18 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoLa esperanza del reino venidero (III) – El siervo (3)

Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados (Isaías 53:4,5)

         Los mismos profetas de Israel que hablaron de la venida del rey de los judíos para establecer su reino milenial, −del que hablaremos ampliamente en esta serie−, es el mismo que fue presentado como el siervo del Señor. No hay rey sin siervo. Como tampoco hay siervo sin rey. Ambas figuras aparecen en la misma persona del Mesías de Israel.

El apóstol Pedro lo comprendió cuando escribió: los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos (1 Pedro 1:10,11).

El siervo sufriente es el mismo que ha sido glorificado y aparecerá de nuevo para reinar. Este siervo llevó nuestras enfermedades, nuestros dolores, nuestros pecados, el castigo de nuestra paz, y por su llaga fuimos curados.

Tener la idea de un Mesías triunfante para reinar en Jerusalén y verlo humillado en la cruz del Calvario, despreciado y desechado entre los hombres, derribaba la expectativa judía de un gobernador libertador del yugo romano.

De la misma forma, pero a la inversa, la imagen de un Salvador entregado a la muerte y su poder por el pecado de todos nosotros, aunque glorificado a la diestra del Padre, nos impide verle como rey de los judíos reinando en la ciudad de Jerusalén.

Los velos van en ambas direcciones: judíos y gentiles. Ambos necesitamos revelación. Un mismo Mesías para dos concepciones distintas y complementarias. Para los judíos parecía desvanecerse la esperanza del reino venidero al ver al hijo de David entregado en manos de pecadores, caminando como oveja llevada al matadero sin abrir su boca. Esa imagen no concuerda con la de un rey victorioso sobre sus enemigos. El reinado histórico del hijo de Isaí fue tan espectacular y expansivo que la esperanza de Israel, anunciada por los profetas con profusión, grabó una idea fija sobre el comportamiento del futuro Mesías, hijo de David. Esa «foto fija» fue una piedra de tropiezo para muchos en Israel, por ello es necesaria la revelación de Dios en los corazones de aquellos que anhelan su regreso.

         Cuando fijamos una idea teológica en nuestras mentes de manera dogmática es posible que se vuelva piedra de tropiezo y caída.

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