41 – EL HOMBRE CONDENADO – Los hijos de condenación (XXXIII) – Babilonia (25)

Porque en una hora han sido consumidas tantas riquezas… y viendo el humo de su incendio, dieron voces, diciendo: ¿Qué ciudad era semejante a esta gran ciudad? Y echaron polvo sobre sus cabezas, y dieron voces, llorando y lamentando, diciendo: ¡Ay, ay de la gran ciudad, en la cual todos los que tenían naves en el mar se habían enriquecido de sus riquezas; pues en una hora ha sido desolada!  (Apocalipsis 18:17-19)

         El hombre condenadoLa ciudad de Babilonia ha acumulada una inmensidad de riquezas para poder comprar y vender con ellas a todas las naciones de la tierra. El impulso primario del hombre caído es acumular riquezas. Hacerse rico. Lo cual nos enseña que todos hemos sido amamantados a los pechos de la leche adulterada de Babilonia. Esas riquezas han sido puestas en la creación por el Hacedor de todas las cosas. Los recursos, que usados debidamente, generan la riqueza necesaria para sustentar a todos, han sido acumulados por unos pocos oligarcas en el espíritu de Nimrod.

Esa acumulación injusta manipulada debidamente por intereses espurios es la raíz original del problema de la pobreza en el mundo. Porque el gran Dador y Sustentador de todas las cosas ha provisto para todos, pero la maldad del hombre que acumula para sí mismo los recursos que son de todos, deja desamparadas a millones de personas expuestas al hambre. Esa es nuestra historia. Necesitamos gobernantes justos para gestionar debidamente la riqueza que pueda suplir las necesidades de las naciones, y leyes adecuadas que salvaguardan el bien común.

El evangelio de Jesús va directamente al núcleo del problema: el corazón del hombre. Del corazón mana la vida de Dios y debidamente gobernado por el único Rey justo, podremos hacer más justa la vida en la tierra. Sin embargo, Babilonia ha acumulada la riqueza, y esa acumulación será una gran pérdida cuando en una sola hora sean consumidas. Necio, esta noche vienen a pedir tu alma; y lo que has provisto ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios. (Lc.12:20,21). En este texto tenemos otra vez a un rico atrapado en el espíritu babilónico, queriendo acumular riquezas por avaricia, perdiéndolo todo en un instante. Pensemos y seamos sabios.

Llega la hora cuando los que se han enriquecido mediante la avaricia babilónica entran en pánico, echan polvo sobre sus cabezas, dan voces, lloran y lamentan por la desolación que les ha atrapado sin remedio. Ahora es el tiempo para hacer buen uso de lo que debemos gestionar como mayordomos fieles, sometidos al Dueño de todo.

         Acumular riqueza nos atrapa en la ciudad de Babilonia sin escapatoria posible el día y la hora de su desolación. Entonces vendrá el llanto y el crujir.

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