68 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoLos orígenes del reino (XVIII) – El pueblo pide un rey

Y dijo YHVH a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos (1 Samuel 8:7). Luego pidieron rey, y Dios les dio a Saúl hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, por cuarenta años (Hechos 13:21).

         La vida de Samuel como profeta de Dios había sido impecable. Su palabra llegó a todo Israel. La vida ministerial subió de nivel; una nueva atmósfera espiritual comenzó a penetrar en el pueblo de la promesa; sin embargo, todo ello no fue suficiente para que los hijos del profeta anduvieran en los caminos de su padre. Fueron puestos como jueces por Samuel (8:1), pero ser hijo de profeta no nos hace profetas. Como tampoco ser hijos de pastor en una congregación nos hace pastores dinásticos. El ministerio es un llamado de Dios, no una herencia familiar.

Los hijos de Samuel no anduvieron en los caminos de su padre, antes se volvieron tras la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el derecho (8:3). En esas condiciones tomaron la palabra los ancianos del pueblo pidiendo un rey como las demás naciones. Tampoco es garantía de hacer la voluntad de Dios ser anciano del pueblo. No siempre los ancianos toman decisiones correctas.

El hombre de Dios, en medio de esta encrucijada, se vuelve al Señor en oración. Y Samuel oró a YHVH (8:6). Después de oír con desagrado a los ancianos del pueblo pidiendo un rey, Samuel buscó el trono de la gracia. La respuesta del Señor es muy llamativa: «Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan». ¿Cómo? ¡Pero si están haciendo una petición contraria a la voluntad de Dios! El Señor dijo: «no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos».

Dios permitió esta petición en firme de los ancianos del pueblo. Reconoció que habían sido contaminados por la forma de pensar de los reinos vecinos; todos tenían su rey que iba delante de ellos a la guerra, ellos también querían uno, poniendo de manifiesto que no vivían en fe (el justo vive por fe), confiando en el Señor que los sacó de Egipto como su rey; aunque les advirtió de las consecuencias (8:9-18).

Vendrán días cuando la monarquía hará tropezar al pueblo, y sus oraciones no serán oídas a «causa de vuestro rey que os habréis elegido» (8:18). Más adelante, el mismo Samuel ungirá un rey conforme al corazón de Dios, pero ahora los ancianos no quisieron oír la voz del profeta, sino que «nosotros seremos como todas las naciones». Asimilación.

         El primer rey de Israel, Saúl, aunque elegido por Dios, fue pedido por los ancianos del pueblo contra la voluntad de Samuel y el Señor.

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