EL MILAGRO (6) – Acercándonos al milagro

El milagro de una vida equilibrada - 2El milagro de una vida equilibrada

Capítulo 6 (Lucas 7:36-50)

Acercándonos al milagro

En una sociedad como la nuestra se ha convertido en un verdadero conflicto ACERCARSE A JESÚS. Tenemos una gama muy amplia de trampas que pretenden impedirlo. Por un lado está el SISTEMA RELIGIOSO que ha alterado la sencillez de ese acercamiento por un complicado formulario de dogmas, ritos, ceremonias o tradiciones. Y por otro, tenemos el HUMANISMO con su filosofía centrada únicamente en el hombre y sus recursos. Este sistema “doctrinal” desecha el acercamiento a Dios por el camino que El ha trazado, y escoge el intelecto como base de todas sus búsquedas esenciales. Jesús no es ni religioso ni humanista, sino el centro de la voluntad de Dios para el hombre. Es el equilibrio que necesitamos. Es el milagro que debemos experimentar para poder acceder a una vida estable y dinámica ¿Por qué? Porque tiene los recursos ilimitados para ello (es Dios); conoce mejor que nadie el género humano (es Creador); y ha abierto un camino real, (a través de su muerte y resurrección), para acceder al Padre. La gran pregunta, por tanto, es: ¿cómo podemos acercarnos a Jesús? Para responder sigamos nuestra andadura en Lucas.

Dos tipos de acercamiento

En Lucas 7:36-50 nos encontramos con dos tipos de personas que representan dos diferentes maneras de conectar con el equilibrio. Veamos las características de cada una de ellas.

Simón el fariseo.

Representa la religión organizada. A personas que se consideran equilibradas y por tanto su actitud es fría, sin entusiasmo, intrascendente. El sistema religioso frena la acción de un quebrantamiento genuino. Adiestra las conciencias para defenderse  de la obra que el Espíritu  Santo realiza para convencer de pecado. Canaliza el acercamiento a Dios sólo a través de sus fórmulas, dogmas, tradiciones, etc.  Todo lo que se sale de esos cauces es rechazado de manera mecánica. Los resultados son  decepcionantes: la persona sigue igual, su vida no cambia ni se transforma pero va hacia adelante en un círculo vicioso de costumbres, hábitos, vanas repeticiones, etc. Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: no manejes, ni gustes, ni aun toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne” (Col .2: 20-23). Simón el fariseo escogió este tipo de acercamiento. Muy educado, pero vacío de corazón. Jesús le dijo: “… Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies… no me diste beso… no ungiste mi cabeza con aceite… aquel a quién se le perdona poco, poco ama”  (Lc.7:44-47).

La mujer pecadora.  

Representa al pueblo sencillo, a los publicanos y pecadores del tiempo de Jesús. Los que son tomados por desequilibrados y necesitados, los pobres que necesitan ayuda -como proclama el humanismo- porque no tienen muchas capacidades ni recursos. ¡Qué autosuficiencia tiene el hombre moderno! ¡Qué soberbia! ¡Qué gran dificultad para reconocer la precariedad del ser humano! Pero qué gran sabiduría la de aquellos que reconocen su necesidad de Dios. Estos se acercan a Jesús pronto con calor y entusiasmo. Sus corazones se desbordan en gratitud y quebranto porque el Mesías no los rechaza por su condición social, si no que se deja encontrar por ellos. Los resultados de un acercamiento así son ejemplares. Estas personas reciben una vida equilibrada y en armonía. Son transformados por Dios y devueltos a una vida de utilidad y aprovechamiento. Es el caso de la mujer pecadora de nuestro relato. “Una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume”.  Jesús dijo de ella: “. . . Simón. ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa... mas esta ha regado mis pies con lagrimas, y los ha  enjugado con sus cabellos… ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies… ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho… Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados… Tu fe te ha salvado, ve en paz”.

La alternativa para nosotros

El pasaje que hemos visto nos enseña grandes verdades sobre el camino y la actitud que debemos tener para venir a Jesús. Sin embargo, ¿cómo podemos nosotros mantener un encuentro real, acertado, en medio de la confusión religiosa, la filosofía humanista y nuestras propias ideas preconcebidas sobre Dios? El testimonio de Dios es posible, fiable y accesible al hombre de nuestro tiempo. Una clave está en los depositarios de la fe que ha sido dada por Dios. Una congregación donde Jesús es el Señor, levantado y visto para que pueda El mismo atraer a todos a sí mismo (Jn.12:32). Una congregación que no manipula la sinceridad del creyente para provecho propio: poder, dominio, proyección y enriquecimiento. Una congregación donde Jesús está dentro y no fuera de ella (Ap. 3:2). Una congregación dirigida por el Espíritu Santo y hombres temerosos de Dios, llena de la palabra de verdad, de la vida de Dios y de Su gloria. ¿Existe esa congregación? ¿Dónde está? En el cielo.  Porque no os habéis acercado al monte que se podía palpar, y que ardía en fuego… sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (Heb.12:18-24). Y el Señor la está edificando en la tierra (Mt. 16:18). La perfecta está en el cielo, la imperfecta en la tierra. La clave para el creyente es conectar, por fe, con la ciudad celestial, la gran nube de testigos que nos han precedido en la fe, y poner los ojos en Jesús, como autor y consumador de nuestra fe (Heb.12:1-2). Esta verdad no excluye la realidad de una congregación sana en la tierra, a la que debemos pertenecer y con la que debemos armonizar; sino que muestra el desafío de integrarnos en la asamblea a la que pertenecemos y superar las dificultades guiados por el Espíritu de Dios.

La congregación celestial la descubrimos en las Escrituras y desde allí nos muestra el camino a Jesús. Esta opción está disponible a través del acercamiento sincero y de fe a la Palabra de Dios. Lo que estoy diciendo es lo que yo mismo he experimentado en los primeros meses de mi conversión. Busqué a Dios personalmente, siguiendo el impulso y las intuiciones de mi corazón leyendo el Nuevo Testamento. Luego vino la necesidad de conectar con la iglesia que podía ver y donde me podía congregar e integrar. La congregación de Dios vive en el cielo y en la tierra y necesitamos a las dos porque es la misma.

La vida cristiana no es ser miembro nominal de una iglesia local. La necesidad que tiene el hombre no es de una catedral o un edificio de piedra, sino de estar unidos a Cristo. Y esa unión tiene la consecuencia práctica de necesitar la congregación local como parte esencial de pertenecer a Jesús. Este aparente embrollo se resuelve así: Jesús es nuestra necesidad y debemos acercarnos a él personalmente o a través de una iglesia viva, pero siempre debemos saber que una vez que venimos a Jesús, quedamos unidos también con su cuerpo, la familia de Dios, el pueblo de Dios. El desequilibrio está en depender continuamente de líderes carismáticos y no aprender a acercarnos por nosotros mismos hasta el Trono de la gracia. También es desequilibrio creer que se puede vivir la vida cristiana sin la necesidad de todo el Cuerpo de Cristo. Andrés vino a Jesús a través de Juan el Bautista. Pedro fue traído por su hermano Andrés a conocer al Maestro, pero todos ellos ya habían sido movidos por Dios y apartados como apóstoles. Esta combinación humana y sobrenatural es uno de los grandes misterios de la vida cristiana.

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús. Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo). Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro)” (Juan 1:40-42).  

La mujer samaritana fue el canal por el cual muchos de su pueblo creyeron en Jesús, pero llegó el momento cuando su fe creció hasta el punto de no depender de la intervención de aquella mujer, sino que se sostuvo por el mismo Señor. “Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él. Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho. Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días. Y creyeron muchos más por la palabra de él, y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo” (Juan, 4:28-42).

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