65 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoLos orígenes del reino (XV) – Una mujer estéril y afligida

Ella [Ana] con amargura de alma oró a YHVH, y lloró abundantemente. E hizo voto, diciendo: YHVH de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a YHVH todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza (1 Samuel 1:10,11)

         Está escrito que lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia (1 Co.1:27,28). Dios escogió a Abraham cuando era uno solo, y éste casi muerto, para bendecirlo, multiplicarlo y hacerlo una bendición para las naciones.

Ahora el Señor escoge a una mujer, Ana, estéril y afligida, amada de su esposo, pero despreciada por su rival (Penina), y la lleva a un punto de máxima angustia para que la oración sea su único refugio; y en esa cárcel de soledad y rechazo, derrama su alma ante el trono de la gracia para encontrar la ayuda oportuna.

De esa esterilidad, angustia y aflicción nacerá una oración tan potente que traspasará los cielos alcanzando el trono de Dios para cambiar el rumbo de la historia de su pueblo, y de todas las naciones, mediante el hijo que nacería y ungiría al futuro rey de Israel, mediante el cual vendrá el Mesías y Deseado de todas las naciones.

Una vez más estamos ante la insondable gracia y Providencia de Dios. Su soberanía para escoger los vasos de barro que Él quiere para llevar adelante su propósito eterno. El ámbito natural y terrenal en una simbiosis misteriosa y oculta con la dimensión sobrenatural y eterna.

El reino de Dios, enseñó el Maestro, es como el grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero después de sembrada, crece, y se hace la mayor de todas las hortalizas, y echa grandes ramas, de tal manera que las aves del cielo pueden morar bajo su sombra.

Ana, la futura madre del profeta Samuel, es la pequeña mujer, que con sus dolores de parto en la oración que elevó al cielo, dio a luz al iniciador de la escuela de los profetas de Israel, quien ungiría a dos reyes. La oración de entrega absoluta de Ana, derramando su alma en plenitud, dando su hijo a Dios, trajo liberación al pueblo y las naciones.

Y al final de su oración de gratitud, una vez que el hijo ha llegado, eleva su cántico (recogido más tarde por la madre del Mesías, aquella joven de la aldea de Belén, donde nacería el heredero del trono de David) profético en una oración sublime que consuela hoy a muchos afligidos.

         El nacimiento del profeta Samuel, que ungiría a David, fue la respuesta de Dios al clamor de una madre estéril, afligida y despreciada por su rival.

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