dios por su don inefable.

Todo lo anterior a la revelación del Hijo Unigénito fue una preparación para ser alcanzados por la gloria postrera de la casa de Dios. Porque El ha sido considerado digno de más gloria que Moisés en toda la casa de Dios… Cristo fue fiel como Hijo sobre la casa de Dios, cuya casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin nuestra confianza y la gloria de nuestra esperanza (Hebreos 3:1-6).

         El pecado nos impide alcanzar su gloria; nos destituye y despoja del vestido, pero el Rey ha venido para devolver al hombre lo que perdió en Adán.      

 

6 – LA REDENCIÓN – La circuncisión tampoco es suficiente

La locura de la cruzLa circuncisión tampoco es suficiente

Pues ciertamente la circuncisión es de valor si tú practicas la ley, pero si eres transgresor de la ley, tu circuncisión se ha vuelto incircuncisión (Romanos 2:25 LBLA)

La pertenencia a una comunidad concreta tampoco nos redime. Todos nacemos en un entorno social, cultural y religioso especifico, sin embargo, esa identidad natural no nos hace más o menos aceptos delante de Dios. No es la identidad natural la que nos redime. La salvación es de Dios, no de una nacionalidad concreta. Ciertamente el judío tiene ciertas ventajas porque han recibido la palabra de Dios (Rom. 3:1,2), y en ella tienen la revelación de su voluntad. Pero tener la palabra de Dios no significa cumplirla.

Dios le dio a Abraham la circuncisión como señal del pacto que hizo con él y su descendencia, pero ahora Pablo nos dice que tampoco la circuncisión vale nada si no va acompañada del cumplimiento estricto de la ley. Pues ciertamente la circuncisión es de valor si tú practicas la ley, pero si eres transgresor de la ley, tu circuncisión se ha vuelto incircuncisión (Rom. 2: 25).

¿De qué sirven unas gotitas de agua al nacer y declarar cristiano al recién nacido, si en el transcurso de su vida no hace la voluntad de Dios? ¿De qué vale nacer en una familia de tradición religiosa, de cualquier denominación, si la persona no ajusta su vida a la revelación de Dios? Sirve en cuánto a los límites y freno al pecado que pone una educación conforme a la ley de Dios, pero si la persona no acepta y pone su corazón en ello de nada le sirve. Es judío el que lo es interiormente, y la circuncisión es la del corazón, por el Espíritu, no por la letra; la alabanza del cual no procede de los hombres, sino de Dios (Rom. 2:29).

La circuncisión tampoco redime. Porque ni la circuncisión es nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación (Gá. 6:15). Y esa nueva creación solo se obtiene mediante redención, una redención que tiene como base la obra única y acabada en la cruz del Calvario por Jesús, el Redentor de Israel y las naciones. La ley ha sido nuestro ayo para llevarnos al encuentro con el que nos redime (Gá. 3:24). Es Cristo quién nos redime de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición, a fin de que en Cristo, la bendición de Abraham viniera a los gentiles, para que recibiéramos la promesa del Espíritu mediante la fe (Gá. 3,14).

         No es la circuncisión, ni la ley, ni cualquier tradición religiosa las que pueden redimirnos, sino la fe en el Mesías que obra por amor.  

5 – LA REDENCIÓN – La ley es insuficiente

La locura de la cruzLa ley es insuficiente

Porque por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él; pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado  (Romanos 3:20 LBLA)

En este recorrido que estamos haciendo en la nueva serie que hemos iniciado nos encaminamos hacia la meta de alcanzar redención. La naturaleza pecaminosa del hombre le ha alejado de Dios, por tanto, nos hemos colocado bajo la ira y el juicio justo de Dios. Ahora vamos a dar un paso más.

Nos encontramos con dos tipos de hombres, uno que vive delante de Dios según la conciencia natural, esa conciencia le dicta normas de conducta que no ha visto escritas en ninguna ley, pero que están presentes en su modo de razonar. Pablo lo expresa así: Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos, ya que muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos (Ro.2:14-15). Esta verdad demuestra que el hombre tiene una conciencia universal, aunque nadie le haya enseñado la ley que sí tuvieron los hebreos. La conciencia acusa o defiende según el conocimiento del bien y del mal que tiene. Sin embargo, la conciencia nunca alcanza el nivel de exigencia de la justicia de Dios. Por tanto, tampoco es fiable para poder redimirnos.

Hay pecadores que lo son sin haber vivido bajo los parámetros de la ley, y hay los que no alcanzan la justicia de Dios mediante la ley porque no la cumplen en su totalidad. Todos ellos pecan, unos sin ley y otros con ley. Pues todos los que han pecado sin la ley, sin la ley también perecerán; y todos los que han pecado bajo la ley, por la ley serán juzgados (Rom. 2:12).

Luego el apóstol aborda la situación de los judíos que sí tenían ley, pero no la guardaban, por tanto, aunque la ley pone límites a la naturaleza pecaminosa del hombre, no tiene el poder de transformar y regenerar por cuánto por medio de la ley es el conocimiento del pecado. La ley no tiene poder de frenar la acción pecaminosa del hombre. Puede hacerle creer que es mejor que los gentiles que no tienen ley, llevarle a la jactancia y dejarle convicto bajo la ley que no cumple, además de conducirle a un conocimiento de culpabilidad mayor por cuanto no tiene el poder para llevar adelante en su vida las exigencias de la ley, con lo cual pone en evidencia su impotencia. Por medio de la ley viene el conocimiento del pecado.

         Conocer la voluntad de Dios no nos justifica ni redime, sino el hacerla. La ley pone en evidencia nuestra impotencia y necesidad de un Redentor.

4 – LA REDENCIÓN – El pecado nos coloca bajo el juicio de Dios

La locura de la cruzEl pecado nos coloca bajo el juicio de Dios

Y sabemos que el juicio de Dios justamente cae sobre los que practican tales cosas  (Romanos 2:2 LBLA)

En el capítulo uno de Romanos Pablo hace una lista exhaustiva de la manera de proceder de los hombres alejados del temor de Dios. Por cambiar la gloria de Dios en una imagen de hombre corruptible, Dios los entregó a la impureza en la lujurias de sus corazones. Por haber cambiado la verdad por la mentira y adorar a las criaturas en lugar de al Creador, Dios los entregó a pasiones degradantes. Y por no haber tenido en cuenta a Dios, sino que escogieron vivir a espaldas de sus mandamientos, ignorando la revelación de Dios en la naturaleza y en su propia conciencia, Dios los entregó a una mente depravada, para que hicieran cosas que no convienen.

Las consecuencias de estas múltiples «entregas» —Dios los entregó aparece en el texto hasta tres veces— fue una forma de vida impía que atrajo el juicio justo de Dios. El hombre escogió practicar toda la lista de manifestaciones pecaminosas que aparecen en Romanos 1:29-32. Las hacen y dan su aprobación a los que las practican. Esas prácticas son dignas de muerte. Repito, atraen el juicio de Dios.

La exposición del apóstol en los primeros capítulos de su epístola a los Romanos no es gratuita, ni para recrearse en la maldad del hombre, sino para ponerlo como base de la grandeza del mensaje del evangelio que está predicando. Sin el pecado del hombre no hay ira de Dios, ni tampoco puede haber juicio, por tanto, no se necesita redención.

Pablo predica a Cristo y este crucificado. La locura de la cruz es que siendo pecadores, Cristo murió por nosotros. El glorioso mensaje del evangelio es que la justicia de Dios se ha revelado por la fe en Jesucristo, pero sin acentuar antes el pecado, la ira y el juicio, no tiene sentido hablar de la manifestación de la justicia de Dios a través de la redención en Jesús.

Por tanto, toda predicación del evangelio que no contiene el pecado del hombre, la ira y el juicio justo de Dios por la maldad, no es evangelio, no hay buena noticia porque no hay o no es necesaria la redención. Podemos sobrevivir con un mensaje agradable que nos de algunas pautas de comportamiento ético, o hacer buenas obras que nos deje participar en la solución, y por las cuales podamos gloriarnos de la capacidad y potencialidad humana para solucionar nuestros propios problemas. Muy propio del hombre caído, pero insuficiente para la redención que necesitamos.

         El juicio de Dios sobre la naturaleza de pecado es justo porque hemos practicado todo tipo de perversiones y necesitamos una redención completa.

EL MILAGRO (11) – El ojo: un buen regulador

El milagro de una vida equilibrada - 2El milagro de una vida equilibrada

 Texto: Lucas 11: 33-36

El ojo: un buen regulador

Muchos de los aparatos electrónicos modernos tienen una pieza que se convierte en fundamental a la hora de un funcionamiento adecuado: es el regulador. Los frigoríficos llevan una ruedecita numerada para controlar el nivel de refrigeración, más frío o menos. De esta forma se canaliza la energía que reciben y la función que deben realizar en cada momento. Pues bien, en la vida espiritual tenemos también diferentes reguladores que canalizan el potencial recibido con la función que deben desempeñar. Uno de esos reguladores es EL OJO.

Jesús dijo: “Cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando tu ojo es maligno, también tu cuerpo está en tinieblas”. Existe una conexión entre lo que ven nuestros ojos y la salud interior. La visión que tenemos afecta a nuestro interior con luz o tinieblas, vida o muerte. El libro del Génesis nos muestra esta verdad en toda su crudeza. Satanás conocía esta relación entre: visión-deseo-acción. La visión de lo que vemos forma imágenes, que a su vez se traducen en deseos de poseer lo que vemos, y que culminan en las acciones correspondientes. Esta verdad opera tanto en el reino de la luz como en el dominio de las tinieblas.

Jesús lo dijo, si el ojo es bueno habrá luz; pero si mira y persiste en lo que es malo se llenará de tinieblas.

Eva fue atraída maliciosamente hacia lo prohibido. El diablo sembró expectativas maravillosas del mundo oculto para el ser humano. Le dijo a Eva: “No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Gn.3:5). Esas palabras entraron como puñales en la mente de Eva y empezó a tener imágenes de ese mundo oculto, desconocido, ejerciendo además una autoridad de dioses. O sea, la oferta contenía la gran mentira de llegar a ser dueños y dominadores («seréis como Dios») de mundos desconocidos («serán abiertos vuestros ojos»). El mensaje formó una visión interior en Eva que pronto encontraría su conexión con el mundo físico. “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido; el cual comió así como ella” (Gn.3:6). Así abrieron la puerta al ocultismo. De esta forma entraron las tinieblas a formar parte del ser humano y perdiendo su gloria la creación más elevada de Dios. Ahora bien, el camino de regreso a la dignidad perdida viene también por una mirada de fe al Gólgota. Al poner los ojos en Jesús.

La Biblia nos habla de ojos físicos y ojos espirituales. Ambas visiones producen alteraciones que afectan positiva o negativamente a nuestra vida. Lo que vemos físicamente influye en nuestro interior, y la visión interna afectará la orientación de los ojos naturales. Las Escrituras nos muestran cómo esta verdad operó para muerte y maldición en unos casos; y para vida y bendición en otros. El uso que hacemos de nuestros ojos (físicos y espirituales) llenará todo nuestro ser de luz o tinieblas.

Algunos ejemplos en negativo

EVA. (Génesis 3:1-7).

Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que YHWH Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales”.

Dios le dijo al hombre que no tomara y comiera del árbol de la ciencia del bien y del mal (Gn.2:16-17). No le dijo que no lo mirara, si no que no comiera. El árbol estaba delante de él y seguro que en muchas ocasiones lo había mirado, eso no fue lo malo, sino que Eva se dejó seducir por las imágenes a través de las palabras de la serpiente que la llevaron a un deseo incontrolado de comer y comprobar las maravillas del mensaje diabólico: “no moriréis… seréis como Dios”. Después de este proceso interior, la visión exterior cambió en Eva; y lo que antes había mirado sin más, ahora lo veía con codicia, su atractivo tenía un ingrediente nuevo: la semilla de la naturaleza corrompida del diablo. Entonces la codicia le venció y actuó independientemente de la Palabra del Creador. Este camino es el que hemos recorrido todos los seres humanos después de Adán y Eva. Esta verdad es tan contundente que está en acción en nuestra sociedad actual de forma continuada. “Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte” (Stg. 1:14-15).                                                                      

ACAN. (Josué 7:20-21).

Y Acán respondió a Josué diciendo: Verdaderamente yo he pecado contra YHWH el Dios de Israel, y así y así he hecho. Pues vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos, lo cual codicié y tomé; y he aquí que está escondido bajo tierra en medio de mi tienda, y el dinero debajo de ello”.

Este suceso que tuvo a Acán como protagonista por tomar del anatema, (lo maldecido que no debe tocarse sino destruirse), produjo perturbación a Israel, (precisamente Acán significa “perturbador” y Acor, el valle donde se produjo el hecho, significa “perturbación”) en su camino victorioso hacia la conquista de Canaán. El proceso que llevó a este pecado trágico fue el siguiente: “Pues vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un lingote de oro… lo cual codicié y tomé; y he aquí que está escondido bajo tierra en medio de mi tienda”.  Vi-codicié-tomé.        

DAVID. (2Sam.11:2-5).

Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa. Envió David a preguntar por aquella mujer, y le dijeron: Aquella es Betsabé hija de Eliam, mujer de Urías heteo. Y envió David mensajeros, y la tomó; y vino a él, y él durmió con ella. Luego ella se purificó de su inmundicia, y se volvió a su casa. Y concibió la mujer, y envió a hacerlo saber a David, diciendo: Estoy encinta”.

El pecado del rey David con Betsabé tuvo el mismo proceso que estamos viendo. Vio a una mujer hermosa; se recreo en esa mirada y concibió deseos de poseerla. Cuando la lujuria de poseer a una mujer que no le pertenecía se apropió de él, quedo tan atrapado que de nada le sirvieron las bases sólidas de su vida en comunión con Dios, y su conocimiento de las Escrituras que prohibían tal acción. Todos los principios de su vida quedaron neutralizados ante tal hechizo. Ese fuego inmenso tuvo su origen en una mirada, no casual, ni pasajera, sino una mirada sostenida, alimentada y amplificada por imágenes interiores de placer físico y afectivo. Vio-codició-tomó.            

En estos tres ejemplos podemos ver que todo nuestro ser (espíritu, alma y cuerpo) puede recibir ataques destructivos penetrando a través de nuestros ojos. En Eva vemos el ataque a la vida espiritual, la relación con Dios y la entrada al mundo del ocultismo. En Acán vemos como la codicia por las cosas materiales nos conduce a la derrota (personal y colectiva) y a la muerte. En David encontramos la trampa del alma enlazada por deseos sensuales y afectivos ilícitos. En todos ellos hay elementos comunes en el proceso degenerativo que conducen a una actitud de independencia hacia Dios y Su Palabra. El amor a Dios y al mundo (con sus deseos) es incompatible. “Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1Jn.2:16-17).

Algunos ejemplos en positivo

ABRAHAM. (Gn.13:14-18).

Y YHWH dijo a Abram, después que Lot se apartó de él: Alza ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y al oriente y al occidente. Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre. Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra; que si alguno puede contar el polvo de la tierra, también tu descendencia será contada. Levántate, ve por la tierra a lo largo de ella y a su ancho; porque a ti la daré. Abram, pues, removiendo su tienda, vino y moró en el encinar de Mamre, que está en Hebrón, y edificó allí altar a YHWH”.

Hubo un momento en la sociedad que formaban Abraham y Lot cuando tuvieron que tomar la decisión de separarse porque la tierra no era suficiente para que habitasen juntos (Gn. 13:6). En esos momentos la visión de cada uno se puso a prueba. Lot alzó sus ojos y vio toda la llanura del Jordán (Gn. 13:10). Escogió según lo que vieron sus ojos; fue guiado por el informe natural de su vista. Sin embargo, de Abrahán dice la Escritura que recibió palabra de Dios de alzar sus ojos y mirar desde el lugar donde estaba; y la tierra que viera el Señor se la daría a él y su descendencia para siempre (Gn. 13:14-15). Abraham vio lo que Dios le dijo que viera; Lot vio lo que tenía delante de sus ojos. La visión de Abraham fue en aumento y se ensanchó (Gn.15:5ss.); la visión de Lot se extinguió y perdió todo lo que tenía, sólo pudo salvar su vida y la de sus hijas (Gn. 19:17,30). Dios le enseñó a Abraham el secreto de “ver”, partiendo de su vista física y de realidades físicas, para penetrar a escenarios espirituales mucho más elevados. Le dijo: mira las estrellas, así será tu descendencia (Gn. 15:5). También le habló de que su descendencia sería como la arena del mar (Gn.22:17). Este es uno de los grandes secretos de la vida de fe: ver lo que Dios quiere que vea, para obtener lo que Él quiere que tenga. Cuando vemos lo que Dios nos ha prometido los informes físicos negativos (el informe del ojo natural) no dirigirán nuestra vida y acciones, sino la fe que se alimenta de la visión por la palabra de Dios. Pablo lo explica muy bien en Romanos 4:17-25 y 2 Corintios 4:16-5:7.

JEREMIAS. (Jer.1:11-14).

La palabra de YHWH vino a mí, diciendo: ¿Qué ves tú, Jeremías? Y dije: Veo una vara de almendro. Y me dijo YHWH: Bien has visto; porque yo apresuro mi palabra para ponerla por obra. Vino a mí la palabra de YHWH por segunda vez, diciendo: ¿Qué ves tú? Y dije: Veo una olla que hierve; y su faz está hacia el norte. Me dijo YHWH: Del norte se soltará el mal sobre todos los moradores de esta tierra”.

En este pasaje el Señor le da a Jeremías dos mensajes proféticos a través de ver cosas físicas: una vara de almendro y una olla que hierve. Partiendo de aquí, el profeta recibe revelaciones sobre el futuro de Israel. Esta percepción espiritual partiendo de elementos físicos aparece en muchos lugares de las Escrituras. Jesús usa el mismo principio para enseñar a sus discípulos sobre la gran cosecha y fijar en sus corazones la visión de multitudes preparadas para recibir el mensaje del evangelio (Jn.4:35). ¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega”.             

LA PROFECIA DE JOEL. (Hch.2:16-18).

Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán”.

Joel profetizó de un tiempo cuando el Espíritu Santo se derramaría sobre toda carne, y el mismo Espíritu de Dios traería profecía, visiones y sueños sobre toda persona llena del Espíritu. Estas visiones y sueños prenden fuego en los corazones y los hacen arder para Dios y Su obra. Esta verdad, expuesta aquí de una forma breve, contiene un potencial tremendo del poder de Dios dado a Su congregación y que muchos han contaminado y mezclado. El diablo ha sembrado de cizaña este campo y muchos han sido confundidos, atemorizados o inflamados de vanidad y codicia, pero la verdad misma pertenece al Reino de Dios. Incluso se usa en filosofías anti-cristianas y en movimientos modernistas (Nueva Era, Humanismo) que pretenden apropiarse y falsificar los principios bíblicos. Debemos hacer nuestra la oración de Pablo a los efesios: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza… cuales las riquezas.., y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza”.

La enseñanza de Jesús

Avancemos ahora en el análisis del pasaje donde Jesús enseña sobre la importancia de tener un buen ojo.

Nadie pone en oculto la luz encendida, ni debajo del almud, sino en el candelero, para que los que entran vean la luz. La lámpara del cuerpo es el ojo; cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando tu ojo es maligno, también tu cuerpo está en tinieblas. Mira pues, no suceda que la luz que en ti hay, sea tinieblas. Así que, si todo tu cuerpo está lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso, como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor” (Lc. 11:33-36).

La Lámpara del cuerpo es el ojo. Si la lámpara es buena veremos bien, si fuera mala nuestra visión se distorsionará. En ocasiones usamos la expresión, “depende de los ojos con que lo mires“, para llegar a un punto de entendimiento con otras personas. Es decir, si miramos con los mismos ojos veremos lo mismo; si lo vemos con visiones opuestas llegaremos a la contienda. ¿Cuáles son los ojos buenos? Sin lugar a duda los de Dios; los pensamientos de Dios; Su palabra debe guiar nuestra visión.

Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo YHWH. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Is.55:8,9). “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal.119:105).

En el Nuevo Pacto Dios coloca esos ojos en nuestro espíritu por medio de Su Espíritu para guiarnos a Su voluntad, Sus visiones, Sus obras, Sus caminos (Pr.20:27) (Ez.36:26-27) (1Co.2:12). El ojo bueno trae luz sobre todo el cuerpo; produce vida y sanidad y conoce la voluntad de Dios. El ojo malo atrae las tinieblas sobre todo el ser; produce tristeza, depresión, inseguridad, enfermedad y confusión. Como hijos de Dios no podemos menospreciar las advertencias de Jesús y dejar vagar nuestra mirada de forma indisciplinada, puesto que existe un reclamo continuo para atraer nuestra atención visual y hacernos caer de nuestra firmeza. Captemos la visión de Jesús.

Lo que veía Jesús

Jesús es nuestro equilibrio en todo campo de nuestra vida. Él vivió una vida de visión clara y nunca se apartó de ella. Cuando el Maestro les dijo a sus discípulos: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mt.4:19), les estaba dando las claves para el éxito según Dios. En la expresión “venid en pos de mi” está implícito en el original el siguiente mensaje: “tened mi visión, usar mis métodos”. Pues bien, la pregunta es sencilla ¿Cuál era la visión de Jesús? ¿Dónde ponía su mirada? Veamos algunos ejemplos.

Uno: Futuros discípulos.

Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron. Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que remendaban sus redes; y los llamó” (Mt. 4:18,21).

Dos: Las multitudes.

Viendo la multitud”. “Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor”. “Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos” (Mt.5:1; 9:36; 14:14).

Tres: Los enfermos y necesitados.

Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste postrada en cama, con fiebre. Y tocó su mano, y la fiebre la dejó; y ella se levantó, y les servía” (Mt.8:14). “Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento” (Jn.9:1).

Cuatro. Los que tienen fe.

Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados” (Mt.9:2).

Cinco. Las cosas de arriba: el cielo, el Padre.

Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mt.16:22,23). “Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente”. “Yo hablo lo que he visto cerca del Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído cerca de vuestro padre” (Jn.5:19; 8:38).

Una vida de visión equilibrada en la tierra pone la mirada en las cosas de arriba (Col.3:1-4), en la voluntad de Dios. Este fue el éxito de Moisés, escogió el llamamiento divino antes que las riquezas del mundo, porque su mirada espiritual le conectaba con los resultados eternos de servir a Dios y no con los deleites temporales del pecado (Heb. 11:24-26).

En la nueva vida en Cristo hay también una nueva visión para vivir y abandonar los viejos hábitos pecaminosos de nuestros ojos. “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo…” (Efesios, 2:1-5).

3 – LA REDENCIÓN – El pecado atrae la ira de Dios

La locura de la cruzEl pecado atrae la ira de Dios

Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad  (Romanos 1:18 LBLA)

El apóstol Pablo fue quién mayor revelación recibió del evangelio de Dios. Él lo llama «mi evangelio». Vivió por y para el evangelio, para que la verdad revelada permaneciese a la siguiente generación, y a través de sus cartas a todas las generaciones. En la carta a los Romanos hace la mejor y más amplia exposición que tenemos en la Biblia sobre el misterio que estaba oculto desde tiempos eternos. Así lo expresa al final de su epístola. Y al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de Jesucristo, según la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe (Rom. 16:25,26).

El evangelio es un misterio revelado en las Escrituras. Estaba oculto, sin revelar en su totalidad, pero ahora ha sido manifestado por la predicación para ser dado a conocer a todas las naciones.

Un misterio oculto necesita revelación para ser comprendido. La revelación viene por el Espíritu Santo y la Palabra de Dios cuando el hombre escucha el mensaje y se arrepiente de sus pecados. Y el comienzo del mensaje, según la exposición que hace Pablo en Romanos, es acerca de la ira de Dios contra la impiedad de los hombres. Por tanto, la predicación del evangelio comienza en la ira de Dios.

Cuando apareció Juan el Bautista les dijo a las multitudes: Quien os enseñó a huir de la ira venidera (Lc.3:7). Pablo le dijo a los tesalonicenses que Jesús nos libra de la ira venidera (1 Tes.1:10). El apóstol Juan dice en su evangelio que el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él (Jn.3:36).

Y ¿por qué está airado Dios? Por el pecado de los hombres que con impiedad e injusticia detienen la verdad. Por eso está escrito: Habiendo pasado por alto los tiempos de ignorancia, Dios declara ahora a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan, porque Él ha establecido un día en el cuál juzgará al mundo con justicia, por medio de un Hombre a quién ha designado, habiendo presentado pruebas a todos los hombres al resucitarle de entre los muertos (Hch. 17:30-31).

         El pecado del hombre le mantiene bajo la ira de Dios, por ello necesitamos un redentor, Jesús, quien nos libra de la ira venidera.

2 – LA REDENCIÓN – Sin pecado no se necesita redención

La locura de la cruzSin pecado no se necesita redención

Pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado (Romanos 5:13 RV60)

La redención es consecuencia de una condena. Si no ha habido condena no es necesaria redención de la pena. Esto lo saben muy bien los que han pasado por la cárcel. Redimir condena es acortar el tiempo de privación de libertad. Cumplir la condena en su totalidad significa poder salir en libertad, el pago está realizado.

La redención que ha hecho Jesús a favor de los hombres es completa, alcanza para toda la condena recibida. Pero si hay condena es porque antes ha habido un delito, y si hay delito es porque se ha transgredido una ley, y si hay una ley es porque existe una naturaleza pecaminosa que la necesita para limitar sus efectos. Es la naturaleza de pecado, el resultado de la caída. Hemos heredado una naturaleza de pecado que nos inclina al mal, nos puede, nos esclaviza, por tanto, necesitamos redención de la esclavitud del pecado, es decir, la naturaleza que nos domina e impide hacer la voluntad de Dios.

Si el hombre excluye de su pensamiento la realidad del pecado y lo enmascara con argumentos filosóficos y elucubraciones diversas, nunca verá la necesidad de un Redentor, un Libertador, un Salvador.

La doctrina del pecado es fundamental para el anuncio del evangelio, sin ella no hay de qué redimir, por tanto, el evangelio se convierte en un mensaje agradable para vivir de la mejor forma posible, sacar provecho al beneplácito de Dios sin pretender la regeneración y el cambio de naturaleza. Este ha sido y es el intento continuado de todas las religiones alejadas de la revelación de Dios. Este evangelio se predica en muchas iglesias hoy. Es un mensaje popular, dirigido al hombre caído para ayudarle a vivir bien pero sin llevarlo a la muerte completa para poder resucitar en novedad de vida. Para esto último necesitamos la redención de Jesús.

Nuestro mensaje ha quedado diluido ofreciendo principios y métodos para poner parches a una naturaleza que solo tiene un destino: la muerte. Sin muerte no ha redención. El pecado nos ha conducido a la muerte, la separación de Dios. La paga del pecado es muerte. Nuestro Redentor tenía que participar de la muerte, a causa del pecado del hombre, para librar a todos los que por el temor a la muerte estaban toda la vida sujetos a servidumbre. Nacemos muertos por causa del pecado. Necesitamos redención de la muerte y del pecado que nos tiene atados a una forma de vida alejada de Dios.

         Si obviamos el pecado, (la naturaleza caída del hombre), la redención viene a ser una opción en lugar de la liberación que necesitamos como cuestión de vida o muerte.