9 – LA SANTIFICACIÓN – El fruto de la santificación

La santificaciónEl fruto de la santificación

Pero ahora, habiendo sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como resultado la vida eterna  (Romanos 6:22 LBLA)

En la Escritura vemos repetidamente cuál es el proceder de Dios. Él comienza, produce, crea las condiciones para que a partir de ellas, y cumpliendo con las reglas y leyes establecidas, se lleve a cabo un proceso de expansión. La creación física, en muchos aspectos, es el resultado de la expansión que se va produciendo paulatinamente, siempre en conformidad a las leyes de origen y que han sido establecidas por el Creador. El hombre las descubre y se beneficia de ellas. La ciencia parte de la materia prima ya creada, también de las leyes establecidas en el Universo, para que a partir de esos parámetros pueda avanzar a nuevas metas.

La transgresión de las leyes establecidas opera siempre en contra de los objetivos buscados. Por su parte, si colaboramos con los principios correctos obtendremos resultados exitosos. Siempre hay la tentación de adulterar la materia prima, o manipular los procesos; en esos casos podemos llegar a resultados rápidos pero pronto muestran su inconsistencia.  Todo esto en el campo de la física, pero cuando lo llevamos al terreno espiritual los principios son los mismos.

Pablo también nos habla, en el texto que estamos meditando, de un proceso expansivo. Primero hemos sido libertados del poder del pecado. Hemos dicho en otras reflexiones que vivíamos bajo un dominio, incluso se le llama reino, el del pecado. Ahora, por la redención efectuada por Jesús, hemos sido redimidos, rescatados de la tiranía del pecado y hechos siervos de Dios. Una nueva naturaleza se ha activado en el hijo de Dios, la naturaleza divina, como dice el apóstol Pedro: Pues su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuáles nos ha concedido sus preciosas y maravillosas promesas, a fin de que por ellas lleguéis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo por causa de la concupiscencia (1 Pedro 1:3,4).

Después de haber sido hechos siervos de Dios, el fruto que daremos será la santificación, vidas entregadas a la voluntad de Dios para vivir en sus caminos y obras. Y el resultado de todo ello será entrar en la vida eterna.

La vida cristiana responde a procesos establecidos: libertados del pecado, hechos siervos de Dios, fruto de santificación y resultado vida eterna.

8 – LA SANTIFICACIÓN – Obedecer a la justicia para santificación

La santificaciónObedecer a la justicia para santificación

Hablo en términos humanos, por causa de la debilidad de vuestra carne. Porque de la manera que presentasteis vuestros miembros como esclavos a la impureza y a la iniquidad, para iniquidad, así ahora presentad vuestros miembros como esclavos a la justicia, para santificación  (Romanos 6:19 LBLA)

El razonamiento del apóstol tiene una lógica plena. En la vida cristiana hay un antes y un después. En la vieja y vana manera de vivir entregábamos nuestros miembros para servir a la injusticia y la iniquidad, estábamos muertos en delitos y pecados, por tanto, nuestra manera de vivir estaba orientada en esa dirección. La naturaleza del árbol malo da malos frutos, y no puede hacer otra cosa mientras no haya un cambio de naturaleza. Por eso es necesario nacer de nuevo.

El evangelio produce vida, la clase de vida de Dios en nuestro espíritu, con la naturaleza del Dador de la vida; y ahora, desde una nueva raíz, el fruto será distinto. Pero todo árbol que se precie depende de las manos del labrador, del sol, el viento y la lluvia para que el fruto sea conforme a su propia naturaleza. A ese proceso lo llamamos santificación. La naturaleza ya está en acción, pero no es suficiente, aunque sea imprescindible para el resultado final.

A la nueva naturaleza deben seguirle los procesos correspondientes para alcanzar desarrollarse en madurez y como tal dar el fruto que se espera. Jesús dijo que el reino de Dios es como un hombre que echa semilla en la tierra, y se acuesta y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece; cómo, él no lo sabe. La tierra produce por sí misma; primero la hoja, luego la espiga, y después el grano maduro en la espiga. Y cuando el fruto lo permite, él enseguida mete la hoz, porque ha llegado el tiempo de la siega (Marcos 4:26-29). Aquí tenemos el desarrollo producido por la energía de la vida misma que está contenida en la semilla sembrada.

Una vez sembrada, el poder de la vida se abre camino conforme a su propia naturaleza y comienza a producir, después de un proceso «natural» que conduce al resultado final: el tiempo de la siega, el fruto, una vida santificada que honra a Dios. Se trata, por tanto, de permanecer «atados», entregados, unidos en yugo, presentar nuestros miembros como esclavos a la justicia para obtener como resultado la santificación. Jesús dijo: Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo quita; y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto… Permaneced en mí, y yo en vosotros… porque separados de mí nada podréis hacer (Jn. 15:1-5).

         Nuestro destino es obedecer a la justicia para llevar mucho fruto.

7 – LA SANTIFICACIÓN – Presentarnos para obedecer

La santificaciónPresentarnos para obedecer

¿No sabéis que cuando os presentáis a alguno como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, ya sea del pecado para muerte, o de la obediencia para justicia?  (Romanos 6:16 LBLA)

El capítulo 6 de la carta a los Romanos me liberaba y atormentaba a partes iguales en los primeros años de mi conversión. Por un lado veía la verdad gloriosa sobre mi liberación del pecado, por otro, mi lucha interna y la experiencia en diversas ocasiones me recordaba que estaba muy lejos de vivir lo que leía. Esta es la batalla irrenunciable que todo hijo de Dios pelea –o debe pelear− si quiere avanzar en su nueva vida en Cristo.

El conflicto que enfrentamos a menudo entre la verdad leída en las Escrituras y la experiencia que vivimos, debe llevarnos a encontrar la verdad revelada que libera el poder de Dios para ajustar verdad y praxis. La verdad no cambia aunque nuestra experiencia no la confirme. Debemos buscar la complementación de ambas. Dios es fiel, aunque nosotros seamos hallados infieles.

Pablo nos dice: ¿No sabéis? Una vez más nos encontramos con este verbo imprescindible en la vida cristiana, saber. En los versículos 6 y 9 aparece en forma positiva, ahora lo vemos como pregunta retórica, pero incluyendo un conocimiento que todo hijo de Dios debe tener. La pregunta pone de manifiesto que cuando nos presentamos para obedecer a alguien, nos ponemos bajo el dominio de aquel a quién obedecemos, y al hacerlo, quedamos hechos esclavos, sea del pecado o de la justicia. Por tanto, tenemos que nuestra voluntad determina a quién vamos a obedecer, y dependiendo a quién escojamos seremos siervos de un señor u otro.

No podemos servir a dos señores. Uno de los dos tendrá el dominio de nuestras vidas: el pecado o la justicia. El resultado del servicio que escojamos, en uno u otro caso, tendrá consecuencias distintas. Obedecer al pecado nos conduce a la muerte, la separación de Dios. Obedecer a la justicia tendrá fruto de vida eterna (Romanos 2:6-10).

El llamamiento de Dios a sus hijos es para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesús. Pedro escribe a los expatriados y elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, por la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre. De ahí la pregunta retórica de Pablo con la respuesta que hace a continuación: Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, os hicisteis obedientes de corazón a aquella forma de enseñanza a la que fuisteis entregados; y habiendo sido libertados del pecado, os habéis hecho siervos de la justicia (Rom. 6:17-18).

         Hemos sido llamados a obedecer y a ese llamamiento debemos entregarnos para vivir alejados del dominio del pecado sirviendo a Dios

6 – LA SANTIFICACIÓN – El pecado ha perdido su dominio sobre nosotros

La santificaciónEl pecado ha perdido su dominio sobre nosotros

Porque el pecado no tendrá dominio sobre vosotros, pues no estáis bajo la ley sino bajo la gracia  (Romanos 6:14 LBLA)

Una vez que nuestros miembros han sido presentados a Dios como instrumentos de justicia, el pecado no tendrá dominio sobre nosotros. Esta es la declaración que hace Pablo. El apóstol Juan nos dice: El que ha nacido de Dios no peca, no practica el pecado, porque Dios le guarda y el maligno no le toca. Está escrito que el pecado no tiene dominio sobre nosotros porque hemos muerto, no porque seamos más fuertes que el mismo pecado. Nuestra fortaleza está en la unión con Cristo en su muerte y resurrección.

El que ha muerto ha vencido al pecado. Jesús murió y venció al pecado. Nosotros hemos muerto con Cristo y hemos vencido al pecado en él. Esa es nuestra posición con Cristo. El problema siempre lo tenemos cuando miramos nuestra naturaleza humana, el viejo hombre que tantas veces se activa para neutralizar la nueva vida en Cristo. El llamado de Pablo es a despojarnos del viejo hombre, con sus pasiones y deseos, y vestirnos del nuevo, creado en justicia y santidad de la verdad. También dijo el apóstol: Cada día muero.

Cada día enfrentamos una batalla por el control de nuestra alma. Las fuerzas hostiles a la nueva naturaleza están vivas y activas, siempre dispuestas a combatir y derribar la verdad que nos hace libres. Jesús nos dijo: Velad y orad para que no caigáis en tentación. A la verdad, el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil. Necesitamos combatir. Si no lo hacemos el viejo dominio del pecado se volverá a levantar y nos subyugará, es decir, volverá a levantar el yugo que una vez tuvo sobre nosotros. Nos volverá a esclavizar.

Esta verdad la entendemos perfectamente cuando vemos el ejemplo de los israelitas una vez que se establecieron en la tierra de Canaán. El mensaje de Dios fue que debían destruir a todos los habitantes de la tierra, tierra que estaba contaminada, maldecida, profundamente atrapada en prácticas abominables para Dios y que debían ser eliminadas por completo. La muerte tenía que operar en toda su amplitud. Pero el pueblo de Israel fue dejando aquí y allá habitantes cananeos a los que no pudieron echar. Cuando fueron fuertes los sometieron, pero una vez debilitados por la permisividad y la indiferencia a la ley de Dios, el viejo dominio volvió a levantarse para esclavizar nuevamente al pueblo del pacto.

Muerto el viejo hombre, el pecado no tiene dominio sobre nosotros, pero si dejamos levantarse  al antiguo dueño, lo hará y regresaremos a la esclavitud. Esa no es la voluntad de Dios.

         El poder del pecado ha perdido su dominio sobre la nueva creación. Sirvamos en el régimen nuevo del Espíritu.

5 – LA SANTIFICACIÓN – No reine ni obedezcáis al pecado

La santificaciónNo reine ni obedezcáis al pecado

Por tanto, no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal para que no obedezcáis sus lujurias; ni presentéis los miembros de vuestro cuerpo al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia  (Romanos 6:12,13 LBLA)

El pecado tiene personalidad propia. Demanda obediencia. Tiene voluntad. Es un dominio. Es un reino que ejerce su tiranía a través de la naturaleza vieja y caída. Pero una vez destruido el cuerpo de pecado, ya no puede dominar sobre quién ha muerto. Salvo que la persona, en su razonamiento viejo no comprenda lo que ha ocurrido, y el viejo dominio se levante sobre él en base a la ignorancia de lo que ya Cristo realizó en la redención.

Por ello, cuando el diablo no puede impedir que una persona sea redimida y escape del dominio de las tinieblas, su nueva estrategia será tratar de imposibilitar el conocimiento de lo que ha sido efectuado; lo hará mediante el engaño, la mentira, el temor, la persecución y la ceguera espiritual que siempre está unida a la idolatría. Recordemos la estrategia de Satanás al ver que no pudo retener a Jesús en la tumba. Su táctica fue argumentar que el cuerpo había sido robado por los discípulos, en consonancia siempre con los incrédulos. Maquinó para que la predicación de la resurrección no fuera anunciada. Persiguió a los testigos a través de quienes gobernaban la religión y la política.

Siempre hay argumentos altivos que se levantan contra el conocimiento de Dios. Por eso Pablo nos dice que las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas. La verdad hace libres a las personas, libres del poder del pecado. Hay que combatir por la verdad del evangelio siempre. Hay un enemigo que viene a robar, matar y destruir la verdad.

El reino de pecado y Satanás está basado en la mentira, en la negación de la verdad y ocultar la obra de Jesús. El pecado ha sido vencido, pero las tinieblas pueden ocultar al nuevo hombre la revelación que conduce a su libertad. Pablo lo enfatiza para que los hermanos no se dejen engañar: no reine en vosotros el pecado, no le obedezcáis, no presentéis vuestros cuerpos al pecado; sino presentaos a Dios como vivos de entre los muertos, y los miembros de nuestro cuerpo como instrumentos de justicia. Esa es nuestra nueva naturaleza: vida, verdad y justicia. Una vida dependiente de Jesús, unida indisolublemente al Autor de la fe.

         Debemos decir no al pecado, a su dominio y reino, sabiendo que no tendrá potestad sobre nosotros porque pertenecemos a otro, a Jesús.

4 – LA SANTIFICACIÓN – Muertos al pecado vivos para Dios

La santificaciónMuertos al pecado vivos para Dios

Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, no volverá a morir; ya que la muerte no tiene dominio sobre El. Porque en cuánto El murió, murió al pecado de una vez para siempre; pero en cuanto vive, vive para Dios. Así también vosotros, consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús  (Romanos 6:9-11 LBLA)

Una vez más debemos saber. El apóstol Pablo nos revela la «lógica» de su exposición. Cristo ha resucitado, por tanto, ha vencido el poder del pecado y la muerte. Ahora el pecado ya no tiene potestad sobre El. En su encarnación, el pecado, el tentador y la muerte anduvieron maquinando para hacerle caer, fracasar, y no culminar la obra redentora, pero una vez realizada en victoria, habiendo resucitado de los muertos, ya no está sometido a la posibilidad de la muerte. El autor de Hebreos lo expresa así: Cristo, en los días de su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía librarle de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente (Heb. 5:7).

Ya no volverá a morir. Ha sacado a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio (2 Tim. 1:10). La muerte no tiene dominio sobre Él, por cuanto venció el pecado, aunque cargó con el nuestro, en su justicia, la muerte no tuvo ocasión de retenerle porque el aguijón del pecado fue extirpado, vencido, por ello salió de la tumba victorioso sobre la muerte y su poder. Ahora es poderoso para socorrer a los que somos tentados.

La vida de Jesucristo Hombre es una vida indestructible, la muerte ya no puede actuar nunca más sobre Él. Ahora vive para Dios. De la misma forma, como el creyente está unido a Cristo, −es un espíritu con Él, está escondido en ÉL−, el pecado ya no puede atraparle, su dominio ha quedado neutralizado, nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Por ello, separados de Jesús nada podemos hacer.

No hay victoria posible fuera de Jesús. No hay poder para vencer enemigos tan poderosos sino a través de nuestra unión indisoluble y mística con el Autor de nuestra salvación. Aunque nos queda la redención final de nuestro cuerpo, sin embargo, podemos considerarnos muertos al pecado y vivos para Dios. Podemos andar en novedad de vida. Podemos mantener una nueva manera de vivir según la voluntad de Dios y la nueva naturaleza en Cristo. Y todo ello por nuestra unión con el Mesías. Debemos descubrir, saber, conocer, y todo ello por revelación, que de nuestra unión con Cristo emana la fuente de revelación y vida.

         Hemos muerto al pecado con Cristo, ahora vivimos para Dios por Cristo.

3 – LA SANTIFICACIÓN – Un cuerpo libertado del pecado

La santificaciónUn cuerpo libertado del pecado

Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado con El, para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado; porque el que ha muerto, ha sido libertado del pecado  (Romanos 6:6,7 LBLA)

El evangelio es un misterio revelado, por tanto, se trata de saber, de conocer, de entender, y todo ello por revelación del Espíritu en nosotros. Porque las cosas del Espíritu se disciernen espiritualmente; el hombre natural no las percibe, no las comprende, y aunque pretenda adaptarse a ellas, solo conseguirá frustración y fraude.

La vida cristiana es obra de Dios de principio a fin. Comienza en su voluntad, se perfecciona por su voluntad y obtiene el fin de la obra por estar unido al Autor de la vida. El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionara hasta el día de Jesucristo. La vida cristiana es la unión con Cristo. Unión con su cruz, muerte, sepultura, resurrección y exaltación. En todo el proceso hay una unidad indisoluble. El que se une al Señor, es un espíritu con él. Y todo ello debe ser revelado por el Espíritu. Cómo hemos llegado a esa posición en Cristo es distinta de unos a otros, contiene elementos de misterio que no alcanzamos a comprender en su totalidad, pero una cosa sabemos: Que antes éramos ciegos, y ahora vemos.

Estábamos muertos y hemos nacido a una  nueva vida. ¿Cómo se ha realizado el cambio? Sabemos en parte, pero solo en parte. Ninguno de nosotros sabemos bien los misterios de cómo se forman los huesos en el vientre de la madre, no sabemos totalmente cómo se forma la vida, pero se forma, hay «eslabones perdidos», pero hemos llegado a la existencia. La vida espiritual tiene cierta similitud.

Hemos oído el evangelio, hemos creído el mensaje, hemos sido sellados con el Espíritu Santo, hemos sido unidos a Jesús en una unión mística que sobrepasa nuestro entendimiento, y lo sabemos, sabemos que nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo, por tanto, ha sido destruido, para que ya no seamos esclavos del pecado —el viejo tirano que nos esclavizó— sino que vivamos en novedad de vida, alejados del poder del pecado. El pecado no se enseñoreará de nosotros, porque  no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia (Rom. 6:14).

El viejo dueño de nuestras vidas pretenderá recuperar su dominio sobre nosotros, usará mil artimañas para engañar y hacernos caer de nuestra firmeza, pero la verdad nos hará libres. «Sabiendo». Debemos descubrir todo lo bueno que hay en Cristo mediante el conocimiento (Filemón 6). Hemos sido salvos, y ahora debemos venir al conocimiento de la verdad (1 Tim. 2:4).

         Nuestro cuerpo ha sido libertado del pecado, de modo que no debemos obedecerlo en sus concupiscencias.

2 – LA SANTIFICACIÓN – Andemos en novedad de vida

La santificaciónAndemos en novedad de vida

Por tanto, hemos sido sepultados con El por medio del bautismo para muerte, a fin de que como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida  (Romanos 6:4 LBLA)

El evangelio no es para los farsantes. Más pronto o más tarde, las obras de cada uno se hacen evidentes, y quedaremos expuestos si pretendemos llevar el nombre, los títulos y nombramientos sin andar en una nueva manera de vivir según la voluntad de Dios. Jesús dijo: Por sus frutos los conoceréis, porque todo árbol da fruto según su propia naturaleza. No podemos pretender ser un manzano y tener como fruto hojarasca y solo hojarasca. Podemos pretender deslumbrar con un ramaje florido y llamativo, exuberante, pero más pronto que tarde, el labrador vendrá a buscar fruto y si no lo encuentra arrancará la planta por embustera y falsa. Será desarraigada. Quedará expuesta al vituperio y el fuego será su destino final.

En una sociedad como la actual, donde la apariencia es más de la mitad en la credibilidad de una persona, es fácil caer en la tentación de pensar que podemos engañar a Dios. Dios no puede ser burlado, todo lo que el hombre siembra, eso también segará. Juan el Bautista tronó con su voz sobre aquellos que pretendían ser hijos de Abraham pero daban fruto como hijos de Lucifer. El sonido de su voz volvió a rugir: haced frutos dignos de arrepentimiento, porque el hacha está puesta a la raíz del árbol, todo árbol que no de fruto será desarraigado.

La denominación que lleves no será suficiente delante de Dios. Mantener un ritual religioso determinado tampoco será suficiente. El arrepentimiento es requisito indispensable, pero el arrepentimiento se ve en obras dignas de tal nombre.

La vida cristiana no es un juego religioso. La vida cristiana es muerte con Jesús, sepultados con él —manifestado de forma simbólica en las aguas del bautismo— y resucitados con él para vivir de una forma novedosa. Y esta forma novedosa no es aprender cierto modelo externo de vida, sino la consecuencia de una nueva naturaleza según Dios. Creados en Cristo Jesús para buenas obras, las que Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas, creados en Cristo Jesús, en la justicia y santidad de la verdad (Ef. 2:10 y 4:24). Es la vida del nuevo hombre de la que hablan los apóstoles en todas sus epístolas. Novedad de vida. Nueva forma de vivir según la naturaleza recibida. No sirve palabrería cristiana y vivir como me da la gana. No. La vida cristiana contiene el más alto nivel de moralidad, pertenece al cielo, es celestial, no nos engañemos.

         La santificación es andar en novedad de vida según Dios.

1 – LA SANTIFICACIÓN – A modo de introducción

La santificaciónA modo de introducción

¿Qué diremos entonces? ¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde? ¡De ningún modo! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?  (Romanos 6:1,2 LBLA)

En esta nueva serie queremos detenernos en aquellos pasajes que nos hablan de la santificación, especialmente en el capítulo 6 de la epístola a los Romanos. Después de meditar sobre la caída nos hemos adentrado en la redención. Creemos, según las Escrituras, que este es un tema central de la revelación, y vital para el devenir del hombre en la historia, no solo temporal, sino eterna.

La redención nos rescata de nuestra vana manera de vivir, aquella que heredamos de nuestros padres, nuestra cultura y tradiciones, −fundamentalmente idólatra− de todos aquellos factores que han  influido en la formación de nuestro carácter y que nos han llevado a nuestra propia identidad, con sus luces y sombras.

Ahora bien, una vez que hemos sido rescatados, −redimidos−, nuestra naturaleza ha sufrido una transformación que tendrá repercusión para toda la eternidad. Hemos sido trasladados de un dominio a otro. Hemos escapado de la corrupción que hay en el mundo mediante el conocimiento de nuestro Salvador Jesucristo (2 Pedro 2:20), para vivir de otra forma, andar en novedad de vida, no seguir en los deseos que antes teníamos cuando estábamos en nuestra ignorancia, sino que como aquel que nos llamó es santo, seamos nosotros también santos en toda nuestra manera de vivir (1 Pedro 1:15). Baste ya el tiempo pasado para haber hecho lo que agrada a los gentiles, viviendo en sensualidad, lujurias, borracheras, orgías, embriagueces y abominables idolatrías (1 Pedro 4:3).

De esta forma, habiendo sido justificados por la fe en Jesús, y hechos siervos de Dios, tenemos como fruto la santificación, y como resultado la vida eterna (Rom.6:22). Ha comenzado una nueva manera de vivir. No es que la gracia nos autorice para seguir viviendo en pecado, sino que hemos muerto al pecado y por tanto ahora ya no vivimos en él. Algunos, abusando −por ignorancia o maledicencia− de la gracia manifestada, pueden pensar que tienen «permiso divino» para vivir lejos de la santidad debida, pero no irán muy lejos, porque su pecado y engaño se hará manifiesto a todos.

         Ahora, en Cristo, hemos iniciado una andadura en santidad que nos conducirá a la vida eterna.

25 – LA REDENCIÓN (Fin de la Serie) – El pecado reinó ahora reina la gracia

La locura de la cruzEl pecado reinó, ahora reine la gracia

Para que así como el pecado reinó en la muerte, así también la gracia reine por medio de la justicia para vida eterna, mediante Jesucristo nuestro Señor  (Romanos 5:21 LBLA)

La gracia es más fuerte que el pecado. Donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia. Aunque nuestro mundo parece mostrar lo contrario, el reino de la gracia tiene más poder que el reino del pecado y de la muerte.

Aunque los sistemas religiosos levanten sus edificios sobre el legalismo de la ley tratando de frenar la acción pecaminosa del hombre no tienen la fuerza para producir el fruto de justicia, ese fruto proviene de la gracia. El temor al castigo de la ley no engendra resultados duraderos. Sin embargo, el amor que brota del reino de la gracia transforma nuestros corazones, produce un eterno peso de gloria, manifiesta la misericordia de Dios y el amor por la verdad y la justicia.

El apóstol Pablo coloca el reino de pecado en el pasado de la vida del hijo de Dios. A la vez trae al presente el gobierno de la gracia. Y esto es posible por la justicia de Dios, realizada por la redención de Jesús, y aplicada a nosotros, los que recibimos la abundancia de la gracia y del don de la justicia (Rom.5:17). Hemos pasado de muerte a vida. Estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor hacia la humanidad, El nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo, que El derramó sobre nosotros abundantemente por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia fuésemos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna (Tito 3:4-7).

Y todo ello, −el gran edificio de la salvación−, construido en lo alto del monte de la Calavera, donde se levantó una cruz para colgar al justo, el substituto, nuestro substituto, y que pudiera levantar un reino que no tiene fin. El centro de todas las cosas está en la persona y la obra de Jesús. La redención, −que nos ha hecho justos y herederos del reino−, contiene el potencial de vida para trasladarnos del dominio de las tinieblas, al reino de su Amado Hijo (Col.1:13).

Ese cambio de dominio, reino y constitución ha hecho de aquellos que son hijos del pacto, un reino de reyes y sacerdotes, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios; para anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable, y cantar las alabanzas del Cordero de Dios, el que nos ha comprado y redimido para Dios su Padre.

         Los triunfos de la cruz están recogidos en nuestra redención. Amén.