EL MILAGRO (9) – El pecado de xenofobia

El milagro de una vida equilibrada - 2El milagro de una vida equilibrada

Capítulo 9 Lucas 10:25-37

El pecado de xenofobia

Los prejuicios étnicos y raciales han tomado en la sociedad actual una dimensión tan elevada que se han convertido en uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. Detrás de la rivalidad de los pueblos −innata en el hombre− nos encontramos con filosofías y doctrinas de demonios que mueven a masas ingentes y gobernantes posesos con locuras y crímenes horrendos. Algunas de esas doctrinas (racismo y xenofobia) aparecen incluso en los programas de ciertos partidos políticos. Un ejemplo de ello lo tenemos en la Historia de la Segunda Guerra Mundial y la política de Hitler. Pero lejos de desaparecer, estas ideas y filosofías demoníacas están en apogeo en nuestros días. Lo cual demuestra que no pertenecen al hombre, aunque éste las digiera y proyecte, sino a potestades y huestes de maldad en las regiones celestes. La guerra en la antigua Yugoslavia es un ejemplo. Pero, no solo lo encontramos en casos dramáticos como los mencionados, sino que estas influencias perniciosas conviven muy cerca de nosotros en los conflictos nacionalistas o autonómicos (catalanes, madrileños, andaluces, vascos, etc.); y a nivel personal o familiar entre gitanos, payos o marroquíes.

El pecado de xenofobia es una plaga que se está extendiendo como el fuego; no por ser algo nuevo, sino por el recrudecimiento alarmante que está tomando en la sociedad actual. Las doctrinas de demonios que mueven esta perversión deben ser confrontadas desde la verdad liberadora de las Escrituras. Es lo que haremos a continuación, pero antes, veamos algunas definiciones aclaratorias que nos ayudarán en nuestro recorrido.

Xenofobia: Odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros.

Etnia: Comunidad definida por afinidades de nación, cultura o lengua.

Linaje: Ascendencia o descendencia de cualquier familia.

Misericordia, el antídoto divino

Dios no hace distinción de personas por razón de su procedencia, puesto que «Él ha hecho de una sangre todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación» (Hch. 17:26). «Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos» (Ro. 11:32). La cruz de Jesús ha roto todas las enemistades y barreras étnicas, sociales y religiosas. (Ef.2:16). En la cruz tenemos la máxima expresión de la misericordia de Dios con la humanidad. Una vez que  hemos abrazado la cruz  y unidos a ella, podemos usar de misericordia con nuestro prójimo, sea cual fuere su procedencia. La misericordia permite la convivencia dentro de la diversidad y pluralidad. Pero, ¿qué es la misericordia? Es un atributo del carácter de Dios. Una virtud básica en el hombre que ha recibido la naturaleza divina, que ha nacido de nuevo. La misericordia es ser benigno, piadoso, compasivo, tierno, fiel, amoroso, sensible, tener buena voluntad, amabilidad, combinar el buen carácter con las buenas acciones. Es pensar en el prójimo, hacer su vida más fácil; ver las necesidades de otros y suplirlas según nuestras posibilidades y oportunidades. Misericordia es −en palabras laicas y humanistas que están de moda− ser solidario. Jesús enseñó el camino para vencer la xenofobia y demostrar misericordia en una de sus parábolas más famosas: la parábola del buen samaritano.

Un buen ejemplo a seguir

Jesús rompió las ataduras racistas del pueblo judío con su propio ejemplo. Habló con la mujer samaritana (judíos y samaritanos no se trataban entre sí por prejuicios raciales); denunció la actitud monopolizadora de la revelación en los fariseos, y deliberadamente escoge una parábola con protagonista samaritano.

El pasaje de Lucas 10:25-37 nos muestra a un intérprete de la ley preguntando a Jesús cosas que el mismo debía saber, aunque lo hace para probarle. Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?  Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquel  respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda la mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido: haz esto y vivirás. Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús ¿Y quién es mi prójimo?.

Cuando el hombre religioso no tiene la misericordia activada en su corazón, no encuentra, o no sabe, o tal vez no quiere saber quién debe ser la persona a la que mostrarle ayuda. Quizá esté dispuesto a ser bueno y prestar auxilio a los que le caen bien y son afines a sus exigencias. Por su parte, la persona misericordiosa encuentra siempre oportunidades para hacerla efectiva. Pero vayamos al relato.

Es sorprendente que Jesús aquí no se altera ante la insolencia del intérprete de la ley, y le responde con una agudeza finísima, poniendo al descubierto el engaño de su pregunta. Precisamente los protagonistas en negativo son un sacerdote y un levita; por su parte el reconocimiento de Jesús es para un samaritano que, en aquellos días, contaba con el desprecio de la sociedad judía por su procedencia «inferior» (2 Reyes, 17:24-41) y su ignorancia de las verdades de Dios (Jn.4:9,20-24). Esta respuesta del Maestro no significa tampoco que debemos pasarnos al otro extremo, es decir, odiar a los judíos (antisemitismo) y hacernos todos samaritanos. Ni significa que el conocimiento de la verdad de Dios sea enemigo de la misericordia; o que tengamos que ser ignorantes y venir de un trasfondo cultural o social bajo para poder acceder a una vida alejada de la hipocresía. No. Las tendencias humanas son a los extremos. Jesús dijo que los judíos adoraban lo que sabían y que la salvación venía de ellos; pero que cuando ese conocimiento de las Escrituras no tiene repercusión en la vida diaria, se vuelve orgullo espiritual; un enemigo muy sutil de la sencillez de corazón y la misericordia.

Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese. ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo (Lc.10:29-37).

Jesús vuelve a la pregunta inicial, ¿quién es mi prójimo?, y responde así a la suspicacia de su interlocutor: ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Él dijo: El que usó de misericordia con él. Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.

El evangelio de Jesús libera nuestra sociedad de la plaga de xenofobia y racismo. La palabra viviente de Dios transformará a todos aquellos que la reciben en su corazón y la obedecen.

Aquí tenemos un «botón» de muestra para meditar: Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide YHWH de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios (Miqueas 6:8). Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificios (Mt.9:13). Sed pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso (Lc.6:36). Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio (Stg.2: 13).

Resumiendo: las Escrituras muestran claramente que Dios escogió al pueblo de Israel con propósitos especiales, y que serian un pueblo apartado de los demás (Lv.20:26); además les dio leyes sobre el trato con los extranjeros que habitaban en Israel (Ex.23:9). Incluso debían recordar todos los años, durante la fiesta de la Pascua, que habían sido extranjeros en Egipto y que debían depender de la bondad de Dios.

Israel abandonó los estatutos divinos y volvieron a ser extranjeros en Babilonia. Eso mismo puede ocurrir a todas aquellas naciones que abandonan la misericordia hacia los extranjeros y entran en xenofobia. Otra cosa es regular el flujo migratorio.

La verdad sobre la creación del hombre, tal como aparece en la Biblia, nos permite hacer frente a las doctrinas de demonios sobre el racismo. No puede haber superioridad de razas, sino diversidad de grupos étnicos; puesto que de una sangre ha hecho (Dios) todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos… Porque linaje suyo somos… y habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón (Jesús) a quién designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos (Hechos 17:26-31).

Todos los seres humanos procedemos de una misma sangre, de un mismo linaje; descendemos del primer hombre y la primera mujer que Dios creó en el principio. Por tanto, no hay acepción de personas delante de Dios; lo que sí encontramos en las Escrituras son diferentes llamados para realizar la diversidad de los planes del Creador y Salvador.

EL MILAGRO (8) – Una desproporción alarmante

El milagro de una vida equilibrada - 2El milagro de una vida equilibrada

Capítulo 8 (Lucas 10:1,2 y Mateo 9:35-38)

Una desproporción alarmante

Jesús pone al descubierto los desequilibrios que nos azotan, no sólo en el conjunto de la sociedad, sino también en la vida del discípulo y de la iglesia. Y cuando lo hace, no es con el propósito de ser crítico nada más; él mismo enfoca y alumbra las respuestas necesarias. La desproporción alarmante a la que me estoy  refiriendo en este capítulo es la siguiente:

“La mies (cosecha) es mucha, los obreros (discípulos) pocos”.

Esta desigualdad ha sido y es el gran azote de los pastores de las iglesias. La necesidad es tan grande, el campo de misión es tan vasto, que en muchas ocasiones quedamos paralizados y perplejos ante esta desproporción. Cuando nos convencemos de lo imposible de lograr un acercamiento en este desequilibrio hemos dado el paso final para la indiferencia en cuanto a la gran comisión. De esa forma perdemos la visión de Dios, la sensibilidad del Espíritu Santo y la compasión de Cristo hacia las multitudes. Pero, ¿qué podemos hacer? Somos muy pocos, no tenemos mucha fuerza, y recursos económicos menos aún. Para empezar, podemos leer y meditar las palabras vivas y llenas de unción del Maestro. Al hacerlo, tal vez el Espíritu Santo quiera avivar y vivificar el fuego de la verdad en nuestros corazones. Veamos.

“Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: a la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies” (Mateo 9:36-38).

No cabe duda que estas palabras son cortantes, abofetean nuestro rostro religioso y la falta de visión, compasión y consagración que existe hoy en muchas iglesias. ¡Qué vergüenza para los hijos del Reino que no haya fondos suficientes para enviar obreros a todas las ciudades de España donde el Señor quiere ir! (Lc. 10:1). Después de estas cosas, designó el Señor también a otros setenta, a quienes envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir”. Pero no simplifiquemos todo a una falta de recursos económicos. Existen otros factores anteriores que son más determinantes a la hora de realizar la gran comisión. Miremos algunas de las respuestas que Jesús nos da para hacer frente a este desafío. En el pasaje que hemos citado anteriormente de Mateo 9:35-38 Jesús nos abre su corazón de pastor. Nos revela la visión que tiene y el plan para que sus discípulos puedan realizarla.

La visión de Jesús

Mateo dice: “Al ver las multitudes”. Jesús miró físicamente a las personas y penetró a una dimensión espiritual que no todos pueden ver. Al verlas, sus entrañas se conmovieron porque las vio “desamparadas y dispersas como ovejas sin pastor”. Es decir, en peligro. Vio la falta de protección y cuidado. Las vio sin vallado y con el lobo acechando. Las vio divididas, cada una en sus asuntos, -entreteniendo la vida- y confundidas. Las vio sin pastores con misericordia para cuidarlas. Esta visión turbó a Jesús y la compartió con aquellos que más se acercaban a los sentimientos que él tenía, sus discípulos. Por eso les había dicho en otra ocasión: “Alzad vuestros ojos y mirad los campos, (la mies), porque están blancos para la siega” (Jn.4:35). Sin visión el pueblo perece y se desenfrena (Pr.29:18). Una iglesia sin pastores con visión profética -dada por el Espíritu Santo- ha perdido el sentido de su existencia. Esa visión solo puede venir a nosotros cuando estamos caminando cerca del Maestro; cuando nos fundimos con su mismo sentir y dejamos que el Espíritu Santo, sobre todo en la vida de oración, pueda colocar en nosotros los pensamientos de Dios. Esta visión sólo la reciben aquellos que el Señor llama al monte para transmitirles sus planes.  “…Subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él. Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad…” (Mr.3: 13-15).

El plan para realizar la visión de Dios

Toda visión necesita un plan para llevarla a cabo. Dios da la visión y el modelo que se debe seguir para su realización. No basta con tener una visión y correr a lo loco por todas partes. Jesús se sujetó a la unción del Espíritu Santo para realizar las obras que el Padre le indicaba. Si unimos los pasajes de Mt.9:35-38 y Lc.10:1,2 podemos ver las claves que Jesús nos da para llevar a cabo la visión de Dios.

Primero, oración. Jesús dijo que orásemos y también dijo lo que debíamos pedir. “Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies”. Sin una vida de oración eficaz cualquier proyecto -incluso los que han sido dados por Dios- no tendrá la fuerza para sostenerse. Todo el libro de los Hechos muestra esta verdad. La gran comisión se llevó a cabo, en primer lugar orando, luego esperando al Espíritu Santo, mas tarde predicando la palabra y por fin edificando la iglesia. Esta clase de oración determina que los obreros que serán enviados a predicar son los que Dios ha escogido. Esto fue lo que Jesús hizo. “En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. Y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos” (Lc.6: 12,13). Si la iglesia no tiene una vida de oración eficaz en esta tarea pueden ocurrir dos cosas: una, que no haya obreros para salir con el evangelio y dos, que podemos escoger a los que no han sido llamados por Dios. La negligencia en este principio fundamental del Reino de Dios nos ha conducido a errores graves que han producido procesos irreversibles.

Segundo, las ciudades. Jesús no se movía al azar. Iba a los lugares que estaban preparados por el Padre. En ocasiones los habitantes de alguna ciudad querían retenerle, pero el seguía su camino. “…La gente le buscaba, y llegando a donde estaba, le detenían para que no se fuera de ellos. Pero él les dijo: Es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para esto he sido enviado” (Lc.4:42,43). También envió a sus discípulos a las ciudades específicas donde él iba a ir mas tarde. “Designó el Señor también a otros setenta, a quienes envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir” (Lc. 10:1). El apóstol Pablo quiso ir a Asia pero el Espíritu no se lo permitió y después de esperar en Dios, recibió una visión para ir a Macedonia, a la ciudad de Filipos, donde comenzaría la evangelización de Europa (Hch. 16:6-12). El Señor tiene lugares preparados de antemano -ciudades, pueblos, países, personas- para sus obreros. Saber moverse en la dirección correcta y al lugar apropiado es un milagro reservado sólo para los que andan en el Espíritu y viven llenos de oración, conectados con el cielo.

Y tercero, la orden de partida. Este es un punto que puede ofrecer cierta controversia. Por un lado, sabemos que desde el mismo momento de nuestra conversión estamos comisionados para poder predicar el evangelio, es decir, lo que el Señor ha hecho en nuestras vidas (Lc.8:38,39). Pero otra cosa es el llamamiento de Dios para realizar un servicio dado por él; el tiempo en que debemos movernos; el lugar a donde vamos a ir y la preparación que necesitamos.  Jesús les dijo a los setenta: “Id, yo os envío” (Lc. 10:3). Les dijo a las ciudades concretas donde debían predicar (Lc. 10:1); y les dio las instrucciones  necesarias. A los doce los envió con las instrucciones de ir solo a las ovejas perdidas de la casa de Israel, que no entraran en ciudad de samaritanos (esos lugares se los reservó para él mismo, Jn.4:4ss); y les dio la autoridad para predicar, sanar, limpiar, resucitar, echar fuera demonios y dar de gracia (Mt. 10:5-8). Otro tema de controversia es sobre la preparación de los discípulos. Existen, básicamente, dos extremos opuestos: uno que encierra en seminarios a las personas con un llamamiento divino y apaga la llama del Espíritu con interminables estudios. Otro, que envía y pone obreros sin experiencia, ni preparación, a jóvenes en la fe que tendrán que pelear batallas espirituales para las que aún no están preparados. Ambos extremos son dañinos. La Biblia no deja ninguna duda que existe una preparación real de Dios para la obra del ministerio. Ejemplos como los de Moisés, Samuel, David, Pablo y muchos otros dan prueba de ello. Por otro lado, las Escrituras muestran diferentes escuelas de preparación de discípulos. Veamos algunas.

La escuela de Moisés (Éxodo 18).

En este capítulo del libro de Éxodo vemos como Moisés recibe la visita de su suegro Jetro, y como éste le da una estrategia muy sabia para delegar autoridad en otras personas. Moisés tenía que enseñar a ellos las ordenanzas y las leyes, y mostrarles el camino por donde debían andar, y lo que debían hacer (Ex.18:20). Esto, en pocas palabras, es una Escuela de enseñanza en el desierto.

Oye ahora mi voz; yo te aconsejaré, y Dios estará contigo. Está tú por el pueblo delante de Dios, y somete tú los asuntos a Dios. Y enseña a ellos las ordenanzas y las leyes, y muéstrales el camino por donde deben andar, y lo que han de hacer. Además escoge tú de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez. Ellos juzgarán al pueblo en todo tiempo; y todo asunto grave lo traerán a ti, y ellos juzgarán todo asunto pequeño. Así aliviarás la carga de sobre ti, y la llevarán ellos contigo. Si esto hicieres, y Dios te lo mandare, tú podrás sostenerte, y también todo este pueblo irá en paz a su lugar” (Éxodo 18:19-23).

La Escuela de profetas de Samuel (1 Sam. 10:5,10;  12:23;  19:18-24).

La unción que había en Samuel fue repartida sobre muchos que se conocen en la Biblia  con el nombre de los hijos de los profetas. La palabra de Samuel llegaba a todo Israel, sin embargo, hubo algunos que fueron sus discípulos de cerca; uno de ellos fue David.

“Huyó, pues, David, y escapó, y vino a Samuel en Ramá, y le dijo todo lo que Saúl había hecho con él. Y él y Samuel se fueron y moraron en Naiot. Y fue dado aviso a Saúl, diciendo: He aquí que David está en Naiot en Ramá. Entonces Saúl envió mensajeros para que trajeran a David, los cuales vieron una compañía de profetas que profetizaban, y a Samuel que estaba allí y los presidía. Y vino el Espíritu de Dios sobre los mensajeros de Saúl, y ellos también profetizaron. Cuando lo supo Saúl, envió otros mensajeros, los cuales también profetizaron. Y Saúl volvió a enviar mensajeros por tercera vez, y ellos también profetizaron. Entonces él mismo fue a Ramá; y llegando al gran pozo que está en Secú, preguntó diciendo: ¿Dónde están Samuel y David? Y uno respondió: He aquí están en Naiot en Ramá. Y fue a Naiot en Ramá; y también vino sobre él el Espíritu de Dios, y siguió andando y profetizando hasta que llegó a Naiot en Ramá. Y él también se despojó de sus vestidos, y profetizó igualmente delante de Samuel, y estuvo desnudo todo aquel día y toda aquella noche. De aquí se dijo: ¿También Saúl entre los profetas?”  (1 Sam.19:18-24).

La Escuela de Jesús

Sabemos muy bien que el Maestro preparó a doce de forma especial y les enseñó las verdades del Reino de Dios en privado. También hemos visto que tuvo a setenta discípulos y en el Aposento Alto había ciento veinte el día de Pentecostés.

La Escuela de Pablo en Éfeso (Hch. 19:9-10)

“Pero endureciéndose algunos y no creyendo, maldiciendo el Camino delante de la multitud, se apartó Pablo de ellos y separó a los discípulos, discutiendo cada día en la escuela de uno llamado Tiranno. Así continuó por espacio de dos años, de manera que todos los que habitaban en Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús”.

Esta fue también una Escuela que tuvo una influencia tremenda en la evangelización del Asia Menor. De allí salieron con el evangelio muchos de los discípulos que Pablo había preparado y a quienes transmitió o liberó dones (1 Tim. 1:18; 4:14; 2 Tim. 1:6) (Ro. 1:11) para hacer la obra de Dios.

Sobre esta Escuela de Tiranno anoto del libro de Michael Green, La evangelización en la iglesia primitiva, lo siguiente:

“El texto occidental de Hch. 19:9 presenta una lectura interesante que puede ser, sino original, basada al menos en un buen conocimiento local, como muchas de las afirmaciones occidentales de Hechos. Luego de registrar que Pablo discutía cada día en la escuela de uno llamado Tiranno, agrega, desde la quinta hasta la décima hora, es decir desde las once de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Presumiblemente, Pablo trabajaba en la confección de carpas durante las horas frescas de la mañana, mientras Tiranno daba sus discursos. Luego, a las once, cuando la vida pública paraba, y con ella los discursos de Tiranno, Pablo entraba a la escuela y discutía con todos los que llegaban. Debe haber sido muy entusiasta para embarcarse en ese proyecto a una hora tan inapropiada… porque en Éfeso había mas gente durmiendo a la una de la tarde que a la una de la mañana”.

Resumimos que Jesús pone equilibrio en la desproporción que hemos visto, señalando la necesidad de la vida de oración del discípulo.

EL MILAGRO (7) – La cruz libera de los traumas

El milagro de una vida equilibrada - 2El milagro de una vida equilibrada

Capítulo 7 (Lucas 9:23,51 y 14:26-27)

La cruz libera de los traumas

La vida del hombre moderno está acechada por multitud de traumas que aparecen de repente y nos golpean dejando secuelas y cicatrices profundas a su paso. En ocasiones esas experiencias son tan violentas que marcan el destino de nuestras vidas para siempre. Nadie las desea ni las espera, pero pocos se preparan para hacerles frente y derrotarlas.

Cualquier experiencia traumática contiene los elementos necesarios para desequilibrar al ser humano y aniquilar lo mejor de su existencia. En este capítulo vamos a ver la provisión de Dios para afrontar cualquier trauma.

La cruz de Jesús, su crucifixión, es el drama más terrible que ha conocido la Historia. Jesús vivió ese trauma único como substituto del hombre. Y lo hizo para liberarnos a nosotros de la mayor de las tragedias: la perdición eterna, el infierno. Pero además, seguir la estela del Maestro −llevar la cruz− nos va a liberar de toda herida incurable: Por su llaga fuimos nosotros curados.

Antes de seguir adelante debemos definir lo que en este capítulo queremos decir, o entendemos, por trauma. Definición: por trauma entiendo aquella experiencia no deseada que nos arranca lo que hemos amado, poseído o conseguido; tanto en el ámbito material, físico, afectivo o espiritual.

La cruz libera de los traumas de la vida

La cruz establece el equilibrio entre Dios y el hombre; el hombre y el hombre; el hombre y la creación (Ef.2:14-16). La cruz nos desprende de todo aquello que puede causarnos un trauma. Separa las ligaduras opresivas −aunque sean muy humanas− que se pegan a nuestras almas de forma desordenada como la familia, la economía, el éxito, la reputación, los bienes materiales, la honra y fama, la salud, nuestra realización personal y hasta la propia vida (Lc.14:26-27).

Los traumas vienen cuando se nos quita aquello de lo que dependemos. Entonces  nos frustramos, entramos en depresión y vacío, y nuestra existencia pierde su sentido en áreas esenciales del ser.

Jacob experimentó esta clase de experiencia. Su vida (alma) estaba ligada a la vida (alma) de Benjamín, y si algo desagradable le ocurría a su hijo quedaba atrapado en lazos de muerte. Y si tomáis también a éste de delante de mí, y le acontece algún desastre, haréis descender mis canas con dolor al Seol. Ahora, pues, cuando vuelva yo a tu siervo mi padre, si el joven no va conmigo, como su vida está ligada a la vida de él,  sucederá que cuando no vea al joven, morirá; y tus siervos harán descender las canas de tu siervo nuestro padre con dolor al Seol (Génesis 44:29-31).

Aparece la misma ligadura en Génesis 34:2,3. Y la vio Siquem hijo de Hamor heveo, príncipe de aquella tierra, y la tomó, y se acostó con ella, y la deshonró. Pero su alma se apegó a Dina la hija de Lea, y se enamoró de la joven, y habló al corazón de ella. Ésta clase de unión es dañina y desequilibrada.

Nuestra vida depende de Jesús y los lazos que suplantan esa dependencia acaban desestabilizando el orden que debemos seguir: Amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo. Ese es el orden divino y equilibrado. Abraham vivió este orden. Su vida dependía de Dios y no de su hijo Isaac, por eso, por la fe Abrahán, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito, habiéndosele dicho: En Isaac te será llamada descendencia; pensando que Dios es poderoso para levantar de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir (Heb.11:17-19).

El único trauma verdadero para el cristiano es la separación de Cristo. Nuestras vidas sí están ligadas a Jesús, por eso no podemos vivir separados de él (Jn.15:5). El apóstol Pablo nos dice que nuestra unión con Cristo es tan fuerte (1Co.6:17), que nada ni nadie nos podrá separar de su amor (Ro.8:38 39).

Si llevar la cruz es una experiencia tan liberadora para nosotros debemos entender bien qué significa esa verdad y a donde nos conduce.

Llevar la cruz no es lo mismo que estar crucificados

Jesús es nuestro ejemplo de vida equilibrada. Él vivió cada día con la conciencia inequívoca de la cruz. Estuvo decidido a tomar la senda de la cruz diariamente, es decir, morir a sus deseos, negarse a sí mismo y hacer la voluntad del Padre. De esta forma estableció las bases para enfrentar con éxito la clave de su misión en la tierra. Tomó la decisión de ir a Jerusalén; allí le esperaba la cruz que liberaría a la humanidad del drama de los siglos: la separación de Dios.

Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro (con determinación B. Américas) para ir a Jerusalén (Lc.9:51).

Para nosotros el camino es el mismo y la determinación de abrazar y tomar la cruz «cada día» debe ser la misma.

Ahora bien, hay una diferencia entre llevar la cruz y estar crucificados que debemos comprender. Jesús dijo éstas palabras: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome la cruz cada día, y sígame. Usó la expresión «llevar la cruz cada día» antes que él mismo fuera crucificado; por tanto, la experiencia de estar crucificados con Cristo (Gá.2:20) es una posición posterior a llevar la cruz. Decimos que no es lo mismo llevar la cruz y ser crucificados. Tomar la cruz precede a la crucifixión. La crucifixión contiene la sangre de Jesús; llevar la cruz mantiene aún limpio el madero, el sacrificio no se ha efectuado. Veamos algunas diferencias más.

Llevar la cruz es…

Un acto de la voluntad (Lc.9:51). Jesús decidió ir a Jerusalén. Es aceptar la sentencia de muerte (Lc.9:23,24). Una actitud de renuncia de todo en cualquier momento (Lc. 14:27,33). Es vivir ligado a la muerte del pecado, la carne y el mundo para hacer la voluntad de Dios. Vivir expuesto a la infamia, deshonra, mala fama y desprecio por Su reino (2Co.6:8-10). Experimentar el poder de Dios (1Co. 1:18). La caída del «yo» y el «ego» para que reine «mi Señor»; vivir para él (Ro.14:8,9).

Esta clase de experiencia real en la vida del discípulo es ya, por si misma, una transformación sobrenatural; sin embargo, estar crucificados contiene una realidad mayor aún.

Mientras llevamos la cruz caminamos hacia la muerte, pero no hemos muerto todavía. Así fue para Jesús. En ese camino hacia el Gólgota podemos claudicar y renunciar a la vía dolorosa porque estamos andando sobre la base de una decisión de nuestra voluntad: llevar la cruz. Pero cuando llegamos al monte de la Calavera somos clavados juntamente con Cristo y crucificados juntamente con él. A partir de ese momento perdemos el control de tal decisión y entramos en una dimensión sobrenatural que excede y sobrepasa nuestra voluntad: Somos fusionados con Jesús. Ya no vivimos nosotros, sino que «Cristo vive en mí».

Ser crucificados es…

Llegar a una identificación plena con Jesús. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gá.2:20).

Es perder el control de nuestras vidas y ser hallados en él … no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte” (Fil.3:9, 10).

Significa entrar de lleno en la identificación con la obra redentora de Jesús: muerte, sepultura, resurrección y exaltación ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado (Ro.6:3-6) (Ef.2:6).

Es participar del poder de la resurrección. Y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales (Efesios 1:19-20). Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros (Efesios 3:20). A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte (Fil.3: 10).

Llegar a este punto en la vida cristiana es más que una doctrina o buena enseñanza; es penetrar a una dimensión desconocida por el hombre caído y solo accesible a la nueva creación. Querer apropiarse esta clase de vida resucitada conlleva una pérdida total de la nuestra. Es el epicentro del misterio de la redención. Cristo entrega su vida por nosotros; nosotros soltamos y entregamos nuestra vida para recibir la suya (Jn. 12:24,25).

¿Podemos conseguir que esto sea una experiencia real y vivirlo siempre? No. ¿Por qué?, porque la vida vieja se sigue activando en ocasiones y es necesario pasar muchas veces por la experiencia de morir y resucitar a diferentes cosas. Pablo dijo, «cada día muero» (1Co.15:31); y también escribió, «nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal» (2 Co.4: 11). Por lo tanto, cada día necesitamos llevar la cruz, cada día morimos con Cristo y cada día podemos experimentar el poder de resurrección con Jesús.

Resumiendo. Todo lo que en nuestra vida no ha pasado por la crucifixión, aunque estemos llevando la cruz o seamos discípulos, tendrá la base del control en nosotros y no en el poder de Cristo. El poder está, no en llevar la cruz, sino en vivir crucificados con él.

Estar crucificados implica llevar la cruz; pero llevar la cruz no implica necesariamente la experiencia de la crucifixión. Jesús habla de llevar la cruz antes de su muerte; sin embargo el apóstol Pablo habla de ser crucificados. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos (Gá. 5:24). Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo  al mundo (Gá.6: 14). Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mi; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó  a sí mismo por mí (Gá.2:20).

La liberación de los traumas de la vida pasa por la crucifixión con Cristo. En ese lugar nada nos podrá traumatizar porque hemos soltado todas las cosas que nos ataban o puedan atarnos, habiéndolas crucificado en la cruz de Cristo. Ya no nos dominan. Pertenecemos a otro dueño. Y si en algún momento cualquier lazo o cadena pretende levantarse contra nosotros, traeremos nuestras cargas a Jesús, las soltaremos y quedaremos libres. Venir a la cruz es venir al equilibrio. Venir a la cruz es volver a morir para volver a resucitar. ¿Cuántas veces necesitaremos este camino, hasta siete? No te digo hasta siete, sino todas las que sean necesarias.

EL MILAGRO (6) – Acercándonos al milagro

El milagro de una vida equilibrada - 2El milagro de una vida equilibrada

Capítulo 6 (Lucas 7:36-50)

Acercándonos al milagro

En una sociedad como la nuestra se ha convertido en un verdadero conflicto ACERCARSE A JESÚS. Tenemos una gama muy amplia de trampas que pretenden impedirlo. Por un lado está el SISTEMA RELIGIOSO que ha alterado la sencillez de ese acercamiento por un complicado formulario de dogmas, ritos, ceremonias o tradiciones. Y por otro, tenemos el HUMANISMO con su filosofía centrada únicamente en el hombre y sus recursos. Este sistema “doctrinal” desecha el acercamiento a Dios por el camino que El ha trazado, y escoge el intelecto como base de todas sus búsquedas esenciales. Jesús no es ni religioso ni humanista, sino el centro de la voluntad de Dios para el hombre. Es el equilibrio que necesitamos. Es el milagro que debemos experimentar para poder acceder a una vida estable y dinámica ¿Por qué? Porque tiene los recursos ilimitados para ello (es Dios); conoce mejor que nadie el género humano (es Creador); y ha abierto un camino real, (a través de su muerte y resurrección), para acceder al Padre. La gran pregunta, por tanto, es: ¿cómo podemos acercarnos a Jesús? Para responder sigamos nuestra andadura en Lucas.

Dos tipos de acercamiento

En Lucas 7:36-50 nos encontramos con dos tipos de personas que representan dos diferentes maneras de conectar con el equilibrio. Veamos las características de cada una de ellas.

Simón el fariseo.

Representa la religión organizada. A personas que se consideran equilibradas y por tanto su actitud es fría, sin entusiasmo, intrascendente. El sistema religioso frena la acción de un quebrantamiento genuino. Adiestra las conciencias para defenderse  de la obra que el Espíritu  Santo realiza para convencer de pecado. Canaliza el acercamiento a Dios sólo a través de sus fórmulas, dogmas, tradiciones, etc.  Todo lo que se sale de esos cauces es rechazado de manera mecánica. Los resultados son  decepcionantes: la persona sigue igual, su vida no cambia ni se transforma pero va hacia adelante en un círculo vicioso de costumbres, hábitos, vanas repeticiones, etc. Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: no manejes, ni gustes, ni aun toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne” (Col .2: 20-23). Simón el fariseo escogió este tipo de acercamiento. Muy educado, pero vacío de corazón. Jesús le dijo: “… Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies… no me diste beso… no ungiste mi cabeza con aceite… aquel a quién se le perdona poco, poco ama”  (Lc.7:44-47).

La mujer pecadora.  

Representa al pueblo sencillo, a los publicanos y pecadores del tiempo de Jesús. Los que son tomados por desequilibrados y necesitados, los pobres que necesitan ayuda -como proclama el humanismo- porque no tienen muchas capacidades ni recursos. ¡Qué autosuficiencia tiene el hombre moderno! ¡Qué soberbia! ¡Qué gran dificultad para reconocer la precariedad del ser humano! Pero qué gran sabiduría la de aquellos que reconocen su necesidad de Dios. Estos se acercan a Jesús pronto con calor y entusiasmo. Sus corazones se desbordan en gratitud y quebranto porque el Mesías no los rechaza por su condición social, si no que se deja encontrar por ellos. Los resultados de un acercamiento así son ejemplares. Estas personas reciben una vida equilibrada y en armonía. Son transformados por Dios y devueltos a una vida de utilidad y aprovechamiento. Es el caso de la mujer pecadora de nuestro relato. “Una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume”.  Jesús dijo de ella: “. . . Simón. ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa... mas esta ha regado mis pies con lagrimas, y los ha  enjugado con sus cabellos… ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies… ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho… Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados… Tu fe te ha salvado, ve en paz”.

La alternativa para nosotros

El pasaje que hemos visto nos enseña grandes verdades sobre el camino y la actitud que debemos tener para venir a Jesús. Sin embargo, ¿cómo podemos nosotros mantener un encuentro real, acertado, en medio de la confusión religiosa, la filosofía humanista y nuestras propias ideas preconcebidas sobre Dios? El testimonio de Dios es posible, fiable y accesible al hombre de nuestro tiempo. Una clave está en los depositarios de la fe que ha sido dada por Dios. Una congregación donde Jesús es el Señor, levantado y visto para que pueda El mismo atraer a todos a sí mismo (Jn.12:32). Una congregación que no manipula la sinceridad del creyente para provecho propio: poder, dominio, proyección y enriquecimiento. Una congregación donde Jesús está dentro y no fuera de ella (Ap. 3:2). Una congregación dirigida por el Espíritu Santo y hombres temerosos de Dios, llena de la palabra de verdad, de la vida de Dios y de Su gloria. ¿Existe esa congregación? ¿Dónde está? En el cielo.  Porque no os habéis acercado al monte que se podía palpar, y que ardía en fuego… sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (Heb.12:18-24). Y el Señor la está edificando en la tierra (Mt. 16:18). La perfecta está en el cielo, la imperfecta en la tierra. La clave para el creyente es conectar, por fe, con la ciudad celestial, la gran nube de testigos que nos han precedido en la fe, y poner los ojos en Jesús, como autor y consumador de nuestra fe (Heb.12:1-2). Esta verdad no excluye la realidad de una congregación sana en la tierra, a la que debemos pertenecer y con la que debemos armonizar; sino que muestra el desafío de integrarnos en la asamblea a la que pertenecemos y superar las dificultades guiados por el Espíritu de Dios.

La congregación celestial la descubrimos en las Escrituras y desde allí nos muestra el camino a Jesús. Esta opción está disponible a través del acercamiento sincero y de fe a la Palabra de Dios. Lo que estoy diciendo es lo que yo mismo he experimentado en los primeros meses de mi conversión. Busqué a Dios personalmente, siguiendo el impulso y las intuiciones de mi corazón leyendo el Nuevo Testamento. Luego vino la necesidad de conectar con la iglesia que podía ver y donde me podía congregar e integrar. La congregación de Dios vive en el cielo y en la tierra y necesitamos a las dos porque es la misma.

La vida cristiana no es ser miembro nominal de una iglesia local. La necesidad que tiene el hombre no es de una catedral o un edificio de piedra, sino de estar unidos a Cristo. Y esa unión tiene la consecuencia práctica de necesitar la congregación local como parte esencial de pertenecer a Jesús. Este aparente embrollo se resuelve así: Jesús es nuestra necesidad y debemos acercarnos a él personalmente o a través de una iglesia viva, pero siempre debemos saber que una vez que venimos a Jesús, quedamos unidos también con su cuerpo, la familia de Dios, el pueblo de Dios. El desequilibrio está en depender continuamente de líderes carismáticos y no aprender a acercarnos por nosotros mismos hasta el Trono de la gracia. También es desequilibrio creer que se puede vivir la vida cristiana sin la necesidad de todo el Cuerpo de Cristo. Andrés vino a Jesús a través de Juan el Bautista. Pedro fue traído por su hermano Andrés a conocer al Maestro, pero todos ellos ya habían sido movidos por Dios y apartados como apóstoles. Esta combinación humana y sobrenatural es uno de los grandes misterios de la vida cristiana.

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús. Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo). Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro)” (Juan 1:40-42).  

La mujer samaritana fue el canal por el cual muchos de su pueblo creyeron en Jesús, pero llegó el momento cuando su fe creció hasta el punto de no depender de la intervención de aquella mujer, sino que se sostuvo por el mismo Señor. “Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él. Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho. Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días. Y creyeron muchos más por la palabra de él, y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo” (Juan, 4:28-42).

EL MILAGRO (5) – Armonía entre oír y hacer

El milagro de una vida equilibrada - 2El milagro de una vida equilibrada

Capítulo 5 (Lucas 6 y 8)

Armonía entre oír y hacer

Este es uno de los grandes desequilibrios de nuestra sociedad. La desobediencia es oír el mensaje pero no actuar en consecuencia. En la vida cristiana oír y no hacer  equivale a incredulidad y desobediencia; así que nos colocamos en una posición de gran peligro para la salud espiritual cuando permitimos que la exposición ungida de la verdad no nos mueva a la acción correspondiente. Este es el mensaje de la epístola de Santiago 1:19-25. Meditemos brevemente en ello. Ser oidor y no hacedor nos coloca en un lugar de engaño. Cuando no actuamos en consonancia con la verdad que sabemos, los espíritus de engaño entran en acción con argumentos sutiles y nos conducen por sendas erradas. “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, ENGAÑÁNDOOS a vosotros mismos (Stg. 1:22).

El que  oye y no hace atrofia (por la falta de ejercicio) sus sentidos espirituales y olvida rápidamente lo que ha escuchado. No puede retener la verdad, por lo tanto, nunca experimenta una renovación verdadera de su manera de pensar, ni la palabra de Dios alcanza su hombre interior, dando lugar a la debilidad permanente del hombre nuevo. Ahora sabemos por qué existe una debilidad  tan notoria en muchas esferas de la iglesia de hoy. Una y otra vez encontramos en las congregaciones locales a personas que olvidan inmediatamente lo que prometen hacer. Algunos tienen la enfermedad crónica de hablar y no hacer porque olvidan lo que dicen. Este es un síntoma claro de parálisis espiritual. Se han acostumbrado a oírse a si mismos diciendo cosas que luego no hacen ¿Por qué? “Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, ése es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y  LUEGO OLVIDA como era” (Stg.1:22).

¿Cómo podemos hacer frente a este virus despiadado que neutraliza el fortalecimiento espiritual? La respuesta nos la da el mismo apóstol en Santiago 1:25. MIRAR ATENTAMENTE (oír, meditar, asimilar, digerir, creer y establecer en el corazón la palabra de Dios); mas PERSEVERAR (constancia y firmeza en cualquier circunstancia, sin fluctuar); mas NO SER OIDOR OLVIDADIZO (retiene la palabra viva en su corazón por haberla asimilado), mas HACEDOR DE LA OBRA (hace lo que dice la palabra en cada área de su vida, la obedece); es igual a: BIENAVENTUIRADO EN LO QUE HACE (experimenta satisfacción, felicidad y disfruta de la vida en cada faceta). Veamos ahora la enseñanza de Jesús en el evangelio de Lucas.

Dos respuestas al mismo mensaje

En Lucas 6:46-49 encontramos a dos personas que escucharon el mismo mensaje y tuvieron las mismas oportunidades; sin embargo, uno experimentó éxito en su vida y el otro obtuvo un estrepitoso fracaso. ¿Por qué? Porque sus respuestas ante las palabras de Jesús fueron radicalmente opuestas. El primero oyó y las puso en práctica. El segundo escuchó las mismas verdades y no reaccionó, solamente acumuló información. Este es un grave peligro hoy en las iglesias. Tenemos tanta “buena información bíblica”, tantas verdades liberadas, tal cantidad de predicaciones y estudios bíblicos, que hemos desarrollado un hábito muy nocivo de acumular sin actuar. Esto produce la pasividad típica del espectador. Muchas iglesias están aletargadas, como hibernando. Son las que oyen y no hacen. A la misma vez, están surgiendo iglesias renovadas, llenas de vitalidad y acción. Son las que oyen y hacen.

“¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo? Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca. Mas el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa (Lc.6:46-49).

La vida cristiana o la vida de una iglesia, no puede estar fundada sobre un “oír ocasional”. La palabra de Dios debe llegar a establecerse en nuestras vidas de una forma sólida. Para ello, no podemos tener solamente la meta de oír buenas predicaciones y creer que ese será el fundamento de nuestra vida. Podemos caer en el error de pensar que por oír a “buenos predicadores” y participar de cultos de “avivamiento”, tenemos la garantía de que no seremos sacudidos por el ímpetu del río de maldad creciente. No, no es verdad. Las huestes de maldad se abstendrán de atacarnos en esos “grandes cultos” de fe; pero programarán su estrategia de derribo en los días malos de los que nos previene la Biblia. Para poder estar firmes en el día malo debemos vestirnos de Cristo -la palabra viviente- y de toda la armadura de Dios (Ro.13:14) (Ef.6:10-20). La estrategia de Dios para guardarnos sin caída en medio de la inseguridad de este mundo, es que seamos oidores y hacedores de su palabra; no solo de forma ocasional, sino que la palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría… (Col.3:16).

Diferentes formas de oír

En Lucas 8:4-15 Jesús enseña que hay cuatro formas diferentes de recibir la semilla de la palabra de Dios. Los cuatro terrenos son ejemplos de los cuatro tipos de personas que, en principio, han decidido oír el mensaje, pero sólo en uno de ellos se arraigará firmemente en el corazón, que es el núcleo del ser. Mentalmente las cuatro personas quieren la semilla. Es decir, comprenden que la necesitan, que es buena y necesaria para sus vidas; pero una sola logrará su objetivo ¿Cuál? ¿Por qué las otras tres no logran su meta? ¿Que ocurre en el camino que va desde nuestra mente a nuestro corazón? ¿Por qué no se arraiga la verdad en todos los corazones que la quieren? ¿Que misterio esconde el hecho de que algunas personas oyen la palabra de Dios y rápidamente crecen y dan fruto y sin embargo otras nunca alcanzan la solidez necesaria? Escuchemos la voz del experto labrador.

“Los de junto al camino” son aquellos que oyen pero no entienden la palabra (Mt. 13:19). La voluntad de Dios es que “todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim.2:4). La verdad tiene que ser implantada en el nuevo creyente. Puede haber un tiempo cuando no se entiende mucho, pero es necesario pasar pronto a la fase de comprender qué está pasando dentro de mí. Los nuevos convertidos necesitan una atención especial. Son bebés. Y se requieren padres y madres espirituales para darles el alimento que necesitan. Son necesarios los “levitas” que ponen el sentido a la predicación y los dones de enseñanza funcionando ampliamente. (Ver el ejemplo de los días de Esdras en Nehemías 8:5-8; así como la importancia que tenía en la iglesia primitiva la dedicación a la enseñanza de los apóstoles Hch.2:42 y 5:42). Si el diablo nos roba la palabra no podemos creer ni salvarnos. Se ha producido un aborto espiritual.

Y los de junto al camino son los que oyen, y luego viene el diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean y se salven” (Lc.8: 12).

“Los de sobre la piedra” oyen la palabra y la reciben con gozo, pero sin echar raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan (Lc.8:13). Estas personas experimentan rápidamente un cambió evidente en sus emociones. El gozo verdadero que contiene el evangelio de Dios revoluciona sus sentimientos y no quieren avanzar a terrenos más estables: el arraigó en las verdades sólidas. Por eso no tienen raíces y cuando cambian las circunstancias y los sentimientos decaen, se encuentran sin fuerzas para seguir adelante en medio de la prueba.

Los de sobre la piedra son los que habiendo oído, reciben la palabra con gozo; pero éstos no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan” (Lc.8:13).

“La semilla que cayó entre espinos” son los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes, las riquezas y los placeres de la vida… (Lc.8: 14). Estas personas quieren el reino de Dios pero sin soltar “los reinos” de este mundo. “Afanes… riquezas… y placeres” son pilares del sistema mundano. Es interesante notar lo que dice el texto de Lucas: “Oyen y se van”. ¡Que curioso! Oyen con prisa para volver a “sus asuntos”. Cumplen con la parte religiosa de la sociedad (cualquiera que sea la religión) y siguen viviendo igual que siempre. El apóstol Pablo nos dice: “No os engañéis (recordar lo que vimos en el pasaje introductorio de Stg. 1:19-25 al respecto); Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gá.6: 7). Jesús fue claro y cortante con este grupo también:

La que cayó entre espinos, éstos son los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto” (Lc. 8:14).

“Más la que cayó en buena tierra” son los que oyen y retienen la palabra oída con un corazón bueno y recto (Lc.8:15). El objetivo de la palabra enviada del cielo es el corazón bueno y recto. Cuando lo encuentra surge un manantial de vida que produce fruto con perseverancia. En este caso la persona experimenta “la normalidad sobrenatural” de la nueva vida en Cristo. En los tres terrenos anteriores se experimenta una lucha continua -en los mejores casos- para sostenerse en la fe. Se convierten en el lastre de la iglesia; son los que requieren más atenciones y desgastan la armonía y el dinamismo que debe haber en el cuerpo de Cristo. Las congregaciones tienen estos cuatro tipos de personas en su Membresía: los que oyen y no entienden; los que oyen y reciben con mucho gozo pero sin raíces; los que oyen y se van sin llevar fruto (a veces regresan tratando que se adopte en la iglesia su estilo de vida religioso y mundano); y los que oyen y retienen la palabra con un corazón bueno y recto, llevando fruto con perseverancia. ¡Qué pastor más feliz el que tenga en la congregación mayoría de estos hermanos!

Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia” (Lc.8:15).

¡Qué clase de oído tenemos?

Jesús, el Maestro, muestra un interés especial en hacer entender a las multitudes cómo deben oír. Una de sus expresiones favoritas era: “el que tenga oídos para oír, oiga”. En el pasaje de Lucas 8:18 llama la atención de sus oyentes con estas palabras, “Mirad, pues, como oís”. La actitud que adoptamos al oír el mensaje de la palabra de Dios es trascendental para nuestras vidas. Necesitamos “ser ungidos para oír”. En muchas ocasiones no es fácil oír la crudeza de la verdad. Muchos la resisten; otros vuelven atrás (Jn.6:65-66); algunos la contradicen y la mayoría se defiende con argumentos. Jesús lo sabe. De ahí sus palabras “Mirad, pues, como oís”; porque a todo el que tiene (los que llevan fruto por retener la palabra), se le dará: y a todo el que no tiene (porque no ha retenido en su corazón), aun lo que piensa tener (cree que Dios le bendecirá a pesar de su desobediencia) se le quitará (Lc.8:18) (Mt.25:29).

Somos hijos por oír y hacer

La verdadera familia de Dios está compuesta por los que le oyen y le obedecen. No podemos engañarnos, ni engañar a otros, en esto. Jesús dijo: “… Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen” (Lc.8:21). El reino de Dios es el lugar donde se expresa el orden y el equilibrio divino. Para mantenernos dentro de estas coordenadas debemos establecer en nuestras vidas la cordura, coherencia, el equilibrio y la armonía entre oír y hacer; creer y hablar; experiencia y predicación; dar y recibir; lo que queremos que otros hagan con nosotros, hacedlo con ellos (Lc.6:31). “El que no tiene estas cosas, está envanecido, nada sabe y delira acerca de cuestiones…” (1Tim.6:4). “Tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados” (2P.1:9). Por este camino nos encontramos con personas contumaces y rebeldes que se aferran incluso a Dios a través de vínculos carnales o religiosos. Son tenaces en mantener el error, lo retienen y se afincan en él.

Las prácticas del reino

El reino de Dios es una dimensión más elevada de equilibrio y salud para todo el ser. Las instrucciones de Jesús en el llamado “Sermón del Monte” componen las verdades fundamentales que deben operar en los ciudadanos de Su reino. Sigamos el relato de Lucas y sepamos algunos de los imperativos en la enseñanza de Jesús. El Señor va a desgranar las “leyes” que deben llegar a ser muy prácticas, y lo hace sobre esta base: “Pero a vosotros los que oís, os digo… (Lc.6:27).

Amad a vuestros enemigos (Lc.6:27,35). En el amor no hay temor.
Haced bien a los que os aborrecen (Lc.6:27,35).
Bendecid a los que os maldicen (Lc.6:28).
Orad por los que os calumnian (Lc.6:28).
Prestad no esperando de ello nada (Lc.6:35).  Antídoto contra la avaricia.
Sed misericordiosos como también vuestro Padre (Lc.6:36). La misericordia triunfa sobre el juicio (Stg. 2:13).
No juzguéis y no seréis juzgados (Lc.6:37). Ocupar el lugar de Dios es rebelión extrema.
No condenéis y no seréis condenados (Lc.6:37).
Perdonad y seréis perdonados (Lc.6:37). Es dejar ir libres a otros y despejar el camino para ser perdonados por Dios.
Dad y se os dará (Lc.6:38). Es generosidad. Una libertad más elevada. Es un golpe al egoísmo. Nos coloca en posición de recibir las bendiciones de Dios.

Vivir en estas realidades del reino de Dios es sencillamente una vida sobrenatural. No está al alcance de los que oyen y no hacen; solo aquellos que oyen y deciden obedecer reciben la abundancia de la gracia (Ro.5:17) para poder hacer la voluntad de Dios. Es imposible para el hombre natural, pero posible para el hijo verdadero de Dios.

Jesús nuestro ejemplo a seguir

El Hijo de Dios es nuestro modelo para vivir una vida equilibrada en el oír y el hacer. Él siempre hizo lo que oyó. Registró firmemente en su corazón la palabra del Padre y actuó en la misma dirección.  “Lo que he oído de él, esto hablo al mundo… según me enseñó el Padre, así hablo… Yo hago siempre lo que le agrada” (Jn.8:26-29). Jesús vivió en armonía entre oír y hacer; enseñar y practicar (Hch.1:1). Él tuvo que aprenderlo, no fue fácil como algunos piensan. “Por lo que padeció aprendió la obediencia” (Heb.5:8). Esa misma base la encontramos en Esdras el escriba de la ley. “Porque Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de YHWH y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos” (Esd. 7:10). Jesús nos dice: “Aprended de mi… y si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Mt. 11:29) (Jn. 1.3:17).

EL MILAGRO (4) – La provisión equilibrada

El milagro de una vida equilibrada - 2El milagro de una vida equilibrada

Capítulo 4 (Lucas 5)

La provisión equilibrada de Dios

Dios ha provisto en Jesús (YHWH-Jireh) para todas nuestras necesidades. Su voluntad es dar respuesta a cada área de nuestra vida. Hemos sido creados como seres tripartitos, es decir; espíritu, alma y cuerpo; y el ministerio múltiple de Jesús alcanza a cada una de esas áreas. La redención es para todo nuestro ser. “Por lo cual El también es poderoso para salvar para siempre -completamente- a los que por medio de El se acercan a Dios…” (Heb.7:25 Versión de Las Américas). Esta salvación completa incluye: regeneración para el espíritu; liberación para el alma y sanidad para el cuerpo. Enfatizar desmedidamente cualquiera de las partes es un desequilibrio que debemos evitar. La dádiva de Dios en Cristo incluye a todo el ser. “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad (Col. 2:9, 10). En el capitulo cinco del evangelio de Lucas vemos a Jesús supliendo diferentes necesidades del ser humano.

Éxito laboral (Lc.5:1-11)

Jesús necesitó una barca para predicar y enseñar a las multitudes que se habían agolpado para escucharle. Cerca de allí había una que era de Pedro y se la pidió prestada. La noche anterior, Pedro y sus compañeros, habían estado pescando sin éxito. Después de predicar el evangelio, el Señor le dijo al discípulo: “Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar”. En ese momento Pedro había olvidado su fracaso anterior y abandonando su razonamiento lógico de experto pescador, se aferró a las palabras de Jesús. “Maestro toda la noche hemos estado trabajando y nada hemos pescado: mas en tu palabra echaré la red… Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía…  y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían” ¡Qué gran victoria! Sin embargo, este éxito empresarial de Pedro no le hizo envanecerse, sino que le trajo convicción de pecado y dependencia de Jesús; no sólo a él, también a todos los que le acompañaban. “Viendo esto Simón Pedro. Cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mi, Señor, porque soy hombre pecador.  Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él y de todos los que estaban con él… Jacobo y Juan”. El  Señor le dio a Pedro este éxito laboral después de poner su barca (empresa) en las manos de Jesús, pero le tenía reservado un éxito mayor, el  llamamiento  ministerial. “Desde hoy serás pescador de hombres”.         

La sanidad física es la voluntad de Dios (Lc.5:12-26)

Dios ha provisto, a través del Mesías, la sanidad para nuestros cuerpos. Un leproso le pregunta a Jesús: “Señor, si quieres puedes limpiarme”.  La respuesta revela la voluntad del Padre sobre la enfermedad. “Quiero, sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él. Los evangelios están llenos de testimonios de sanidades en el ministerio de Jesús. Los Hechos de los apóstoles nos muestran muchos de los milagros que hizo la iglesia primitiva. Dios no ha cambiado. Jesús es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Su misericordia siempre es nueva hacia los enfermos (Heb.13:8) (Lam.3:22-24).

Perdón de pecados (Lc.5:20-26)

El perdón es una de las terapias más poderosas para volver a la armonía y el equilibrio espiritual y emocional. La falta de perdón nos hunde en la culpabilidad y la depresión. Jesús ha venido al mundo, no para condenarlo, sino para perdonarlo y salvarlo dando su vida (Jn.3:17-21). Él es nuestra garantía del perdón de pecados. Dios nos perdona sobre la base de la fe en Jesús y el arrepentimiento. Esto sorprendió al sistema religioso de su tiempo y sigue haciéndolo hoy. El cielo ha legitimado a Jesús para perdonar los pecados del hombre y liberarlo de sus ataduras. “Hombre, tus pecados te son perdonados (Lc.5:20). “Y a ella le dijo: tus pecados te son perdonados (Lc. 7:48). ”Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete y no peques mas (Jn.10:10-11).

El sentido de la vida  (Lc.5:27-32)

Uno de los mayores beneficios que puede experimentar el ser humano es encontrar el sentido de la vida. Las grandes frustraciones del hombre vienen dadas por la falta de ese sentido de la existencia y del propósito (proyecto) en este mundo. El apóstol Pedro lo encontró después de una noche de fracaso y pérdida obedeciendo la voz de Jesús (Lc.5:10-11) (Mt.4:18-20). Mateo (Leví), recibió el verdadero sentido a su vida cuando respondió con firmeza al llamamiento del Mesías. Solo una palabra le bastó para entrar a formar parte de la dicha más grande del hombre: “Sígueme”. Desde ese momento abandonó la rutina diaria de cobrar impuestos para otros, y entró en el dinamismo glorioso de ser un discípulo de Jesús. El llamamiento divino es un beneficio de la gracia de Dios que transforma nuestra existencia y la eleva a un sentido de dirección privilegiada. No todos han sido llamados para ser apóstoles, profetas o pastores… dejándolo todo para seguir al Maestro; pero todos podemos experimentar la dicha de ser llamados a la comunión con el Hijo que revolucionará nuestras vidas (1Jn.1:1-3). Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor” (1Co.1:9).

Odres nuevos para vino nuevo (Lc. 5:37-39)

Dios ha provisto el vino nuevo del evangelio que incluye múltiples beneficios. Esos beneficios solo se pueden retener si el recipiente es nuevo también. El vaso es el hombre nuevo que vive santificado para ser útil al Señor (2Tim. 2:19-21). No se pueden retener los beneficios de Dios sin una vida transformada y santificada, que viva en armonía con el vino nuevo. Esa vida en santidad está provista también en Cristo (1 Co.1:30 y 6:11). Por lo tanto, es posible el equilibrio entre la aceptación de los beneficios de Dios y su correcta asimilación para servir a los hermanos.

La provisión de Dios nos trae beneficios a través del Nuevo Pacto en Cristo. Estos beneficios suplen las múltiples necesidades que el hijo de Dios enfrenta. En este capítulo hemos visto algunos: éxito laboral; sanidad física; perdón de pecados; un llamamiento santo y un vaso santificado que puede retener la bendición de Dios y a la vez compartirla con otros.

La experiencia del amor y el cuidado de Dios deben producir una vida de alabanza y gratitud. “Bendice, alma mía, a YHWH, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a YHWH, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; el que sacia de bien tu boca, de modo que te rejuvenezcas como el águila” (Sal. 103:1-6).

Y ello debe conducirnos a un servicio gozoso a nuestro Señor y a la sociedad. “Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra. Servid a YHWH con alegría; venid ante su presencia con regocijo. Reconoced que YHWH es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado. Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza; alabadle, bendecid su nombre. Porque YHWH es bueno; para siempre es su misericordia, y  su verdad por todas las generaciones”  (Sal. 100:1-5).

EL MILAGRO (3) – Equilibrio ministerial

El milagro de una vida equilibrada - 2El milagro de una vida equilibrada

Capítulo 3 (Lucas 4)

El equilibrio ministerial

Dar golpes de péndulo de un extremo a otro es común en el ser humano sea cual fuere la labor que realice.  Los ministerios espirituales también. Podemos extremarnos hacia la “religiosidad y conservadurismo” o por el contrario, “el sectarismo y exclusivismo”. Ninguno de ellos es la voluntad de Dios. Las posiciones de autoridad son lugares de grandes riesgos. Muchos para evitar la responsabilidad renuncian al peligro y evitan la potestad que se les delega. Otros tienen ambiciones de poder y lo buscan con diligencia para imponerse a los demás. Sin lugar a dudas, Dios es el que mas arriesga cuando delega autoridad en el ser humano.

Autoridad bajo autoridad

Toda autoridad es dada por Dios (Ro. 13:1).  y debe ser ejercida bajo el “temor de Dios”. La autoridad que Dios delega a los responsables de la iglesia es para establecer el orden y edificar Su obra. Debemos distinguir entre:

  • Ejercer autoridad (mayordomía)
  • Ejercer dominio (enseñorearse)

Los hombres con ministerios espirituales deben ejercer la autoridad delegada por Dios viviendo bajo autoridad, y con el fin de edificar y ordenar Su obra. Nunca tratarán de enseñorearse de la congregación (2 Co.10:8 y 13:10) (Lc.7:7-10) (Tít. 1:5) “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1 P.5:2-3).

Señales de desequilibrio espiritual

El apóstol Pablo escribió: “… El que piensa estar firme, mire que no caiga (1Co.10:12). Debemos velar orar para no caer (Mr.14:37-38) en las tentaciones propias del uso de autoridad. Hay que guardar el corazón, examinándolo a menudo, porque de él mana la vida (Pr.4:23). Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad y guíame en el camino eterno” (Sal. 139:23-24). Miremos algunas de las señales que pudieran mostrar signos de salirse de la calzada.

  1. Abuso de autoridad. Es cuando se ejerce dominio y presión sobre las personas, manipulándolas  para conseguir los fines deseados. Querer controlar la voluntad de los sencillos y simples. Para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error” (Efesios, 4:14).
  2. Pretender el control o monopolio de la unción. Usar formas “extrañas” para forzar el fluir de la unción de Dios y conseguir nuestras metas. ¡Que peligroso! Debe ser el Espíritu Santo quién nos dirija según Su voluntad (1Co. 12:11). Algunos pretenden la unción para el servicio del sistema religioso y fuerzan (sin darse cuenta) la acción de “otro espíritu…” (2Co. 11:4).
  3. Por no resistir la adulación de las masas. De forma secreta y como una semilla que crece oculta, podemos albergar en nuestro corazón las adulaciones que engendran el orgullo espiritual. Si no se aborta a tiempo esa semilla pronto pretenderemos “ser los mejores”; actuaremos con altivez y despreciaremos a otros hermanos o iglesias (2Co. 10:4-5). Estos son murmuradores, querellosos, que andan según sus propios deseos, cuya boca habla cosas infladas, adulando a las personas para sacar provecho” (Jud.16).Pues hablando palabras infladas y vanas, seducen con concupiscencias de la carne y disoluciones a los que verdaderamente habían huido de los que viven en error” (2P.2:18).
  4. Por no equilibrar el ministerio a las multitudes con el ministrar a Dios. Es fácil caer en el “activismo desenfrenado” de “la obra de Dios”; y perder en ello al “Dios de la obra”. Eso no puede ser. El aposento secreto de oración nos guardará en equilibrio. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público” (Mt.6:6).
  5. Por no acudir a la cita del desierto y la prueba cuando nos lleva el Espíritu Santo. Esto es difícil de digerir. En esos lugares seremos entrenados, adiestrados y forjados para nuevas batallas a las que Dios nos llevará (Hch.8:26) (1P.5:10). “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (Stg. 1:2-4). Las fórmulas modernas de éxito rápido y con el mínimo esfuerzo, muy de moda en la actualidad –también en la iglesia- nos alejan de los medios divinos para el fruto duradero (Jn.15:2,16). La máxima “consigue lo que quieres por los medios que sea” se ha infiltrado en la iglesia. Seamos honestos y reconozcamos que en el Reino de Dios “el fin no justifica los medios (2Tim.3:1, 2,5).
  6. Vender la verdad del evangelio. Predicar lo que es agradable al oído carnal y mundano por temor a perder gente y popularidad; que a su vez conlleva una pérdida de poder económico y de conseguir los programas presupuestados. ¡Que gran tentación! (2Co.2:17 y 4:2) (Gá.1:10) (Jn.6:60-69). “Sordos, oíd, y vosotros, ciegos, mirad para ver. ¿Quién es ciego, sino mi siervo? ¿Quién es sordo, como mi mensajero que envié? ¿Quién es ciego como mi escogido, y ciego como el siervo de JHWH, que ve muchas cosas y no advierte, que abre los oídos y no oye? JHWH se complació por amor de su justicia en magnificar la ley y engrandecerla. Mas este es pueblo saqueado y pisoteado, todos ellos atrapados en cavernas y escondidos en cárceles; son puestos para despojo, y no hay quien libre; despojados, y no hay quien diga: Restituid (Is.42: 18-22).

Vivimos tiempos difíciles y de grandes sutilezas y engaños disfrazados con el mejor camuflaje. Solo podemos escapar aferrados a Cristo y su palabra. Nuestro punto de mira debe estar centralizado en Jesús. La percepción espiritual que nos hace discernir las imitaciones y falsificaciones de la verdad podemos encontrarla viviendo unidos íntimamente al dador de la verdad: Jesucristo (Jn.8:31-32).

Puestos los ojos en Jesús

Miremos a Jesús en el recorrido que estamos haciendo en el evangelio de Lucas. Veamos como podemos encontrar el equilibrio ministerial.  Jesús decidió hacer la voluntad de Dios, y la buscó toda su vida como prioridad máxima (Jn.5:19). “Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí. Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley), y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último. En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre”  (Hebreos, 10:5-10).

Jesús se movió en los tiempos de Dios, sin precipitación ni pasividad. No actuó por su propia cuenta, ni por las presiones de la gente; sino por la hora del reloj profético (Gá.4: 1,2).

Jesús cumplió con toda justicia dejándose bautizar por Juan (Mt.3: 15). Recibió la unción por amar la justicia y aborrecer la iniquidad (Heb.1:9). Esperó la llegada del Espíritu Santo y la aprobación divina para comenzar su ministerio público (Lc.3:21-22). Fue lleno del Espíritu; llevado por el mismo Espíritu al desierto (Lc.4:1); volvió en el poder del Espíritu (Lc.4:14); y supo para qué había sido ungido (Lc. 4: 18-19).

Jesús pasó por el desierto y la prueba superando con sobresaliente ambas etapas de su vida (Lc. 4:1-14).

Jesús se mantuvo en la unción de Dios porque combinó perfectamente su ministerio a las multitudes con la oración privada. Oró en el desierto (Lc.4:1-2). Después de una campaña de milagros y sanidades se apartaba a un lugar desierto para orar (Lc.4:40-42). Su fama se extendía… mas él se apartaba a lugares desiertos y oraba (Lc.5:15-16). Oraba aparte… (Lc.9: 18). Salió a orar con un pequeño grupo de tres discípulos (Lc.9:28-29). Su vida de oración despertó el anhelo de orar de los discípulos (Lc. 11:1). Tenía lugares concretos donde iba a orar de costumbre (Lc.21:37 y 22:39). Enfrentó la noche más oscura de su vida con oración intensa y agonizante. Había entrenado todo su ser para vencer por medio de la oración (Lc.22:40-46). El Hijo de Dios, nuestro substituto, vivió en un equilibrio victorioso el desarrollo de su ministerio a las masas y la comunión íntima con el Padre. Sólo así pudo mantener tal demostración de poder y vitalidad para llevar a cabo la obra de Dios. Para nosotros no puede ser de otra manera. “El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor… (Mt. 10:24-25). Nuestro equilibrio ministerial pasa necesariamente por una vida de oración eficaz y privada.

Jesús se mantuvo fiel a la verdad sin dejarse adular por el sistema religioso (Lc.4:22-30). Tampoco le atemorizaron las amenazas de aquellos que quedaban “dolidos” por sus palabras. Además atacó la mentalidad monopolizadora de ciertos sectores religiosos de su país. El Señor Jesucristo puso las bases para un ministerio equilibrado, sin dejarse manipular por los sentimientos y deseos cambiantes de las multitudes. Sabía lo que debía hacer y lo que necesitaba evitar. Como Maestro y Señor ha mostrado el camino que deben recorrer sus discípulos (Jn.13:13-17).

EL MILAGRO (2) – Regreso al equilibrio

El milagro de una vida equilibrada - 2El milagro de una vida equilibrada

Capítulo 2 (Lucas 3)

Regreso al equilibro: el arrepentimiento

La primera noticia del evangelio, el primer mensaje que contiene, es el arrepentimiento para regresar al equilibrio. Hemos nacido desequilibrados por el pecado y necesitamos arrepentirnos para volver a la estabilidad en todo nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo. Antes de la manifestación del Mesías, Juan el Bautista vino predicando el bautismo de arrepentimiento (Lc.3:2-6). Es un mensaje dirigido al corazón para que más tarde afecte al alma y el cuerpo, con las obras dignas de arrepentimiento…”Para hacer volver (arrepentimiento) los corazones…” (Lc.1:17). “Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Lc.3:8). El arrepentimiento nos hace volver, en primer lugar, de la rebeldía a la prudencia (equilibrio) de un corazón justo. El primer acto pecaminoso que se cometió fue de rebelión. Lucifer se rebeló contra Dios (Ez.28:11-19). El primer pecado realizado por el hombre fue rebelarse contra la palabra de Dios (Gn.2:16-17 y 3:6). Por lo tanto, el arrepentimiento va dirigido hacia el corazón rebelde del que todos nosotros hemos participado. Necesitamos arrepentimos del pecado de rebelión contra Dios y su palabra. Este es un mensaje muy impopular para la sociedad humanista y permisiva actual.

Juan el Bautista fue encarcelado y decapitado por predicar este mensaje. Jesús el Mesías lo recuperó e inició su ministerio con las mismas palabras. “Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio (Mr. 1:14-15). Al terminar su ministerio en la tierra, Jesús traspasó el mensaje a sus discípulos. “Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese y resucitase de los muertos al tercer día: y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lc.24:45-47). Los discípulos fueron obedientes y el primer mensaje que predicaron, para que su generación entrara en el equilibrio divino, fue el arrepentimiento. “Pedro Les dijo: arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de pecados: y recibiréis el don del Espirito Santo (Hch.2:38). “Así que, arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados;  para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio” (Hch.3:19).

Debemos definir el  arrepentimiento como un regreso, volver a empezar. Es una decisión que produce un cambio de mente, que a su vez conlleva un cambio de propósito y acción. El arrepentimiento bíblico es para regresar a Dios, regresar a sus caminos y propósitos. Es la senda para el perdón de los pecados, unido a la fe en Jesús (Hch.20:21).

Resultados del arrepentimiento

El arrepentimiento verdadero comienza rápidamente a producir frutos y resultados del cambio efectuado. Si el fruto no se produce el arrepentimiento queda neutralizado. Se frena en diferentes atajos o falsificaciones que pretenden los mismos resultados pero sin recorrer el camino verdadero. Algunos de estos atajos son el remordimiento, el reconocimiento o los deseos de cambio. Estos sólo se duelen por lo hecho,  -la acción reprobable-, pero no han decidido un cambio radical. No sirve. El arrepentimiento tiene consecuencias y restituye el daño causado. “Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: he aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado. Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa” (Lc.19:8-9). Veamos los resultados de un arrepentimiento genuino.

  1. Prepara el camino al Señor (Lc.3:2-6).

El hombre entra así en un camino de equilibrio que hace posible que la gloria de Dios descienda. Los valles (menosprecio, complejos, humillaciones) se rellenarán. Los montes y collados (orgullo, idolatría, autosuficiencia, soberbia) se bajarán. Los caminos torcidos (pecado, vicios, obras de la carne, mundanalidad) son enderezados. Los caminos ásperos (dureza de corazón, crueldad, violencia, mal carácter) son allanados. Lo que queda de esta transformación es el camino de santidad por donde Dios se pasea.

  1. El orden de Dios en la vida familiar (Lc.1:17) (Mal.4:5-6).

El arrepentimiento trae el equilibrio a la vida familiar. Pone en armonía al padre con el hijo, y al hijo con el padre. Cuando no está presente en alguno de sus miembros es cuando se produce la disensión (Mt.10:34-36) (Lc. 12:51-53). “…Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu  casa (Hch.16:31). Cuando Dios ha alcanzado el corazón del hombre quiere llegar al corazón de la sociedad: la familia. “Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra” (Hch.3:25-26).

  1. Extirpa la rebeldía y libera la obediencia.

El arrepentimiento ataca como antídoto la sustancia mas venenosa del maligno: la rebelión; y deja en su lugar un remanso de obediencia que sana y equilibra nuestras vidas. La rebelión es la madre de todos los desequilibrios. El corazón justo y obediente a Dios y su palabra es árbol de vida. El fruto del justo es árbol de vida” (Pr.11:30).

  1. Orden y justicia social (Lc.3:10-14).

El arrepentimiento verdadero pregunta ¿qué haremos? Puesto que es un cambio de mente, propósito y acción. El arrepentido quiere saber cuál debe ser su nueva manera de pensar y vivir para llevarlo a cabo (Ef.4 y 5) (Col.3 y 4). La Biblia tiene respuestas para cada área de la nueva vida. La sociedad recibirá los beneficios de los que viven por los principios del Reino de Dios. “Y la gente le preguntaba, diciendo: Entonces, ¿qué haremos? Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo. Vinieron también unos publicanos para ser bautizados, y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos? El les dijo: No exijáis más de lo que os está ordenado. También le preguntaron unos soldados, diciendo: Y nosotros ¿qué haremos? Y les dijo: No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario (Lc.3:10-14).

  1. Produce más arrepentimiento.

Cuando entramos en la dinámica de esta verdad vivimos entrenados para rectificar y volver de posibles errores. Los desequilibrios, desórdenes y pecados nos asaltan a menudo, pero un corazón contrito y humilde nos guiará al arrepentimiento cuando fuere necesario (Sal.51:10-12,17) (Is.57:15). Si pensamos que por ser “creyentes” ya nos hemos arrepentido una vez, y no tenemos por qué volver a esa senda, estamos entrando en la dureza de corazón que nos arrastrará a la destrucción (Mr.3:5 y 16:14) (Ro.2:5) (Ef. 4:17-19). Cada vez que un líder o pastor no se arrepiente de los pecados cometidos de sectarismo o religiosidad, está acelerando un proceso de desequilibrio, extremismo y excentricidades  en la iglesia. El alejamiento de Cristo, como Eje central, se hace notorio y termina vapuleado y zarandeado por los espíritus de engaño y las doctrinas de demonios. Así comenzaron muchas sectas. Por lo tanto, un corazón dado al arrepentimiento, cuando fuere necesario, es una garantía para regresar del error y recibir sanidad y avivamiento (Is.57: 15) (Lc.4: 18) (2 Tim. 2: 24-26). Hay otros muchos resultados de un corazón arrepentido pero éstos nos sirven como ejemplos. Dios “quiere” y “manda” que todos procedamos al arrepentimiento, para que nadie perezca ni quede bajo la ira (2P.3.9) (Hch. 17:30-31).

“¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia; tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo, el judío primeramente y también el griego, pero gloria y honra y paz a todo el que hace lo bueno, al judío primeramente y también al griego; porque no hay acepción de personas para con Dios”  (Romanos 2:4-11).

EL MILAGRO (1) – Etapas determinantes

El milagro de una vida equilibrada - 2

El milagro de una vida equilibrada

Capítulo 1 (Lucas 1 y 2)

Etapas determinantes

La niñez, adolescencia y juventud son etapas de la vida que determinan gran parte de la totalidad del proyecto humano. En estas tres etapas tenemos el proceso que incluye: bases, transición y orientación. En la niñez se colocan LAS BASES fundamentales de la personalidad. La adolescencia llega como una TRANSICIÓN de la niñez al despertamiento de las pasiones y deseos. Es un periodo de descubrimientos de uno mismo. Y la etapa juvenil prepara la ORIENTACIÓN del rumbo y el propósito en la vida. Las tres fases están marcadas por todo tipo de convulsiones internas y externas que afectan al desarrollo equilibrado. Podemos decir que todas ellas componen el primer tercio de la vida del ser humano. Los otros dos serán la edad madura y la vejez (o tercera edad).

En este tiempo somos muy afectados por las influencias externas: familia, colegio, amigos, iglesia, televisión, etc. También es una época de grandes desequilibrios y altibajos que irán formando una personalidad estable y equilibrada, en el mejor de los casos; o por el contrario, dejarán secuelas y deformaciones que afectarán el resto de la vida. Por lo tanto, este primer tercio de la existencia se convierte en clave para cada uno de nosotros. Para Jesucristo Hombre significó lo mismo. Él atravesó estas tres etapas con sobresaliente y es poderoso, hoy, para ayudarnos a pasarlas con buena nota. Por su parte el crecimiento de la vida espiritual recorre un proceso similar.

La niñez de Jesús

Fue engendrado de forma milagrosa por la intervención del Espíritu Santo (Lc.1:34-35), y concebido en el vientre de María en un proceso natural de nueve meses de gestación (Lc.2:6). El Nacimiento estuvo rodeado de sucesos sobrenaturales y maquinaciones del diablo para matarle (Lc.2:10-11) (Mt.2:9-11,16) (Lc.2:25-38). Desde niño oyó que se decían de él grandes cosas. Dios le guardó y protegió de los posibles desequilibrios propios de un niño “especial’ enviando a la familia a Egipto, donde nadie les conocía, y dándole nuevos hermanos que comparten el “protagonismo familiar”. Cuando regresan a Nazaret ha pasado la euforia de su nacimiento y crece como un niño más en su pueblo (Mt.2:13-23) (Mt.13:53-58). El Mesías se forma en el seno de una familia judía piadosa, temerosa de Dios y obediente a la Torah (Lc.2:21-24 y 39-42).

La adolescencia de Jesús

Jesús crece como un niño precoz y adelantado. No cabe duda que se ven en él actitudes que le diferencian de la mayoría (Lc.2:41-50). Se desarrolló, como adolescente, al lado de las Escrituras. Amaba la palabra de Dios y los “negocios de su Padre” (Lc.2:49) (2 Tim.3: 15). Aprendió a discernir el bien del mal por su contacto con la Ley y los Profetas (Is.7:14-16) (Sal. 119:97-104) (Neh.4:12). Se mantuvo limpio y puro en esta etapa de su vida, resistiendo toda tentación, por guardar su palabra (Sal. 119:9-11). Resistió los impulsos de independencia y rebeldía, propios de la edad, sometiéndose a sus padres (Lc.2:51).

La juventud de Jesús

No tenemos muchos datos de la vida de Jesús desde la edad de los doce años hasta los treinta; sin embargo, podemos percibir ciertos aspectos generales, sin entrar en la especulación apócrifa. Trabajó como carpintero. “¿No es éste el carpintero?… “(Mr.6:3) (Mt. 13:55). Aprendió un oficio y conjugó los aspectos naturales y prácticos de la vida, con su desarrollo espiritual. Ambos iban juntos. Poco a poco fue despertando y descubriendo el propósito de Dios para su vida. Fue recibiendo informe tras informe por medio de la revelación profética que le orientaban hacia el propósito divino. No se precipitó. Esperó “el tiempo señalado por el Padre (Gá.4:1-4). Resistió las tentaciones de la impaciencia y la independencia, propias de un joven comprometido, determinado y enérgico. No se adelantó a ninguna etapa de su vida. Las vivió sujeto y anclado a la palabra del Padre. Las necesidades de su pueblo eran alarmantes: la confusión reinaba; los líderes religiosos no solucionaban las necesidades de las personas; sin embargo, Jesús guardó el equilibrio y dominio necesarios para llegar al tiempo de Dios “para su manifestación y ministerio publico” (Lc.3:23) (Jn.7:6-8).

Conclusiones

En primer lugar Jesús se hizo hombre y atravesó cada una de las etapas de su vida en un equilibrio perfecto. Su vida fue una sinfonía armónica entre su naturaleza humana (aunque era Dios), su dependencia del Padre, sus enseñanzas y sus obras. Por ello, es Autor de nuestra fe y Guía de nuestro desarrollo en equilibrio (Heb. 12:2; 2:18; 4:14-16).

En segundo lugar Jesús combinó perfectamente lo humano y lo divino. El crecimiento espiritual y el físico; así como el crecimiento en gracia para con Dios y los hombres (Lc.2:52). Cada ser humano es espíritu, alma y cuerpo. El gran milagro de la realización consiste en vivir un crecimiento integral y equilibrado en cada área de la personalidad (1 Ts.5:23-24). Jesús es nuestro modelo de realización completa como seres humanos y como participantes de la naturaleza divina, al recibir, en el nuevo nacimiento, la naturaleza de Dios  (2P. 1:3-4).

Y como tercera conclusión podemos decir que Jesús supo llegar al punto clave de su vida con “normalidad”.  Se colocó bajo el reloj de Dios sin atrasos ni adelantos sobre el tiempo establecido. Llegó a tiempo. Las tres primeras etapas de su paso por la tierra le llevaron al lugar culminante para él y para la historia de la Humanidad: su ministerio público de tres años y la obra de redención. Nosotros también podemos llegar a tiempo. Enfrentaremos momentos vitales en nuestro peregrinaje, llegaremos a instantes críticos que marcarán nuestro futuro y el de otros. ¡Vayamos con Jesús para llegar en las mejores condiciones al plan de Dios con nosotros!

Tenemos una gran nube de testigos alrededor nuestro que lo consiguieron. Algunos son tipos de Jesús y ejemplos para nuestra esperanza (Ro. 15:4). En las Escrituras podemos ver la juventud de José, la juventud de David y la juventud de Daniel. Se nos dice que “Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud (Lam. 3:27). “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos y lleguen los años de los cuáles digas: No tengo en ellos contentamiento (Eclesiastés, 12:1).

EL MILAGRO – Introducción

El milagro de una vida equilibrada - 2

El milagro de una vida equilibrada

Introducción

El hombre actual vive en un mundo sacudido por la desestabilización. La vida se convierte en una pelea por mantener el equilibrio. El ser humano intenta controlarse a sí mismo y sus circunstancias, pero ambas metas le desbordan, fracasa y le convencen de lo imposible de su empresa. Por lo tanto, comienza a adaptarse y acostumbrarse al desequilibrio y los extremismos. Trata de mantenerse a duras penas y conformarse con ir tirando…

         Así  llegamos al acoplamiento en el sistema de este mundo. Nos resignamos al estado de las cosas. Justificamos la imposibilidad de cambios sustanciales con sutilezas mezquinas. La existencia se convierte de esta forma en un buscarse la vida para sobrevivir de la mejor forma en las líneas que traza la sociedad materialista y consumista.

Por supuesto, hay movimientos de rebelión contra el status quo para salir de esos parámetros y explotar campos de libertad y emancipación; pero al final sólo se consiguen nuevos extremismos.

EL HOMBRE NACE DESEQUILIBRADO, con una naturaleza proclive al desorden. Dependemos de los padres para sobrevivir y a la vez queremos hacer nuestros propios caprichos. Deseamos hacer lo bueno pero nos sale lo malo. Queremos amigos, vivir en convivencia, pero una y otra vez surge la pelea y el alejamiento… La naturaleza del hombre está desequilibrada porque nacemos en pecado, con la simiente del diablo, y sin embargo somos criaturas de Dios. La lucha interior entre el bien y el mal nos atormenta la mayor parte de nuestra vida. La confusión y el desorden lo llevamos dentro de nosotros mismos, por consiguiente necesitaremos ayuda del exterior.

NACEMOS DENTRO DE UN MUNDO DESEQUILIBRADO por la propia acción humana. El pecado entró en el mundo por un hombre (Ro.5: 12) y con él la armonía se hizo añicos. Toda la creación sufrió alteraciones por la desobediencia del hombre. El linaje humano quedó muy limitado en su dominio y señorío, lo que aprovechó el diablo para constituirse en el príncipe de este mundo. Hoy  nacemos y vivimos en un planeta que tiene varios miles de años de  historia de desequilibrios, caos, confusiones y desórdenes acumulados. Vamos a necesitar ayuda y auxilio que vengan de arriba.

Alzaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi socorro? 

Mi socorro viene de YHVH, que hizo los cielos y la tierra (Salmo 121:1).

LA IGLESIA ESTA INVADIDA POR LOS DESEQUILIBRIOS MUNDANOS. Cada uno de nosotros llega a la iglesia en un estado deplorable de desorden, indisciplina y desequilibrio en diversas áreas de nuestra vida. Si la iglesia local donde nos congregamos no está anclada en la Roca (Cristo y su Palabra), pronto hacemos de ella un campo minado de confusiones, desordenes, indisciplinas y extremismos sectarios y religiosos… Convertimos la congregación de Dios en una extensión del “ruido mundanal” y una ampliación de los sistemas de este siglo. Así la sal pierde su sabor, la luz ya no puede brillar y la mezcla es de tal magnitud que se confunden los pilares fundamentales de la claridad y el orden divino (Is.5:18-23). Llegamos a Babilonia.

La iglesia, por tanto, va a necesitar ayuda para no apoyarse en brazo de carne, sino en el brazo fuerte de YHWH y la Roca eterna de los siglos (Jer. 17:5) (Is.30:1-3) (2 Cr.32:7-8) (Gn.49:24ss.). El Unigénito Hijo de Dios, y su palabra ungida, son la garantía del equilibrio que necesitamos para el hombre, el mundo y la iglesia. Sólo él ha vivido en completo equilibrio en este mundo, aunque “fue tentado en todo, según nuestra semejanza” y venció (Heb.2:18 y 4:15-16). Jesucristo es el equilibrio verdadero para la vida del hombre. Lejos de él las olas nos derribarán. Viajando con Jesús en la barca la tormenta y los vientos se calmarán (Mr.4:35-41). Sólo con Jesús como Guía y Eje de nuestras vidas podremos viajar hacia los diferentes puertos que Dios ha diseñado para cada uno de nosotros (Ef.2:10) (Heb. 12:2).

ALGUNOS DE LOS DESEQUILIBRIOS QUE SE HAN INFILTRADO EN LA IGLESIA DE HOY SON: Sectarismo. Exclusivismo. Hedonismo (cultura del placer y doctrinas extremas sobre la prosperidad y el éxito). Huir de todo tipo de sufrimiento. Manifestaciones de “poder” glorificadas que desplazan la cruz de Jesucristo, su muerte y resurrección. Énfasis desequilibrados y exclusivos en ser los “portadores” de la unción y el avivamiento. Énfasis exagerados sobre verdades importantes que desplazan la diversidad del Cuerpo de Cristo y los dones dados a la iglesia. Suelen ser temas monográficos que impiden el fluir de todo el consejo de Dios. Verdades que, aunque puedan ser parte de la edificación de la iglesia, se convierten en “mono temas”, incluso en obsesiones patológicas.

Por todo ello, pondremos nuestros ojos en Jesús, a través del EVANGELIO DE LUCAS para encontrar las guías que nos conducirán a una vida anclada en el Autor y Consumador de nuestra fe. Jesucristo, el Hombre equilibrado por excelencia, es nuestra garantía de estabilidad. Con toda seguridad encontraremos sorpresas, puesto que en ocasiones lo que para Dios es equilibrio, para el hombre inseguridad; y en otras, lo que es orden y lógica humana para Dios insensatez y locura.