140 – En la obra de transformación

La vida en el EspírituPero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu (2 Corintios 3:18).

         La obra santificadora del Espíritu desemboca en una transformación evidente a la imagen de Jesús. Esta transformación también es llevada a cabo mediante el Espíritu del Señor. Ser transformados a la semejanza de Jesús es el final de la salvación, iniciada por Dios y culminada por Él mismo. De principio a fin la salvación, santificación y transformación es obra de Dios. Dios es poderoso para guardarnos sin caída, y presentarnos delante de su gloria con gran alegría (Judas 24). El que comenzó la obra en vosotros la perfeccionará, hasta el día de Cristo (Fil.1:6).

El evangelio es poder de Dios para salvar (Ro.1:16). La impotencia de muchos creyentes en entender esta salvación tan grande es que fundamentan la obra sobre su propia voluntad y capacidades para mantenerse fieles a Dios. La salvación es de Dios y contiene el poder de Dios para realizar todo el proceso hasta el día final. El poder de Dios se perfecciona en nuestra debilidad. Para los hombres esto es imposible, pero para Dios no, porque todas las cosas son posibles para Dios.

Esto no excluye nuestra obediencia y entrega al pacto. Es una fusión, una unidad indisoluble. El que se une al Señor es un espíritu con él. Nadie podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Ahora bien, debemos entender que hemos sido llamados a un pacto, no a un compromiso. Hemos sido llamados a la muerte con Jesús, a la sepultura con él, a la resurrección con él, a la exaltación con él y a la glorificación con él. Esta es la totalidad de la unidad que existe entre el creyente y Cristo. Todo ello realizado en el poder del Espíritu Santo, de principio a fin.

El Señor conoce a los que son suyos, «son suyos»; y todo aquel que invoca el nombre del Señor se aparta de iniquidad. Quiere agradar a aquel que lo tomó por soldado. Pablo dijo: «Esta noche ha estado conmigo el ángel de quién soy, y a quién sirvo». Somos propiedad de Dios. Si Dios no es poderoso para guardarnos ¿quién lo será? Nuestro destino es ser semejantes a Jesús mediante un proceso gradual de santificación y transformación que nos introduce en la plenitud con Cristo. Esta es la fe del evangelio. Esta es la obra del Espíritu en nosotros. Hay seguridad. Caminamos hacia la ciudad celestial en la que viviremos como hombres glorificados, levantados de la muerte, semejantes al Hijo de Dios.

         La transformación por el Espíritu Santo nos introducirá en el día cuando seremos glorificados, a la semejanza de Cristo, por toda la eternidad.

139 – En la obra de santificación

La vida en el EspírituPero nosotros siempre tenemos que dar gracias a Dios por vosotros, hermanos amados por el Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para salvación mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad (2 Tesalonicenses 2:13).

         En nuestro tema general «¿Qué es el hombre?» hemos visto una de las series titulada: la santificación. Aquí queremos enfatizar la obra específica del Espíritu Santo en la santificación de los discípulos.

La santificación es la acción gradual del Espíritu en la vida del nuevo hombre transformándolo hasta el día de Jesucristo. El Espíritu Santo usa la palabra de Dios. Jesús dijo: «Santifícalos en tu verdad, tu palabra es verdad» (Jn.17:17). Es la misma combinación que aparece en el texto que estamos meditando. La salvación se manifiesta mediante un proceso de santificación por el Espíritu, y además por la fe en la verdad. Espíritu y verdad producen santificación. Son los componentes básicos de la adoración. Los adoradores que Dios busca, es necesario que adoren en espíritu y verdad (Jn. 4:24).

Nacemos por el Espíritu y la palabra, somos santificados por el Espíritu y la verdad. También se llama en la Escritura a este proceso renovación. La salvación inicia un proceso sucesivo en el interior de la persona, que va produciendo una renovación interior, desde el espíritu, hacia el alma y el cuerpo, afectando a toda nuestra manera de vivir. Sed santos, como yo soy santo, dice el apóstol Pedro (1 P.1:15).

Por tanto, el Espíritu de Dios está involucrado en la obra general de la salvación de Dios al hombre. «El nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo» (Tito 3:5).

El Espíritu nos sella como propiedad de Dios. Nos anhela celosamente para producir la imagen de Jesús en nosotros. Esto es en síntesis a lo que llamamos santificación: ser hechos a la imagen de Jesús (Rom. 8:29). Estamos siendo transformados en la misma imagen [la de Jesús] de gloria en gloria por el Espíritu (2 Co.3:18). La obra santificadora del Espíritu Santo es esencial. Somos apartados para Dios.

Santificar significar ser apartados para el Señor. Guardarse sin mancha del mundo (Stg.1:27). La redención incluye ser librados del presente siglo malo (Gá. 1:4). Por eso, no podemos separar la salvación realizada por Jesús de la obra santificadora del Espíritu Santo. Toda la Trinidad está involucrada en ella.

         La santificación es una obra sobrenatural del Espíritu Santo en cada uno de los herederos de la salvación. 

138 – En la obra de salvación

La vida en el EspírituPero yo os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré. Y cuando El venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio; de pecado, porque no creen en mí; de justicia, porque yo voy al Padre y no me veréis más; y de juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido juzgado (Juan 16:7-11).

         La salvación del hombre es un consejo divino. Un misterio revelado que estaba oculto desde antes de la fundación del mundo, y que ha sido manifestado, «y por las Escrituras de los profetas, conforme al mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las naciones para ser guiadas a la obediencia de la fe» (Ro.16:25-27).

Esta salvación tan grande, «anunciada primeramente por el Señor, confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, tanto por señales como por prodigios, y por diversos milagros y por dones del Espíritu Santo según su propia voluntad» (Heb. 2:3-4), fue confirmada por Dios mediante el Espíritu, en quienes fueron testigos.

El Espíritu es el que capacita a los anunciadores de la salvación, como hemos ido viendo en esta serie, pero antes, es quién convence de pecado, de justicia y de juicio para manifestar el Salvador a todos los pecadores. Nadie puede llamar a Jesús Señor si no por el Espíritu. El es quién revela al Hijo en los corazones de los hijos de los hombres. Quién convence de pecado para comprender la necesidad de una salvación preparada desde tiempos eternos.

Luego el Espíritu es quién capacita a los testigos para dar testimonio. Por tanto, el Padre envía al Hijo al mundo para que realice la obra de salvación, y el Espíritu Santo es quién manifiesta la profundidad de esa obra eterna en los corazones de los hombres, convenciéndolos de pecado, y viendo en Jesús la respuesta de Dios.

El Espíritu Santo es quién da testimonio de que somos hijos, que hemos sido redimidos, que somos de Dios, que nuestros pecados han sido perdonados, quién revela todo el potencial de la salvación que ha sido realizada. Sin esta acción interior en el corazón del hombre no hay cambio, ni transformación. La vida nueva es engendrada por el Espíritu y la palabra.

Todo el recorrido del libro de Hechos nos ha mostrado la importancia esencial de la obra del Espíritu en los discípulos para salvar y capacitar. Sin el Espíritu no hay salvación. Solo religión. Con la manifestación del Espíritu de Dios el potencial de la salvación se desplegará como un río de vida.

         Toda la Trinidad está involucrada en la gran salvación que hemos recibido. La acción del Espíritu de Dios activará la eternidad en los corazones.

137 – El Espíritu Santo es Dios

La vida en el EspírituAhora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad  (2 Corintios 3:17).

         El Espíritu Santo es Dios. Tiene una función específica de revelar al Hijo, recordarnos las palabras de Jesús, capacitarnos para realizar la obra de Dios, pero es Dios mismo operando en la vida del discípulo. Lo hemos visto ampliamente a lo largo de esta serie que estamos meditando. La Escritura revela con claridad que el Espíritu Santo tiene los atributos de la Deidad, y cuando hablamos de atributos entendemos que éstos sólo son propios de Dios.

El Espíritu es Omnipresente. Jesús enseñó a los suyos que enviaría el Consolador y estaría con todos ellos a la vez, por eso les dijo que les convenía que él se fuera, para que viniera el Espíritu y pudiera estar en la totalidad de los discípulos a la vez (Jn.16:7). El profeta Joel profetizó que el Espíritu se derramaría sobre toda carne, y el apóstol Pedro, recogiendo esa verdad el día de Pentecostés, dice que «la promesa —el don del Espíritu Santo— es para vosotros y para vuestros hijos y para todos los que están lejos, para tantos como el Señor nuestro Dios llame» (Hch.2:38-39).

El Espíritu Santo es Creador«Y el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas» (Gn.1:2). Eliú, en su discurso a Job, dijo: «El Espíritu de Dios me ha hecho, y el aliento del Todopoderoso me da vida» (Job 33:4). El salmista dice: «Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos, y todo su ejército por el aliento de su boca» (Sal.33:6). También dice: «Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra» (Sal.104:30). Sabemos que Dios sopló aliento de vida en el primer hombre, y vino a ser, fue creado, recibió la vida. De la misma manera que Jesús sopló sobre sus discípulos, y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn.20:22).

El Espíritu Santo es Todopoderoso. El texto que tenemos de base en nuestra meditación dice: «el Señor es el Espíritu», y sabemos que Jesús es Todopoderoso, como enseña el apóstol Juan. «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso» (Apc.1:8). Hay unidad entre el Hijo de Dios y el Espíritu, son de la misma naturaleza, tienen los mismos atributos.

El Espíritu es la verdad, como Jesús es la verdad. «Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad» (1 Jn.5:6). Se le llama «el Espíritu de verdad» hasta en tres ocasiones en Jn.14:17; 15:26 y 16:13. No hay duda. El Espíritu Santo tiene los atributos de Dios, por tanto, es Dios.

         Los atributos que solo pertenecen a Dios aparecen también en el Espíritu Santo, poniendo de manifiesto su Deidad y unidad con el Padre y el Hijo.

136 – Una Persona de la Trinidad

La vida en el EspírituLa gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros  (2 Corintios 13:14).

         Las últimas meditaciones sobre la vida en el Espíritu quiero dedicarlas a reflexionar sobre la personalidad del Espíritu. También veremos cómo actúa en combinación con el Padre y el Hijo en la obra de salvación, santificación y transformación.

El Espíritu Santo es una Persona. No una fuerza activa. La revelación de la Escritura no deja duda de esta verdad, aunque a nosotros nos parezca que hay aspectos misteriosos a la hora de comprender la unidad y diversidad de la divinidad. Recordemos las palabras del apóstol Pablo: «porque en parte conocemos» (1 Co.13:9). También dijo: «el conocimiento envanece, pero el amor edifica. Si alguno cree que sabe algo, no ha aprendido todavía como lo debe saber; pero si alguno ama a Dios, ése es conocido por El» (1 Co.8:1-3).

Seguramente sabemos algo acerca de la personalidad del Espíritu Santo dentro de la Trinidad, −o como dice un autor: Tri-Uno−, creemos que en la Escritura se revela un Dios Trino, aunque es Uno, y solo Uno. Ahora quiero centrarme en las características del Espíritu Santo que nos llevan a afirmar que es una Persona, y por supuesto, una Persona de la divinidad.

El Espíritu Santo tiene voluntad. «El Espíritu Santo dijo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado» (Hch.13:2). Es quien tiene la iniciativa en la obra misionera. El Espíritu Santo se entristece. «Y no entristezcáis al Espíritu Santo de Dios» (Ef.4:30). El Espíritu Santo habla. «Y el Espíritu dijo a Felipe» (Hch. 8:29). Esta misma expresión se repite en muchos otros textos. El Espíritu Santo tiene sabiduría, conocimiento, inteligencia, es consejero. Así es como nos lo presenta el profeta Isaías actuando en la vida del Mesías, el vástago de Isaí que habría de brotar. Dice: «Y reposará sobre Él el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor del Señor» (Isaías 11:1-2). Aquí tenemos las siete manifestaciones del Espíritu con el que aparece también en el libro de Apocalipsis, denominado como los siete Espíritus de Dios (Apc.3:1; 4:5; 5:6).

Todo ello nos muestra con claridad que el Espíritu Santo tiene las características de la personalidad: voluntad, sentimientos, habla, sabiduría, conocimiento, inteligencia, consejo, etc. Con esta Persona de la Trinidad podemos tener comunión; como dice Pablo: «y la comunión del Espíritu Santo sea con todos vosotros».

         Tenemos comunión con el Espíritu Santo porque es una persona con quién podemos comunicarnos desde nuestro espíritu.

LA TERCERA PERSONA DE LA TRINIDAD

La vida en el EspírituLA TERCERA PERSONA DE LA TRINIDAD

         Y para terminar esta serie, aunque es imposible finalizar el tema, queremos dedicar las últimas meditaciones a la personalidad del Espíritu Santo; porque el Espíritu revelado en la Escritura es una Persona, una Persona de la Deidad.

         Veremos las características de su personalidad y atributos, así como su acción en la obra de salvación, santificación y transformación en la vida de los hijos de Dios.

  1. Una Persona de la Trinidad (2 Co.13:14)
  2. El Espíritu Santo es Dios (2 Co.3:17)
  3. En la obra de salvación (Jn.16:7-11)
  4. En la obra de santificación (2 Tes.2:13)
  5. En la obra de transformación (2 Co.3:18)

135 – El fruto del Espíritu – verdad

La vida en el EspírituPorque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad(Efesios 5:8-9 RV60).

         Con la verdad queremos cerrar la relación que hemos hecho sobre el fruto del Espíritu. Hay muchas manifestaciones del fruto del Espíritu que no veremos, pero con estas creo que tenemos una panorámica suficiente para saber discernir a los hombres llenos del Espíritu.

La verdad es un fruto del Espíritu. Pablo nos recuerda que el amor no se goza de la injusticia, sino que se goza de la verdad. La verdad hay que amarla, porque Jesús es la verdad (Jn.14:6). También el Espíritu es la verdad (1 Jn.5:6). Por tanto, cualquiera que se dice ser hijo de Dios y no ama la verdad, es mentiroso, no vive en luz, y la verdad no está en él. El apóstol Juan se gozaba viendo a sus hijos andar en la verdad. Jesús dijo que la verdad nos hará libres. El Espíritu de Dios nos guía a toda verdad. Produce en nosotros la verdad de Dios cuando nuestros corazones están en yugo con Jesús.

Hay quienes piensan que por saber algunos versículos de la Biblia andan en la verdad, pero sus hechos lo niegan. Porque no se puede tener la verdad como centro de nuestras vidas y mentir por sistema. El carácter de los hombres en los últimos tiempos se caracteriza, entre otras cosas, por ser amadores de los placeres en vez de amadores de Dios, de la verdad (2 Tim.3:4). En un mundo que está bajo el maligno (1 Jn.5:19) no podemos creer que un mensaje populista, aceptado por masas sin discernimiento, pueda contener la verdad de Dios.

La verdad siempre divide, porque resiste la mentira. La verdad fue crucificada en una cruz en el monte Calvario, pero hoy algunos creen poder usarla para enriquecerse evitando la persecución que le acompaña. Vano intento. Falso testimonio. La verdad está al alcance de quienes viven en el Espíritu, andan en luz y como resultado manifiestan una vida verdadera.

Dice Pablo que «los pecados de algunos hombres son ya evidentes, yendo delante de ellos al juicio; mas a otros, sus pecados los siguen. De la misma manera, las buenas obras son evidentes, y las que no lo son no se pueden ocultar» (1Tim. 5:24-25). Por tanto, amados hermanos, «el Señor conoce a los que son suyos, y: que se aparte de la iniquidad todo aquel que menciona el nombre de Señor» (2Tim. 2:19), manifestando el fruto del Espíritu viviendo en la verdad.

         Jesús es la verdad, el Espíritu es la verdad y los que son de la verdad aman a Jesús y viven en el Espíritu.

134 – El fruto del Espíritu – justicia

La vida en el EspírituPorque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad)  (Efesios 5:8-9 RV60).

         El fruto del Espíritu es también justicia. La justicia de Dios siempre es más alta que la nuestra, por eso el evangelio contiene la justicia de Dios en Cristo para todos los que creen en él. La salvación de Dios es mediante su justicia, manifestada en la persona de Jesús y aplicada a todos aquellos que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia (Rom. 5:17). La justicia de Dios es aplicada a quienes han sido justificados por la fe en la obra redentora del Mesías. A partir de ese momento, justificados por la fe, tenemos paz con Dios, una naturaleza nueva y justa, creada en la justicia y santidad de la verdad (Ef.4:24).

Por tanto, el fruto del Espíritu es mostrar la justicia en nuestra nueva manera de vivir. El reino de Dios no consiste en comida o bebida, sino en justicia, paz y gozo en el Espíritu (Ro.14:17). La enseñanza de Jesús es que si nuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos no entraremos en el reino de los cielos (Mt.5:20). El amor no se goza de la injusticia, sino que se alegra con la verdad (1 Co.13:6). Jesús amó la justicia y aborreció la iniquidad, por eso el Señor le ungió con óleo de alegría, más que a sus compañeros (Heb.1:9). Este es el camino para ser ungidos: amar la justicia y aborrecer la iniquidad.

Algunos piensan que la unción se recibe «alegremente» y sin condiciones. Se pone de moda asistir a conferencias donde los ponentes hacen énfasis en conseguir «el elixir» que trae la felicidad al hombre sin apelar a la justicia y la verdad. No os engañéis, Dios no puede ser burlado… El que siembra para la carne, de la carne segará muerte. Pero el fruto del Espíritu es justicia.

Jesús, nuestro modelo y Señor, amó la justicia, aborreció la iniquidad, por eso fue ungido y anduvo haciendo bienes sanando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Juan el Bautista se dio cuenta que muchos de los que abarrotaban el río Jordán para ser bautizados —porque se puso de moda, y el personaje era «pintoresco»— solo querían huir de la ira venidera sin hacer frutos dignos de arrepentimiento, sin amar la justicia, sin ser vestidos de ella. Por ello les dijo: ¡Camada de víboras! (Lc.3:7-9). Nos hemos acostumbrados demasiado a las glorias sin el sufrimiento, lo cual conduce al auto-engaño, predominante en nuestros días.

         El fruto del Espíritu es también justicia, resultado de ser hijos de luz.     

133 – El fruto del Espíritu – dominio propio

La vida en el EspírituMas el fruto del Espíritu es… dominio propio…  (Gálatas 5:23).

         O templanza, dice en la versión Reina Valera. La novena rama de este árbol del Espíritu es el dominio propio. Aunque no es el último fruto como veremos en próximas meditaciones. Templanza o dominio propio es una virtud por la que muchos gobernantes o líderes de las naciones darían ingentes cantidades de dinero por conseguirla. Cantantes, deportistas, actores, escritores, empresarios, incluso pastores, necesitan sucedáneos químicos para conseguir afrontar los desafíos que enfrentan en sus respectivas profesiones. Muchos no pueden conseguir el descanso necesario que regenere sus fuerzas por la presión que soportan para estar a la altura de un público muy exigente. Algunos quedan atrapados en una espiral que acaba devorándolos. Su carácter se vuelve irritable, aparecen conductas bipolares, esquizofrenias, y todo tipo de enfermedades psíquicas y físicas. El devorador viene a exigir el precio de la fama, la riqueza y el éxito.

Las peleas por las herencias familiares liberan lo peor del ser humano para no acabar nunca de tensar la cuerda que no nos deja vivir. Por eso dice el sabio en el proverbio: «Mejor es la comida de  legumbres donde hay amor, que de buey engordado donde hay odio» (Pr.15:17). El fruto del Espíritu es dominio propio. El ocuparse de las cosas del Espíritu es vida y paz (Ro.8:6).

Las guerras vienen de las pasiones por causa de la falta de templanza necesaria para no codiciar los bienes ajenos. Jesús manifestó un dominio propio ejemplar delante de Pilatos y Herodes. Cuando los soldados le escarnecían, encomendó la causa al que juzga justamente. El apóstol Pablo nos enseña que hemos recibido de Dios, no un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio (2 Tim.1:7). Saber que lo tenemos en el depósito recibido es el comienzo para su manifestación en nuestras vidas.

Está escrito: «mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad» (Pr. 16:32). Y el apóstol de los gentiles recuerda a los corintios que «los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas» (1 Co.14:32). El pecado no dominará sobre los hijos de Dios porque hemos muerto, y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Una de las manifestaciones de la vida de Jesús es el fruto del Espíritu en forma de templanza y dominio propio ante los desafíos que presenta la sociedad actual. Es el milagro de la vida cristiana.

         El dominio propio es un lujo sobrenatural para el hombre postmoderno. Andar unidos con Jesús lo hará posible porque él es nuestro equilibrio.

132 – El fruto del Espíritu – mansedumbre

La vida en el EspírituMas el fruto del Espíritu es… mansedumbre…  (Gálatas 5:23).

         Una de las figuras que a menudo usó Jesús para referirse al trato con sus discípulos fue la del pastor y las ovejas. Lo que caracteriza la naturaleza de las ovejas es la mansedumbre. Jesús es el Cordero de Dios, y los suyos, que tienen su misma naturaleza, manifiestan ternura y mansedumbre como resultado de la vida de Cristo en ellos.

Pablo dijo: Cristo en mi la esperanza de gloria. También dijo: «buscáis una prueba de que habla Cristo en mí» (2 Co.13:3). Por tanto, se establece un paralelismo entre el Pastor y las ovejas, son del mismo Espíritu, la misma naturaleza. Por eso dice el apóstol «No estéis unidos en yugo desigual con los incrédulos, pues ¿qué asociación tienen la justicia y la iniquidad? ¿O qué comunión la luz con las tinieblas? ¿O qué armonía tiene Cristo con Belial? ¿O qué tiene en común un creyente con un incrédulo? ¿O qué acuerdo tiene el templo de Dios con los ídolos?» (2 Co.6:14-16). Esas uniones son espurias. No hay acuerdo. Tienen naturaleza distinta, por ello cada uno actuará en dirección opuesta. Sin embargo, Jesús dijo: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt.11:29).

Tenemos, por tanto, que la mansedumbre es una consecuencia «natural» en aquellos que están unidos a Jesús. Es el fruto del Espíritu. «Manso y humilde», dice el Maestro. Ambas cualidades van unidas en la vida del discípulo. Mansedumbre significa calidad de manso. Sin embargo, no malinterpretemos este término. Jesús era manso, lo cual no evitó que confrontara la mentira, el pecado y la injusticia de aquellos que manifestaban la naturaleza de Satanás. «Vosotros sois de vuestro padre el diablo», les dijo a quienes decían ser hijos de Dios pero sus obras manifestaban la naturaleza del padre de la mentira y homicida. Por eso su enseñanza hace énfasis en una máxima esencial: «por sus frutos los conoceréis».

Jesús no solo es el Cordero de Dios, sino que también es el León de la tribu de Judá. Es el siervo sufriente, pero también el Rey de gloria que esperamos. Su enseñanza nos insta a no resistir al que es malo, sino resistir al diablo. Moisés fue cambiado en el desierto en el hombre más manso de la tierra (Nm.12:3). Fue transformado. Los hijos del trueno también. El perseguidor Saulo en Pablo el perseguido. Los hijos del reino manifiestan mansedumbre y humildad en su manera de vivir. Corrigen con mansedumbre a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda el arrepentimiento (2 Tim.2:25).

         El ruego del apóstol Pablo es para que manifestemos la mansedumbre y ternura de Jesús como resultado del fruto del Espíritu (2 Co.10:1).