16 – UNIDOS CON EL MESÍAS: Una esperanza viva

Unidos con el Mesías (2)Textos claves: (Col.1:27) (Is.60:1,2)

UNIDOS CON YESHÚA

Nuestra unión con Cristo es la unión con el poder de su resurrección. La justicia de Cristo se nos ha imputado a los que creemos en aquel que se levantó de los muertos y ahora podemos conocerle, experimentar el poder de su resurrección, participar de sus padecimientos, identificarnos con su muerte, y llegar a la esperanza gloriosa de su resurrección. “Y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte,  si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos” (Fil.3:9-11).

El mismo poder de resurrección que levantó a Jesús de los muertos y le sentó a la diestra de Dios en “los lugares celestiales”, es el que está operando en el creyente hoy. “Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales” (Ef.1:18-20).

En el ámbito espiritual, nosotros también hemos sido levantados con Cristo. Además, un día, ese mismo poder de resurrección, que habita en nosotros, transformará el cuerpo de humillación en conformidad al cuerpo de su gloria. “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil.3:20-21); y entraremos en la plenitud.

RESULTADOS DE ESA UNIÓN

Tenemos una esperanza de gloria.

“A quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Col.1:27). Esa esperanza está ligada a Jesús. Nuestra esperanza es Jesús mismo. Nuestro presente y futuro dependen sólo de él. Estamos unidos a una esperanza de gloria por toda la eternidad.

1.- Una esperanza de ciudadanía (patria o comunidad) celestial. “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” (Fil.3:20). “El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1 Co.15:47-49). Somos peregrinos en esta tierra. “Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma” (1 P.2:11). “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios… Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad” (Heb.11:8-10,13-16).

2.- Es una esperanza viva. “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos” (1P.1:3). Esa esperanza está unida a una persona viva. Nuestra esperanza nunca morirá, puesto que es el mismo Cristo en nosotros la esperanza de gloria.

3.- Es una esperanza de gloria eterna. “Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca” (1P.5:10).

4.- Es una esperanza de semejanza a Cristo. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn.3:1-3). “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Ro.8:29). “El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1 Co.15:47-49).

Esa semejanza se inicia en el nuevo nacimiento y llegará hasta el día de la manifestaci6n de Jesús en gloria. “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2Co.3:18). “Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil.1:6). “Y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Col.3:10).

5.- Es una esperanza de transformación o resurrección. “Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras” (1Ts.4:13-18). De transformación para los creyentes que vivan en este mundo a la llegada del Señor; y de resurrección para todos los muertos en Cristo. “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Co.15:22).

6.- Es una esperanza de plenitud. “Y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios… hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef.3:19 y 4:13).

El hombre nuevo y renacido va desarrollándose y creciendo hasta desembocar en la plenitud de Cristo. Es como los ríos que van a parar a la inmensidad del océano. Todos los enemigos serán sometidos a Cristo; entonces él mismo se someterá al Padre, para que Dios sea todo en todos. “Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte. Porque todas las cosas las sujetó debajo de sus pies. Y cuando dice que todas las cosas han sido sujetadas a él, claramente se exceptúa aquel que sujetó a él todas las cosas. Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos” (1 Co.15:23-28).

Este es el verdadero sentido de la vida. La verdadera esperanza que debe motivarnos, animarnos e impulsarnos hacia una vida de consagración y fusión plena en Cristo. Porque es imposible que Dios mienta, por eso: “… Seamos grandemente animados los que hemos huido para refugiarnos, echando mano de la esperanza puesta delante de nosotros, la cual tenemos como anda del alma, una esperanza segura y firme…” (Heb.6:18-20).

CONSECUENCIAS

En Cristo hemos sido unidos a una esperanza de gloria eterna. Una esperanza que debe hacernos levantar para resplandecer en medio de los tiempos en que vivimos. “Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de YHVH ha nacido sobre ti.  Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones; mas sobre ti amanecerá YHVH, y sobre ti será vista su gloria” (Isaías, 60:1-2).

15 – UNIDOS CON EL MESÍAS: Una verdadera vida de libertad

Unidos con el Mesías (2)Textos claves: (Gá.2:3-5  y  5:1,13) (Jn.8:31-32) (Is.60:1,2)

UNIDOS CON YESHÚA

Nuestra unión con Cristo tiene que ver con la asimilación de su palabra. No hay separación entre Jesús y su palabra. Él es el Verbo (la palabra) hecho carne; la sabiduría expresada en obras. Él dijo: “Si alguno me ama, guardará mi palabra” (Jn.14:23). Nuestra unión con Jesús es la unión con el Espíritu de la palabra; no con la letra muerta, o el dogma seco; si no con el Espíritu que da vida y la palabra que nos vivifica. “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida… Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn.6:63,68). “El cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica”  (2 Co.3:6). En esa palabra vivificada debemos permanecer, y conoceremos la verdad, y la verdad nos hará libres. “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn.8:31-32)

RESULTADOS DE ESA UNIÓN

Somos hechos libres.

“Y esto a pesar de los falsos hermanos introducidos a escondidas, que entraban para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud… Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud… Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros” (Gá.2:4; 5:1,13).

La libertad no es una meta para el cristiano; la libertad es un estado de posición en Cristo. El nuevo hombre ha sido hecho libre; ha nacido en libertad y para la libertad. Veamos algunas otras verdades que se derivan de este hecho.

1.- Libres de religiosidad. “Mas ni aun Tito, que estaba conmigo, con todo y ser griego, fue obligado a circuncidarse; y esto a pesar de los falsos hermanos introducidos a escondidas, que entraban para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud, a los cuales ni por un momento accedimos a someternos, para que la verdad del evangelio permaneciese con vosotros” (Gá.2:3-5).

2.- Podemos ser engañados y vivir en esclavitud religiosa, aunque seamos libres. Hay que mantenerse firmes. “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud” (Gá.5:1). Los gálatas habían sido llamados a vivir en la libertad de Jesús y sin embargo cayeron en el yugo de regresar a las obras de la ley y un sistema religioso para alcanzar la salvación. Esa misma esclavitud pretende siempre atar al cristiano libre en Cristo, por ello es necesario mantenerse firme en la libertad y no someterse a la esclavitud de la religiosidad.

3.- La libertad puede usarse mal y confundirla con deseos carnales. “Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros” (Gá.5:13). A pesar de posibles malos ejemplos, la verdad de nuestra libertad en Cristo no cambia.

4.- Tenemos libertad para acceder a Dios en plena confianza. “En Cristo Jesús nuestro Señor, en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él” (Ef.3:12). “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (Hebreos, 10:19-22). “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos, 4:16). Podemos disfrutar de comunión íntima con el Señor. Recuerda, somos un espíritu con él.

5.- Libres del dominio de las tinieblas. “El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Col.1:13).

6.- Liberados de la ira venidera. “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Jn.3:36). “Porque ellos mismos cuentan de nosotros la manera en que nos recibisteis, y cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera” (1 Ts.1:9,10).

7.- Liberados del temor a la muerte “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Heb.2:14,15).  Y librados de cualquier otro temor. “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti.1:7).

8.- Libertad de casarnos con quién queramos en el Señor. “La mujer casada está ligada por la ley mientras su marido vive; pero si su marido muriere, libre es para casarse con quien quiera, con tal que sea en el Señor” (1 Co.7:39). Dios nos da libertad para escoger nuestra pareja con la condición de no unirnos en yugo desigual con los incrédulos, (2 Corintios, 6:14-17), sino escoger sabiamente, según los principios del Reino, con la base esencial de que sea “en el Señor”. Todo lo que hacemos lo hacemos unidos a Cristo y esa unión tiene también repercusión al unirnos en matrimonio.

Hay muchas otras áreas que podríamos mencionar, pero el Espíritu Santo nos va llevando día a día a los diversos campos de libertad, y al buen uso de ella. Por el conocimiento de la verdad vamos extendiéndonos en la amplitud de movimientos que Dios nos ha dado para movernos en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.  “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará” (Juan, 8:32).

CONSECUENCIAS

Nuestra unión con Cristo es la unión con una vida de libertad en el Espíritu Santo. Por eso, podemos levantarnos y resplandecer en libertad sobre la religiosidad, los engaños, el dominio de las tinieblas, y el temor de la muerte (Is.60:1,2). Podemos acercarnos a Dios con confianza, habiendo escapado de la ira venidera.

14 – UNIDOS CON EL MESÍAS: Una fuente continua de revelación y vida

Unidos con el Mesías (2)Textos claves: (Fil.3:7-1O) (Col.2:1-3) (Is.60:1,2)

UNIDOS CON YESHÚA

Nuestra unión con Cristo es tan real que él habla y se expresa a través de los suyos. «Pues buscáis una prueba de que habla Cristo en mí, el cual no es débil para con vosotros, sino que es poderoso en vosotros» (2 Co.13:3). Esto que parecería una exageración, es, sin embargo, lo normal de una fusión como la que el creyente vive con Cristo. «El que se une al Señor es un espíritu con él» (1 Co.6:17). «El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo» (1 Jn.2:6). Los gálatas lo entendieron así cuando les fue predicado el evangelio por el ap6stol Pablo. «Me recibisteis como un ángel de Dios, como a Cristo Jesús mismo» (Gá.4:14).

RESULTADOS DE ESA UNIÓN

Desde que el hombre perdió la comunión con el Creador por el pecado se han hecho toda clase de intentos para regresar a Dios, conocerle, saber dónde está. Sin embargo, «a Dios nadie le ha visto, el Unigénito Dios, que está en el seno del Padre, El le ha dado a conocer» (Jn.1:18). Necesitamos, por tanto, identificar al Cristo, el Mesías; y para ello es preciso recibir revelación. Dios se revela a sí mismo a través de Jesús. «Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo» (2Co.4:6). ¿Cómo viene esa revelación?

  • Por el llamamiento soberano de Dios.
  • Por su gracia. «Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo… Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre» (Gá.1:11, 12, 15,16). «Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado» (Ef.1:4-6).

Un ejemplo de revelación de la persona de Jesús lo encontramos en la vida del apóstol Pedro. «Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mateo, 16:15-17).

Estamos unidos a Cristo por obra de Dios. «Mas por él (Dios) estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención» (1 Co.1:30); y de esa unión brota una fuente continua de revelación.

Fuente de agua de vidaA. Una fuente continúa de revelación y vida.

En Cristo encontramos la perla de gran precio, y a partir de ahí una vida más excelente. «Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte» (Fil.3:7-10). «Porque quiero que sepáis cuán gran lucha sostengo por vosotros, y por los que están en Laodicea, y por todos los que nunca han visto mi rostro; para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col.2:1-3).

De esta verdad se derivan otras, veamos algunas.

1. Un mejor conocimiento de Cristo libera su potencial en nosotros. 

«Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él» (Ef.1:17). «Para que la participación de tu fe sea eficaz en el conocimiento de todo el bien que está en vosotros por Cristo Jesús» (Filemón, 6).

2.  Conocemos su voluntad para nuestras vidas.

«No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Ro.12:2). «… Dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo…» (Ef.1:9)

3. Encontramos el sentido de la vida.

«Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor» (Ef.5:15-17).

4. Revelación del misterio de Cristo: la eklessia: su cuerpo.

«Por esta causa yo Pablo, prisionero de Cristo Jesús por vosotros los gentiles; si es que habéis oído de la administración de la gracia de Dios que me fue dada para con vosotros; que por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio» (Ef.3:1-6). «Esto te escribo, aunque tengo la esperanza de ir pronto a verte, para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad» (1 Ti.3:14,15); y su misión en el mundo. «Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales» (Ef.3:10). «Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia» (1P.2:9,10).

5. El conocimiento del verdadero Dios y la vida eterna.

«Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna» (1 Jn.5:20). Cristo en nosotros es una fuente continua de revelación y plenitud de vida.

CONSECUENCIAS

Nuestra unión con Cristo nos trae revelación y conocimiento de todo lo necesario y nos hace levantar por encima del engaño y la mentira que nos rodea (Is.60:1,2). Podemos levantarnos  en una vida confiada porque el que vive en nosotros es mayor que el que está en el mundo. «Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo» (1 Jn.4:4).

13 – UNIDOS CON EL MESÍAS: Aceptados por Dios

Unidos con el Mesías (2)Textos claves: (Jn.3:16) (Ef.1:6) (Is.60:1)

UNIDOS CON YESHÚA

Nuestra unión con Cristo nos habla de amor y aceptación. Jamás podríamos haber experimentado está fusión profunda con la Divinidad sino hubiéramos sido amados y aceptados en Él. «Porque de tal manera amó Dios al mundo (la totalidad de seres humanos), que dio a su Hijo Unigénito, para que todo aquel (en particular y personal) que cree en él, no se pierda (en el vacío, el anonimato y el sin-sentido de este mundo), mas tenga vida eterna» (en unión con el autor de la vida). La verdad y realidad de Cristo en nosotros nos habla de aceptación.

RESULTADOS DE ESA UNIÓN

Hemos sido aceptados por Dios.

«Para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado» (Ef.1:6)

Dios nos ha aceptado sólo por gracia; sin condiciones previas. Cuando nos volvemos a él, a través de Jesús, nos recibe sin preguntar de dónde venimos, qué hemos hecho, o por qué hemos tardado tanto. Antes de decir ni una sola palabra, el Padre: nos ve venir. Su corazón se mueve a compasión y misericordia. Sus pies corren hacia nosotros. Sus brazos nos envuelven. Su boca nos besa una y otra vez. «Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó» (Lc.15:20).

Venimos cargados de sentimientos de culpabilidad y condenación. «Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno…» (Lc.15:21). Pero las primeras palabras del Padre son de plena aceptación. Él nos recibe y nos introduce a la abundancia y dignidad de su casa. «Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse» (Lc.15:22-24).

Esta es una figura maravillosa de que hemos sido aceptados y amados por Dios, sin condiciones; sólo por gracia. Esta verdad, recibida en nuestro espíritu, nos conduce a otras verdades liberadoras.

  • Debemos aceptarnos a nosotros mismos. Debemos hacerlo desde la perspectiva de hombres nuevos en Cristo. «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» (Ro.8:1). «Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos» (Marcos, 12:30-31).
  • Debemos aceptar a los demás y amarlos sin condiciones, sólo por gracia. «Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios… Os recomiendo además nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea; que la recibáis en el Señor, como es digno de los santos, y que la ayudéis en cualquier cosa en que necesite de vosotros; porque ella ha ayudado a muchos, y a mí mismo» (Ro.15:7 y 16:1,2).

La misma base sobre la que hemos sido aceptados y perdonados. «Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas» (Mr.11:25,26).

Aquí es donde tenemos verdaderos problemas. Observa la actitud del hermano mayor del hijo pródigo. «Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano. Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado» (Lc.15:25-32).

Ser aceptados por Dios en la misma familia no tiene que ver con condiciones doctrinales, o con ciertas formas de personalidad, condición social o ausencia de manías. Sólo tiene que ver con la gracia de Dios. «Recibidle, pues, en el Señor, con todo gozo, y tened en estima a los que son como él» (Fil.2:29). «Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros» (1 Ts.5:12,13).

Si hemos recibido y experimentado su gracia, entonces nos resultará normal aceptarnos a nosotros mismos y también a los demás.

CONSECUENCIAS

Nuestra unión con Cristo es una garantía de haber sido aceptados por Dios; por tanto, podemos levantarnos en una vida libre de complejos, condenación y culpabilidad (Is.60:1). Hemos sido redimidos. «Yo YHVH vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto, para que no fueseis sus siervos, y rompí las coyundas de vuestro yugo, y os he hecho andar con el rostro erguido» (Lv.26:13).

12 – UNIDOS CON EL MESÍAS: Capacitados para buenas obras

Unidos con el Mesías (2)Textos claves: (Jn.14:12) (Gá. 2:2O) (Is.60:1)

UNIDOS CON YESHÚA

Nuestra unión con Cristo nos lleva a la cruz. Allí vivimos un intercambio. Cristo crucificado por nosotros; nosotros crucificados para él. Cristo muerto por nosotros; nosotros muertos (nuestro ego) con Cristo para vivir siempre unidos a él. «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gá.2:20).

La unión con Cristo en la cruz nos lleva inexorablemente a la unión con su resurrección en novedad de vida. «Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva» (Ro.6:4). Esta vida es Cristo en mí. Es la vida de fe en el Hijo de Dios. «Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios» (Gá.2:20).

Por estar unidos con Cristo hemos crucificado la carne con sus pasiones y deseos, es decir, la carne ha perdido la eficacia de su reclamo sobre nuestros deseos. «Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos» (Gá.5:24). Y lo mismo ha ocurrido con el atractivo de este mundo «debajo del sol». En la identificación con la crucifixión de Cristo, el mundo de los sentidos pierde su eficacia manipuladora sobre el hombre nuevo que ha sido conectado con el reino de Dios en una dimensión de vida que va «más allá del sol». Como está escrito: «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo» (Gá.6:14). Sin embargo, de la unión con Cristo surgen resultados evidentes en la vida diaria y en la sociedad en que vivimos.

RESULTADOS DE ESA UNIONUnidos con el Mesías

  1. Hacemos las obras de Jesús. «De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre» (Jn.14:12). Jesús vivió una vida intensa y llena de obras prácticas en esta tierra. El no ha terminado, sigue obrando hoy, en este mundo, a través de los hijos del reino. Las obras son una consecuencia natural en Cristo.

Dios las ha preparado. «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef.2:10).

Somos equipados para ello. «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Ti.3:17).

Dios obra en nosotros lo que es agradable. «Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (Heb.13:20-21).  «Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Fil.2:13).

Somos hechos competentes y eficaces. «(Pues el que actuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión, actuó también en mí para con los gentiles)» (Gá2:8). «Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica» (2 Co.3:4-6).

No trabajamos en vano. «Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano» (1 Co.15:58).

Somos imitadores de Dios en obras. «Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados» (Ef.5:1). «Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; Porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo» (1 Pedro, 1:14-16).

Como resumen podemos decir que estas obras son un resultado normal en la vida de aquel que ha nacido de nuevo, que ha sido justificado y santificado por la sangre del Nuevo Pacto. No son obras para ganar el favor de Dios y satisfacer su justicia, puesto que la única obra perfecta y acabada que Dios reconoce es la obra redentora de su Hijo Jesucristo en la cruz del Calvario para perdonar y justificar al que es la de Jesús; que ha desestimado su propio esfuerzo como algo digno de recompensa, y  se acoge a los méritos del Mesías como base de su acercamiento y aceptación por gracia. Sin embargo, vivirá una vida llena de buenas obras que agradan al Padre como hijos amados. Veamos algunos ejemplos de estas obras.

  • Llevar a los pueblos a la obediencia de la fe. «Y por quien recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe en todas las naciones por amor de su nombre… Porque no osaría hablar sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí para la obediencia de los gentiles, con la palabra y con las obras» (Ro.1:5 y 15:18) ¿Cómo se lleva a los pueblos a la obediencia de la fe? Por la predicación del evangelio y las obras de fe y poder, en señales y prodigios. «Porque no osaría hablar sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí para la obediencia de los gentiles, con la palabra y con las obras, con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios; de manera que desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo» (Ro.15:18,19) Recuerda: La obediencia trae vida y bendición a un país; la desobediencia muerte, maldición y desolación (Dt.28) (Dt.30:19).
  • La restauración del hombre completo, esa es la obra en el Señor. «¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor? Si para otros no soy apóstol, para vosotros ciertamente lo soy; porque el sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor» (1 Co.9:1,2) «A quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre; para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí» (Col.1:28,29).
  • La reconciliación del hombre con Dios. «Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios» (2 Co.5:18-20). Luego viene la reconciliación de todas las cosas. «Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro (Col.1:19-23).
  • Todas las ramificaciones de la vida en sociedad. (Familiar, laboral, estudiantil, etc…). «Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él… Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís»  (Col.3:17,23). «Teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo» (1 P.3:16).

La vida con Cristo nos lleva a un servicio fructífero en obras que hace de la iglesia una bendición (sal y luz) para el mundo. Y esto, a su vez, glorifica a nuestro Padre. «En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos» (Jn.15:8).

Y por último, las obras que hacemos en Cristo, basadas en nuestra unión con él, tienen recompensa aquí y en la eternidad. «Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna» (Mr.10:29, 30). «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego» (1Co.3:11-15).

CONSECUENCIAS

Nuestra unión con Cristo nos lleva a una vida fértil en obras. Por ello, es necesario y posible levantarnos y resplandecer en todas las esferas de la vida en sociedad (Is.60:1,2).

11 – UNIDOS CON EL MESÍAS: Hemos recibido autoridad, victoria y triunfo

Unidos con el Mesías (2)Textos claves: (Ef.1:20-23) (Ro.8:37-39) (Is.60:1,2)

UNIDOS CON YESHÚA

La unión que tenemos con Cristo es tan real que las decisiones que tomamos las hacernos en su presencia. En 2 Co.2:10 Pablo toma la decisión de perdonar al hombre que había sido apartado de la iglesia por inmoralidad; y esa decisión, dice él, la ha tomado «en presencia de Cristo». «Y al que vosotros perdonáis, yo también; porque también yo lo que he perdonado, si algo he perdonado, por vosotros lo he hecho en presencia de Cristo». Comparar con 1 Co.5:1-13.

Pablo actúa aquí en base a su unidad espiritual con Cristo, «siendo un espíritu con él» (1Co.6:17) . Primero para juzgar la acción, y más tarde para perdonar. Y todo ello con el fin de que el diablo no saque ventaja de la situación, «para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones» (2 Co.2:11); y por otro lado, para que la persona (ya arrepentida) no sea consumida por la tristeza. «Le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos; así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza. Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él» (2 Co.2:6-8). Este es un ejemplo claro de autoridad espiritual que surge de la unión con Jesús.

RESULTADOS DE ESA UNION

1.- Hemos recibido autoridad espiritual.

«Y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo» (Ef.1:20-23).

Es una autoridad espiritual para actuar en el mundo espiritual, con resultados prácticos en las circunstancias. Al ser unidos a Cristo, la cabeza, hemos sido unidos al que está por encima de todo principado, autoridad, poder, dominio; y por encima de todo nombre que se nombra. Estamos juntos con él en lugares celestiales de autoridad. «Y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús» (Ef. 2:6).  Por eso, Jesús les dijo a sus discípulos: «Todo lo que atéis (prohibáis) en la tierra, será atado (prohibido) en el cielo, y todo lo que desatéis (permitáis) en la tierra, será desatado (permitido) en el cielo» (Mateo, 18:18).

Pablo lo hizo en Corinto. Prohibió (juzgó) la inmoralidad en un acto de autoridad espiritual. «En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo, el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús… Porque a los que están fuera, Dios juzgará. Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros» (1 Co.5:4,5,13). Luego la situación cambió y desató (permitió) el perdón y la restauración de la persona. «Le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos; así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza. Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él. Porque también para este fin os escribí, para tener la prueba de si vosotros sois obedientes en todo. Y al que vosotros perdonáis, yo también; porque también yo lo que he perdonado, si algo he perdonado, por vosotros lo he hecho en presencia de Cristo,  para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones» (2 Co.2:6-11).

Todo este suceso fue seguido y ratificado en el cielo. De esa forma se impidió al diablo sacar provecho y perturbar a la iglesia en Corinto.

2.- Somos hechos más que vencedores.

«Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Ro.8:37-39).

De nuestra unión con Cristo brota una vida victoriosa plena, que nos mantiene unidos a él, en medio de cualquier adversidad.  Somos más que vencedores en tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro, espada, la muerte, la vida, ángeles, principados, lo presente, lo por venir, los poderes espirituales, lo alto, lo profundo, todas las cosas creadas. Nada de todo ello nos puede apartar de nuestra fusión con Cristo. Somos indisolubles, inseparables. Su victoria es la nuestra; su triunfo el nuestro. «Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano» (1 Co.15:57,58). «Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento» (2 Co.2:14). «Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.» (Col.2:15).

Jesús triunfo sobre las potestades de las tinieblas en la cruz del Calvario y nosotros hemos sido unidos con él en la cruz, en la muerte, la resurrección y la exaltación, por tanto, somos coparticipes de su triunfo y victoria para vivir lejos del dominio de Satanás.

Somos más que vencedores de la influencia de falsos profetas y el espíritu anticristo.

«Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo. Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo» (1 Jn.4:1-4).

Somos más que vencedores sobre los esquemas y estructuras de este mundo.

«Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn.5:4,5). Algunos de estos esquemas y estructuras que nos rodean son: Humanismo, materialismo, consumismo, religiosidad, paganismo, autosuficiencia, indolencia, conformismo, desilusión, desánimo, pasividad (apatía), difamación, negativismo, inmoralidad, temor…

CONSECUENCIAS

Porque hemos sido unidos a Cristo podemos levantarnos en autoridad espiritual y en una vida victoriosa y triunfante. «Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de YHVH ha nacido sobre ti. Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones; mas sobre ti amanecerá YHVH, y sobre ti será vista su gloria» (Is.60:1-2).

El levantamiento de Jesús sobre todos los poderes de las tinieblas nos ha atraído a él para poder levantarnos juntamente con él. «Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo» (Juan, 12:31-32).

10 – UNIDOS CON EL MESÍAS: Partícipes del sufrimiento y la consolación

Unidos con el Mesías (2)Textos claves: (2 Co.1:5-11) (Is.60:1,2)

UNIDOS CON YESHÚA

Nuestra unión espiritual con Cristo tiene también expresiones contundentes en nuestro cuerpo mortal. Nuestra fusión con Cristo puede desembocar en cualquier momento en muerte física. «Constantemente estamos entregados a muerte por causa de Jesús» (2 Co.4:10-11). De la misma forma, en cualquier momento, puede haber en nosotros, a través de nuestros cuerpos, una manifestación palpable de la vida de Jesús. «Llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal» (2 Co.4:10-11). «Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros» (Ro.8:11). «Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento. Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a estos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquellos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?» (2 Co.2:14-16).

Esta ambivalencia (que presenta dos sentidos distintos) es completamente normal en los resultados de nuestra unión con Cristo.

RESULTADOS DE ESA UNION

1.- Sufrimientos y consuelo.

«Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación. Pero si somos atribulados, es para vuestra consolación y salvación; o si somos consolados, es para vuestra consolación y salvación, la cual se opera en el sufrir las mismas aflicciones que nosotros también padecemos. Y nuestra esperanza respecto de vosotros es firme, pues sabemos que así como sois compañeros en las aflicciones, también lo sois en la consolación. Porque hermanos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia; pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida. Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos; el cual nos libró, y nos libra, y en quien esperamos que aún nos librará, de tan gran muerte» (2 Co.1:5-10).

Aflicción y consuelo van juntos. No se puede separar la gloria de estar con Jesús de sus padecimientos y sufrimientos. Pertenecen a la misma vida del hombre nuevo. En Cristo vivimos dos caras de una misma moneda. Veamos algunos ejemplos en las Escrituras.

  • Padecimientos y gloria. «Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados» (Ro.8:17).
  • La cruz es gloria y persecución. «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo». «Todos los que quieren agradar en la carne, éstos os obligan a que os circuncidéis, solamente para no padecer persecución a causa de la cruz de Cristo» (Gá.6:14,12).
  • Creer en él y sufrir por él. «Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él, teniendo el mismo conflicto que habéis visto en mí, y ahora oís que hay en mí» (Fil.1:29-30)
  • Vida piadosa y persecución. «Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución» (2 Ti.3:12).
  • Oprobio y recompensa. «Teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón» (Heb.11:26).
  • Buen soldado y penalidades. «Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo» (2 Ti.2:3).
  • Padecimientos (fuego de pruebas) y regocijo en gloria. «Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría. Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros. Ciertamente, de parte de ellos, él es blasfemado, pero por vosotros es glorificado» (1P.4:12-14). Esta es una verdad y experiencia básica de nuestra unión con Jesús. Así fue para él, y así será para nosotros. «Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos» (1 P.1:10-11).

2.- Firmeza y fortaleza.

Tanto en los sufrimientos como en las glorias de ser de Cristo se necesitan firmeza y fortaleza de carácter para permanecer en nuestra justa posición. Ambas, firmeza y fortaleza, brotan de Cristo en nosotros.

  • Firmeza. «Así que, hermanos míos amados y deseados, gozo y corona mía, estad así firmes en el Señor, amados» (Fil.4:1). «Porque aunque estoy ausente en cuerpo, no obstante en espíritu estoy con vosotros, gozándome y mirando vuestro buen orden y la firmeza de vuestra fe en Cristo. Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias» (Col.2:5-7). «Porque ahora vivimos, si vosotros estáis firmes en el Señor… para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos» (1 Tes..3:8,13). Decidimos estar firmes en él como un acto de nuestra voluntad, y su gracia viene a nuestro encuentro con la capacidad.
  • Fortaleza. «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil.4:13). «Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza» (Ef.6:l0). «Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león» (2 Ti.4:17).

Nosotros decidimos permanecer firmes, y así activamos la fortaleza necesaria que Cristo nos suministra de su propia naturaleza. Un ejemplo de ello lo tenemos en la ministración de nuestro servicio a Dios con los dones. Es un acto de nuestra voluntad usar los dones que Dios nos ha dado, un acto de obediencia; y Dios confirma su fortaleza en nosotros para poder hacerlo adecuadamente. «Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén» (1 Pedro, 4:10-11). «Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios. Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían. Amén» (Marcos, 16:19-20). «¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad» (Hebreos, 2:3-4).

CONSECUENCIAS

En Cristo, podemos mantenernos firmes en medio de los tiempos de sufrimiento, por el consuelo y la fortaleza que brotan de la misma vida: Cristo en nosotros. Por tanto, podemos levantarnos y resplandecer en cualquier circunstancia (Is. 60:1,2).

Sabemos que la vida de Dios en nosotros no se paraliza en los padecimientos, sino que se mantiene bombeando fortaleza para poder resistir. «No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar» (1 Co.10:13).

9 – UNIDOS CON EL MESÍAS: La inmensidad del Espíritu

Unidos con el Mesías (2)Textos claves: (2 Co.1:21-22) (Is.60:1)

Participantes de la inmensidad de LA VIDA EN EL ESPÍRITU

UNIDOS CON YESHÚA

Nuestra unión con Cristo es la unión con la divinidad. Toda la plenitud de la deidad reside corporalmente en Cristo, y él habita en nosotros (Col.2:9). Hemos sido sepultados y resucitados con él (Col.2:12), por ello, sabemos que todos los pecados nos han sido perdonados; el documento de deuda ha sido cancelado (Col.2:14); para levantarnos en una vida triunfante sobre todo poder y autoridad (Col.2:15). «Sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos. Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (Colosenses, 2:12-15).

La unión con Cristo es tan fuerte que estamos escondidos con él en Dios. «Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col.3:3). Por eso, toda manifestación de Cristo es también nuestra propia manifestación. Somos inseparables. «Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria» (Col.3:4). Recuerda, hemos sido unidos a la divinidad; lo divino y sobrenatural ha venido a ser lo natural en nosotros.

RESULTADOS DE ESA UNIÓN

1.- Recibimos el Espíritu Santo y la unción. 

Desde hace tiempo se ha puesto de «moda» en la iglesia hablar de la unción, recibir la unción y fluir bajo la unción de Dios. Esa terminología nos ha llevado a pensar que recibir la unción es algo especial para cierto tipo de hombres especiales; sin embargo, las Escrituras nos muestran claramente que todos los nacidos de nuevo hemos recibido el Espíritu Santo y la unción de Dios en nuestras vidas. No es nada excepcional vivir la vida cristiana bajo la unción del Santo, si no todo lo contrario, es la cosa más normal en la vida de los renacidos. Le hemos dado una dimensión que no tiene y hemos convertido a los llamados «ungidos» en una especie de «súper-hombres» alejados de la realidad cotidiana. Ciertamente algunos se han encargado de que eso sea así, y han magnificado desproporcionadamente esta verdad para impresionar a las masas y dejarlas boquiabiertas ante la manifestación de dones espirituales y obras de poder como milagros y señales. Sí, hay hombres capacitados especialmente por Dios para cumplir una tarea particular y ser líderes de la iglesia, pero eso no los coloca en una posición de supremacía y soberanía, sino en una posición de liderazgo para edificar la iglesia de Dios y no para levantar una plataforma para sí mismos. Cada creyente ha recibido una medida del don de Cristo y la capacitación para realizar las obras preparadas de antemano por Dios. Por tanto, no hagamos ídolos de los llamados «ungidos de Dios», si no demos gracias al Señor por esos dones dados a la iglesia y establezcamos nuestra fe sobre la Roca firme de su palabra y la persona gloriosa de Jesucristo como piedra angular.

Dios nos ha dado lo que había prometido a Abraham, «para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu» (Gá.3:14); y que Jesús ratificó a sus discípulos: la promesa del Espíritu Santo. «Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, más vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días… Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís»  (Hch.1:4,5; 2:33). Es el sello de propiedad de Dios. La garantía de nuestra herencia. «En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria» (Ef.1:13,14).

El Espíritu Santo nos confirma el hecho de que somos propiedad de Dios; ungiéndonos para vivir en conformidad a nuestra nueva posición. «Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones» (2 Co.1:21,22).

Dios ha derramado abundantemente el Espíritu Santo sobre nosotros. «Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador» (Tit.3:5-6); y sin medida. «Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida» (Juan, 3:34). Por lo tanto, hay una diversidad amplia de manifestaciones prácticas del Espíritu en nosotros. Veamos algunas.

Vivifica nuestros cuerpos.  «Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros» (Ro.8:11).

Nos da dirección y guía. «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» (Ro.8:14-16).

Regeneración. «Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador» (Tit.3:4,5)

Transformación a la imagen de Jesús. «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Co.3:18).

Nos enseña. «Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él» (1 Jn.2:27).

El fruto del Espíritu. «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley» (Gá.5:22,23).

       Amor. «Y la esperanza no avergüenza; Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» (Ro.5:5) (Gá-5:6) (Ef.3:19).

       Gozo. «A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas» (1Pedro,1:8) (Fil.3:1; 4:4,10).

       Paz. «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Ro.5:1) (Fil.4:6-8).

       Benignidad. Perdón. «Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros» (Col.3:13).

       Fe. Fidelidad. «Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, a los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Éfeso» (Ef.1:1). «Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno» (Romanos, 12:3).

Dones espirituales. «Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo… Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere» (1 Co.12:4,7-11).   «De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe; o si de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación; el que reparte, con liberalidad; el que preside, con solicitud; el que hace misericordia, con alegría» (Ro.12:6-8).

Dones ministeriales. «Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo… Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Ef.4:7,11-13). «Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular. Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas. ¿Son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Todos maestros? ¿Hacen todos milagros? ¿Tienen todos dones de sanidad? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan todos?» (1Co.12:27-30).

Poder y sabiduría de Dios. Ambos van juntos para realizar las obras de Dios. «Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios» (1Co.1:24).

  • Poder de Dios. «Recibiréis poder» (Hch.1:8). «Mi poder se perfecciona en la debilidad… Porque aunque fue crucificado en debilidad, (Jesús), vive por el poder de Dios. Pues también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios para con nosotros» (2 Co.12:9 y 13:4). «Para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí» (Col.1:29). «La supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que .. Según el poder que actúa en nosotros» (Ef.1:19;3:20). «Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios… Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder» (1 Co.2:4,5 y 4:20).
  • Sabiduría de Dios. «Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención» (1 Co.1: 30). «Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales» (Ef.3:10). «En quien (Jesús) están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col. 2:3).

En Cristo, Dios nos ha conectado con la inmensidad del Espíritu. La vida en el Espíritu es una dimensión donde no hay estrechez, ni restricciones. Es la unión con el Eterno y sus recursos ilimitados. El hombre nuevo que ha nacido del Espíritu (Jn.3:8) tiene una amplitud de movimientos, funciones y manifestaciones tremendamente diversas. Dios nos ha dado ensanchamientos para poder movernos en un grandísimo campo de libertad, en el Espíritu Santo. «Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos. Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará. Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (2Co.3:15-17).

La estrechez y falsa humildad pertenecen al mundo religioso y terrenal; son barreras levantadas por la religión y los sentimientos equivocados. «No estáis estrechos en nosotros, pero sí sois estrechos en vuestro propio corazón. Pues, para corresponder del mismo modo (como a hijos hablo), ensanchaos también vosotros» (2 Co.6:12).

El otro extremo lo tenemos en la «extralimitación» que pretende sondear campos prohibidos como el ocultismo, la astrología y las ciencias ocultas; así como esferas que no nos han sido dadas. «Y mandó YHVH Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Gn.2:16,17). «Pero nosotros no nos gloriaremos desmedidamente, sino conforme a la regla que Dios nos ha dado por medida, para llegar también hasta vosotros. Porque no nos hemos extralimitado, como si no llegásemos hasta vosotros, pues fuimos los primeros en llegar hasta vosotros con el evangelio de Cristo. No nos gloriamos desmedidamente en trabajos ajenos, sino que esperamos que conforme crezca vuestra fe seremos muy engrandecidos entre vosotros, conforme a nuestra regla» (2 Co. l0:13-15).

CONSECUENCIAS

En Cristo, podemos levantarnos en una nueva dimensión de vida en el Espíritu Santo. Hay mucha profundidad en la vida espiritual desde la base del nuevo hombre, el espiritual; de ahí que Dios nos llame a levantarnos y avanzar (Isaías, 60:1).

8 – UNIDOS CON EL MESÍAS: Conectados con Israel

Unidos con el Mesías (2)Textos claves: (Ef. 2:11-22) (Is.60:1)

UNIDOS CON YESHÚA

Nuestra unión con Cristo es la unión con el Mesías de Israel. Es la unión con el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Al ser unidos a Jesús somos unidos con los pactos y las promesas del Antiguo Testamento. Cristo es el cumplimiento de esos pactos y promesas, pero no su aniquilación. «La salvación viene de los judíos» (Jn.4:22). Nuestro salvador es un judío, nacido de una madre judía y en un pueblo judío. Los apóstoles fueron todos judíos de nacimiento, y la iglesia estuvo compuesta durante muchos años solo por judíos.

La voluntad de Dios es alcanzar a todas las naciones con salvación, incluido el pueblo de Israel, que un día será salvo por completo (Ro.11:26). Como cristianos estamos conectados con Israel. Veamos algunas derivaciones de esa conexión.

RESULTADOS DE ESA UNION

1.- En Cristo, hemos sido reconciliados con Israel. 

Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre (Ef.2:14-l8).

Somos un nuevo hombre que surge entre judíos y gentiles. Esto no significa la suplantación del pueblo judío.

En la cruz, Jesús ha matado la enemistad entre judío y gentil, sin embargo, el cristianismo tradicional ha hecho lo contrario a lo largo de la Historia de la iglesia.

La cruz de Cristo nos habla de: reconciliación con Dios y reconciliación del judío y gentil, de ruptura de la enemistad y paz con Dios, con Israel y las naciones. El diablo ha hecho de la cruz un símbolo de separación, muerte y persecución entre el judío y el creyente. Hoy es tiempo de la restauración de todas las cosas. En Cristo tenemos entrada al Padre por un mismo Espíritu (el judío y el gentil).

2.- En Cristo, no somos extranjeros ni advenedizos.

Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios (Ef.2:19). Es decir, no estamos ajenos a la ciudadanía de Israel y los privilegios, que como nación, Dios les dio a ellos.

Somos conciudadanos de los santos. ¿Qué santos? Los patriarcas, y los escogidos en el A.T. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel (Ex.19:6). (Lv.11:44) (Dt.7:6) En Cristo, somos participantes del llamamiento original de Dios para ser un pueblo santo, en medio de las naciones.

Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia (1P.2:9,10).

En Cristo, hemos sido injertados en el pueblo de Dios, en la congregación de Dios que tiene su inicio en el desierto del Sinaí.

Somos la familia de Dios. ¿Qué familia? La que Dios escogió al principio, es decir, Abraham y Sara. Negar nuestra procedencia, origen, y familia en Cristo es negar nuestra propia identidad, nuestra historia y nuestra existencia. Un cristiano no puede ser antisemita.

3.- En Cristo, estamos edificados sobre los apóstoles y profetas.

Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu (Ef. 2:20).

Nuestra base de fe es: Profetas (A.T.), Apóstoles (N.T.), Jesús (Piedra angular). Todos ellos tienen un origen judío de nacimiento. Dios ha querido que así sea en su soberana voluntad; debemos estar agradecidos, por tanto, a este pueblo.

4.- En Cristo, somos coherederos de la promesa.

Que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio (Ef.3:6). ¿Qué promesa?  La promesa dada a Abraham y su descendencia de ser «herederos del mundo», porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que sería heredero del mundo, sino por la justicia de la fe (Ro.4:13). «Herederos de las naciones», Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa (Gá.3:29).

Esa promesa la encontramos en Génesis 17:4-6. Así dice en la versión de las Américas. En cuanto a mí, he aquí, mi pacto es contigo, y serás padre de una multitud de naciones. Y no serás llamado Abran; Si no que tu nombre será Abraham; porque yo te haré padre de multitud de naciones. Te haré fecundo en gran manera, y de ti haré naciones, y de ti saldrán reyes. Y en Génesis 22:17-18 dice: De cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz.

Hemos recibido las primicias de la herencia mediante el Espíritu Santo, primicias de una gran cosecha venidera, en el reino mesiánico, cuando el Rey de Israel sea entronizado en Sion, y compartamos la herencia de las naciones como coherederos; herederos de Dios, y coherederos con Cristo (Ro.8:17). Por eso dice Pablo: Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todo es vuestro: sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios (1 Co.3:21-23). Todas las naciones son suyas; Jesús es el Deseado de todas las naciones (Hag.2:7); aunque haya un príncipe de la potestad del aire, el príncipe de este mundo, y dios de este siglo, que ha usurpado la herencia que no le corresponde. Jesús ha vencido, es el heredero, está sentado a la diestra del Padre hasta que todos sus enemigos sean puestos bajo el estrado de sus pies (Heb.10:13).

Hoy tenemos un pueblo de Dios redimido y diseminado entre todas las naciones, pero el día vendrá cuando todas las naciones doblen su rodilla ante Él. Todo esto concuerda con la enseñanza sobre la oración de Jesús a los suyos: ¡Venga tu reino! ¡Hágase tu voluntad! Como está escrito: Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra (Sal.2:8).

CONSECUENCIAS

La primera consecuencia de estas verdades debe ser un levantamiento de la iglesia en gratitud por todo lo que hemos recibido de Israel, a través del Mesías (Is.60:1). Debemos levantarnos en amor por esta nación, por su pasado, su presente y su futuro; orando por la paz de Jerusalén y el advenimiento del reino mesiánico en Sion.

Desechemos de nuestros corazones toda raíz de antisemitismo y oremos por la paz de Jerusalén y la restauración de la nación y el Estado de Israel.

7 – UNIDOS CON EL MESÍAS: Injertados en Israel

Unidos con el Mesías (2)Textos claves: (Ro.11:16-18) (Ef.2:12,13) (Is.60:1,2)

UNIDOS CON YESHÚA

Nuestra unión con Cristo tiene su base, su cuartel general y centro de operaciones, en el corazón; es decir, en el espíritu. Jesús vive en nuestro corazón por su Espíritu, y desde allí dirige nuestras vidas en cada una de sus facetas. Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor… (Ef.3:17). Es en el corazón donde Dios obra en nosotros tanto el querer como el hacer. Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad (Fil.2:13).

La fusión que hemos experimentado con Cristo en nuestro espíritu se ha convertido en el centro base de dirección de nuestra vida. Ahora Jesús nos dirige desde dentro no desde afuera. El Espíritu nos guía, nos impulsa, nos impele y dirige nuestro hombre interior, el hombre espiritual y renacido. A su vez, Jesús nos ha conectado con la iglesia, su cuerpo; y nos ha puesto en contacto con Israel, el tronco donde hemos sido injertados.

RESULTADOS DE ESA UNIÓN

Nuestra unión con Cristo, el Mesías, tiene un resultado evidente y fundamental: somos injertados en Israel; somos unidos a la familia de Abraham y participamos de los pactos y las promesas que desembocan en Cristo. No se puede estar unido a Cristo y separado de Israel, es sencillamente imposible.

Injertados en Israel1.- Hemos sido injertados en Israel.

Si las primicias son santas, también lo es la masa restante; y si la raíz es santa, también lo son las ramas. Pues si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas [entre ellas LBLA], y has sido hecho participante de la raíz y de la rica savia del olivo, no te jactes contra las ramas; y si te jactas, sabe que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti… Porque si tú fuiste cortado del que por naturaleza es olivo silvestre, y contra naturaleza fuiste injertado en el buen olivo, ¿cuánto más éstos, que son las ramas naturales, serán injertados en su propio olivo? (Ro.11:16-18,24).

La iglesia no ha substituido al pueblo de Israel. Los gentiles hemos sido unidos al tronco, es decir, Israel. No hay separación en Cristo, sino acercamiento. El cristianismo no puede existir sin reconocer su trasfondo, su Historia, y su vinculación con Israel. El nuevo templo, la iglesia, está compuesto de judíos y gentiles. Sin embargo, hay una nación llamada Israel, con la que Dios tiene planes eternos; y aunque todavía no hayan recibido al Mesías, como nación, un día todo Israel será salvo (Ro.11:25-26).

La iglesia tiene una gran deuda histórica con el pueblo de Israel. No podemos ignorarlos, tenemos un futuro común. La iglesia tiene hoy la responsabilidad de reconocer, consolar y apoyar el establecimiento del Estado de Israel. Esa es la voluntad de Dios. Es la palabra profética que ha salido de la boca de Dios.

Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado; que doble ha recibido de la mano de YHVH por todos sus pecados. Voz que clama en el desierto: Preparad camino a YHVH; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios (Is.40:1-3).

No temas, porque yo estoy contigo; del oriente traeré tu generación, y del occidente te recogeré. Diré al norte: Da acá; y al sur: No detengas; trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los confines de la tierra (Is. 43:5-6).

No obstante, he aquí vienen días, dice YHVH, en que no se dirá más: Vive YHVH, que hizo subir a los hijos de Israel de tierra de Egipto; sino: Vive YHVH, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra del norte, y de todas las tierras adonde los había arrojado; y los volveré a su tierra, la cual di a sus padres. He aquí que yo envío muchos pescadores, dice YHVH, y los pescarán, y después enviaré muchos cazadores, y los cazarán por todo monte y por todo collado, y por las cavernas de los peñascos (Jer. l6:14-16).

Pactos2.- En Cristo, hemos sido acercados a la ciudadanía de Israel y a los pactos de la promesa. 

En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo (Ef.2:12,13).

El pacto con Abraham es un pacto de bendición, que nos alcanza en Cristo. Las promesas de Dios en el A.T. son Si y AMEN en Cristo. Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios (2 Co.1:20). Si nos desligamos de Israel, automáticamente cortamos la conexión con las promesas y los pactos que desembocan en Cristo, y por él en nosotros los gentiles. Hemos sido acercados a la esperanza y al Dios de Israel.

CONSECUENCIAS

La consecuencia de nuestra unión con Cristo nos lleva a identificarnos con la causa de Israel y los planes de Dios para su pueblo. Por ello, levantémonos en favor de Israel en los momentos actuales, colaborando de muy diversas formas en su levantamiento  como nación (año 1.948), en este tiempo histórico y profético que nos toca vivir (Is.60:1,2).