271 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoConsideraciones finales (2) – Los fundamentos

Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; más cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará… Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido (1 Corintios 13:9,10,12)

         Como nos dice el apóstol en el texto que tenemos de base, porque en parte conocemos, no debemos ignorar aquello a que hemos llegado (Fil.3:16). Aunque sea en parte y solo en parte. Porque vemos oscuramente, en sombra, pero con la ayuda del Espíritu de Dios va tomando forma en nosotros aquello que es sellado en nuestros corazones.

Sabemos que la Escritura habla de tres aspectos del reino. En primer lugar lo recibimos en nuestro corazón, en espíritu. Luego el reino vendrá a Jerusalén cuando regrese el Mesías y ponga sus pies en el monte de los Olivos. En tercer lugar, una vez cumplido el reino milenial entraremos en el reino eterno.

La piedra angular del reino, el fundamento, es Yeshúa, el Hijo de Dios y heredero del trono de David. Aquel de quien hablaron los profetas. Jesús es, por tanto, el rey de Israel y la cabeza de la iglesia. Yeshúa es Rey de reyes; el soberano de los reyes de la tierra. Necesitamos reconocerle como rey de nuestras vidas hoy, para poder participar de su reino venidero en el futuro.

Su reino, aunque no es de este mundo, como le dijo a Pilatos, se ha extendido por todas las naciones mediante la predicación del evangelio en los corazones de los hombres. Ahora esperamos su manifestación en Jerusalén tal como lo recoge Daniel capítulo dos y muchos otros de los profetas, así como en el libro de los Salmos.

Para entrar a este reino debemos nacer de nuevo mediante el arrepentimiento y la fe, reconociendo el señorío del Rey en nuestras vidas. Invocar su nombre. Una vez convertidos somos trasladados al reino de su amado Hijo (Col.1:13), permaneciendo fieles en medio de las tribulaciones que conlleva ser parte del reino de Dios. Jesús pone su trono en nuestros corazones cuando nos rendimos y vivimos en obediencia a su voluntad. Venimos a ser hijos del reino. Participamos de la autoridad de su reino, una autoridad espiritual para edificación, no para enseñorearse de otros; ejercida mediante la predicación del evangelio a todas las naciones (Mt.28:18-20).

Salimos en su nombre para hacer las obras encomendadas a los hijos del reino. Y cuando el Señor regrese nos hallará haciendo su voluntad entrando a formar parte de la manifestación del reino operando desde Jerusalén. Estos son algunos de los fundamentos esenciales del reino.

         Jesús es el Rey del gobierno de Dios al que entramos por fe y obediencia para ser hijos de su reino operando en su autoridad hasta que el venga.

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