288 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoEventos principales (II) – Desde Sion (7) – El templo reedificado

He aquí el varón cuyo nombre es el Renuevo, el cual brotará de sus raíces, y edificará el templo de YHVH. Él edificará el templo de YHVH, y él llevará gloria, y se sentará y dominará en su trono, y habrá sacerdote a su lado; y consejo de paz habrá entre ambos… como memoria en el templo de YHVH. Y los que están lejos vendrán y ayudarán a edificar el templo de YHVH, y conoceréis que YHVH de los ejércitos me ha enviado a vosotros (Zacarías 6:12-15) Y la ciudad será edificada sobre su colina, y el templo será asentado según su forma (Jeremías 30:18)

El tercer templo edificado

Entramos ahora en uno de los temas motivo de controversia por las posturas distintas que existen al respecto. Me refiero a la construcción de un tercer templo, o no, en la ciudad de Jerusalén. Para los judíos no hay conflicto alguno. El templo será construido. Para la teología cristiana el tema es más complejo puesto que parece chocar con la doctrina de la redención, hecha una vez y para siempre. En ella se enfatiza todo el proceso ritual de sacrificios en el templo como sombra de lo que había de venir; ahora que el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo ha venido no hay necesidad de ningún templo donde volver a ofrecer sacrificios.

Todo ello es mucho más amplio de lo que podemos desarrollar aquí. Reduciré mi exposición a varios comentarios breves. En este conflicto hay que tener en cuenta que el templo de Jerusalén estuvo activo durante la muerte y resurrección de Jesús. Siguió siendo centro de adoración en el libro de los Hechos donde vemos el desarrollo de la iglesia primitiva. Los apóstoles iban al templo a orar. Incluso el apóstol Pablo estuvo dispuesto a purificarse junto con varios hermanos que tenían obligación de cumplir voto en el templo; el apóstol de los gentiles entró en el templo para purificarse con ellos y presentar la ofrenda por cada uno (Hch.21:23-26).

El apóstol que recibió la revelación del evangelio, donde la justicia de Dios se revela por la fe en el Mesías, no tuvo reparo en aceptar la realidad del servicio en el templo. Y para no extendernos mucho más en esto debemos tener en cuenta el testimonio de los profetas, que como leemos en los textos que tenemos en el inicio de este capítulo, han hablado de la edificación del templo en días del Mesías.

El Renuevo, un título que identifica al Mesías claramente, edificará el templo de YHVH en la misma ciudad donde se asentará su trono. Incluso menciona que muchos vendrán de lejos para ayudar en su construcción, como ocurrió en días de Salomón, donde una parte importante de la construcción fue realizada por sus vecinos de Tiro y Sidón, los antiguos fenicios.

Y el profeta Jeremías enseña claramente que el templo será construido sobre su colina, que no puede ser otra que el monte de Sion, y se hará según su forma, es decir, según el diseño establecido. Y aquí tal vez podemos ver una referencia al amplio mensaje del profeta Ezequiel en los últimos capítulos de su libro donde se mencionan las medidas del futuro templo. Unas medidas que no concuerdan con las realizadas en días de Salomón.

En definitiva, queda claro, según lo entiendo y se desprende del mensaje de los profetas que hablaron del reino mesiánico, que en esos días se levantará un templo en la ciudad de Jerusalén. Los aspectos que puedan chocar con nuestra teología lo dejaré en el marco de lo que el apóstol enseña: porque en parte conocemos, y en parte profetizamos (1 Co.13:9).

Tenemos, por tanto, en la ciudad de David, la llegada del Rey con el establecimiento de su trono y la edificación de su templo, constituyendo así un centro mundial de adoración de donde saldrá la revelación de Dios, y la salvación como nunca antes se ha visto. Son los días de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus profetas (Hch.3:21). En estos días de restauración de la gloria de Dios en la ciudad del gran Rey, habrá de oírse, dice el profeta Jeremías, voz de gozo y de alegría, voz de desposado y voz de desposada, voz de los que digan: alabad a YHVH… voz de los que traigan ofrendas de acción de gracias a la casa de YHVH (Jer. 33:11).

Todo ello, y mucho más que veremos, en el marco de la era mesiánica. En el tiempo cuando los cautivos de Israel regresan a su tierra, y el Señor haga brotar a David un Renuevo de justicia, trayendo juicio y justicia a la tierra. En esos días Judá será salvo, y Jerusalén habitará segura, y se le llamará: YHVH, justicia nuestra (Jer.33:15,16). El espíritu de la profecía es el testimonio de Jesús (Apc.19:10). En los días de la restauración de todas las cosas el Señor se vuelve a Jerusalén con misericordia, y en ella será edificada mi casa… Aún rebosarán mis ciudades con la abundancia del bien, y aún consolará YHVH a Sion, y escogerá todavía a Jerusalén (Zac. 1:16,17). Pero aún hay más…

287 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoEventos principales (II) – Desde Sion (6) – El trono del Rey

En aquel tiempo llamarán a Jerusalén: Trono de YHVH, y de todas las naciones vendrán a ella en el nombre de YHVH en Jerusalén; ni andarán más tras la dureza de su malvado corazón (Jeremías 3:17). Te has sentado en el trono juzgando con justicia. Reprendiste a las naciones, destruiste al malo, borraste el nombre de ellos eternamente y para siempre… Ha dispuesto su trono para juicio. El juzgará al mundo con justicia, y a los pueblos con rectitud (Salmos 9:4-8) Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones… (Mateo 25:31,32)… Con juramento Dios le había jurado [a David] que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo [Mesías] para que se sentase en su trono (Hechos, 2:30)

Trono y juicio desde Sion

Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar. Toda la Escritura da testimonio de Jesús; en ella tenemos todo el consejo de Dios, y una parte de ese consejo, diseminado ampliamente en la revelación de su palabra, podemos resumirlo de la siguiente manera: El Mesías, hijo de David, vendrá a Jerusalén donde establecerá su trono para juzgar a todas las naciones con rectitud.

En Sion será establecido el trono del Señor. Como lo fue en días del rey David, cuando conquistó la fortaleza de Sion, una fortaleza ocupada por los jebuseos que no había podido ser liberada con anterioridad, pero que lo fue en el inicio del reinado davídico. Hoy día esa fortaleza la tenemos en lo que llamamos la Explanada del templo, o en palabras musulmanas, la explanada de las mezquitas, donde está la abominación seguramente mencionada por Daniel y Jesús, un falso culto a la Media Luna Fértil, una fortaleza inexpugnable hasta ahora, que será liberada en el reino mesiánico, cuando el Rey de Israel establezca su trono en ese lugar.

La idolatría siempre se aferra a lugares físicos y geográficos de gran relevancia espiritual. Algunas montañas son elegidas como centro de una diversidad de cultos. Dios ha escogido el monte Sion, situado en Jerusalén, para poner en él su nombre, su trono y su templo. Desde el año 627-628 de nuestra era se construyó allí la mezquita de Omar, y ahí sigue como una fortaleza espiritual motivo de grandes conflictos mundiales.

Precisamente en ese lugar, renovado y transformado por los sucesos que precederán a la venida del Mesías, serán juzgadas todas las naciones de la tierra. Será rota la dureza del corazón de los hombres para dar paso a una era de paz y bienestar. Las naciones serán reprendidas, especialmente por el trato dado a su pueblo, los hermanos pequeños de Jesús. El antisemitismo será juzgado, destruido el malo, y borrado su nombre para siempre. El Rey que viene no juzgará según la vista de sus ojos, juzgará con justicia, herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío (Is.11:3,4).

Una vez realizado el juicio, la paz resultante permitirá que el lobo y el cordero moren juntos (Is.11:6). Se volverán sus espadas en rejas de arado; sus lanzas en hoces, no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán mas para la guerra (Is.2:4) (Miq.4:3).

Observa la consecuencia del juicio: Paz mundial y universal, ese es el propósito de su programa de gobierno. Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de justicia es el cetro de tu reino. Has amado la justicia, y aborrecido la iniquidad (Heb.1:8,9). Leamos y grabemos. YHVH enviará desde Sion la vara de tu poder; domina en medio de tus enemigos. Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder (Sal.110:2,3). El Señor ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos (Hch.17:31).

Es el día del juicio a Babilonia y toda su influencia mundial. Recibirá en un solo día: muerte, llanto y hambre (Apc.18:7,8). El Cordero y Mesías la juzga desde el monte Sion. Después miré, y he aquí el Cordero estaba en pie sobre el monte de Sion (Apc.14:1). Porque poderoso es Dios el Señor, que la juzga (Apc.18:8). Y los reyes de la tierra… los poderosos… se escondieron en las cuevas… y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado (Apc.6:15-17).

Observa que siempre se habla de un trono en Sion, la Jerusalén terrenal, para juzgar a las naciones que están sobre la tierra, por ello buscan los montes para esconderse. Es el momento cuando los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo (Apc.11:15). Este evento glorioso eleva una adoración universal en el cielo y en la tierra, diciendo: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, el que eres y el que eras, porque has tomado tu gran poder y reinaste (Apc.11:17 Biblia Textual). Como está escrito: La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo… Este es el día que hizo YHVH; nos gozaremos y alegraremos en él… Bendito el que viene en el nombre de YHVH (Sal.118:22-26). Es el día del Señor. El trono ha sido establecido en Jerusalén. La justicia triunfa. El mal es derrotado. La paz inundará a los pueblos. Bendita esperanza. Pero hay más.

EL EVANGELIO – 9

El evangelio (2)

El anuncio del evangelio

Este es el evangelio que debemos anunciar, bien basado en las Escrituras de los profetas y los apóstoles, así como centrado en la Persona y Obra de Jesús.

Todo ello responde a un plan predeterminado por Dios; porque la salvación pertenece a nuestro Dios (cf. Apc.7:10); y que ha sido manifestado en el cumplimiento de los tiempos para redimir a todos los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia. El apóstol Pablo nos da la secuencia que sigue el proceso del anuncio del evangelio hasta su aceptación, y nos dice que son hermosos los pies de los que anuncian las buenas nuevas. En Romanos 10 encontramos esa secuencia que podemos resumir en: ser enviados a predicar, oír el mensaje y creerlo, invocar el Nombre de Jesús y ser salvos.

¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios… Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación (Romanos 10:14-17 y 8-10).

El origen del evangelio es Dios; es El quién envía con la palabra del cielo para ser anunciada, creída e invocada. La palabra es Jesús mismo, por tanto se trata de invocar el Nombre de Jesús para ser salvo. El evangelio es una persona, creer en una persona e invocar su Nombre. Creer en Jesús no es un artificio mental sino una certeza interior, del corazón, donde se ha producido la revelación por el Espíritu de quién es él y la obra que ha realizado; por ello con el corazón se cree para justicia y con la boca se confiesa para salvación. Todo el tiempo es una obra de Dios; aunque haya colaboradores que anuncian la palabra enviada del cielo, es la acción de la palabra viviente en el corazón de la persona que la lleva a reconocer, más allá de su mente natural, el hecho de que Jesús ha muerto por sus pecados y resucitado para su justificación.

En los capítulos anteriores de la epístola a los Romanos hemos visto que el apóstol de los gentiles ha hecho una exposición amplia del evangelio que es poder de Dios para salvación. Ese evangelio desemboca en una invocación, la invocación de un Nombre, el Nombre que es sobre todo Nombre, el Nombre de Jesús. “Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en quién podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

Esta aparente simplificación contiene todo el consejo de Dios. Jesús es la plenitud de Dios, y la vida cristiana es el descubrimiento continuado de todas las riquezas de pleno entendimiento que hay en Cristo, en quién están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Descubrir la inmensidad de Cristo, que ahora habita por la fe en nuestros corazones, es ocuparse de la salvación; es crecer en la gracia y el conocimiento de todo lo bueno que hay en él. Por ello la invocación del Nombre de Jesús para ser salvos es el inicio de una nueva vida que debe ser descubierta y vivida con posterioridad.

Y él dijo: El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, y veas al Justo, y oigas la voz de su boca. Porque serás testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre (Hechos 22:14-16).

Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo (Romanos 10:12,13).

Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sostenes, a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro (1 Corintios 1:1,2).

Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo. Pero en una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos, y otros para usos viles. Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra. Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor (2 Timoteo 2:19-22).

Profeta MicaiasRecuerdo muy bien como se activó mi vida cristiana el día cuando invoqué el glorioso Nombre de Jesús. Fue en un culto de oración. Pasé todo el tiempo que duró la reunión invocando su Nombre, dándole gracias. Antes ya había leído las Escrituras, orado a Dios de diversas formas, me relacionaba con los hermanos, amaba al Señor, vivía cierto misticismo personal, hablaba a otros de Dios en sentido general, pero cuando invoqué Su Nombre desde lo hondo de mi corazón, dándole gracias, ese día noté en mi interior que algo nuevo había surgido, quise hablar a todo el mundo de Jesús, ese maravilloso Nombre que me había salvado.

Invocar el Nombre de Jesús no es una fórmula mágica; a veces usamos Su Nombre en vano, de forma mecánica y como vana repetición; pero cuando en nuestro corazón hay certeza y hemos comprendido la inmensidad de su gracia resumida en Su Nombre, entonces “le amamos sin haberle visto y en quién creyendo, aunque ahora no le veamos, nos alegramos con gozo inefable y glorioso; obteniendo el fin de nuestra fe que es la salvación de nuestras almas” (1 Pedro 1:8-9).

A menudo el reconocimiento de nuestros pecados viene después de haber invocado su Nombre para salvación. La consciencia de nuestra separación de Dios, de la ira venidera y del justo juicio de Dios se hace palpable cuando hemos oído lo que Jesús ha hecho en la cruz y por qué. Fue lo que les ocurrió a las tres mil personas que se convirtieron en la primera predicación del apóstol Pedro. Después de relacionar el día de Pentecostés con lo dicho por el profeta Joel, acabó su primera parte del discurso citando las palabras del profeta: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo”. Luego se compungieron de corazón y dijeron: “¿Qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”. Pablo le dijo a Timoteo que se aparte de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo. Él mismo lo había experimentado cuando se le dijo: “Lava tus pecados invocando su nombre”.

La fe en Jesús se hace eficaz por el conocimiento de todo el bien que está en vosotros por Cristo Jesús (cf. Filemón 6). La vida cristiana viene a ser un descubrimiento progresivo de la plenitud que hay en Cristo y de la cual hemos sido hechos partícipes. Cuando cantamos: “queremos más de Ti”, deberíamos decir: “queremos descubrir lo que ya tenemos en Ti”. Ese descubrimiento viene por revelación del Espíritu, no es en primer lugar una experiencia externa con manifestaciones de cualquier tipo, sino más bien un correr el velo de nuestra mente y espíritu para tener un mejor conocimiento de él. Esta es la oración de Pablo por los efesios (cf. Efesios, 1:15-20). Descubrir la inmensidad de Cristo, la plenitud de Cristo, era la meta más elevada del apóstol Pablo.

Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por  basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos (Filipenses 3:7-11).

286 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoEventos principales (II) – Desde Sion (5) – Resplandor y gloria

De Sion, perfección de hermosura, Dios ha resplandecido (Salmos 50:2). Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de YHVH ha nacido sobre ti… y sobre ti será vista su gloria. Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento (Isaías 60:1,3)

Resplandor y gloria desde Sion

Una vez que conocemos la ubicación geográfica de Sion, su complementación celestial, con sus múltiples significados, que es un lugar escogido por YHVH desde el principio para poner en él su nombre, convertida en la ciudad de nuestro Dios, debemos identificar en la Escritura aquello que viene desde Sion.

En este lugar será establecido el trono del Mesías, edificado el templo y se llevará a cabo lo que podíamos llamar, en palabras actuales, el programa de su gobierno. Desde Sion brotará juicio y justicia para todas las naciones. Una vez sean juzgados los pueblos mediante la justicia del reino de Dios, se podrá disfrutar en toda la tierra de unas condiciones nunca antes vistas.

El resplandor de la gloria de Dios se extenderá sobre todas las naciones, llevando a cabo el programa revelado a su amigo Abraham: que todas las familias y naciones sean bendecidas, y su gloria llene la tierra, como las aguas cubren el mar. Por tanto, desde Sion viene el resplandor de su gloria, aquella gloria perdida en Adán, y recuperada en plenitud por el Libertador de Sion.

La bendición de Dios tiene un canal claramente identificado en su palabra, viene mediante la simiente de Abraham, el pueblo de Israel, el Mesías, y se despliega plenamente desde Sion, la ciudad del gran Rey. El camino está trazado. No hay otro camino. Yeshúa es el camino, pero además, debemos saber que el futuro reino mesiánico será expandido desde Jerusalén. De Sion, perfección de hermosura, Dios ha resplandecido.

No equivoquemos el lugar geográfico escogido para desarrollar el propósito soberano del Eterno. Sion se levanta y resplandece porque ha venido su luz, que no es otra que la llegada del Mesías, y con él la gloria del Eterno será vista en Jerusalén, para que todas las naciones anden a la luz de su nacimiento.

El levantamiento de Sion, su edificación, es la respuesta divina para un gobierno justo en la tierra. Por ello, aunque el término esté preñado de cizaña y levadura, los hijos de Dios, nacidos mediante el evangelio de su gracia, somos sionistas. Nuestra esperanza está ligada al levantamiento de la ciudad de nuestro Dios, hermosa provincia, el gozo de toda la tierra.

Veremos un resumen de algunas realidades que brotarán desde Sion el día cuando llegue el Rey de todas las naciones a la ciudad que le espera. Baruch haba B’shem Adonai. «Bendito el que viene en el nombre del Señor». Son palabras de Yeshúa a las autoridades religiosas de Jerusalén, recogiendo la expresión del salmista (Sal.118:26). Palabras que ya fueron pronunciadas el día cuando entró en Jerusalén aclamado por las multitudes (no por las autoridades) (Mt.21:9) (Mr.11:9) (Lc.19:38) (Jn.12:13), y que volverán a ser oídas en su retorno a la ciudad en la era mesiánica, cuando sí reconocerán el tiempo de su visitación. Porque os digo que desde ahora en adelante, de ningún modo me veréis hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en Nombre del Señor! (Mateo 23:39).

285 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoEventos principales (II) – Desde Sion (4) – La ciudad de nuestro Dios

Grande es YHVH, y digno de ser en gran manera alabado en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo. Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sion, a los lados del norte, la ciudad del gran Rey (Salmos 48:1,2) Porque esperaba [Abraham] la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios… Anhelaban una mejor, esto es, celestial… Dios… les ha preparado una ciudad (Hebreos 11:10,16)

La ciudad de nuestro Dios

En el lugar escogido para poner allí su nombre, Dios ha preparado una ciudad. La fortaleza de Sion que conquistara el rey David se ha convertido en una ciudad, la ciudad de nuestro Dios, el gozo de toda la tierra. Hemos dicho que esta ciudad contiene dos vertientes, una terrenal y otra celestial. Lo vemos claramente en la Escritura. Los textos que hemos escogido hablan de ambas realidades. Es un lugar geográfico y también contiene una dimensión espiritual que la trasciende, pero nunca la elimina ni la suplanta. Ambas realidades son complementarias en la revelación del plan de Dios.

La teología no puede ni debe espiritualizar la Escritura caprichosamente. Abraham vivió en estas dos realidades. Por un lado se le prometió una tierra en la que anduvo como extranjero y peregrino, y a la vez vivía la realidad de una dimensión trascendente que la superaba. Los profetas de Israel escriben sobre la era mesiánica uniendo también estas dos realidades, la Sion terrenal y celestial. Jesús vivió con su cuerpo glorificado, una vez resucitó de los muertos, en la ciudad de Jerusalén durante cuarenta días, y a la vez podía subir al Padre.

Jerusalén es la ciudad de nuestro Dios. En ella coinciden y se superponen la realidad terrenal y la revelación trascedente de su reinado. Nuestro Rey vendrá a Jerusalén y allí asentará su trono sobre todas las naciones. La gran atracción de Sion en la era mesiánica será la presencia del Rey en ella. Yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte. Y desde ese lugar escogido se enseñarán los caminos de Dios a todas las naciones que subirán a Sion reconociéndola como cabeza de montes; porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de YHVH (Isaías 2:1-4). Es en Sion donde será puesto el fundamento mediante una piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable, y los que creen en ella no serán avergonzados (Is.28:16) (Rom.9:33). Esa piedra angular, la Roca, es el Mesías. Esa piedra cortada sin intervención humana, según la profecía de Daniel, golpeará todos los reinos para levantar uno que no será jamás destruido, el reino mesiánico (Dn. 2:28,34,35,44).

Esta ciudad será habitada sin muros, porque el Señor será su muro y fortaleza (Zac.2:4,5). Es la ciudad de nuestro Dios. La presencia del Rey en la era mesiánica será un anticipo de la gloria final de la ciudad como se expone en los últimos capítulos del libro de Apocalipsis. El Señor morará en medio de ella, por lo cual la hija de Sion levantará canción y gozo ante su presencia (Zac. 2:10). Como hemos cantado en tantas ocasiones mirando por fe a la ciudad del futuro: Regocíjate y canta, oh moradora de Sion; porque grande es en medio de ti el Santo de Israel (Is.12:6).

Sion es la ciudad de nuestro Dios, el Elohim de Israel. Es celoso por su ciudad, su esposa –como aparece en Apocalipsis−, por ello está escrito: Celé con gran celo a Jerusalén y a Sion… Celé a Sion con gran celo, y con gran ira la celé (Zac. 1:14 y 8:2). La restauración de Sion nos devuelve el esposo-Rey a la tierra, y esta ciudad será llamada Ciudad de la Verdad, y el monte de YHVH, Monte de Santidad (Zac. 8:3). Por eso Sion es el gozo de toda la tierra; de allí sale la revelación a todos los pueblos; el conocimiento de la gloria del Señor como las aguas cubren el mar (Is.11:9) (Hab.2:14).

En la ciudad de nuestro Dios afirmará sus pies el Mesías, en el monte de los Olivos, frente a Jerusalén; vendrá el Señor Dios y con él todos los santos (Zac.14:4,5). Ese día es conocido por el Señor, y el Mesías será rey sobre toda la tierra (Zac.14:7,9). Jesús viene a Jerusalén; con él sus santos, como dijo el apóstol, para reinar desde el monte Sion sobre todas las naciones, esto será en el reino mesiánico, antes del fin.

Y el profeta reitera: Vendrá el Redentor a Sion (Is.59:20). Son innumerables las profecías que lo anuncian. El Mesías pondrá su Espíritu y sus palabras sobre los moradores de Jerusalén que serán portadores de buenas nuevas a los pueblos (Is.59:21). Yeshúa ya entró hace dos mil años en la ciudad de Jerusalén, aclamado por las multitudes, montado sobre un pollino de asno (Zac.9:9). Hubo gran regocijo, de tal forma que las autoridades religiosas le pidieron que hiciera callar a sus discípulos. Jesús entró en la Jerusalén terrenal, y volverá a hacerlo  de la misma manera en la Sion renovada y edificada en su segunda venida. Una vez más vemos las dos dimensiones de Sion en el cumplimiento de la profecía. Hablará paz a las naciones, y su señorío será de mar a mar, y desde el río hasta los fines de la tierra (Zac. 9:10). Habrá salvación para Israel como rebaño de su pueblo; porque como piedra de diadema serán enaltecidos en su tierra (Zac.9:16).

Todo ello, y mucho más, −como veremos−, tiene como centro de su manifestación la ciudad de nuestro Dios, la Jerusalén terrenal y celestial en sus dos vertientes de la voluntad del Eterno. Sin embargo, el Adversario, sigue oponiéndose. La 29 cumbre de la Liga Árabe, iniciada el pasado 15 de abril, ha realizado un  comunicado rechazando categóricamente reconocer Jerusalén (Al-Quds, en la terminología islámica) como capital de Israel. Una fortaleza espiritual con más de mil quinientos millones de seguidores (todo el mundo musulmán) se opone a la profecía y la palabra del Eterno Dios de Israel.

284 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoEventos principales (II) – Desde Sion (3) – Un lugar escogido

Porque YHVH ha elegido a Sion; la quiso por habitación para sí. Éste es para siempre el lugar de mi reposo; aquí habitaré, porque la he querido… Allí haré retoñar el poder de David… (Salmos 132:13,14,17)

Un lugar escogido por Dios

Sion es el lugar donde se establecerá el trono del reino mesiánico, en Jerusalén, la ciudad del gran Rey. La Escritura no deja lugar a duda. YHVH ha elegido a Sion; la quiso por habitación para sí. Estamos ante la soberana voluntad del Eterno. El Señor es grande y digno de ser en gran manera alabado en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo. Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sion… la ciudad del gran Rey (Sal. 48:1,2). Esta verdad incontestable fue confirmada por el mismo Maestro en el Sermón del Monte cuando dijo que no debemos jurar ni por el cielo, ni por la tierra; añadiendo, ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey (Mt.5:33-35).

Sion, −Jerusalén−, es la ciudad del gran Rey. ¿Debemos preguntarnos el motivo por el que sea también en nuestros días la ciudad sobre la que recae el centro de la controversia mundial? ¿Cómo es posible que muchos de los estudiosos de las Escrituras, tan certeros en muchas de sus exposiciones, sean a la vez ciegos para ver los motivos por los cuales Jerusalén es hoy la ciudad más conflictiva del mundo? ¡Es la ciudad del gran Rey! ¡Del Rey que ha de venir! ¡Es el epicentro de donde saldrá el gozo para toda la tierra! El Libertador viene de Sion (Rom.11:26). Debería ser muy fácil comprender por qué es el lugar donde se concentra la mayor resistencia diabólica mundial.

¿Por qué es tan conflictivo que Jerusalén sea considerada la capital de Israel? ¿Por qué el mundo entero se opone a que las embajadas sean trasladadas allí? Hay un gran opositor, encarnado en las Naciones Unidas, e impulsado especialmente por las naciones musulmanas, para impedir el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel. Sin embargo, la Escritura dice que el Soberano de los reyes de la tierra escogió la tribu de Judá, escogió el monte de Sion porque lo amó; y allí edificó su santuario a manera de eminencia, y volverá a levantarse en días del Mesías que ha de venir, el Rey de Israel (Sal.78:68,69).

Los pensamientos de Dios no son como los pensamientos de los gobernantes de las naciones. Los pensamientos de Dios son más altos. Los caminos del Señor son más elevados que los nuestros; debemos alinearnos con sus pensamientos y caminos para formar parte del plan redentor y no ser opuestos a él (Is.55:8,9).

Desde el primer libro de la Biblia vemos que Dios eligió este lugar especial para poner allí su nombre. Fue allí donde Abraham ofreció a su hijo en sacrificio. Toma ahora a tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré (Gn.22:2). Y Abraham obedeció a Dios encaminándose al lugar indicado, el monte Moriah, llamado también el monte Sion, donde más tarde se levantaría el templo, centro de la adoración de Israel (1 Reyes 8:1). Anteriormente se le había anunciado a Moisés cual sería el lugar que YHVH había escogido para poner allí su nombre (Deuteronomio capítulo 12).

Me pregunto ¿cómo es posible que en ciertos sectores evangélicos se enfatice –en algunos casos desmesuradamente− la predestinación, y a la vez se ignore la realidad de que Sion haya sido escogida por el Señor? ¿Por qué en algunos casos somos tan obstinados defendiendo una tesis teológica, y al mismo tiempo oponernos a otras ignorando lo que la misma Escritura deja meridianamente claro?

Sion es la ciudad del gran Rey, escogida por Dios para poner en ella su nombre. Esta verdad es eterna. Dios no cambia. Su palabra permanece. Si resistimos su voz estamos imitando a la generación que salió de Egipto y fue dejada en el desierto. Su incredulidad y endurecimiento de corazón impidieron entrar a la tierra de provisión. De la misma forma la sal puede volverse insípida, sin sabor, desechada como nula en su función vital, si no somos capaces de ponernos a cuenta con Dios. Alinearnos con su voluntad soberana. Orar por la edificación de Sion en nuestros días. Estar al lado de Israel siendo copartícipes del gran conflicto mundial que soportan.

En ese mismo lugar fue levantada la cruz ignominiosa, pero poderosa en Dios, para llevarla y anunciarla con valentía como hijos del reino. Los profetas han hablado de la restauración de Sion. Lo han hecho en nombre de Yeshúa, porque el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía (Apc.19:10). El Señor es el Dios del espíritu de los profetas (Apc.22:6). Nuestra fe está fundada sobre apóstoles y profetas, siendo Jesús la piedra angular (Ef.2:20).

Uno de los profetas, recogiendo el sentir de Sion –en ocasiones la Escritura usa el término Sion para referirse a todo el pueblo de Israel− que pensaba haber sido olvidada por el Señor, dijo: He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros (Isaías 49:14-16). En el monte alto de Israel será plantado un magnífico cedro, y a su sombra habitarán todas las aves, y sabrán todas las naciones el lugar donde será establecido el reino mesiánico, en la ciudad del gran Rey (Ez.17:22-24).

A pesar de todas las vicisitudes que la historia ha deparado a esta ciudad, está escrito que: Aún rebosarán mis ciudades con la abundancia del bien, y aún consolará YHVH a Sion, y escogerá todavía a Jerusalén (Zac. 1:17).

Aunque Jerusalén cayó en manos del islam en el año 627-628, y fue edificada la mezquita de Omar en el lugar del templo; esa abominación mencionada por Daniel (12:11) (Mt.24:15) será removida en la era mesiánica. Los clérigos salafistas islámicos intuyen el conflicto y por ello emiten toda clase de rumores y alarmas en torno a Jerusalén para tratar de impedir su edificación. Sin embargo, el Dios de Israel ha escogido Sion, la quiere por habitación, es el lugar de su reposo, en ella habitará porque la ha querido, y en ese lugar hará retoñar el poder de su ungido, el Mesías hijo de David. No es un capricho divino, sino el centro de la voluntad de Dios para bendecir a todas las naciones de la tierra como veremos en próximos capítulos.

EL EVANGELIO – 8

El evangelio (2)El evangelio en la epístola a los Romanos

Hemos ido viendo a lo largo de este capítulo que el apóstol de los gentiles nos ha dejado dos epístolas especialmente (Romanos y Gálatas) en las que habla del evangelio que le ha sido encomendado, y particularmente en la carta a los Romanos tenemos la exposición más profunda y erudita de las buenas nuevas de salvación. Por ello vamos a ver un resumen de esta importantísima carta a los Romanos.

Pablo ha sido apartado para el evangelio que había sido antes prometido por los profetas en las Santas Escrituras (cf. Ro.1:1,2). Una vez más queda claro que el evangelio no es de Pablo, sino que ya había sido prometido por Dios a través de los profetas. Pablo fue llamado por Dios y apartado para llevar a cabo el anuncio del evangelio. Su origen es Dios. El apóstol se hizo uno con el evangelio de tal forma que lo llamaba “mi evangelio” (Ro.2:16); y comprendió que fue aprobado por Dios para que se le confiase el evangelio (cf. 1 Ts.2:4).

Pablo no se avergüenza del evangelio porque es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree; al judío primeramente y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá (cf. Ro.1:16-17). Y a partir de este testimonio va a exponer con toda claridad esa verdad revelada ya por los profetas, a saber, que la justicia de Dios es por la fe y no por las obras de la ley.

Para llevarnos al milagro de la gracia y la justicia por la fe, primeramente inicia su exposición con la ira de Dios que se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad (cf. Ro.1:18). Luego nos habla del justo juicio de Dios, por la dureza y el corazón del hombre caído no arrepentido, atesorando para sí mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios (cf. Ro.2:5). Además aborda el espinoso asunto de la ley para decirnos que por las obras de la ley ningún ser humanos será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (cf. Ro.3:20); y por cuanto todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios (cf. Ro.3:23), no hay forma de escapar de la ira y del justo juicio de Dios por ningún medio humano. “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él” (Ro.3:21). Esta justicia de Dios es aplicada al que cree mediante la base de la redención, propiciación y expiación de Jesucristo.

La clave está, por tanto, en la obra consumada de Jesús en la cruz del Calvario. De ahí que el apóstol Pablo, de forma muy resumida para captar el mensaje central, diga en primera de Corintios lo que es el epicentro del evangelio: “Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí” (1 Co. 15:1-7).

Así, pues, la vigencia de la obra de Jesús nos libra de la ira venidera; del justo juicio de Dios por nuestros pecados y de la culpabilidad de la ley; por cuanto no hemos podido cumplirla. Estas son las buenas nuevas del evangelio. La grandeza de la gracia de Dios se manifiesta en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (cf. Ro.5:8). El apóstol lo expresa magistralmente con estas palabras:

siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús (Romanos 3:24-26).

En estos primeros capítulos de Romanos aparecen varios términos judiciales que merecen la pena explicar brevemente, son: justificación, redención, propiciación y expiación.

Justificación: Ser declarado justo. Adecuación con la justicia o conformidad con lo justo.

Redención: Liberación de carga, gravamen, obligación o condena. Librados de la esclavitud del pecado.

Propiciación: Aplacar la ira de Dios mediante la obra de Jesús. Satisfacer la justicia de Dios mediante un sacrificio.

Expiación: Borrar las culpas mediante algún sacrificio.

En los capítulos siguientes (4 y 5), Pablo pone base Escritural para apoyar la veracidad del evangelio que predica.  Habla del ejemplo de Abraham, y la justicia que él recibió por la fe en la promesa de Dios (cf. Ro.4:1-5). Luego en el capítulo 6 habla de la nueva vida que surge como resultado de la justificación; una nueva naturaleza que emana de la unión con Jesús en la cruz, la sepultura y la resurrección. Esa unidad produce una novedad de vida; todos nuestros miembros que antes servían a la injusticia, ahora son puestos al servicio de una vida en santificación. No es un esfuerzo de nuestra propia voluntad para ser buenos, sino el resultado de la nueva naturaleza operando en nosotros.

Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna (Romanos, 6:22).

En el capítulo 7 encontramos la lucha interior que aparece en el creyente; el conflicto entre el viejo hombre y el nuevo; el querer hacer el bien pero hallar una ley interior que se rebela contra la nueva realidad de ser hechos hijos de Dios.

Y en el capítulo 8 aparece la vida victoriosa andando en el Espíritu: “porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”.

283 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoEventos principales (II) – Desde Sion (2) – La Sion celestial

Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte… (Salmos 2:6). Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de YHVH como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones (Isaías 2:2)

La Sion celestial

Sion no es solamente un lugar geográfico identificado en la Escritura en la ciudad de Jerusalén, sino que es también un término para identificar la ciudad celestial, el reino venidero y eterno. Ambos se complementan, nunca se excluyen. La oración de Jesús enseña: Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. La voluntad de Dios se expresa en ambas esferas terrenal y celestial. No debemos excluir ninguna de ellas. Ni materializar, ni espiritualizar las Escrituras, ambas son expresiones de la voluntad de Dios revelada para ser manifestada en su totalidad.

Por tanto, una premisa inicial que debemos dejar asentada es la siguiente: Sion es un lugar geográfico, situado en una elevación de la ciudad de Jerusalén, también llamado el monte Moriah, donde Abraham ofreció a su hijo en sacrificio, la fortaleza que conquistaría el rey David a los jebuseos, donde asentó su reino y el mismo lugar donde poco después sería construido el templo por Salomón. Todo ello como respuesta a la voluntad soberana de YHVH, que escogió este lugar para poner allí su nombre. Como está escrito: el lugar que YHVH vuestro Dios escogiere de entre todas vuestras tribus, para poner allí su nombre para su habitación, ése buscaréis, y allá iréis. Y allí llevaréis vuestros holocaustos, vuestros sacrificios… y comeréis allí delante de YHVH… Y os alegraréis delante de YHVH vuestro Dios… (Dt.12:5,6,7,12).

Una vez dicho esto, que ampliaremos más adelante, veamos otro aspecto de gran relevancia en la Escritura: la Sion celestial. Como escribe el autor de la carta a los Hebreos: Os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel (Heb.12:22-24).

Aquí nos encontramos con la realidad celestial de Sion, una dimensión que supera la Sion terrenal, pero nunca la anula. Como hemos dicho, ambas se complementan en una ambivalencia necesaria que debemos identificar en su justa medida. Recordemos al respecto, que el hombre es una realidad física y otra espiritual. Ambas están unidas, ejercen funciones complementarias y no se pueden separar. Hay cuerpo terrenal y cuerpo celestial. Dios ha creado la materia y también ha dado soplo de vida al ser humano.

Vemos la Sion celestial especialmente en los últimos capítulos de Apocalipsis, donde se identifica con la santa ciudad, la esposa ataviada del Cordero, el tabernáculo de Dios con los hombres, la ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen, porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Además las naciones salvas vendrán a ella, y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella.

En medio de la ciudad está el árbol de la vida, también el trono de Dios. No entrarán en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación o mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero (Apocalipsis 21 y 22). (Is.52:1). Con (Apc.21:27 y 22:11). Estos pasajes debemos complementarlos con la revelación que aparece en Isaías 60 al 66, y en el libro de Zacarías 12 al 14. Lo iremos viendo en nuestro recorrido.

Por tanto, hay una Sion terrenal vinculada al Rey de Israel, el Mesías que vendrá para reinar; y una Sion celestial donde el mismo Mesías pondrá su trono y reinará sobre todas las naciones. Ambas conforman una unidad con dimensiones complementarias.

10 – LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

Esperanza para la familiaLa segunda generación de creyentes.

Tanto en las Escrituras como en la historia de la iglesia encontramos la diferencia entre una primera generación de creyentes, pioneros, que abren camino con mucho tesón, esfuerzo y entrega, para dar paso a una segunda generación que se encuentra con buena parte del trabajo hecho y se relajan en sus comportamientos para dar lugar a la influencia del sistema de este siglo, siendo contaminados en gran medida, apartándose de la firmeza de la fe de sus padres.

Esto lo vemos con toda claridad en la generación de Josué que conquistó la tierra de Canaán, viniendo después una segunda generación que se dejó invadir por las costumbres de las naciones vecinas y esto vino a ser motivo de alejarse de la voluntad de Dios, cayendo en la asimilación y el juicio de Dios. Lo vemos también en la generación del rey David, una generación de luchadores y guerreros que ganaron muchas batallas y se extendieron en la heredad de Dios, para dar paso a la generación de Salomón con un tiempo de paz y prosperidad que acabó relajándoles tanto que en sus últimos días dieron lugar a la idolatría, el despilfarro, los impuestos abusivos, etcétera.                               

En la vida de las familias de creyentes lo vemos a menudo también. Los padres que se convierten al evangelio con un cambio de vida manifiesto, que educan a sus hijos en los principios del reino de Dios, pero que muchos de ellos acaban siendo faltos de firmeza en la fe y se dejan contaminar por todas las influencias de este mundo contrario a la cosmovisión de las Escrituras. Abandonan las disciplinas de la oración y el estudio de la verdad, se adaptan a los entretenimientos mundanos, mezclados con las actividades de la iglesia, para dar lugar a una gran debilidad en la fe.

En este asunto debemos ser honestos y decir también que gran parte de los fundamentos de esa futura debilidad aparecen ya en los últimos tiempos de la generación de los padres. En el caso de la generación de Josué dejaron muchos enemigos alrededor de ellos sin expulsar que pronto se levantaron para oprimirles. Las generaciones no se pueden dividir con total exactitud puesto que siempre se mezclan y hay un proceso de continuidad, pero sí observamos una constante que se repite a menudo: padres firmes, hijos flojos. Cada generación tiene que encontrar su lugar en la batalla que hay que librar siempre en la fe.                               

También es importante decir que los hijos pueden y deben heredar la fe de sus padres como algo natural vivido en casa. Aunque los hijos no puedan especificar el momento exacto de su conversión porque siempre han convivido con la fe. Las Escrituras y la congregación han formado parte habitual de su desarrollo de manera cotidiana, y no han tenido ocasión para una ruptura evidente, un antes y un después, si no que viven la fe de sus padres de forma natural, asimilan sus contenidos y heredan la fe que llega a ser suya por propia convicción y aceptación, aunque no puedan dar un testimonio tan dramático como el de los drogadictos o delincuentes. Sin embargo, comprenden su necesidad de redención por la obra de Jesús y pasa a ser parte de ellos como un proceso gradual pero evidente.                

Recuerda que Pablo habló de la fe de Timoteo como una fe que había habitado en su abuela Loida y en su madre Eunice y dijo, «estoy seguro que en ti también» (2 Timoteo 1:3-5). Aquí tenemos tres generaciones de creyentes con una misma fe. Timoteo la había heredado de su madre y su abuela. Lo único que el apóstol tuvo que decir al respecto es que la avivara, que avivara el fuego del don de  Dios («la fe»,  Efesios 2:8) que estaba en él y que el ministerio carismático de Pablo había liberado en una nueva dimensión en su vida, pero era la fe sus padres (2 Timoteo 1:6).                     

Por otro lado, ¿quién puede decir con exactitud cuando nació de nuevo? En ocasiones podemos hablar de un proceso que nos condujo a ciertos momentos especiales donde Dios obró en nuestros corazones, pero no podemos determinar con exactitud el momento cuando nacemos, solo Dios lo sabe, nosotros vivimos sus resultados. Tenemos a veces ciertos moldes religiosos o métodos  para decir que una persona es salva cuando levanta su mano en un culto o recita una oración, sin embargo, en muchas ocasiones esos momentos no tienen nada que ver con nuestra conversión real, si no con los sistemas que aplicamos de forma mecánica. La vida de Dios no es mecánica, ni se produce por el deseo de un predicador fogoso o atrevido, sino en el silencio del corazón del hombre ante su Dios. «El viento sopla de donde quiere y oyes su sonido; pero no sabes de donde viene, ni a donde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Juan 3:8).

Para concretar algunas soluciones al desafío que representa  transmitir la fe a nuestros hijos diremos lo siguiente.                                   

«El amor cubre…»  (1Pedro 4:8). Nuestra salvación tiene su base en el amor de Dios (Juan 3:16). Lo que nos ha cautivado y rendido es la manifestación de Su amor, que siendo pecadores, Cristo murió por nosotros (Romanos 5:8). El amor del padre hacia el hijo pródigo es conmovedor y restaurador a pesar de los defectos y el individualismo del hijo. Debemos recordar que como padres, el amor hacia nuestros hijos es la mejor predicación, y ese amor se puede manifestar diariamente de muchas formas. El amor es eterno y alcanzará a nuestros hijos aunque durante algún tiempo no entiendan ni manifiesten reciprocidad a ese amor y abnegación de los padres. El amor tiene que ver con decirles la verdad, no con sentimentalismos que producen debilidad y consentimiento.                           

«La palabra de verdad» (Juan 8:31-32). Jesús dijo a sus discípulos que si permanecían en su palabra, serian verdaderamente sus discípulos, y conocerían la verdad y la verdad les haría libres. El Maestro les había dado la palabra del Padre, nosotros debemos darles a  nuestros hijos la palabra de verdad que hemos recibido de Dios. Debemos enseñarla con el ejemplo y de viva voz, dedicando tiempo a la enseñanza en casa y poniendo a su disposición oportunidades para su formación a través de otros hermanos del Cuerpo de Cristo. Después los discípulos la recibieron. Nuestros hijos deben recibirla también para que sea parte de ellos y esa verdad les haga libres en un mundo de vanidad y pecado.           

«Deben nacer de nuevo» (Juan 3:1-7). Si realmente han recibido la palabra de Dios en sus corazones, el evangelio de nuestra salvación, han nacido de nuevo, porque es la palabra la que engendra en nosotros la vida de Dios. El texto de 1Pedro que hemos estudiado ampliamente termina con estas palabras: siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre. Porque: Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre. Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada” (1 Pedro 1:23-25).

«No os conforméis a este siglo» (Romanos 12:2).  Mientras vivan en  nuestra casa los hijos deben andar según la enseñanza de los padres, no según las costumbres del sistema de este mundo. Hoy está de moda, por ejemplo, que cuando los hijos tienen novia van a dormir a  casa de los padres y hacerlo en la misma habitación, es decir, a fornicar ante la indolencia y conformismo de los padres. Debemos impedirlo, lo contrario que hizo Eli con sus hijos, no les estorbó cuando eran causa de pecado para el pueblo y fue reprendido por Dios  a través del joven Samuel (1 Samuel 2 y 3). Otra práctica moderna son las parejas de hecho, vivir juntos sin estar casados y esto con la aprobación o consentimiento de los padres, ni siquiera los hemos estorbado. De esta forma normalizamos la fornicación en la sociedad. No debemos conformarnos al esquema de este mundo.

El desafío de la educación o la transmisión de la fe a nuestros hijos es una combinación de todo lo que hemos visto aquí, y mucho más que podemos decir, pero creo que lo mencionado es suficiente para tener una resolución y determinación en comprender nuestra responsabilidad como padres y ver en su justa medida la responsabilidad individual de nuestros hijos. Nuestras vidas  restauradas deben alcanzar también una restauración y reconciliación con nuestros hijos cuando sea necesario.

Siempre hay esperanza para reparar el tiempo perdido. Vivimos tiempos peligrosos (2 Timoteo 3:1ss.) y una de las manifestaciones de esos tiempos es la desobediencia generalizada de los hijos, la ingratitud, vidas sin afecto natural. El profeta Malaquías nos habla de un tiempo cuando Dios hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres (Malaquías 4:6).

282 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoEventos principales (II) – Desde Sion (1) – Ubicación y significado

Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte… (Salmos 2:6). Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de YHVH como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones (Isaías 2:2)

La ubicación del monte de Sion

El Mesías-Rey viene a Sion y desde ese lugar reinará sobre todas las naciones. Tenemos, por tanto, dos actores principales en el devenir del reino mesiánico. Por un lado el Rey, por otro, Sion. En Sion se asienta el trono sobre el que será entronizado el Rey y desde donde juzgará y reinará. Por ello es imprescindible localizar su ubicación y penetrar al significado amplio del concepto Sion en la Escritura.

Para iniciar nuestro recorrido debemos remontarnos a los días cuando Abraham fue llamado por Elohim para ofrecer en sacrificio a su hijo Isaac. El lugar escogido donde debía ser levantado el altar fue el monte Moriah, que es el monte Sion. Allí se prefiguraría el epicentro del mensaje redentor. Abraham, como padre de Isaac, ofrece en sacrificio al hijo como respuesta a la voluntad de Dios. Allí se provee finalmente un cordero –según la confesión del padre de la fe a Isaac, aunque finalmente fue un carnero trabado en un zarzal− preparado para el holocausto y la ofrenda de fe y obediencia de Abraham. En aquel lugar Dios se revelaría como YHVH-Jireh, el Señor que provee; y sería confirmado el pacto mediante la simiente de Abraham para que todas las naciones de la tierra sean bendecidas mediante la obediencia realizada.

Luego debemos avanzar hasta los días cuando el hijo de Isaí fue coronado rey de Israel. David es figura y tipo del Mesías. Su reinado prefigura el dominio del futuro Rey de las naciones. Notemos el vínculo, una vez más, entre Abraham, David y Sion. El Rey que viene es hijo de David, heredero del pacto que YHVH hizo con su casa para siempre. Bien.

Una de las primeras acciones del rey David nada más inaugurar su reinado sobre todo Israel fue conquistar la fortaleza de Sion, que estaba en manos de los jebuseos. Una fortaleza hasta ese momento inexpugnable, y que David entendió por el Espíritu, que debía ser el centro donde asentaría su reino. Esa fortaleza estaba situada en la ciudad de Jerusalén; un promontorio que se eleva sobre la que será conocida como ciudad de David (2 Sam.5:1-10).

En ese lugar geográfico será más tarde levantado el templo de Salomón, por lo que estamos hablando del epicentro de la actividad político-religiosa del reino de Israel. Esta ubicación no fue un capricho del nuevo rey, sino que había sido anunciado por el Señor desde el mismo momento cuando redimió al pueblo de la esclavitud de Egipto, recogido en el canto de Moisés y Miriam. Tú los introducirás y los plantarás en el monte de tu heredad, en el lugar de tu morada, que tú has preparado, oh YHVH, en el santuario que tus manos, oh YHVH, han afirmado. YHVH reinará eternamente y para siempre (Éxodo 15:17,18).

Un lugar predeterminado por el Señor para poner en él su trono y reinar desde este monte. Recogido también por el salmista, como está escrito: Los trajo después a las fronteras de su tierra santa, a este monte que ganó su mano derecha… Dejó el tabernáculo de Silo, la tienda en que habitó entre los hombres… Desechó la tienda de José, y no escogió la tribu de Efraín, sino que escogió la tribu de Judá, el monte de Sion, al cual amó. Edificó su santuario a manera de eminencia, como la tierra que cimentó para siempre. Eligió a David su siervo… para que apacentase a Jacob su pueblo, y a Israel su heredad (Salmos 78:54,60,67-72).

En estos textos podemos ver que Dios ya había escogido un lugar geográfico para poner en él su nombre y el templo desde donde dirigir a su pueblo, aunque anteriormente el santuario estuvo en Silo, siendo desechado después, escogiendo la tribu de Judá y el territorio de su heredad para poner en él su morada terrenal en la ciudad de Jerusalén, la cual amó. Una tierra desde donde reinar sobre todas las naciones. Ya estaba en el corazón de Dios el futuro reino mesiánico del que venimos hablando.