MANUAL (5) – Los efectos físicos y mentales de la palabra de Dios

MANUAL DEL CRISTIANOLos efectos físicos y mentales de la palabra de Dios

En el estudio anterior descubrimos los siguientes tres efectos de la palabra de Dios: La palabra de Dios produce fe, y la fe, a su vez, se relaciona directamente con la palabra de Dios porque la fe es creer y actuar según lo que Dios ha dicho en su palabra. La palabra de Dios, recibida como la simiente incorruptible en el corazón de un creyente, produce el nuevo nacimiento; una naturaleza nueva y espiritual creada dentro del creyente y llamada en las Escrituras “el nuevo hombre’’. La palabra de Dios es el alimento espiritual que Dios asignó, al creyente para que alimente con regularidad su nueva naturaleza, si es que espera crecer hasta ser un cristiano saludable, fuerte y maduro.

Sanidad física

La obra de la palabra de Dios es tan variada y maravillosa que proporciona no solamente salud y fuerza espiritual para el alma, sino también salud y fortaleza física para el cuerpo. Vayamos primero a los Salmos:

Por causa de sus caminos rebeldes, y por causa de sus iniquidades, los insensatos fueron afligidos. Su alma aborreció todo alimento, y se acercaron hasta las puertas de la muerte. Entonces en su angustia clamaron al Señor, y El los salvó de sus aflicciones. El envió su palabra, y los sanó, y los libró de la muerte. Salmo 107:17-20, (BLA).

El salmista nos ofrece la descripción de hombres tan desesperadamente enfermos que han perdido todo apetito por los alimentos y yacen a las puertas de la muerte. En su situación extrema claman al Señor, y él les envía lo que piden: sanidad y liberación. ¿Por qué medio se las envía? Por su palabra. Porque el salmista dice: El envió su palabra, y los sanó, los libró de la muerte. Salmo 107:20

Junto a este pasaje del Salmo 107 podemos colocar el pasaje de Isaías 55:11 donde Dios dice:

Así será mi palabra que sale de mi boca;
No volverá a mí vacía.
Sino que hará lo que yo quiero,
será prosperada en aquello para que la envié. Isaías 55:11

En el Salmo 107:20 leemos que Dios envió su palabra para sanar y liberar. En Isaías 55:11 Dios dice que su palabra hará lo que él quiere y será prosperada en aquello para lo que la envió. De esta manera Dios garantiza absolutamente que él proveerá la sanidad mediante su palabra. Esta verdad de sanidad física a través de la palabra de Dios se declara aun más completamente en Proverbios, donde Dios dice:

Hijo mío, está atento a mis palabras;
Inclina tu oído a mis razones.
No se aparten de tus ojos;
Guárdalas en medio de tu corazón;
Porque son vida a los que las hallan,
Y medicina a todo su cueipo. Proverbios 4:20-22

¿Qué promesa de sanidad física podría ser más amplia que ésa? “Medicina a todo su cuerpo.” En esa frase está incluida cada parte de nuestro organismo. No se omite nada. En la edición de 1984 de la Biblia al Día el término alternativo de “medicina” es “salud”, pues la misma palabra hebrea tiene ambos significados. De esta manera Dios se ha comprometido a proporcionar sanidad y salud completas. Observe la frase de introducción al inicio del versículo 20: Hijo mío. Eso indica que Dios está hablándole a sus propios hijos creyentes. Cuando una mujer sirofenicia vino a Cristo para pedirle la sanidad de su hija. Cristo le replicó:

No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. Mateo 15:26

Con estas palabras Cristo indicaba que la sanidad era el pan de los hijos; dicho de otro modo, es parte de la porción diaria que Dios ha destinado para todos sus hijos. No es un lujo por el que deberán hacer ruegos especiales y que pudiera o no serles concedido. No, es su “pan”, parte de la provisión diaria asignada por su Padre celestial. Esto concuerda exactamente con el pasaje que leímos en Proverbios 4, donde la promesa de Dios de perfecta sanidad y salud se la dirige a cada creyente hijo de Dios. Tanto en el Salmo 107 corno en Proverbios 4, el medio en que Dios proporciona la sanidad es su palabra. Este es otro ejemplo más de la verdad vital que hemos recalcado antes: que Dios mismo está en su palabra y que es en ella que él viene a nuestra vida.

En tanto examinamos el reclamo hecho en Proverbios 4:20-22 de que la palabra de Dios es medicina para todo nuestro cuerpo, podemos llamar a estos tres versículos la gran “botella de medicina” de Dios. Contienen una medicina, jamás preparada en la tierra; una medicina que está garantizada para curar todas las enfermedades.

Sin embargo, cuando un médico receta una medicina, normalmente se asegura de que en la etiqueta estén claras las instrucciones para tomarla. Esto implica que no puede esperarse una curación a menos que la medicina se tome regularmente, de acuerdo con las instrucciones. Lo mismo sucede con la “medicina” de Dios en Proverbios. Las instrucciones están “en la etiqueta”, y no puede garantizarse la curación si no se sigue el método prescrito. ¿Cuáles son esas instrucciones? Se especifican cuatro:

1.- Está atento a mis palabras.

2.- Inclina tu oído.

3.- No se aparten de tus ojos.

4.- Guárdalas en medio de tu corazón.

Analicemos estas instrucciones un poco más de cerca. La primera es está atento a mis palabras. Cuando leemos la palabra de Dios, necesitamos prestarle atención detenida y cuidadosa. Necesitamos concentrar nuestro entendimiento en ella. Es preciso que le demos acceso libre a todo nuestro ser interior. Con frecuencia leemos la palabra de Dios sin prestarle toda nuestra atención. La mitad de nuestra mente está concentrada en lo que leemos; la otra mitad está ocupada con lo que Jesús llamó “los cuidados de la vida.” Leemos algunos versículos, o quizás incluso un capítulo o dos, pero al final no tenemos una idea clara de lo que hemos leído. Nuestra mente divagaba.

Recibida de esta forma, la palabra de Dios no producirá los efectos que Dios quiere. Cuando leamos la Biblia, es preciso hacer lo que Jesús recomendó cuando habló de la oración: que nos retiremos a nuestro rincón privado y cerremos la puerta. Debemos encerrarnos con Dios y dejar afuera las cosas del mundo.

La segunda instrucción en la botella de medicina de Dios es inclina tu oído. El oído inclinado indica humildad. Es lo contrario de ser orgulloso y altanero. Tenemos que ser dóciles a la enseñanza. Debemos estar dispuestos a permitir que Dios nos enseñe. En el Salmo 78:41 el salmista habla de la conducta de los israelitas mientras vagaban por el desierto entre Egipto y Canaán, y les acusa de que limitaron al Santo de Israel.

Por su testarudez e incredulidad pusieron límites a lo que permitirían que Dios hiciera por ellos. Hoy, muchos que profesan ser cristianos hacen lo mismo. No se acercan a la Biblia con una mente abierta o un espíritu dócil. Están llenos de prejuicios o ideas preconcebidas —a menudo inculcadas por la secta o denominación en particular a que pertenecen— y no están dispuestos a aceptar ninguna enseñanza o revelación de las Escrituras que vaya más allá, o contradiga, sus propias creencias fijas. Jesús acusó a los líderes religiosos de su tiempo con esta falta:

Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición (…) Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres. Mateo 15:6,9

El apóstol Pablo había sido un prisionero de las tradiciones y los prejuicios religiosos pero, mediante la revelación de Cristo en el camino de Damasco, quedó libre de ellos. A partir de entonces en Romanos 3:4 lo encontramos diciendo:

…antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso.

Si queremos recibir todo el beneficio de la palabra de Dios, tenemos que aprender a tomar la misma actitud.

La tercera instrucción en la botella de medicina de Dios es no se aparten de tus ojos, donde el sujeto implícito son los dichos y palabras de Dios, El fallecido evangelista Smith Wigglesworth dijo una vez: “El problema con muchos cristianos es que tienen estrabismo espiritual: con un ojo miran a las promesas del Señor, y con el otro, miran en otra dirección.”

A fin de recibir los beneficios de la sanidad física prometida en la palabra de Dios, es necesario mantener ambos ojos fijos sin desviarlos de las promesas del Señor. El error que cometen muchos cristianos es apartar los ojos de las promesas de Dios y mirar al caso de otros cristianos que no han logrado recibir la sanidad. Cuando hacen eso, su propia fe vacila, y ellos, a su vez, no reciben la sanidad.

El que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor. El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos. Santiago 1:6-8

En semejante situación es útil recordar este versículo: Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios; más las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre, a fin de que guardemos todas las palabras de esta ley. Deuteronomio 29:29, (BLA).

La razón por la que algunos cristianos no reciben sanidad sigue siendo un secreto, que únicamente Dios conoce y no lo ha revelado al hombre. No tenemos que preocuparnos de secretos como éste. Más bien necesitamos preocuparnos de las cosas que han sido reveladas: las declaraciones y promesas claras de Dios, que nos han sido dadas en su palabra. Por consiguiente, las cosas reveladas en la palabra de Dios nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre; ellas son nuestra herencia como creyentes; son nuestro derecho inalienable. Y nos pertenecen “para que las realicemos todas”; es decir, que podamos actuar en base a ellas por fe. Cuando lo hacemos, las probamos ciertas por experiencia propia.

La primera instrucción habló de “atender”; la segunda, de “inclinar el oído”; la tercera, de “fijar los ojos”. La cuarta instrucción en la botella de medicina de Dios se refiere al corazón, el centro íntimo de la personalidad humana, porque habla de “guardarlas en medio de tu corazón”. En Proverbios 4:23 se recalca la influencia decisiva del corazón en las experiencias humanas: Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida.

En otras palabras, lo que está en nuestro corazón controla el curso completo de nuestra vida y todo lo que experimentamos. Si recibimos las palabras de Dios con atención cuidadosa —si les damos entrada regularmente, tanto a través de los oídos como de los ojos, para que ocupen y controlen nuestro corazón— entonces descubrimos que son exactamente lo que Dios ha prometido: vida para nuestras almas y salud para nuestro cuerpo.

Durante la Segunda Guerra Mundial, mientras trabajaba con los servicios médicos en el Norte de Africa, me enfermé con un problema de la piel y de los nervios que la Medicina, en aquel clima y bajo aquellas condiciones, no tenía cura. Pasé más de un año en el hospital, donde me aplicaron todos los tratamientos disponibles. Por más de cuatro meses seguidos estuve confinado a una cama. Finalmente, se me dio de alta en el hospital a petición propia, sin haberme curado.

Decidí no buscar más tratamiento médico, sino poner a prueba en mi caso personal la promesa de Dios en Proverbios 4:20-22. Tres veces al día me apartaba, encerrándome a solas con Dios y su palabra, oraba y pedía a Dios que su palabra en mí fuera lo que él había prometido que debía ser: medicina a todo mi cuerpo.

El clima, la dieta y todas las otras circunstancias externas eran todo lo desfavorables que podían ser. En realidad, muchos hombres sanos estaban enfermando a mi alrededor. No obstante, mediante la sola palabra de Dios, sin recurrir a otros medios de curación de ninguna clase, recibí una sanidad completa y permanente en corto tiempo.

Debo añadir que en modo alguno estoy criticando o disminuyendo a la Medicina: agradezco todo el bien que logra. En realidad, yo mismo estaba trabajando con los servicios médicos. Pero el poder de la ciencia médica tiene un límite; el poder de la palabra de Dios es ilimitado.

Muchos cristianos de diferentes procedencias denominacionales tienen testimonios similares al mío. Tengo una carta de una mujer presbiteriana a quien se le pidió que diera testimonio en un servicio donde había muchos enfermos por quienes se iba a orar. Mientras esta mujer testificaba y en realidad citaba las palabras de Proverbios 4:20-22, otra mujer en el asiento contiguo, que había estado sufriendo de un espantoso dolor producido por un disco aplastado en su cuello, quedó sanada al instante —sin que siquiera se orara por ella— sencillamente por escuchar con fe la palabra de Dios.

Más tarde, dediqué una semana de mi programa radial de enseñanza bíblica a este tema de la botella de medicina de Dios. Una oyente que sufría de eczema crónico decidió tomar la medicina de acuerdo con las “indicaciones”. Tres meses después me escribió para decirme que por primera vez en veinticinco años su piel estaba completamente libre de eczema. Las palabras del Salmo 107:20 se cumplen todavía hoy:

Envió su palabra y los sanó,
Y los libró de su ruina.

Los cristianos que testifican hoy del poder sanador de la palabra de Dios pueden decir, como el mismo Cristo le dijo a Nicodemo:

De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos. Juan 3:11

Para los que necesitan sanidad y liberación:

Probad y ved que el Señor es bueno.
¡Cuán bienaventurado es el hombre que en El se refugia!. Salmo 34:8, (BLA).

¡Pruebe esta medicina de la palabra de Dios por usted mismo! ¡ Observe cómo obra! No es como muchas medicinas terrenales, amarga y desagradable. Ni obra, como muchas medicinas modernas, aliviando un órgano del cuerpo, pero causando una reacción que daña a algún otro órgano. No, la palabra de Dios es totalmente buena, totalmente benéfica. Cuando se toma de acuerdo con su dirección, trae vida y salud a todo nuestro ser.

Iluminación mental

En el campo de la mente, también, el efecto de la palabra de Dios es único.

La exposición de tus palabras alumbra;
Hace entender a los simples. Salmo 119:130

El salmista habla de dos efectos producidos en la mente por la palabra de Dios: “iluminación” y “entendimiento”. En el mundo de hoy la educación es mucho más apreciada y universalmente ambicionada que en cualquier otro período de la historia del hombre. No obstante, la educación secular no es lo mismo que “iluminación” o “entendimiento”. Ni es un sustituto para éstos. En realidad, no hay sustituto para la luz. Ninguna otra cosa en todo el universo puede hacer lo que hace la luz. Así mismo es en la mente humana la palabra de Dios: nada puede hacer lo que ella hace en la mente humana, ni nada puede ocupar el lugar de la palabra de Dios.

La educación secular es algo bueno, pero se puede usar mal. Una mente sumamente educada es un instrumento precioso… igual que un cuchillo afilado. Pero un cuchillo puede usarse mal. Un hombre puede empuñar un cuchillo afilado y usarlo para cortar comida para su familia. Otro hombre puede empuñar un cuchillo similar y usarlo para matar a otro ser humano.

Lo mismo sucede con la educación secular. Es algo maravilloso, pero puede ser usada indebidamente. Divorciada de la iluminación de la palabra de Dios, puede volverse extremadamente peligrosa. Una nación o civilización que se concentra en la educación secular sin darle lugar a la palabra de Dios está sencillamente forjando los instrumentos de su propia destrucción. Los acontecimientos recientes en la técnica de la fisión nuclear es uno entre muchos ejemplos históricos de esta realidad.

Por otra parte, la palabra de Dios revela al hombre las cosas que él nunca sería capaz de descubrir por su propio intelecto: la realidad de Dios el Creador y Redentor; el verdadero propósito de la existencia; la naturaleza íntima del hombre; su origen y su destino. A la luz de este revelación, la vida toma un significado enteramente nuevo. Con una mente iluminada así, un hombre se ve a sí mismo como una parte de un solo plan general que abarca el universo. Al encontrar su lugar en este plan divino, alcanza un sentido de dignidad propia y logro personal que satisfacen sus más profundos anhelos.

El efecto de la palabra de Dios sobre la mente, no menos que su efecto sobre el cuerpo, se ha hecho realidad para mí por experiencia propia. Tuve el privilegio de recibir la más selecta educación que la Gran Bretaña podía ofrecer a mi generación, culminada con siete años en la Universidad de Cambridge, estudiando filosofía antigua y moderna. Todo el tiempo buscaba algo que le diera un significado y propósito real a la vida. Desde el punto de vista académico, tuve éxito, pero en mi fuero interno permanecía frustrado, sin colmar mis anhelos.

Finalmente, como último recurso, empecé a estudiar la Biblia solamente como una obra filosófica. La estudié con escepticismo, habiendo rechazado todas las formas de religión. Sin embargo, antes que pasaran muchos meses, e incluso antes de llegar al Nuevo Testamento, la entrada de la palabra de Dios me había impartido la luz de la salvación, la seguridad del perdón de los pecados, la conciencia de la paz interior y la vida eterna. Había encontrado lo que había estado buscando: el verdadero significado y propósito de la vida.

Es oportuno terminar esta sección regresando a Hebreos 4:12.

Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.

Esto confirma y resume las conclusiones a que hemos llegado con respecto a la palabra de Dios: no hay dimensión de la personalidad humana que no penetre. Llega hasta lo más íntimo al espíritu y al alma, al corazón y a la mente, e incluso hasta la esencia más profunda de nuestro cuerpo físico, las coyunturas y los tuétanos.

En perfecto acuerdo, hemos visto en éste y en el anterior capítulo, que la palabra de Dios, implantada como una semilla en el corazón, da el fruto de la vida eterna. A partir de entonces proporciona alimento espiritual para la nueva vida que así ha nacido. Recibida en nuestros cuerpos produce salud perfecta, y recibida en nuestra mente, produce iluminación mental y entendimiento.

MANUAL (4) – Los primeros efectos de la palabra de Dios

MANUAL DEL CRISTIANOLos primeros efectos de la palabra de Dios

Examinaremos ahora los efectos prácticos que la Biblia afirma producir en quienes la reciben. En Hebreos 4:12 se nos dice que la palabra de Dios es viva y eficaz. El término griego traducido “eficaz” significa enérgico. La idea que nos transmite es una de energía y actividad intensa y vibrante.

De igual manera Jesús mismo dice: Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida (Juan 6:63). Y otra vez, el apóstol Pablo dice a los cristianos de Tesalónica: Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes. 1 Tesalonicenses 2:13

Así vemos que la palabra de Dios no puede ser reducida a meros sonidos en el aire o a marcas en una hoja de papel. Por el contrario, la palabra de Dios es vida; es Espíritu; es activa; es enérgica; obra con efectividad en quienes la creen.

La reacción determina el efecto

No obstante, la Biblia también deja bien en claro que la reacción y la acogida que le den quienes la escuchan determina la manera y el grado en que ella obra en cada circunstancia. Por eso Santiago dice: Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas. Santiago 1:21

Antes que el alma pueda recibir la palabra de Dios con efectos salvadores, hay que desechar ciertas cosas. Santiago especifica dos de ellas: la “inmundicia” y la “abundancia de malicia”, o picardía. La inmundicia denota una complacencia perversa en lo que es licencioso e impuro. Esta actitud cierra la mente y el corazón a la influencia salvadora de la palabra de Dios. Por otra parte, la picardía sugiere en particular el mal comportamiento de un niño. Llamamos “picaro” a un niño respondón que se niega a aceptar’ las amonestaciones de sus mayores, y las discute. Esta actitud hacia Dios se encuentra con frecuencia en el alma no redimida. Muchos pasajes de la Escritura se refieren a ella: Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú para que alterques con Dios? Romanos 9:20 ¿Es sabiduría contender con el Omnipotente? El que disputa con Dios, responda a esto. Job 40:2

Esta actitud, como la inmundicia, cierra el corazón y la mente a los efectos benéficos de la palabra de Dios. Santiago describe como mansedumbre lo opuesto a la inmundicia y a la picardía. La mansedumbre sugiere las ideas de quietud, humildad, sinceridad, paciencia, apertura de corazón y de mente. Estas características con frecuencia se asocian con lo que la Biblia llama “el temor de Dios”; una actitud de reverencia y respeto hacia Dios. Así leemos en los Salmos la siguiente descripción de un hombre abierto para recibir los beneficios y las bendiciones de las amonestaciones de Dios por medio de su palabra:

Bueno y recto es el Señor;
por tanto, El muestra a los pecadores el camino.
Dirige a los humildes en la justicia,
y enseña a los humildes su camino (…)
¿Quién es el hombre que teme al Señor?
El le instruirá en el camino que debe escoger (…)
Los secretos del Señor son para los que le temen,
y El les dará a conocer su pacto. Salmo 25:8-9,12,14, BLA

Vemos aquí que la mansedumbre y el temor del Señor son las dos actitudes necesarias en quienes desean recibir instrucción y bendiciones de Dios mediante su palabra. Estas dos actitudes son opuestas a las que Santiago describe como “inmundicia” y “malicia”. Así descubrimos que la palabra de Dios puede producir efectos muy diferentes en distintas personas y que estos efectos están determinados por las reacciones de quienes la escuchan. Por esta razón leemos en Hebreos 4:12 no sólo que la palabra de Dios es “viva” y “eficaz”, sino también que discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Dicho de otro modo, la palabra de Dios saca a la luz la naturaleza íntima y el carácter de quienes la oyen, y distingue marcadamente entre los diferentes tipos de oyentes.

De la misma manera Pablo describe el carácter revelador y separador del evangelio: Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios. 1 Corintios 1:18 No hay diferencia en el mensaje predicado; el mensaje es el mismo para todos los hombres. La diferencia radica en la reacción de quienes lo oyen. Para quienes reaccionan de un modo, el mensaje parece ser una mera tontería; para quienes reaccionan del modo opuesto, el mensaje se convierte en el poder salvador de Dios experimentado realmente en sus vidas. Esto nos conduce a otra realidad más acerca de la palabra de Dios que declara el versículo clave de Hebreos 4:12. La palabra de Dios no sólo es viva y eficaz; no sólo discierne o revela los pensamientos e intenciones del corazón; también es más cortante que toda espada de dos filos. Es decir, que divide a todos los que la escuchan en dos clases: los que la rechazan y la llaman tontería, y los que la reciben y encuentran en ella el poder salvador de Dios. Fue en ese sentido que Cristo dijo: No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra. Mateo 10:34-35

La espada que Cristo vino a traer sobre la tierra es la que Juan vio saliendo de la boca de Cristo: la espada cortante de dos filos de la palabra de Dios (ver Apocalipsis 1:16). Esta espada, mientras sigue adelante por la tierra, divide incluso a los miembros de la misma familia, cercenando los vínculos terrenales más estrechos, siendo sus efectos determinados por la reacción de cada individuo a ella.

La fe

Volviendo ahora a quienes reciben la palabra de Dios con mansedumbre y sinceridad, con corazones y mentes abiertos, examinemos en orden los diversos efectos que produce. El primero de estos efectos es la fe: Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios. Romanos 10:17

Hay tres etapas sucesivas en el proceso espiritual descrito aquí: 1) la palabra de Dios, 2) el oír, 3) la fe. La palabra de Dios no produce fe de inmediato, sino únicamente escuchándola. Escuchar puede describirse como una actitud de interés y atención vivos, un sincero deseo de recibir y comprender el mensaje presentado. Entonces, al escucharla, se desarrolla la fe.

Es importante ver que el escuchar la palabra de Dios inicia un proceso en el alma a partir del cual se desarrolla la fe y que este proceso requiere un período de tiempo mínimo. Esto explica por qué se encuentra tan poca fe hoy en los que profesan ser cristianos: porque nunca dedican suficiente tiempo a escuchar la palabra de Dios para permitir que ésta produzca en ellos una porción de fe substancial. Si llegan a dedicar algún tiempo a las devociones privadas y al estudio de la palabra de Dios, todo el proceso se desenvuelve de un modo tan apresurado y accidentado que se termina antes que la fe haya tenido tiempo de desarrollarse.

Conforme estudiamos la manera en que se produce la fe, también llegamos a comprender con mucha más claridad cómo debe definirse la fe bíblica. En la conversación general usamos la palabra fe con mucha ligereza. Hablamos de tener fe en un doctor o en una medicina o fe en un periódico o fe en un político o en un partido político. En términos bíblicos, sin embargo, el término/c tiene que definirse mucho más estrictamente. Puesto que la fe viene sólo de escuchar la palabra de Dios, su relación es siempre directamente con ésta. La fe bíblica no consiste en creer cualquier cosa que nosotros mismos podamos desear o imaginar o nos parezca. La fe bíblica puede definirse como creer que Dios significa lo que ha dicho en su palabra; que Dios hará lo que ha prometido hacer en su palabra. Por ejemplo, David ejerce esta clase de fe bíblica cuando dice al Señor: Y ahora, Señor, que la palabra que tú has hablado acerca de tu siervo y acerca de su casa, sea afirmada para siempre, y haz según has hablado. 1 Crónicas 17:23, (BLA)

La fe bíblica está expresada en esas cuatro cortas palabras: haz según has hablado. De la misma forma, la virgen María ejerció la misma clase de fe bíblica cuando el ángel Gabriel le trajo un mensaje de promesa de Dios y ella replicó: Hágase conmigo conforme a tu palabra . Lucas 1:38 Ese es el secreto de la fe bíblica: conforme a tu palabra. La fe bíblica se forma dentro del alma escuchando la palabra de Dios, y se expresa por la reacción dinámica de reclamar el cumplimiento de lo que Dios ha dicho. Hemos recalcado que la fe es el primer efecto que la palabra de Dios produce en el alma porque esta clase de fe es básica para cualquier transacción positiva entre Dios y el alma humana: Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan. Hebreos 11:6 Vemos que la fe es la reacción primera e indispensable del alma humana cuando se acerca a Dios: Es necesario que el que se acerca a Dios crea. Hebreos 11:6

El nuevo nacimiento

Después de la fe, el siguiente gran efecto producido por la palabra de Dios dentro del alma es la experiencia espiritual que en la Escritura se llama “el nuevo nacimiento” o “nacer de nuevo”. Por eso Santiago dice con respecto a Dios: El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas. Santiago 1:18

El cristiano que ha vuelto a nacer, posee un nuevo género de vida espiritual, engendrada dentro de él por la palabra de Dios, recibida por fe en su alma. De la misma forma, el apóstol Pedro describe a los cristianos como siendo nacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23).

Es un principio, de la naturaleza y de la Escritura, que el tipo de semilla determina el tipo de vida que nacerá de ésta. Una semilla de maíz produce maíz; una semilla de cebada produce cebada; una semilla de naranja produce naranjas. Así mismo es en el nuevo nacimiento. La simiente es la divina, incorruptible y eterna palabra de Dios. La vida que produce, cuando se recibe por fe en el corazón del creyente, es como la simiente: divina, incorruptible y eterna. Es, en realidad, la misma vida de Dios que viene a un alma humana a través de su palabra. Juan escribe: Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. 1 Juan 3:9

Aquí Juan relaciona directamente la vida victoriosa del cristiano vencedor con la naturaleza de la semilla que produce esa vida dentro de él: la propia simiente de Dios; la incorruptible simiente de la palabra de Dios. Como la simiente es incorruptible, la vida que produce es también incorruptible; es absolutamente pura y santa. No obstante, esta Escritura no asevera que el cristiano nacido de nuevo no cometa pecado jamás. Dentro de cada cristiano vuelto a nacer surge una naturaleza completamente nueva. Pablo la llama “el nuevo hombre” y lo compara con “el viejo hombre”; la antigua naturaleza corrupta, depravada y caída que domina a toda persona que nunca ha nacido de nuevo (ver Efesios 4:22-24).

Hay un contraste total entre estos dos: el “nuevo hombre” es recto y santo; el “viejo hombre” es depravado y corrupto. El “nuevo hombre”, habiendo nacido de Dios, no puede cometer pecado; el “viejo hombre”, por ser el producto de la rebelión y la caída, no puede dejar de pecar. La clase de vida que lleve cualquier cristiano nacido de nuevo, es el resultado de la interacción dentro de sí de estas dos naturalezas. Mientras el “viejo hombre” sea mantenido en sujeción y el “nuevo hombre” ejerza apropiado control sobre él, hay rectitud sin mácula, victoria y paz. Pero cuando quiera que se permita al “viejo hombre” campar por su respeto y volver a dominar, la inevitable consecuencia es el fracaso, la derrota y el pecado.

Podemos resumir el contraste de este modo: el verdadero cristiano que ha vuelto a nacer de la incorruptible simiente de la palabra de Dios, tiene dentro de sí la posibilidad de llevar una vida de victoria completa sobre el pecado. El hombre sin redimir que jamás ha nacido de nuevo no tiene más alternativa que pecar. Es inevitablemente esclavo de su propia naturaleza corrupta y caída.

El alimento espiritual

Hemos dicho que nacer de nuevo mediante la palabra de Dios produce dentro del alma una naturaleza totalmente nueva; un género nuevo de vida. Esto nos lleva a considerar el siguiente efecto importante que produce la palabra de Dios. En cada ámbito de la vida hay una ley inmutable: tan pronto nace una nueva vida, la primera y mayor necesidad de esa vida recién nacida es el alimento apropiado para sostenerla. Por ejemplo, cuando nace un bebé humano, puede ser sano y saludable en todos los aspectos; pero a menos que reciba alimento rápidamente, desfallecerá y morirá.

Lo mismo sucede en el ámbito espiritual. Cuando una persona vuelve a nacer, la nueva naturaleza espiritual surgida dentro de esa persona, necesita inmediatamente alimento espiritual, para mantener la vida y poder crecer. El alimento espiritual que Dios ha proporcionado para todos sus hijos nacidos de nuevo se encuentra en su propia palabra. La palabra de Dios es tan rica y variada que contiene alimento adaptado para cada etapa del desarrollo espiritual.

La provisión de Dios en las primeras etapas del crecimiento espiritual se describe en la primera epístola de Pedro. Inmediatamente después de hablar en el capítulo 1 acerca de nacer de nuevo de la simiente incorruptible de la palabra de Dios, prosigue en el capítulo 2 diciendo: Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación… 1 Pedro 2:1-2

Para los niños espirituales en Cristo recién nacidos, el alimento indicado por Dios es la leche no adulterada de su propia palabra. Esta leche es una condición necesaria para la continuación de la vida y el crecimiento. Sin embargo, esta indicación viene con una advertencia. En lo natural, no importa cuán pura y fresca sea la leche, se contamina y echa a perder si entra en contacto con cualquier cosa agria o rancia. Lo mismo sucede en lo espiritual. A fin de que los cristianos recién nacidos reciban el alimento adecuado de la leche pura de la palabra de Dios, primero es preciso limpiar con esmero su corazón de todo lo amargo o rancio.

Por esta razón Pedro nos advierte que debemos echar a un lado toda malicia, todo engaño, toda hipocresía, toda envidia y todas las detracciones. Esos son los componentes amargos y rancios de la antigua vida que, si no son eliminados de nuestro corazón, frustrarán los efectos benéficos de la palabra de Dios dentro de nosotros y obstaculizarán la salud y el crecimiento espirituales. No obstante, la voluntad de Dios no es que los cristianos permanezcan en la infancia espiritual demasiado tiempo. Cuando empiezan a crecer, la palabra de Dios les ofrece un alimento más substancioso. Cuando fue tentado por Satanás para que convirtiera las piedras en pan. Cristo contestó: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Mateo 4:4

Cristo indica aquí que la palabra de Dios es la contraparte espiritual del pan en la dieta natural del hombre. Dicho de otro modo, es el principal elemento de la dieta y la fuente de la fortaleza. Es significativo que Cristo diga enfáticamente: toda palabra que sale de la boca de Dios. Es decir, que los cristianos que desean la madurez espiritual, tienen que aprender a estudiar toda la Biblia, no sólo algunos de los pasajes más familiares.

Se dice que George Müller leía con regularidad la Biblia de punta a cabo varias veces cada año. Esto explica en gran medida los triunfos de su fe y lo fructífero de su ministerio. Pero hay muchos que profesan ser cristianos y miembros de la iglesia que a duras penas conocen dónde encontrar en sus Biblias libros como los de Esdras o Nehemías o alguno de los profetas menores. Mucho menos han estudiado alguna vez por sí mismos los mensajes de tales libros. No en balde permanecen para siempre en una especie de infancia espiritual. Son, en realidad, tristes ejemplos de retrasados en su desarrollo debido a una dieta inadecuada.

Más allá de la leche y el pan, la palabra de Dios también proporciona alimento sólido. El escritor de Hebreos, reprendió a los creyentes hebreos de su época porque habían conocido las Escrituras durante mucho tiempo, pero jamás habían aprendido a estudiarlas adecuadamente o aplicar sus enseñanzas. Por consiguiente, todavía eran espiritualmente inmaduros e incapaces de ayudar a otros que necesitaban auxilio espiritual. Esto es lo que dice: Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal. Hebreos 5:12-14

¿Qué descripción de una gran masa de los que profesan ser cristianos y miembros de la iglesia hoy! Han poseído una Biblia y asistido a la iglesia durante muchos años. Pero ¡qué poco conocen lo que enseña la Biblia! ¡Qué débiles e inmaduros son en su experiencia espiritual; cuán incapaz de aconsejar a un pecador o instruir a un nuevo convertido! ¡Después de tantos años todavía son bebés espirituales, incapaces de digerir algún alimento que vaya más allá de la leche! No obstante, no es necesario permanecer en esa condición. El escritor de Hebreos nos dice cuál es el remedio. Es tener los sentidos ejercitados por el uso. El estudio sistemático y regular de toda la palabra de Dios, desarrollará y madurará nuestras facultades espirituales.

MANUAL (3) – La autoridad de la palabra de Dios

MANUAL DEL CRISTIANOFundamentos bíblicos para la vida cristiana

MANUAL (3) – La autoridad de la palabra de Dios

En nuestro estudio de este tema, volvamos primero a las palabras del mismo Cristo donde habla a los judíos justificando la afirmación que ha hecho, y que los judíos han rechazado, de que él es el Hijo de Dios. Con objeto de respaldar su reclamación, Cristo cita de los Salmos en el Antiguo Testamento, al que se refiere como “vuestra ley”. He aquí lo que dice:

¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy? Juan 10:34-36

En esta respuesta Jesús utiliza los dos nombres con los que, desde entonces, más que todos los otros, sus seguidores han designado a la Biblia. El primero de ellos es “la palabra de Dios”; el segundo es “la Escritura”. Será provechoso considerar lo que cada uno de estos dos títulos principales tiene que decir acerca de la naturaleza de la Biblia. Cuando Jesús dijo que la Biblia era “la palabra de Dios”, indicó que las verdades reveladas en ella no procedían de los hombres, sino de Dios. Aunque muchos hombres fueron usados de diferentes maneras para poner la Biblia a disposición del mundo, todos ellos sólo son instrumentos o canales. En ningún caso el mensaje ni la revelación de la Biblia tuvieron origen humano sino que siempre, y únicamente, vinieron del mismo Dios.

La Biblia — La palabra escrita de Dios

Por otra parte, cuando Jesús usó el segundo título, “la Escritura”, indicaba una limitación de la Biblia establecida divinamente. La frase “la Escritura” significa literalmente “lo que está escrito”. La Biblia no contiene todo el conocimiento o el propósito del Dios Todopoderoso en cada aspecto o detalle. Ni siquiera contiene todos los mensajes divinos inspirados por Dios que él ha dado alguna vez por medio de instrumentos humanos. Prueba de esto es que en muchos lugares la Biblia se refiere a los pronunciamientos de profetas cuyas palabras ella misma no registra. Vemos, por consiguiente, que la Biblia, aunque es completamente cierta y autorizada, también es sumamente selectiva.

Su mensaje está dirigido en primer lugar al género humano. Está expresado en palabras que los seres humanos pueden comprender. Su propósito y tema central son la guerra espiritual del hombre. Revela en primer lugar la naturaleza y las consecuencias del pecado y la forma de liberarse del mismo y sus resultados mediante la fe en Cristo.

Demos ahora otro vistazo a las palabras de Jesús en Juan 10:35. No pone aquí su sello de aprobación personal sólo a los dos nombres principales dados a la Biblia —”la palabra de Dios” y “la Escritura”— sino también muy claramente sobre la atribución que la Biblia hace de su total autoridad, porque dice: …y la Escritura no puede ser quebrantada. Esta breve frase: no puede ser quebrantada contiene en sí todas las reclamaciones de autoridad suprema y divina que pudieran alguna vez hacerse en favor de la Biblia. Pueden escribirse volúmenes de controversias a favor o en contra de la Biblia, mas en última instancia Jesús ha dicho todo lo necesario en seis cortas y sencillas palabras: la Escritura no puede ser quebrantada.

Cuando le damos el peso que corresponde a la afirmación de que los hombres asociados con la Biblia fueron, en todos los casos, meros instrumentos o canales y que cada mensaje y revelación provino del mismo Dios, no queda base razonable o lógica para rechazar el reclamo que hace la Biblia de tener completa autoridad. Vivimos días cuando los hombres pueden lanzar satélites al espacio y, mediante fuerzas invisibles como la radio, el radar o la electrónica, controlar el curso de estos satélites a distancias de miles o millones de kilómetros y mantener comunicación con ellos. Si los hombres pueden alcanzar semejantes resultados, entonces sólo el prejuicio ciego de la clase menos científica negaría la posibilidad de que Dios pudiera crear seres humanos con facultades mentales y espirituales que él pudiera controlar o dirigir, mantener comunicación con ellos y recibir sus comunicaciones. La Biblia afirma que eso es en realidad lo que Dios ha hecho y continúa haciendo todavía. Los descubrimientos e invenciones de la ciencia moderna, lejos de desacreditar las afirmaciones de la Biblia, facilitan que gente sincera y de mente abierta conciba la clase de relación entre Dios y los hombres que hiciera posible la Biblia.

Inspirada por el Espíritu Santo

La Biblia indica claramente que hay una influencia suprema e invisible mediante la que Dios, en realidad, controló, dirigió y se comunicó con el espíritu y la mente de los hombres por medio de quienes se escribió la Biblia. Esta influencia invisible es el Espíritu Santo; el propio Espíritu de Dios. Por ejemplo, el apóstol Pablo dice:

Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia. 2 Timoteo 3:16

El vocablo traducido aquí “inspirada” significa literalmente “insuflada por Dios” y está vinculado de modo directo con el término Espíritu. En otras palabras, el Espíritu de Dios el Espíritu Santo fue la influencia invisible, pero infalible que controló y dirigió a todos los que escribieron los distintos libros de la Biblia. Esto lo afirma quizás con mayor claridad el apóstol Pedro:

…entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada. 2 Pedro 1:20

Dicho de otro modo, como ya explicamos, en ningún caso el mensaje o la revelación de la Biblia se originó en el hombre, sino siempre en Dios. Entonces Pedro prosigue explicando cómo sucedió esto:

Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo. 2 Pedro 1:21

El término griego traducido como “inspirados por” significa más literalmente “llevados por”, o pudiéramos decir, “dirigidos en su rumbo por”. En otras palabras, tal como los hombres controlan hoy el curso de sus satélites en el espacio mediante la radio y la electrónica, también Dios controlaba a los hombres que escribieron la Biblia por medio de su divino Espíritu, valiéndose de las facultades espirituales y mentales del hombre.

Frente a la evidencia de la ciencia contemporánea, negar la posibilidad de que Dios hiciera esto es sólo una expresión de prejuicio. El Antiguo Testamento nos presenta otra ilustración de la misma verdad acerca de la inspiración divina, tomada de una actividad que va mucho más atrás en la historia humana que los lanzamientos modernos de satélites al espacio.

El salmista David dice: Las palabras del Señor son palabras puras, plata probada en un crisol en la tierra, siete veces refinada. Salmo 12:6 , (BLA)

La ilustración es tomada del proceso de purificar la plata en un horno de barro. (Estos hornos de barro se usan hoy todavía entre los árabes con varios propósitos.) El horno de barro representa el elemento humano; la plata el mensaje divino que se transmite por medio del canal humano; el fuego que garantiza la pureza absoluta de la plata, es decir, la exactitud absoluta del mensaje, representa al Espíritu Santo. La frase “siete veces” indica como lo hace el número siete en muchos pasajes de la Biblia la perfección absoluta de la obra del Espíritu Santo. De este modo, la figura completa nos garantiza que la exactitud total del mensaje divino en la Escritura se debe a la obra perfecta del Espíritu Santo, declarando sin lugar la fragilidad del barro humano y purgando toda escoria de error humano en la plata sin defecto del mensaje de Dios para el hombre.

Eterna y autorizada

Es probable que ningún otro personaje del Antiguo Testamento tuviera un concepto más claro de la verdad y de la autoridad de la palabra de Dios que el salmista David, quien escribe:

Para siempre, oh Señor, tu palabra está firme en los cielos Salmo 119:89, (BLA)

Aquí David recalca que la Biblia no es un producto del tiempo sino de la eternidad. Contiene el pensamiento y el consejo eternos de Dios, formado antes del comienzo de los tiempos o de la fundación del mundo. Fueron proyectados por medio de canales humanos desde la eternidad hasta este mundo de tiempo, pero cuando el tiempo y el mundo pasen, el pensamiento y el consejo de Dios, revelados en la Escritura, permanecerán inconmovibles e inmutables.

Esta misma idea la expresa Cristo: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mateo 24:35

Y una vez más dice David: La suma de tu palabra es verdad, y eterno es todo juicio de tu justicia. Salmo 119:160

En el último siglo o dos, se han dirigido constantes ataques y críticas contra la Biblia, tanto al Antiguo como al Nuevo Testamento. No obstante, casi todos ellos han sido contra el Génesis y los otros cuatro libros que lo siguen. Estos primeros cinco libros de la Biblia, conocidos como el Pentateuco o la Tora, se le atribuyen a Moisés. Es notable, por lo tanto, que cerca de tres mil años antes que la mente de los hombres concibiera esos ataques contra el Pentateuco, David ya había dado el testimonio del Espíritu Santo, de la fe del pueblo creyente de Dios a través de las edades. La suma de tu palabra es verdad (Salmo 119:160). Dicho de otra forma, la Biblia es verdad desde Génesis 1:1 hasta el último versículo de Apocalipsis.

Cristo y sus apóstoles, igual que todos los creyentes judíos de su tiempo, aceptaron la verdad y autoridad absolutas de todas las Escrituras del Antiguo Testamento, incluidos los cinco libros del Pentateuco. En el relato de la tentación de que fuera objeto Cristo en el desierto por parte de Satanás, leemos que Cristo contestó a cada tentación de Satanás con citas literales del Antiguo Testamento (ver Mateo 4:1-10). Tres veces inició su respuesta con la frase “Escrito está…” En cada ocasión citaba textualmente del quinto libro del Pentateuco, Deuteronomio. Es digno destacar que no sólo Cristo, sino Satanás, aceptaran la autoridad absoluta de este libro. En el Sermón del Monte, Cristo dijo: No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; [Esta frase “la ley o los profetas” se usaba en general para designar las Escrituras del Antiguo Testamento como un todo.] no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido. Mateo 5:17-18. (Cursivas del autor). El término jota designa aquí a la letra más pequeña del alfabeto hebreo, que más o menos corresponde al tamaño y la forma de una coma invertida en la escritura moderna. El término tilde designa a un diminuto rasgo en forma de cuerno, menor que una coma, añadido en la esquina de ciertas letras del alfabeto hebreo para distinguirlas de otras, con formas muy similares.

Por consiguiente, lo que dice Cristo, en realidad, es que el texto original de las Escrituras hebreas es tan exacto y autorizado que ni siquiera una parte de ellas, más pequeña que una coma, puede ser alterada o quitada. Es difícil concebir otra fraseología que Cristo pudiera haber usado, con el fin de respaldar mejor la exactitud y autoridad absolutas de las Escrituras del Antiguo Testamento. Durante todo su ministerio de enseñanza en la tierra, él mantuvo constantemente la misma actitud hacia las Escrituras del Antiguo Testamento. Por ejemplo, leemos que cuando los fariseos plantearon la pregunta acerca del matrimonio y el divorcio, Cristo contestó refiriéndolos a los primeros capítulos del Génesis (ver Mateo 19:3-9), y presentó su respuesta con la pregunta:

¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo? (v. 4).

La frase al principio constituye una referencia directa al libro de Génesis, puesto que ése es su título en hebreo.

Además, cuando los saduceos formularon la pregunta de la resurrección de los muertos, Cristo les contestó refiriéndolos al relato de Moisés ante la zarza ardiente en el libro de Éxodo (Mateo 22:31-32). Como hizo con los fariseos, replicó en forma de pregunta: ¿No habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Mateo 22:32 Aquí Cristo cita de Éxodo 3:6. Pero al citar estas palabras escritas por Moisés cerca de quince siglos antes, Cristo dijo, a los saduceos de su día: ¿No habéis leído lo que os habló Dios? Observe que en la frase “os fue dicho por Dios”, Cristo no consideró estos escritos de Moisés como un simple documento histórico del pasado, sino más bien como un mensaje vivo, actualizado y autorizado, directo de Dios para el pueblo de su tiempo.

El paso de quince siglos no había privado al relato de Moisés de su vitalidad, su exactitud o su autoridad. Cristo no se limitó a aceptar la exactitud absoluta de las Escrituras del Antiguo Testamento en todo lo que enseñó, sino que reconoció la autoridad y el control absolutos de ésta sobre el curso total de su propia vida terrenal. Desde su nacimiento hasta su muerte y resurrección, hubo un principio supremo y dominante expresado en la frase “para que se cumpliese’”. Lo que debía cumplirse era, en cada caso, algún pasaje notable de la Escritura del Antiguo Testamento.

Por ejemplo, la Biblia registra específicamente que cada uno de los siguientes incidentes en la vida terrenal de Jesús, tuvo lugar en cumplimiento de las Escrituras del Antiguo Testamento:

  • Su nacimiento de una virgen;
  • su nacimiento en Belén;
  • su huida a Egipto;
  • su residencia en Nazaret; su unción con el Espíritu Santo;
  • su ministerio en Galilea;
  • su curación de los enfermos;
  • el rechazo de sus enseñanzas y sus milagros por parte de los judíos;
  • su uso de las parábolas;
  • la traición que le hizo un amigo;
  • el abandono de sus discípulos;
  • el odio sin motivo del que fue víctima;
  • su condena con criminales;
  • la repartición de sus vestidos por suertes;
  • el ofrecimiento de vinagre para calmar su sed;
  • el traspasar su cuerpo sin que sus huesos se quebraran;
  • su entierro en la tumba de un hombre rico;
  • su resurrección de los muertos al tercer día.

La vida entera de Jesús fue dirigida en todos sus aspectos por la autoridad absoluta de las Escrituras del Antiguo Testamento. Cuando colocamos este hecho junto a su propia aceptación sin objeciones de esas Escrituras en todas sus enseñanzas, nos queda sólo una conclusión lógica: si las Escrituras del Antiguo Testamento no son una revelación totalmente exacta y autorizada de Dios, entonces Jesucristo mismo estaba engañado o era un engañador

Coherente, completa y todo suficiente

Consideremos ahora la autoridad reclamada por el Nuevo Testamento. Primero debemos observar el hecho notable que, hasta donde sabemos, Cristo mismo jamás escribió una sola palabra… excepto en una ocasión que escribió en la tierra delante de una mujer sorprendida en adulterio. No obstante, ordenó explícitamente a sus discípulos que transmitieran el relato de su ministerio y sus enseñanzas a todas las naciones de la tierra:

Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. Mateo 28:19-20

Antes él había dicho:

Por tanto, he aquí yo os envío profetas y sabios y escribas. Mateo 23:34

El término escribas significa “escritores”, es decir, los que asientan las enseñanzas religiosas en forma escrita. Por consiguiente está claro que Jesús tenía intención de que sus discípulos dejaran constancia permanente de su ministerio y sus enseñanzas. Además, Jesús tomó las medidas necesarias para que todo lo que sus discípulos escribieran fuera absolutamente exacto, porque prometió enviarles el Espíritu Santo con ese objetivo.

Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho. Juan 14:26 Otra promesa similar aparece en Juan 16:13-15.

Observe que en estas palabras Cristo hizo provisión para el pasado y el futuro; tanto para el registro exacto de lo que los discípulos ya habían visto y oído, como para que recibieran con exactitud las nuevas verdades que el Espíritu Santo habría de revelar en adelante. El pasado lo cubre la frase: El (…) os recordará todo lo que yo os he dicho (Juan 14:26) El futuro está previsto en el mismo versículo por la frase él os enseñará todas las cosas y otra vez, en Juan 16:13: él os guiará a toda la verdad.

Por consiguiente, vemos que la exactitud y la autoridad del Nuevo Testamento, como la del Antiguo, no depende de la observación, la memoria o la comprensión humanas, sino de la enseñanza, la dirección y el control del Espíritu Santo. Por esta razón, el apóstol Pablo dice: Toda la Escritura [Antiguo y Nuevo Testamento por igual] es inspirada por Dios (2 Timoteo 3:16).

Encontramos que los mismos apóstoles comprendían esto con claridad y reclamaban esta autoridad para sus escritos. Por ejemplo, Pedro escribe: Amados, esta es la segunda carta que os escribo (…) para que tengáis memoria de las palabras que antes han sido dichas por los santos profetas, y del mandamiento del Señor y Salvador dado por vuestros apóstoles. 2 Pedro 3:1-2

Aquí Pedro ubica en el mismo lugar las Escrituras del Antiguo Testamento y los mandamientos escritos por los apóstoles de Cristo, como gozando de igual autoridad. Pedro también reconoce la autoridad divina de los escritos de Pablo, porque dice:

Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación; como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición. 2 Pedro 3:15-16

La frase “las otras Escrituras” indica que incluso en vida de Pablo los otros apóstoles reconocían que sus epístolas poseían la total autoridad de las Escrituras, aunque Pablo mismo nunca conoció a Jesús durante su ministerio terrenal. Por consiguiente, la exactitud y autoridad de las enseñanzas de Pablo dependen únicamente de la inspiración sobrenatural y la revelación del Espíritu Santo.

Lo mismo se aplica a Lucas, quien nunca recibió el título de apóstol. Sin embargo, en el preámbulo de su evangelio declara que él “ha investigado con diligencia todas las cosas desde su origen” (Lucas 1:3). El término griego traducido “desde su origen” significa literalmente “de arriba”. En Juan 3:3, donde Jesús habla de “nacer de nuevo”, es el mismo término griego que se ha traducido “otra vez” o “de arriba”. En cada uno de estos pasajes la palabra indica la intervención directa y sobrenatural, así como la obra del Espíritu Santo.

De este modo, haciendo un cuidadoso examen, encontramos que la aseveración de exactitud y autoridad absolutas del Antiguo y del Nuevo Testamento por igual, no depende de las facultades variables y falibles de los seres humanos, sino de la divina y sobrenatural dirección, revelación y control del Espíritu Santo. Interpretados juntos de esta forma, el Antiguo y el Nuevo Testamento se confirman y complementan uno al otro y constituyen una coherente revelación de Dios, completa y toda suficiente. También hemos visto que nada hay en esta percepción total de las Escrituras que no sea consecuente con la lógica, la ciencia o el sentido común. Al contrario, hay mucho en estas tres para confirmarla y hacerla fácil de creer.

MANUAL (2) – Cómo edificar sobre el cimiento

MANUAL DEL CRISTIANOFundamentos bíblicos para la vida cristiana

MANUAL (2) – Cómo edificar sobre el cimiento

Una vez que hemos puesto el cimiento de este encuentro personal con Cristo en nuestra propia vida, ¿cómo podemos continuar edificando sobre este cimiento? La respuesta se encuentra en la bien conocida parábola del hombre sabio y del insensato, que construyeron cada uno su casa: Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina. Mateo 7:24-27

Observe que la diferencia entre estos hombres no radica en las pruebas a que fueron sometidas sus casas. Cada casa tuvo que soportar la tormenta: el viento, la lluvia y la inundación. El cristianismo nunca ofreció a nadie un pasaje al cielo libre de tormentas. Por el contrario, se nos advierte que es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22). Cualquier camino “Al Cielo” que eluda las tribulaciones es un engaño. No conducirá al destino prometido. Entonces, ¿cuál fue la diferencia vital entre los hombres y sus casas? El hombre prudente edificó sobre un cimiento de roca; el insensato, sobre uno de arena. El prudente construyó de manera que su casa soportara segura e inconmovible la tormenta; el insensato, de forma que su casa no pudo resistirla. La Biblia — Cimiento de la fe ¿Qué debemos entender con esta metáfora de edificar sobre una roca?”

La Biblia — Cimiento de la fe

¿Qué debemos entender con esta metáfora de edificar sobre una roca? ¿Qué significa para cada uno de nosotros los cristianos? Cristo mismo lo deja bien claro: Cualquiera pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Mateo 7:24 Por consiguiente, edificar sobre la roca significa escuchar y hacer lo que Cristo dice. Una vez puesto el fundamento —Cristo la Roca— en nuestra vida, edificamos sobre ese cimiento oyendo y cumpliendo la palabra de Dios; estudiando y aplicando diligentemente en nuestra vida las enseñanzas de la palabra de Dios. Por eso Pablo dijo a los ancianos de la iglesia en Éfeso: Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros… Hechos 20:32 La palabra de Dios, y únicamente su palabra —conforme la oímos y la cumplimos, la estudiamos y la aplicamos— es capaz de levantar dentro de nosotros un edificio de fe fuerte y seguro asentado sobre el fundamento del mismo Cristo. Esto trae a colación un tema de suprema importancia en la fe cristiana: la relación entre Cristo y la Biblia, y, por lo tanto, la relación de cada cristiano con la Biblia.

En sus páginas, la Biblia declara ser la “palabra de Dios”. Por otra parte, numerosos pasajes dan a Jesucristo mismo el título: “el Verbo (o Palabra) de Dios”. Por ejemplo: En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Juan 1:1 Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre)… Juan 1:14 [Cristo] estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: EL VERBO DE DIOS. Apocalipsis 19:13 Esta identificación de nombre, revela una identificación de naturaleza. La Biblia es la palabra de Dios, y Cristo es el Verbo de Dios. Cada cual por igual es una revelación de Dios, autorizada y perfecta. Cada uno concuerda con el otro a la perfección. La Biblia revela perfectamente a Cristo; Cristo cumple con exactitud la Biblia. La Biblia es la palabra escrita de Dios; Cristo es la palabra encarnada de Dios. Antes de su encarnación, Cristo era el Verbo eterno con el Padre. En su encarnación Cristo es el Verbo hecho carne. El mismo Espíritu Santo que revela a Dios mediante su palabra escrita, también revela a Dios en el Verbo hecho carne, Jesús de Nazaret.

La prueba del discipulado

Si en este sentido Cristo es perfectamente uno con la Biblia, se deduce que la relación entre el creyente y la Biblia tiene que ser la misma que su relación con Cristo. La Escritura da testimonio de esto en muchos lugares. Veamos primero en Juan 14. En este capítulo Jesús advierte a sus discípulos que él está a punto de separarse de ellos en su presencia física, y que de ahí en adelante habrá un nuevo género de relación entre él y ellos. Los discípulos no pueden ni quieren aceptar este cambio inminente. En particular no pueden comprender cómo, si Cristo está a punto de irse, podrán verlo o tener comunión con él. Cristo les dice: Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis. Juan 14:19 La frase final de ese versículo también puede traducirse: “pero vosotros seguiréis viéndome.” Debido a esta declaración Judas (no el Iscariote, sino el otro) pregunta: Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo? Juan 14:22

En otras palabras: “Señor, si te vas y si el mundo no te verá más, ¿cómo puedes todavía manifestarte a nosotros, tus discípulos, pero no a los que no son discípulos tuyos? ¿Qué clase de comunicación mantendrás con nosotros, que no estará abierta al mundo?” Jesús contesta: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. Juan 14:23 La clave para comprender esta respuesta se encuentra en la frase mi palabra guardará. La marca distintiva entre el verdadero discípulo y una persona del mundo es que un verdadero discípulo cumple la palabra de Cristo. En la respuesta de Cristo se revelan cuatro hechos de vital importancia para toda persona que sinceramente desea ser cristiana. Para que quede claro, repetiré la contestación de Jesús: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. Juan 14:23

He aquí cuatro hechos vitales:

  1. Guardar y cumplir la palabra de Dios es la característica suprema que distingue al discípulo de Cristo del resto del mundo.
  2. Guardar la palabra de Dios es la prueba suprema del amor del discípulo por Dios y la causa suprema del favor de Dios por el discípulo.
  3. Cristo se manifiesta al discípulo a través de la palabra de Dios, cuando es guardada y obedecida.
  4. El Padre y el Hijo vienen a la vida del discípulo y establecen su morada permanente con él a través de la palabra de Dios.

La prueba del amor

Junto a esta respuesta de Cristo, pondré las palabras del apóstol Juan: El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. 1 Juan 2:4-5 De estos dos pasajes se desprende que es absolutamente imposible sobreestimar la palabra de Dios en la vida del creyente cristiano. En resumen, guardar la palabra de Dios es lo que le distingue a usted como discípulo de Cristo. Esta es la prueba de su amor por Dios. Es la causa del favor especial de Dios hacia usted. Es el medio en que Cristo se le manifiesta, y Dios el Padre y el Hijo vienen a su vida y hacen su morada con usted. Dicho de otra manera: Su actitud hacia la palabra de Dios es su actitud hacia el mismo Dios. No amará a Dios más de lo que ama su palabra. No obedecerá a Dios más de lo que obedece su palabra. No honrará más a Dios de lo que honra su palabra. No dará más lugar a Dios en su corazón y en su vida del que da a su palabra. ¿Quiere saber cuánto significa Dios para usted? Pregúntese: ¿Cuánto significa para mí la palabra de Dios? La respuesta a esta segunda pregunta es también la respuesta a la primera. Para usted Dios significa tanto como su palabra… ese tanto, y no más.

Medios de revelación

Hay, en todos los sectores de la Iglesia cristiana de hoy, una conciencia general y creciente, de que hemos entrado en el período profetizado en Hechos 2:17-18. Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestro jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán. Humildemente doy gracias a Dios porque en los últimos años he tenido el privilegio de experimentar y observar en persona derramamientos del Espíritu en cinco continentes —África, Asia, Europa, América y Australia— donde se ha cumplido repetidas veces cada detalle de esta profecía. En consecuencia, creo firmemente en la manifestación bíblica en estos días de todos los nueve dones del Espíritu Santo; creo que Dios habla a su pueblo creyente mediante profecías, visiones, sueños y otras formas de revelación sobrenatural.

Sin embargo, sostengo firmemente que la Escritura es el medio supremo y autorizado por el cual Dios habla a su pueblo, se revela a su gente, la guía y la dirige. Sostengo que toda otra forma de revelación tiene que ser probada muy cuidadosamente remitiéndose a la Escritura y aceptadas sólo mientras estén de acuerdo con las doctrinas, preceptos, prácticas y ejemplos mostrados en la Biblia. Se nos dice: No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno. 1 Tesalonicenses. 5:19-21 Está mal, por lo tanto, apagar cualquier manifestación genuina del Espíritu Santo. Es un error despreciar las profecías dadas por medio del Espíritu Santo. Mas por otra parte, es vitalmente necesario examinar cualquier manifestación del Espíritu, o profecía, refiriéndola a las normas de la Escritura y después retener —aceptar— sólo las que estén totalmente de acuerdo con estas normas divinas. Una vez más, en Isaías se nos advierte: ¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido. Isaías 8:20

Por consiguiente la Biblia —la palabra de Dios— es la norma suprema por la que tiene que juzgarse y examinarse todo lo demás. No puede aceptarse doctrina, práctica, profecía ni revelación alguna que no esté en concordancia completa con la palabra de Dios. Ninguna persona, grupo, organización ni iglesia tiene autoridad para cambiar, pasar por alto o apartarse de la palabra de Dios. En cualquier aspecto o grado en que una persona, grupo, organización o iglesia se aparte de la palabra de Dios, en ese aspecto y a tal grado están en tinieblas. No hay luz en ellos.

Vivimos tiempos en los que es cada vez más necesario realzar la supremacía de la Escritura sobre toda otra fuente de revelación o doctrina. Ya nos hemos referido al gran derramamiento mundial del Espíritu Santo en los últimos días y a las diversas manifestaciones sobrenaturales que acompañarán a ese derramamiento.

Pero la Escritura también nos advierte que, paralelamente a esta cada vez mayor actividad y manifestación del Espíritu Santo, habrá un aumento en la actividad de las fuerzas demoníacas, que siempre buscan oponerse al pueblo de Dios y a los propósitos de Dios en la tierra.

Refiriéndose a este período Cristo mismo nos advierte: Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos. Ya os lo he dicho antes. Mateo 24:23-25

De la misma forma nos advierte el apóstol Pablo: Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad. 1 Timoteo 4:1-3

Pablo aquí nos pone sobre aviso de que en estos días habrá gran incremento en la propagación de falsas doctrinas y cultos y que la causa invisible detrás de ellos será la actividad de espíritus y demonios engañadores. De ejemplos, menciona las doctrinas y prácticas religiosas que imponen formas antinaturales y antibíblicas de ascetismo con respecto a la dieta y a la relación matrimonial normal. Pablo indica que la salvaguardia contra el ser engañado por estas formas de errores religiosos es creer y conocer la verdad —es decir, la verdad de la palabra de Dios.

Por medio de esta norma divina de la verdad somos capaces de detectar y rechazar todas las formas de error y engaño satánico. Pero para quienes profesan una religión, sin fe y sin conocimiento sanos de lo que enseñan las Escrituras, éstos son realmente días muy peligrosos. Necesitamos aferrarnos a un gran principio guía establecido en la Biblia, que es: La palabra de Dios y el Espíritu de Dios siempre deben obrar juntos en perfecta unidad y armonía. Jamás debemos divorciar la palabra del Espíritu o el Espíritu de la palabra. No es el propósito de Dios que la palabra obre alguna vez separada del Espíritu o el Espíritu aparte de la palabra. Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos, Y todo su ejército por el aliento de su boca. Salmo 33:6 (BLA).

El término traducido aquí “aliento” es en realidad la palabra hebrea que normalmente se usa para “espíritu”. No obstante, el uso de la palabra “aliento” sugiere una hermosa figura de la operación del Espíritu de Dios. Cuando la palabra de Dios sale de su boca, su Espíritu —que es su aliento— sale con ella. En nuestro nivel humano, cada vez que abrimos la boca para pronunciar una palabra, nuestro aliento necesariamente sale junto con ella. Así mismo sucede con Dios. Cuando la palabra de Dios sale, su aliento —es decir, su Espíritu— también va. De esta forma, la palabra de Dios y el Espíritu de Dios siempre están juntos, perfectamente unidos en una sola operación divina. Vemos ilustrado este hecho, que el salmista nos recuerda, en el relato de la creación. En Génesis leemos: El Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Génesis 1:2

En el siguiente versículo leemos: Y Dios dijo: Sea la luz, y fue la luz.

La palabra de Dios salió; Dios pronunció la palabra luz. Y cuando la palabra y el Espíritu de Dios se juntaron, tuvo lugar la creación, la luz vino a existir y el propósito de Dios se cumplió. Lo que sucedió en aquel gran acto de creación todavía sucede en la vida de cada individuo. La palabra de Dios y el Espíritu de Dios al unirse en nuestra vida, contienen toda la autoridad y el poder creadores de Dios mismo. A través de ellos Dios provee por cada necesidad y produce su perfecta voluntad y plan para nosotros. Pero si los divorciamos —buscando el Espíritu sin la palabra, o estudiando la palabra sin el Espíritu— nos desviamos y perdemos de vista el plan de Dios.

Buscar las manifestaciones del Espíritu separadas de la palabra terminará siempre en insensatez, fanatismo y error. Profesar la palabra sin el impulso del Espíritu produce únicamente ortodoxia y formalismo religiosos muertos e impotentes.

MANUAL (1) – Los cimientos de la fe cristiana

MANUAL DEL CRISTIANOFundamentos bíblicos para la vida cristiana

MANUAL (1) – Los cimientos de la fe cristiana

En varios lugares la Biblia compara la vida de un creyente a la construcción de un edificio. Por ejemplo, en la epístola de Judas dice: Edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo (v. 20). El apóstol Pablo también usa la misma descripción en varios lugares: Vosotros sois (…) edificio de Dios. (…) yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima: pero cada uno mire cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 1 Corintios 3:9-11 En quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu. Efesios 2:22 Os encomiendo (…) a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros. Hechos 20:32 En todos estos pasajes se compara la vida del creyente con la construcción de un edificio.

Ahora, en el orden natural, la primera parte y la más importante de cualquier estructura permanente es el cimiento. El cimiento fija por necesidad el límite del peso y la altura del edificio que se erigirá sobre él. Un cimiento débil soportará un pequeño edificio. Uno fuerte puede soportar un gran edificio. Hay una relación fija entre los cimientos y el edificio.

En la ciudad de Jerusalén viví una vez en una casa que había sido construida por un asirio. Este hombre había obtenido de la municipalidad una licencia para construir una casa de dos pisos, y los cimientos habían sido puestos de acuerdo con eso. Sin embargo, a fin de aumentar sus ingresos alquilando el edificio, este asirio había construido un tercer piso sin el permiso para hacerlo. El resultado fue, que mientras estábamos viviendo en la casa, todo el edificio empezó a hundirse en una esquina y finalmente se salió de la perpendicular. ¿Por qué razón? Los cimientos no eran lo bastante fuertes para soportar la casa que aquel hombre trató de construir sobre ellos. Aun así en el orden espiritual sucede lo mismo en la vida de muchos que profesan ser cristianos. Empiezan con la intención de erigir un magnífico edificio de cristiandad en sus vidas. Pero, por desgracia, antes de mucho tiempo su estupendo edificio empieza a hundirse, a vacilar, a salirse de la verdad. Se inclina grotescamente. A veces se derrumba por completo y no quedan más que las ruinas de un montón de promesas y oraciones y buenas intenciones que no se cumplieron. Debajo de esta masa de ruinas yace enterrada la razón de ese fracaso: sus cimientos. Por no haberse puesto como es debido, no pudieron soportar el estupendo edificio que estaba planeado.

Cristo la Roca

Entonces, ¿cuál es el cimiento designado por Dios para la vida cristiana? La respuesta clara la da el apóstol Pablo: Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo (1 Corintios 3:11).

Esto también lo confirma Pedro cuando habla de Jesucristo: Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa… (1 Pedro 2:6). Aquí Pedro se está refiriendo al pasaje en Isaías que dice: Por tanto, así dice el Señor Dios: He aquí, pongo por fundamento en Sion una piedra, una piedra probada, angular, preciosa, fundamental, bien colocada (Isaías 28:16 BLA).

Así, el Antiguo Testamento y el Nuevo por igual concuerdan en este hecho vital: el verdadero fundamento de la vida cristiana es Jesucristo mismo; nada más, ni nadie más. No es un credo, una iglesia, una denominación, una ordenanza o una ceremonia. Es Jesucristo mismo y “nadie puede poner otro fundamento.”

Analicemos las palabras de Jesús:

Viniendo Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elias; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ellas. Mateo 16:13-18″

Se ha sugerido que estas palabras de Jesús significan que Pedro es la roca sobre la que se ha de edificar la Iglesia cristiana, y por lo tanto que Pedro es en cierto sentido el cimiento de la cristiandad más bien que Cristo mismo. Esta cuestión es de tan vital importancia y alcance, que es imperativo examinar las palabras de Jesús muy cuidadosamente para asegurarse de su sentido exacto.

En el griego original del Nuevo Testamento en la respuesta de Cristo a Pedro, hay un deliberado juego de palabras. En griego el nombre “Pedro” es Petros; la palabra que significa “roca” es petra. Jugando con la similitud de ambos sonidos, Jesús dice: Tú eres Pedro [Petras], y sobre esta roca [petra] edificaré mi iglesia (Mateo 16:18). Aunque los sonidos de estas dos palabras son muy parecidos, su significado es muy diferente. Petros significa una piedrecita o guijarro. Petra es una gran roca. La idea de construir una iglesia sobre un guijarro es obviamente ridícula y por lo tanto no podría ser lo que Cristo quiso decir. Jesús utiliza este juego de palabras para mostrar la verdad que él está tratando de enseñar. No está identificando a Pedro con la roca, sino destacando cuán pequeño e insignificante es el guijarro, Pedro, comparado con la gran roca sobre la que se ha de edificar la Iglesia.

Tanto el sentido común como la Escritura confirman este hecho. Si la Iglesia de Cristo estuviera realmente fundada sobre el apóstol Pedro, sería con certeza el más inseguro e inestable edificio del mundo. Más adelante en ese mismo capítulo del Evangelio de Mateo leemos que Jesús empieza a advertir a sus discípulos de su inminente rechazo y crucifixión. El relato continúa así: Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Pero él, volviéndose, dijo: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. Mateo 16:22-23 Aquí Cristo inculpa directamente a Pedro de dejarse dominar por las opiniones de los hombres, e incluso por incitaciones del mismo Satanás. ¿Cómo podría semejante hombre ser el cimiento de toda la Iglesia cristiana? Más adelante en los evangelios leemos que, en vez de confesar a Cristo ante una doncella, Pedro niega públicamente a su Señor tres veces. Incluso después de la resurrección y del día de Pentecostés, Pablo nos cuánta que Pedro, dejándose dominar por el miedo a sus compatriotas, transige en un punto concerniente a la verdad del evangelio (ver Gálatas 2:11-14).

Con toda seguridad Pedro no era una roca. Era un líder nato, impetuoso, que se daba a querer… pero un hombre como cualquier otro, con todas las debilidades inherentes a su humanidad. La única roca sobre la que puede basarse la fe cristiana es sobre el mismo Cristo. La confirmación de este hecho vital se encuentra también en el Antiguo Testamento. David el salmista, inspirado proféticamente por el Espíritu Santo, dice esto: El Señor es mi roca (…) en quien me refugio; mi escudo, y el cuerno de mi salvación, mi altura inexpugnable. Salmo 18:2 (BLA). En el Salmo 62 David hace una confesión de fe parecida:

En Dios Solamente está acallada mi alma;
De él viene mi salvación.
El solamente es mi roca y mi salvación;
Es mi refugio, no resbalaré mucho.
Alma mía, en Dios solamente reposa, (…)
El solamente es mi roca y mi salvación.
Es mi refugio, no resbalaré,
En Dios está mi salvación y mi gloria;
En Dios está mi roca fuerte, y mi refugio. Salmo 62:1-2, 5-7

Nada podría ser más claro que esto. La palabra roca aparece tres veces, y la palabra salvación, cuatro. Es decir, las palabras roca y salvación son íntima e inseparablemente asociadas por la Escritura. Las dos se encuentran sólo en una persona, y esa persona es el mismo Señor. Esto lo acentúa la repetición de la palabra solamente. Si alguien necesitara mayor confirmación podemos aprovechar las palabras del mismo Pedro. Hablando del pueblo de Israel respecto de Jesús, Pedro dice: Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. Hechos 4:12

El Señor Jesucristo, por lo tanto, es la verdadera roca, la roca de los siglos, en quien hay salvación. La persona que edifica sobre este fundamento puede decir, como David: El solamente es mi roca y mi salvación El es mi refugio, no resbalaré mucho. Salmo 62:6

Enfrentamiento

Entonces, ¿cómo edifica una persona sobre esa roca, que es Cristo? Regresemos al momento dramático en que Cristo y Pedro están cara a cara y Pedro dice: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente (Mateo 16:16). Hemos visto que Cristo es la roca. Pero no aislado o abstracto. Pedro tenía una experiencia personal definida. Hubo cuatro etapas sucesivas en esta experiencia:

1. Un encuentro directo y personal de Pedro con Cristo. Ambos estaban cara a cara. No hubo mediador entre ellos. Ningún otro ser humano tomó parte alguna en la experiencia.

2. Una revelación personal directa concedida a Pedro. Jesús dijo a Pedro: “No te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos’’ (Mateo 16:17). No fue el resultado del razonamiento natural o de la comprensión intelectual. Fue el fruto de una revelación espiritual directa a Pedro del mismo Dios Padre.

3. Un reconocimiento personal por parte de Pedro de la verdad que así le ha sido revelada.

4. Una confesión abierta y pública por parte de Pedro de la verdad que ha reconocido.

En estas cuatro etapas sucesivas vemos lo que significa edificar sobre la roca. No hay nada abstracto, intelectual o teórico acerca de todo eso. Cada etapa implica una experiencia individual definida. La primera etapa es un encuentro personal y directo con Cristo. La segunda, es una revelación espiritual directa de Cristo. La tercera, es un reconocimiento personal de Cristo. La cuarta, es una confesión abierta y personal de Cristo. A través de estas cuatro experiencias, Cristo se convierte, para cada creyente, en la roca sobre la que se edifica su fe.

Revelación

Surge la pregunta: ¿Puede una persona hoy llegar a conocer a Cristo de la misma forma directa y personal en que Pedro llegó a conocerlo? La respuesta es sí, por las dos razones siguientes:

Primera, quien fue revelado a Pedro no fue Cristo en su naturaleza puramente humana; Pedro ya conocía a Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero. Quien fue revelado a Pedro entonces fue el divino, eterno e inmutable Hijo de Dios. El mismo Cristo que vive ahora exaltado en el cielo, a la diestra del Padre. En el transcurso de casi dos mil años no ha habido cambio alguno en él. Sigue siendo Jesucristo, el mismo ayer, y hoy, y por los siglos. Como fue revelado a Pedro, todavía puede ser revelado hoy a los que sinceramente lo buscan.

Segunda, la revelación no vino de “carne y sangre”; por algún medio físico o sensorial. Fue una revelación espiritual, la obra del Espíritu Santo. El mismo Espíritu que dio a Pedro esta revelación todavía obra en todo el mundo, revelando al mismo Cristo. Jesús prometió a sus discípulos: Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Juan 16:13-14

Puesto que la revelación espiritual está en el plano eterno, espiritual, no está limitada por factores físicos, tales como el paso del tiempo o los cambios de idioma, costumbres, ropas o circunstancias. Esta experiencia personal con Jesucristo, el Hijo de Dios —revelado por el Espíritu Santo, reconocido y confesado— sigue siendo la única roca inalterable, el único cimiento inconmovible, sobre el cual tiene que basarse toda verdadera fe cristiana.

Los credos y las opiniones, las iglesias y las denominaciones, todos pueden cambiar, pero esta única roca de la salvación de Dios mediante la fe personal en Cristo permanece eterna e inmutable. Sobre ella una persona puede edificar su fe en el tiempo y para toda la eternidad con una confianza y seguridad que nada podrá derrumbar jamás.

Reconocimiento

Nada es más impactante en los escritos y testimonios de los primeros cristianos que su serenidad y confianza en lo concerniente a su fe en Cristo. Jesús dice: Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Juan 17:3

Esto no significa conocer a Dios de una manera general mediante la naturaleza o la consciencia como Creador o Juez. Es conocerlo revelado personalmente en Jesucristo. Tampoco es conocer a Jesucristo como un personaje histórico o como un gran maestro. Es conocerlo directa y personalmente, y a Dios en él. El apóstol Juan escribe: Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna. 1 Juan 5:13

Los primeros cristianos no sólo creían, también sabían. Tenían la experiencia de la fe, que producía un conocimiento definido de lo que ellos habían creído. Un poco más adelante en el mismo capítulo Juan repite: Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna (v.20).

Observe la humilde aunque serena confianza de estas palabras. Se basan en el conocimiento de una persona, y esa Persona es Jesucristo mismo. Pablo tenía la misma clase de testimonio personal cuando decía: Yo sé a quién he creído, y estoy seguro de que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día. 2 Timoteo 1:12

Pablo no dijo: “Yo sé lo que he creído”, sino “Yo sé a quién he creído”. El fundamento de su fe no era un credo o una iglesia, sino una Persona a quien él conocía en una relación directa: Jesucristo. Como resultado de esta relación personal con Cristo, tenía una confianza serena en lo concerniente al bienestar de su alma que nada podría echar abajo en esta vida o en la eternidad.

Confesión

Durante años conduje reuniones callejeras en Londres, Inglaterra. Al final de las reuniones, a veces me acercaba a la gente que había estado escuchando el mensaje y les hacía esta simple pregunta: “¿Es usted cristiano?” Muchas veces recibía respuestas como: “Creo que sí” o “Espero que sí” o “Trato de serlo” o “No sé”. Todos los que dan respuestas como esas dejan al descubierto un hecho: Su fe no está fundada sobre un conocimiento directo y personal de Jesucristo. Supongamos que yo le hiciera la misma pregunta: ¿Es usted cristiano? ¿Qué respuesta me daría?

Un consejo final de Job: Vuelve ahora en amistad con él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien (Job 22:21).

Cita del libro “El Manual Del Cristiano Lleno Del Espíritu”

© Derek Prince Ministries International, Inc.

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Manual del cristiano – Acerca de la Biblia

MANUAL DEL CRISTIANOFundamentos bíblicos para la vida cristiana

Acerca de la Biblia

Los seguidores de la fe cristiana alrededor del mundo suman hoy por lo menos mil millones de personas. Este total incluye a cristianos de todos los sectores de la Iglesia, de todas las zonas de la tierra y multitud de antecedentes raciales. No todos éstos practican activamente su fe, pero todos son reconocidos como seguidores. Como tales, constituyen uno de los mayores y más importantes componentes de la población mundial. Virtualmente todos estos cristianos reconocen que la Biblia es la base autorizada de su fe y su práctica.

La Biblia también desempeña un importante papel en otras dos de las más extendidas religiones del mundo: el judaísmo y el islamismo. De acuerdo con todas las normas objetivas, es el libro más ampliamente difundido, leído e influyente en la historia del género humano. Año tras año continúa encabezando la lista de los libros más vendidos del mundo. Es obvio, por lo tanto, que toda persona deseando adquirir una buena educación general no puede omitir su estudio.

La Biblia, como la conocemos hoy, está dividida en dos secciones mayores: la primera, el Antiguo Testamento, contiene treinta y nueve libros. Fue escrito principalmente en hebreo, aunque algunas porciones se escribieron en un dialecto semítico llamado arameo. La segunda sección, el Nuevo Testamento, contiene veintisiete libros. Los más antiguos manuscritos existentes están en griego.

El Antiguo Testamento describe brevemente la creación del mundo y, en particular, de Adán. Relata que Adán y su esposa, Eva, desobedecieron a Dios y por consiguiente se trajeron una sucesión de consecuencias malignas sobre sí mismos, sus descendientes y todo el entorno en que Dios los había puesto. Entonces procede a trazar en forma resumida la historia de las primeras generaciones de los descendientes de Adán.

Después de once capítulos, el Antiguo Testamento se concentra en Abraham, un hombre escogido por Dios para ser el padre de un pueblo especial, por medio de quien Dios se dispone a proporcionar redención para todo el género humano. Relata el origen y la historia de este pueblo especial, al que Dios da el nombre de Israel. En conjunto, el Antiguo Testamento narra el trato de Dios con Abraham y sus descendientes durante un período de dos mil años.

El Antiguo Testamento revela varios aspectos importantes del carácter de Dios y sus tratos, tanto con individuos como con naciones. Incluida en esta revelación están la justicia de Dios y sus juicios; su sabiduría y su poder; su misericordia y su fidelidad. El Antiguo Testamento hace hincapié sobre todo en la fidelidad de Dios para guardar los pactos y las promesas que hace, tanto si se trata de individuos como de naciones. Céntrico en los planes especiales de Dios para Israel estaba su promesa, sellada por su pacto, de que él les enviaría a un libertador con la misión encomendada por Dios de redimir a la humanidad de todas las consecuencias de su rebelión y de restaurarla en el favor de Dios. El título hebreo de este libertador es Mesías —que literalmente significa “el ungido”.

El Nuevo Testamento relata el cumplimiento de esa promesa en la persona de Jesús de Nazaret. Esto lo indica el título que se le da: Cristo. El nombre se deriva de la palabra griega Cristos, que significa lo mismo que el título hebreo de Mesías, “el ungido”. Jesús vino a Israel como el ungido que Dios había prometido en el Antiguo Testamento. El cumplió todo lo que el Antiguo Testamento había pronosticado acerca de su venida. Visto desde esta perspectiva, el Antiguo y el Nuevo Testamento forman una única y armoniosa revelación de Dios y de su propósito para el hombre.”

Cita del libro “El Manual Del Cristiano Lleno Del Espíritu”

© Derek Prince Ministries International, Inc.

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Manual del cristiano lleno del Espíritu – Introducción

Fundamentos bíblicos para la vida cristiana


MANUAL DEL CRISTIANO
Introducción

Me propongo iniciar una nueva serie sobre los fundamentos bíblicos de la vida cristiana. Para ello he pedido permiso para poder usar como guía el libro del maestro Derek Prince, titulado: Manual del cristiano lleno del Espíritu.

Vivimos tiempos de decadencia, especialmente en Occidente, donde los pilares de la fe han sido cuestionados peligrosamente. Las naciones, antes llamadas cristianas, hoy niegan sus raíces fundacionales sobre la herencia judeocristiana, legislando contra la ley natural y la ley de Dios.

Esa influencia ha socavado los cimientos de ciertos sectores de la cristiandad que han abandonado la firmeza de la fe, edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular, Jesucristo mismo. Como diría el apóstol Pablo: Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas (2 Timoteo 4:3,4).

Resaltaré de este texto algunas cosas. En primer lugar la consciencia generalizada en el cuerpo del Mesías de que vivimos en los últimos tiempos. Un periodo distinguido por múltiples factores y señales; uno de los que menciona el apóstol en este texto es que no sufrirán la sana doctrina. Quiero poner el acento en la expresión «sana doctrina». La doctrina de Dios es sana, no doctrinaria, ni legalista, ni motivo de peleas entre hermanos. Hablamos de doctrina sana, no de intolerancia, obstinación y arrogancia para imponer a otros nuestros puntos de vista. Entiendo que la sana doctrina, saludable, se identifica por sus resultados en la vida de las personas que la reciben. Toda base doctrinal tiene el amor, la verdad y la justicia como fundamento.

Una parte de las nuevas generaciones de creyentes han crecido en medio de una ligereza insoportable haciendo concesiones a filosofías e ideologías de este mundo, de tal forma que a una endeble firmeza en la fe, se ha sumado el relativismo ante las verdades absolutas, sólidas y bien establecidas por generaciones. Por ello me ha parecido útil volver a recordarnos a nosotros mismos una buena parte de esas verdades fundamentales que son innegociables, y a la vez permiten la posibilidad de saber que hay quienes no la soportarán, ni estarán dispuestos a sufrirla, y mucho menos a luchar por ella. Pero siempre hay un remanente fiel que acepta el reto de pelear la buena batalla de la fe, y combatir ardientemente por la fe que nos ha sido dada. No para entrar en discusiones interminables, sino que con firmeza, puedan presentar defensa, con mansedumbre, de la esperanza que tenemos.

Por ello me ha parecido que el libro que usaré como base es una herramienta muy apropiada para este propósito. Iniciaré su recorrido presentando al autor, un predicador y maestro bíblico con más de 50 años de ministerio fructífero en muchas naciones del mundo, y que seguramente muchos de vosotros habréis oído de él, o leído alguno de sus libros. Os presento una semblanza de nuestro amado hermano, ya en la presencia del Señor, Derek Prince. Seguramente parte de la gran nube de testigos que tenemos a nuestro alrededor para seguir corriendo la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús.

Derek PrinceACERCA DEL AUTOR: Derek Prince

Nació en la India, de padres británicos. Fue educado como un erudito en griego y latín en las universidades de Eton y de Cambridge en Inglaterra, donde presidió una cátedra de Filosofía Antigua y Moderna en el King’s College, en Cambridge. También estudió hebreo y arameo en la Universidad de Cambridge y en la Universidad Hebrea en Jerusalén. Mientras prestaba su servicio al ejército británico durante la Segunda Guerra mundial, empezó a estudiar la Biblia y tuvo un encuentro con Jesucristo que transformó su vida. Tras aquella experiencia llegó a dos conclusiones. Primero, que Jesucristo vive. Y segundo, que la Biblia es un libro verídico, relevante y de actualidad. Dichas conclusiones cambiaron por completo el rumbo de su vida. Desde entonces ha consagrado su vida al estudio y la enseñanza de la Biblia. Su programa radial “Llaves para vivir con éxito” se transmite a diario en más de la mitad del planeta, e incluso es traducido al árabe, chino, croata, malgache, mongol, ruso, samoano, español y tongano. Es autor de más de 50 libros, además de 500 grabaciones de audio y 160 enseñanzas grabadas en video, muchas de las cuales han sido traducidas y publicadas en más de 60 idiomas. El don principal de Derek consiste en exponer la Biblia y sus enseñanzas de manera clara y sencilla. Puesto que no se limita a una denominación, ni tiene un enfoque parcial, sus enseñanzas resultan apropiadas y provechosas a personas de diversa procedencia racial y religiosa. Derek partió con el Señor en el año 2003.

Cita del libro “El Manual Del Cristiano Lleno Del Espíritu”

© Derek Prince Ministries International, Inc.

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140 – En la obra de transformación

La vida en el EspírituPero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu (2 Corintios 3:18).

         La obra santificadora del Espíritu desemboca en una transformación evidente a la imagen de Jesús. Esta transformación también es llevada a cabo mediante el Espíritu del Señor. Ser transformados a la semejanza de Jesús es el final de la salvación, iniciada por Dios y culminada por Él mismo. De principio a fin la salvación, santificación y transformación es obra de Dios. Dios es poderoso para guardarnos sin caída, y presentarnos delante de su gloria con gran alegría (Judas 24). El que comenzó la obra en vosotros la perfeccionará, hasta el día de Cristo (Fil.1:6).

El evangelio es poder de Dios para salvar (Ro.1:16). La impotencia de muchos creyentes en entender esta salvación tan grande es que fundamentan la obra sobre su propia voluntad y capacidades para mantenerse fieles a Dios. La salvación es de Dios y contiene el poder de Dios para realizar todo el proceso hasta el día final. El poder de Dios se perfecciona en nuestra debilidad. Para los hombres esto es imposible, pero para Dios no, porque todas las cosas son posibles para Dios.

Esto no excluye nuestra obediencia y entrega al pacto. Es una fusión, una unidad indisoluble. El que se une al Señor es un espíritu con él. Nadie podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Ahora bien, debemos entender que hemos sido llamados a un pacto, no a un compromiso. Hemos sido llamados a la muerte con Jesús, a la sepultura con él, a la resurrección con él, a la exaltación con él y a la glorificación con él. Esta es la totalidad de la unidad que existe entre el creyente y Cristo. Todo ello realizado en el poder del Espíritu Santo, de principio a fin.

El Señor conoce a los que son suyos, «son suyos»; y todo aquel que invoca el nombre del Señor se aparta de iniquidad. Quiere agradar a aquel que lo tomó por soldado. Pablo dijo: «Esta noche ha estado conmigo el ángel de quién soy, y a quién sirvo». Somos propiedad de Dios. Si Dios no es poderoso para guardarnos ¿quién lo será? Nuestro destino es ser semejantes a Jesús mediante un proceso gradual de santificación y transformación que nos introduce en la plenitud con Cristo. Esta es la fe del evangelio. Esta es la obra del Espíritu en nosotros. Hay seguridad. Caminamos hacia la ciudad celestial en la que viviremos como hombres glorificados, levantados de la muerte, semejantes al Hijo de Dios.

         La transformación por el Espíritu Santo nos introducirá en el día cuando seremos glorificados, a la semejanza de Cristo, por toda la eternidad.

139 – En la obra de santificación

La vida en el EspírituPero nosotros siempre tenemos que dar gracias a Dios por vosotros, hermanos amados por el Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para salvación mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad (2 Tesalonicenses 2:13).

         En nuestro tema general «¿Qué es el hombre?» hemos visto una de las series titulada: la santificación. Aquí queremos enfatizar la obra específica del Espíritu Santo en la santificación de los discípulos.

La santificación es la acción gradual del Espíritu en la vida del nuevo hombre transformándolo hasta el día de Jesucristo. El Espíritu Santo usa la palabra de Dios. Jesús dijo: «Santifícalos en tu verdad, tu palabra es verdad» (Jn.17:17). Es la misma combinación que aparece en el texto que estamos meditando. La salvación se manifiesta mediante un proceso de santificación por el Espíritu, y además por la fe en la verdad. Espíritu y verdad producen santificación. Son los componentes básicos de la adoración. Los adoradores que Dios busca, es necesario que adoren en espíritu y verdad (Jn. 4:24).

Nacemos por el Espíritu y la palabra, somos santificados por el Espíritu y la verdad. También se llama en la Escritura a este proceso renovación. La salvación inicia un proceso sucesivo en el interior de la persona, que va produciendo una renovación interior, desde el espíritu, hacia el alma y el cuerpo, afectando a toda nuestra manera de vivir. Sed santos, como yo soy santo, dice el apóstol Pedro (1 P.1:15).

Por tanto, el Espíritu de Dios está involucrado en la obra general de la salvación de Dios al hombre. «El nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo» (Tito 3:5).

El Espíritu nos sella como propiedad de Dios. Nos anhela celosamente para producir la imagen de Jesús en nosotros. Esto es en síntesis a lo que llamamos santificación: ser hechos a la imagen de Jesús (Rom. 8:29). Estamos siendo transformados en la misma imagen [la de Jesús] de gloria en gloria por el Espíritu (2 Co.3:18). La obra santificadora del Espíritu Santo es esencial. Somos apartados para Dios.

Santificar significar ser apartados para el Señor. Guardarse sin mancha del mundo (Stg.1:27). La redención incluye ser librados del presente siglo malo (Gá. 1:4). Por eso, no podemos separar la salvación realizada por Jesús de la obra santificadora del Espíritu Santo. Toda la Trinidad está involucrada en ella.

         La santificación es una obra sobrenatural del Espíritu Santo en cada uno de los herederos de la salvación. 

138 – En la obra de salvación

La vida en el EspírituPero yo os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré. Y cuando El venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio; de pecado, porque no creen en mí; de justicia, porque yo voy al Padre y no me veréis más; y de juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido juzgado (Juan 16:7-11).

         La salvación del hombre es un consejo divino. Un misterio revelado que estaba oculto desde antes de la fundación del mundo, y que ha sido manifestado, «y por las Escrituras de los profetas, conforme al mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las naciones para ser guiadas a la obediencia de la fe» (Ro.16:25-27).

Esta salvación tan grande, «anunciada primeramente por el Señor, confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, tanto por señales como por prodigios, y por diversos milagros y por dones del Espíritu Santo según su propia voluntad» (Heb. 2:3-4), fue confirmada por Dios mediante el Espíritu, en quienes fueron testigos.

El Espíritu es el que capacita a los anunciadores de la salvación, como hemos ido viendo en esta serie, pero antes, es quién convence de pecado, de justicia y de juicio para manifestar el Salvador a todos los pecadores. Nadie puede llamar a Jesús Señor si no por el Espíritu. El es quién revela al Hijo en los corazones de los hijos de los hombres. Quién convence de pecado para comprender la necesidad de una salvación preparada desde tiempos eternos.

Luego el Espíritu es quién capacita a los testigos para dar testimonio. Por tanto, el Padre envía al Hijo al mundo para que realice la obra de salvación, y el Espíritu Santo es quién manifiesta la profundidad de esa obra eterna en los corazones de los hombres, convenciéndolos de pecado, y viendo en Jesús la respuesta de Dios.

El Espíritu Santo es quién da testimonio de que somos hijos, que hemos sido redimidos, que somos de Dios, que nuestros pecados han sido perdonados, quién revela todo el potencial de la salvación que ha sido realizada. Sin esta acción interior en el corazón del hombre no hay cambio, ni transformación. La vida nueva es engendrada por el Espíritu y la palabra.

Todo el recorrido del libro de Hechos nos ha mostrado la importancia esencial de la obra del Espíritu en los discípulos para salvar y capacitar. Sin el Espíritu no hay salvación. Solo religión. Con la manifestación del Espíritu de Dios el potencial de la salvación se desplegará como un río de vida.

         Toda la Trinidad está involucrada en la gran salvación que hemos recibido. La acción del Espíritu de Dios activará la eternidad en los corazones.