13 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoLos fundamentos (X) – La autoridad del reino (2)

Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre…  (Marcos 16:15-20)

         Toda la autoridad de Dios está reunida en el nombre de Jesús. De su nombre emana la potencia del reino para que podamos extenderlo bajo su autoridad. Algunos pretenden, −no es nada nuevo−, asaltar la autoridad del reino sin pasar por la puerta. La puerta es el rey, la autoridad del rey, el sometimiento a su señorío. Había los que ejercían en su nombre pero no eran conocidos por él. Hacían obras, incluso obras espectaculares, pero el Señor no los conocía, ¿por qué? porque no habían entrado por la puerta de su reino. Querían el poder del reino sin la autoridad del rey. Otros pretenden los beneficios del reino pero alejados del rey.

Lo hemos visto en algunas ideologías como el comunismo, que ha pretendido traer justicia social a la tierra, erradicar la pobreza y anunciar un reino de paz y bienestar que ha hundido a naciones enteras en la miseria y la tiranía.

Otros, mediante filosofías y mecanismos de autoayuda pretenden hacer valer los principios del reino de Dios pero negando al Señor del reino. Ese ha sido desde el principio el intento de la rebelión de Lucifer.

Pero el reino de Dios contiene la soberanía del propio Dios, establecida mediante su voluntad expresada en su palabra. Jesús es el Verbo de Dios. Y en ese nombre está reunida toda la autoridad del Padre. Él la recibió porque vivió sujeto al Padre. Solo hacía lo que veía hacer al Padre. Y por ese sometimiento obtuvo el nombre que es sobre todo nombre. El nombre al que están sujetos todo dominio, autoridad y principados, triunfando sobre ellos en la cruz del Calvario.

Ahora, en su nombre podemos, bajo los mismos parámetros, salir a predicar y echar fuera demonios. Algunos quisieron hacerlo en nombre de Jesús, el que predica Pablo, y fueron expuestos en su fraude. No estaban sujetos a la autoridad pero querían ejercerla creyendo que podían burlar las leyes del reino (Hch. 19:13-17).

Dios no se responsabiliza de las consecuencias por la transgresión de su autoridad. Los hijos de Esceva fueron expuestos y avergonzados. El Señor confirma su palabra con señales y prodigios, pero nunca la rebelión (como la de Coré) que pretende los beneficios del reino sin vivir bajo la autoridad del rey. El Maestro enseñó a los suyos una y otra vez: Si permanecéis en mis palabras… Jesús oró por los que habían recibido su palabra, no por el mundo (Jn. 17:6-9,20).

         La autoridad del nombre de Jesús emana del sometimiento al señorío de Cristo, que nos hace discípulos para anunciar el reino en su nombre.

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