102 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoEn los Salmos (XII) – La ciudad de Dios

Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo. Dios está en medio de ella; no será conmovida… Que hace cesar las guerras hasta los fines de la tierra. Que quiebra el arco, corta la lanza, y quema los carros en el fuego. Estad quietos, y conoced que yo soy Dios; seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra (Salmos 46:1-11)

         El justo vive por fe. Esa fe de Dios en el corazón del hombre hace posible la fortaleza divina en medio de la debilidad humana, para ver y alcanzar el día cuando el lucero de la mañana salga en nuestros corazones. La fe de Dios en el corazón del hombre ve el triunfo final del rey a quien ama sin haberle visto, pero conoce su victoria final sobre todos los reinos de la tierra para establecer su reino milenial de justica y paz.

Todo ello tiene como colofón la ciudad de Dios, el lugar de su morada, la habitación celestial. Poner la mirada en las cosas de arriba transforma la realidad presente y temporal. Es el lugar de su trono, y la manifestación postrera de su reino en la tierra. Esa realidad también es poner la mirada en las cosas de arriba, de donde emana su gloria manifestada sobre todos aquellos que le aman y forman parte de su reino en la tierra.

Dios habita en medio de su pueblo. No hay mas necesidad de luz, el Señor es su lumbrera. Aquí tenemos nuevamente la Jerusalén celestial que se complementa con los acontecimientos transformadores en la tierra cuando venga para ser admirado por todos aquellos que le esperan. Una ambivalencia que despliega la diversidad de los planes de Dios en su desarrollo amplio y pleno. Esa ciudad no será conmovida. Es un reino inconmovible (Heb. 12:28). Por tanto, tengamos gratitud y sirvamos a Dios hoy con temor y reverencia.

Han cesado las guerras. Es tiempo de paz. Los enemigos han sido derrotados. La quietud se ha impuesto. La aflicción del mundo ha dado lugar a la paz que sobrepasa todo entendimiento. Es la quietud después de una gran batalla. Las naciones se llenan del conocimiento del Señor como las aguas cubren el mar. Regresamos a la comunión perdida en Edén. La exaltación del único Dios se establece en la tierra y los pueblos.

El Mesías es enaltecido en la tierra. Observa: ¡Es enaltecido en la tierra! No estamos hablando de un cielo etéreo. Es sobre la tierra, una tierra regenerada por la justicia de Dios que la hace tan distinta de la que conocemos ahora. Ese es el reino mesiánico del que venimos hablando en parte y solo en parte, porque en parte conocemos, y en parte profetizamos. La fe en el Hijo de Dios vence al mundo y alcanza el siglo venidero.

         Hay una ciudad preparada, con un rey sentado en su trono, habiendo vencido a quienes han luchado contra ella, para ser habitada para siempre.

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