170 – EL HOMBRE CONDENADO

El hombre condenadoLos impíos (XXIX) – Falsos maestros (3)                                                

Pero estos, hablando mal de cosas que no entienden, como animales irracionales, nacidos para presa y destrucción, perecerán en su propia perdición, recibiendo el galardón de su injusticia, ya que tienen por delicia el gozar de deleites cada día. Esto son inmundicias y manchas, quienes aún mientras comen con vosotros, se recrean en sus errores (2 Pedro 2:12,13)

         El lenguaje del apóstol Pedro en su carta sobre los falsos maestros es de alto voltaje. Gran parte de nuestra falsa sensibilidad actual nos hace inútiles para asimilar correctamente la importancia que tiene la falsedad de estos hombres que habitan y se congregan entre nosotros.

Algunos levantan sus propias iglesias, incluso pequeños imperios alrededor de su personalidad cautivadora, arrastrando a multitudes al error. El peor error de todos es aquel que nos convence de estar en lo cierto. Lo nocivo de estas personas está, no en que se pierdan ellos, sino en las multitudes que arrastran a la perdición. El juicio del Señor sobre ellos es dramático.

Pero estos falsos maestros se deleitan en vivir bien usando mal la doctrina de la piedad, creyendo que la piedad es motivo de ganancia deshonesta. No entienden lo que hablan pero lo hacen como si fuera la última revelación, la más impactante y atrevida. La osadía que manifiestan seduce a los ingenuos, confunde a los de limpio corazón y paraliza a quienes no quieren frenar lo que ellos llaman «la obra de Dios».

De Simón el mago también decían que manifestaba el gran poder de Dios. Esas manifestaciones habían hechizado a las multitudes, hasta que llegó Felipe con el evangelio libertador. Muchos falsos maestros están interesados en vivir en deleites cada día. Su dios es su vientre, solo piensan en lo terrenal. Predican el goce terrenal como si fuera la meta más elevada del hombre. Anuncian felicidad como si fuera El Dorado. Han orientado las mentes hacia una sabiduría terrenal, animal y diabólica (Stg.3:15,16).

Hay otros que con una vida austera, anacoreta, de ermitaño, pueden engañar de la misma forma. Su deleite no son las cosas materiales sino una mente inflada de disciplina corporal que emana de la misma fuente de engaño, soberbia y falsedad.

Somos seres tripartitos, el Señor suple todas nuestras necesidades, las ha creado para que las disfrutemos, pero nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde esperamos al Salvador (Fil.3:20,21). Esperamos la ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios (Heb.11:10) y no los sistemas religiosos, políticos o económicos.

         La falsedad es muy atractiva al hombre natural y carnal, tiene  un mensaje deleitoso que seduce y subyuga pero culmina en perdición eterna.

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