76 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoLa casa de David (III) – Vio corrupción

Porque a la verdad David, habiendo servido a su propia generación según la voluntad de Dios, durmió, y fue reunido con sus padres, y vio corrupción. Mas aquel a quien Dios levantó no vio corrupción  (Hechos 13:36,37).

         En la figura histórica de David nos encontramos con un tipo del Mesías que abarca distintas esferas de su misión. Todo prototipo que aparece en la Escritura señalando al Mesías contiene aspectos comunes, paralelos, y otros que lo diferencian. La Escritura revela en muchas ocasiones partes de la plenitud que hay en Cristo mediante distintos personajes, lo cual no quiere decir que sean idénticos entre sí, pero nos dan un acercamiento en sombra de aquel que había de venir. Eso en cuanto a la primera venida del Mesías, pero hay una segunda venida que también está tipificada en la persona de David relacionada con el reino mesiánico venidero.

Dicho esto, y para no confundir la exégesis, veamos algunos aspectos más de la figura de David que muestran acercamiento o lejanía de la figura central de toda la Escritura que es el Mesías. Vemos en nuestro texto, que aunque David prefigura y anticipa a uno de sus descendientes que habrá de sentarse en su trono para siempre, sin embargo, lo supera y amplifica por cuanto se trata del Rey de gloria.

David sirvió a su propia generación, según la voluntad de Dios, y durmió. Cumplió su parte del proyecto divino y una vez acabada la obra encomendada fue reunido con sus padres, y vio corrupción. Es decir, su cuerpo de muerte, sometido al pecado de origen, obtuvo el resultado anunciado: la muerte.

Sin embargo, Jesús, el Hijo de Dios, que nació sin relación con el pecado; que fue engendrado por el Espíritu Santo sin intervención humana, una vez acabada la obra que el Padre le encargó, no vio corrupción. Su cuerpo fue puesto en la tumba, pero la muerte no pudo retenerlo (Hch.2:24), por ello resucitó de entre los muertos y volverá para reinar como descendiente de la casa de David.

Jesús es el hijo anunciado cuyo reino no tendrá fin. El apóstol Pedro reconoció esta verdad inamovible ante el pueblo de Israel cuando dijo: Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy. Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción.

         El que es llamado hijo de David en los días de su carne, era Señor de David, a quién éste veía siempre delante de él en su vida de fe y servicio.       Ver los textos: (Lc.18:38,39) (Lc.20:41-44) (Hch.2:25-28).

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