21 – LA REDENCIÓN – La ira neutralizada por el sacrificio

La locura de la cruzLa ira neutralizada por el sacrificio

Entonces mucho más, habiendo sido ahora justificados por su sangre, seremos salvos de la ira de Dios por medio de El   (Romanos 5:9 LBLA)

El apóstol sigue remarcando la verdad de la justificación. Es necesario comprender esta verdad fundamental. Los creyentes deben saber, llegar al conocimiento de la verdad y lo que ésta incluye. Dios quiere que todos los hombres sean salvos, y luego, una vez rescatados de la vieja y vana manera de vivir, vengan al conocimiento de la verdad (1 Tim. 2:4). Porque la verdad nos hace libres, afirma nuestra posición ante Dios y resiste los ataques de incredulidad y mentira.

Si hemos sido justificados por su sangre, nuestras vidas tienen ahora una nueva posición ante Dios. Podemos esperar salvación y no ira. Hemos quedado lejos del alcance del juicio y la ira de Dios. Vivimos en otra esfera, la esfera de la gracia. Es una dimensión de fe que sabe lo que Jesús ha realizado por nosotros. Hay paz en nuestros corazones. Hay seguridad de vida eterna. Estas [cosas] se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que al creer, tengáis vida en su nombre (Jn. 20:31).

Nuestra fe tiene el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Jesús la piedra angular. Y la verdad apostólica dice: El testimonio es éste: que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo tiene la vida, y el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida. Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna (1 Jn. 5:11-13). El hijo de Dios ha sido librado de la ira venidera (1 Tes. 1:10).

Los apóstoles no se cansan de enfatizar la centralidad de la predicación del evangelio focalizándola en la persona de Jesús. Si desaparece la persona y la obra del Mesías de nuestra predicación, o si colocamos otro mensaje al mismo nivel que el mensaje de la cruz, estamos predicando otro evangelio que NO salva, NO justifica, NO redime, NO libra de la ira venidera, NO trae la paz de Dios, NO perdona nuestros pecados, y estaremos conduciendo a muchos al error con resultados devastadores para sus vidas. Si oímos el evangelio de la gracia de Dios y lo rechazamos, no queda ninguna otra posibilidad de ser redimidos. Moriremos en nuestros pecados y la ira de Dios, −su juicio−, nos alcanzará encontrándonos desnudos sin justificación.

Habiendo sido justificados por la fe en la sangre redentora de Yeshúa somos salvos de la ira venidera.

20 – LA REDENCIÓN – La base de la redención es el amor

La locura de la cruzLa base de la redención es el amor

Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros  (Romanos 5:8 LBLA)

En palabras del salmista: Alto es, no lo puedo comprender (Sal. 139:6). Toda la obra de redención es incomprensible a la condición humana. Para los que se pierden es locura, para los que se salvan, es poder de Dios. Como oí a un predicador no hace mucho: Dios podía haber acabado con el hombre cuando cayó en pecado, desecharlo y comenzar algo nuevo. A los mismos ángeles que cayeron no los ha perdonado, sino que los ha guardado en prisiones de oscuridad hasta el día del juicio (2 Pedro 2:4). Sin embargo, ha querido socorrer a la descendencia de Abraham (Heb.2:16).

Aún siendo pecadores. No que hayamos pecado, sino que la misma naturaleza de pecado se extendió a nuestra propia naturaleza corrompiéndola ampliamente. Recibimos la naturaleza del ángel caído. Una naturaleza rebelde, de oposición al Creador, invadida por la oscuridad, que produjo rápidamente dolor y muerte en el mundo. Estando en esa condición, perdidos y destinados a la muerte eterna, Dios nos amó. Y lo hizo de tal manera que dio a su Hijo Unigénito en rescate por muchos. El amor de Cristo nos constriñe, habiendo llegado a esta conclusión: que uno murió por todos, por consiguiente, todos murieron; y por todos murió, para que los viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos (2 Co.5:14).

La persona que recibe este amor, que por otro lado ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu que nos fue dado (Ro.5:5), quedará unida para siempre al que le ama. El amor es de Dios, porque Dios es amor. Pero el amor no se goza en la injusticia, sino que se goza de la verdad. Este amor de Dios nos conduce a una rendición incondicional para vivir siempre agradándole. José, el hijo de Jacob, ante la oferta de fornicación de la disoluta mujer de Potifar, dijo: ¿Cómo entonces iba yo a hacer esta gran maldad y pecar contra Dios? (Gn. 39:9).

El nuevo motor que transforma nuestro comportamiento es el amor de Dios. Le amamos porque Él nos amó primero. Le obedecemos porque Él se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Esta verdad transforma el corazón del hombre. Así lo hizo con el autor de este poema: No me mueve mi Dios para quererte, el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido, me mueves tan solo Tú. Me mueve tu amor de tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te quisiera; y aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero, yo te quisiera.

         El amor de Dios es la fuerza más grande del universo. Su amor se ha manifestado en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.

19 – LA REDENCIÓN – Nos gloriamos en las tribulaciones

La locura de la cruzNos gloriamos en las tribulaciones

Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza…   (Romanos 5:3,4 LBLA)

La vida cristiana no es solo teología. La gracia, fe, justificación, y redención no son un conjunto de términos abstractos para estudiar en un seminario y auto complacernos en su conocimiento. Tampoco es un cúmulo de doctrinas para echarlas en la cara de aquellos que no piensan como nosotros. Ni tienen solamente un ámbito espiritual que pierde el contacto con la realidad cotidiana.

El apóstol Pablo, después de decirnos que nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios, ahora nos devuelve a la realidad práctica y nos confronta con nuestra tendencia a espiritualizarlo todo perdiendo el componente diario, la realidad práctica, el mundo movible, nuestra cotidianidad en un mundo caído. Inmediatamente introduce el elemento desagradable: Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones.

La gracia de Dios actúa en medio de circunstancias adversas. La verdad del evangelio opera en los creyentes que aún viven bajo condiciones hostiles, en el presente siglo malo, en una generación perversa y apartada de Dios. Nuestra gloria no solo está en Dios, sino también en las tribulaciones. Pretender lo primero sin aceptar lo segundo es engañarnos.

Recibir la palabra de su gracia es salir del dominio de la potestad de las tinieblas y sufrir la confrontación de fuerzas hostiles que se oponen a la verdad. Es el oprobio de la cruz. La vergüenza de un mensaje impopular. Y cuando aceptamos y nos gloriamos en las tribulaciones que siguen a nuestra nueva identidad en Cristo, estamos aceptando el proceso mediante el cual Dios se produce en nosotros un carácter probado. La tribulación produce paciencia. Paciencia con aquellos que aún no han recibido, ni entendido el amor de Dios. Paciencia en medio de las contrariedades por mantener la fe en un mundo incrédulo. Paciencia para perseverar en la prueba por causa de la palabra y que nuestra fe salga refinada como el oro.

Algunos pretenden aprovechar la gracia para seguir pecando, y evitar la tribulación que genera la misma gracia en aquellos que viven bajo sus nuevos principios, los del reino, alejados de la vanidad y la arrogancia de la vida. Pablo trabajó más que los demás por la gracia (1 Co.15:10). Trabajo, esforzándome según su poder que obra poderosamente en mí (Col.1:29). Le dijo a Timoteo: Tu, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia (2 Tim.2:1). Por tanto, la gracia no es un lugar para los perezosos, sino para los esforzados y valientes.

         La gracia recibida nos permite gloriarnos en Dios y también en las tribulaciones, produciendo en nosotros un carácter probado.

18 – LA REDENCIÓN – Entrada por la fe a la gracia (II)

La locura de la cruzEntrada por la fe a la gracia (II)

… Hemos obtenido entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios”   (Romanos 5:2 LBLA)

«Entrada por la fe». Jesús es la puerta de las ovejas. Él ha abierto un camino nuevo y vivo, para que podamos acercarnos a Dios. Ese camino es un camino de fe. En el evangelio, la justicia de Dios se revela por fe, y para fe, como está escrito, el justo por su fe vivirá. Y sin fe, es imposible agradar a Dios. Por la fe alcanzaron buen testimonio los antiguos, así que, por la fe podemos agradar a Dios y alcanzar buen testimonio hoy.

Pero, ¿qué es la fe? ¿De dónde viene? Porque no es de todos la fe (2 Tes.3:2). La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Heb. 11:1). La fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Cristo (Rom.10:17). Pero aunque todos han tenido ocasión de oír, no todos han creído a nuestro anuncio (Rom.10:16). Y tampoco pueden predicar si no son enviados (Rom.10:15). Pablo dice: Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (Ef.2:8,9). Misterios sin resolver. Incluso la fe que nos salva la recibimos de Dios.

Dios reparte a cada uno una medida de fe (Rom.12:3). Por otro lado, Jesús dice: Si tuvierais fe como un grano de mostaza… (Mt.17:20). Un padre atormentado experimenta el conflicto de la falta de fe y exclama: Creo, ayúdame en mi incredulidad (Mr.9:24). El hombre natural y carnal no tiene fe ni fuerza para generarla. La visión de Dios está oculta a sus ojos. Pero un día oye la palabra de Dios, si el corazón es buena tierra, recibirá la palabra y llevará fruto. Si su corazón está dividido, endurecido o mezclado, se ahogará la palabra, −la semilla de Dios−, y el fruto no se producirá. Sin embargo, hay quienes la recibirán pero no darán el mismo fruto, unos a treinta, otros a sesenta y otros al ciento por uno (Mt. 13:8). Misterios y más misterios.

Pero una cosa sé: que habiendo yo sido ciego, ahora veo (Jn.9:25). Y ¿Qué vemos? ¿Todo? ¿Lo comprendemos todo? No. Porque en parte conocemos (1 Co.13:9), oscuramente, pero un día comprenderemos (1 Co.13:12). Jesús le dijo a Pedro: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; más lo entenderás después (Jn. 13:7). Una cosa si podemos entender: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones (Heb. 3:15), porque se activará la palabra de Dios en tu vida y traerá fe, fe para creer, para entrar en la esfera de la gracia, para agradar a Dios con una vida de santidad, porque la fe sin obras está muerta.

La fe en Jesús nos introduce en la gracia de Dios para estar firmes.

17 – LA REDENCIÓN – Entrada por la fe a la gracia (I)

La locura de la cruzEntrada por la fe a la gracia (I)

… Hemos obtenido entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios   (Romanos 5:2 LBLA)

Mediante Jesús hemos obtenido entrada por la fe a la gracia de Dios. Jesús es nuestro Mediador. No hay otro nombre dado a los hombres por medio del cual podamos hallar gracia, alcanzar misericordia y ser recibidos por un Dios santo. Aceptados según las riquezas de su gracia. Todo el honor de nuestra salvación está en el Hijo, no en nosotros. La fe en el Hijo nos da entrada a la gracia que viene por medio de Jesús (Jn.1:17). Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Qué fe? La fe del que cree que Jesús es el Hijo de Dios (1 Jn.5:4,5). Hay un solo Dios, y un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo Hombre (1 Tim.2:5).

La centralidad del Hijo es esencial para la entrada a la esfera de la gracia de Dios. Sin Jesús no hay gracia, hay ley, y la ley dice: maldito todo aquel que no permanece en todas las obras de la ley, para hacerlas (Gá. 3:10). Por eso Pablo dijo: Predicamos a Cristo crucificado (1 Co.1:23); para presentar perfecto a todos los hombres en Cristo (Col.1:28). La ley es buena (Rom.7:16), espiritual (Rom.7:14), no ha sido abrogada (Mt.5:17), pero no hemos podido cumplirla, por ello ha sido nuestro ayo para llevarnos a Cristo. Ahora no estamos sin ley, sino bajo la ley de Cristo (1 Co.9:21), que supera la ley de Moisés.

Y esta ley se resume así: amar a Dios, y amar al prójimo como a sí mismo. Sí, hubo gracia antes de la ley de Moisés: Noé halló gracia (Gn.6:8); y hay gracia en el tiempo de la ley: David halló gracia (Rom. 4:6-8). Los profetas inquirieron e indagaron de la gracia que vendría a vosotros (1 Pedro 1:10,11), una gracia destinada para ser revelada en plenitud en el tiempo de la aparición del Mesías (Gá. 4:1-7).

Por la fe entramos en comunión con el Padre, que extiende su «báculo» de gracia para que podamos acercarnos en plena certidumbre de fe (Heb.10:22); con temor y temblor, porque nos movemos en la esfera de la gracia, no la de los méritos propios, gracia extensiva mediante la obra redentora de Jesús, para que vivamos en santidad y honor, honrando al Hijo y al Padre, llenos del Espíritu de gracia (Zac. 12:10) para poder movernos en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Libertad para amar, perdonar y aceptar, como hemos sido amados, perdonados y aceptados: POR GRACIA. Nos gloriamos en Jesús. La gracia no puede gloriarse en sí misma, sino en aquel que ha hecho posible nuestra entrada a la «habitación» de gracia y misericordia. Bajo la sombra de sus alas hemos venido a refugiarnos (Sal.91:1-4), como Ruth, (Ruth 2:12).

         La puerta de entrada a la gracia de Dios es la fe en Jesús.

16 – LA REDENCIÓN – Una vez justificados tenemos paz con Dios

La locura de la cruzUna vez justificados tenemos paz con Dios

Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo   (Romanos 5:1 LBLA)

Cuando Jesús resucitó de los muertos y se presentó a los suyos, el mensaje de bienvenida fue este: paz a vosotros. La obra estaba hecha y acabada, la sangre presentada en el altar de Dios, aceptada en el cielo, pero los discípulos aún vivían en temor. Estaban sobrecogidos por la incredulidad y el temor, aunque comenzaba a ver noticias de la resurrección de su Maestro. Cuando el Señor se presenta en medio de ellos lo hace con un saludo de paz. Además le dice a María Magdalena que les diga a mis hermanos: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios (Jn. 20:17).

Los discípulos vivían en medio de los acontecimientos que cambiarían el signo de los tiempos para toda la creación de Dios. El frenesí celestial era inmenso. En la tierra los acontecimientos iban más lentos, se abrían camino en medio del temor y la incredulidad de los discípulos. El reino de las tinieblas estaba bajo shock. El triunfo de la resurrección había echado por tierra todas las maniobras tenebrosas para frenar la voluntad del Padre. El poder de la vida indestructible, los poderes del siglo venidero y la inmortalidad habían salido a luz, nadie pudo impedirlo, aunque la turbación aún estuviera presente entre los herederos de la salvación.

Pero una vez consumados los hechos: muerte y sepultura, resurrección, exaltación y derramamiento del Espíritu Santo, proclamado al pueblo y recibido por muchos, el apóstol Pablo nos dice ahora: tenemos paz con Dios. Esa paz tiene su base en la justificación, y ésta se fundamenta en la redención que ha realizado Jesús mediante su obra redentora. Si hay revelación de la obra realizada, habrá paz; de lo contrario, turbación y temor. Por ello, una vez consumada la salvación, el reino de tinieblas pone su acento en oscurecer, confundir, mezclar, poner en duda, perseguir a los predicadores de la buena nueva, apagar la voz de la verdad, que la palabra no sea oída, y si no puede impedirlo: confundirla y mezclarla con argumentos religiosos o humanistas que impidan la libertad de conocer la verdad, porque la verdad nos hace libres.

La predicación con el Espíritu Santo es esencial. El libro de los Hechos de los apóstoles pone de manifiesto cómo se llevó a cabo. Meditemos en él y en toda la Escritura. La paz del corazón justificado es el sello identificativo de una persona redimida. Paz con uno mismo. Paz con el prójimo. Paz con la naturaleza. Paz con Dios.

         El reino de Dios es paz. Jesús es el príncipe de paz. Sus hijos tienen paz.

15 – LA REDENCIÓN – La resurrección de Jesús base de nuestra justificación

La locura de la cruzLa resurrección de Jesús base de nuestra justificación

[Jesús]… fue entregado por causa de nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación  (Romanos 4:25 LBLA)

El evangelio de Dios es un misterio revelado. Estaba oculto durante mucho tiempo, deliberadamente mantenido en secreto (Ro.16:25); aunque fuese descubierto parcialmente a diversos personajes bíblicos, incluso escribieron de él sin comprenderlo en toda su amplitud. En los siglos pasados se veía una sombra. La revelación de Dios se mantuvo entre sombras, los destellos eran fugaces, pero todos apuntaban hacia una persona y un tiempo cuando iba a ser revelado. Pablo dice que ese tiempo llegó con la manifestación del Hijo de Dios. Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo.

Los profetas habían apuntado hacia el siervo del Señor que había de venir. El Espíritu que estaba en ellos anunciaba los sufrimientos del Mesías y las glorias que le seguirían (1 Pedro 1:10-12). Ahora se ha dado a conocer a todas las naciones para guiarlas a la obediencia de la fe (Ro.16:26). La redención se ha realizado. La obra está consumada. ¿Qué base tenemos para saberlo? Jesús ha resucitado y ha sido glorificado a la diestra del Padre. La muerte no pudo retenerlo. La resurrección ha permitido nuestra justificación. La victoria sobre el pecado y la muerte se ha consumado.

Jesús está glorificado a la diestra del Padre y por ello ha enviado la promesa del Espíritu Santo. Ahora el Espíritu de Dios convence de pecado, justicia y juicio. Revela la obra de Jesús. Nos conduce a la invocación de su nombre. Nadie puede llamar a Jesús Señor sino por el Espíritu. Nuestros pecados son perdonados invocando su nombre. En el nombre de Jesús está concentrada toda la obra de redención. Jesús es Señor. Dios le ha hecho Señor y Cristo. Ha sido glorificado, por tanto, el Espíritu ha sido derramado para ser una fuente que salta para vida eterna.

Por ello, el mensaje central de los apóstoles, después que Jesús fuera recibido arriba, fue la resurrección y la exaltación. La declaración de Jesús como Señor. El arrepentimiento de los hombres que oyen y reciben la palabra para perdón de pecados y vida de entre los muertos. Jesús fue entregado por nuestras transgresiones. Sin pecado no es necesaria la redención. Y Jesús resucitó para nuestra justificación. Se levantó de los muertos venciendo la naturaleza de pecado y muerte. Ahora es nuestro hombre en el cielo, está a la diestra del Padre, es nuestro abogado, intercesor, sumo sacerdote, mediador, Cordero inmolado, redentor. Nuestra mirada debe estar puesta en él; es el autor de nuestra fe y salvación.  Alabado sea su nombre.

         Sin resurrección no hay justificación, nuestra fe es vana. La resurrección de Jesús ha hecho posible nuestra justificación. Esta es la fe triunfante.

14 – LA REDENCIÓN – Abraham fue justificado por la fe

La locura de la cruzAbraham fue justificado por la fe

Porque ¿qué dice la Escritura? Y creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia…   (Romanos 4:3 LBLA)

En el patriarca Abraham encontramos la base de nuestra fe, tanto la fe del pueblo de Israel, como la fe de los creyentes en Yeshúa. El padre de la fe tuvo obras, aunque esas obras tampoco eran suficientes delante de Dios para justificarle, sino que creyó en Dios y le fue contado por justicia. Lo dice la Escritura: Y Abram creyó en el Señor, y El se lo reconoció por justicia (Génesis 15:6). ¡Qué valor inmenso le da el apóstol a la Escritura! ¡Está escrito! La verdad de Dios está encerrada en la Escritura.

La fe es antes que la ley. Abraham es anterior a Moisés. En el capítulo 4 de Romanos Pablo lo expone magistralmente. No ha recibido una nueva revelación, sino luz sobre lo escrito. Podemos leer la Biblia indefinidamente y no encontrar revelación. Saulo de Tarso lo hizo por un tiempo. Pero cuando el Espíritu esparce luz sobre la Escritura podemos ver las maravillas de su palabra.

El apóstol de los gentiles fundamenta su exégesis en el padre de la fe, Abraham, pero también ve la misma revelación en los Salmos de David. David habla de la bendición que viene sobre el hombre a quien Dios atribuye justicia aparte de las obras: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades han sido perdonadas, y cuyos pecados han sido cubiertos. Bienaventurado el hombre cuyo pecado el Señor no tomara en cuenta (Rom. 4:6-8 con Salmos 32:1,2). Luego incluye en la justicia de Dios a los incircuncisos, es decir, los gentiles, que vivían alejados de los pactos y las promesas hechas a Israel. Para que fuera [Abraham] padre de todos los que creen sin ser circuncidados, a fin de que la justicia también a ellos les fuera imputada” (Rom. 4:11). Y también a los judíos (Rom.4:12).

El padre de la fe recibió la justicia de Dios mediante la fe. Y no solo por él fue escrito que le fue contada, sino también por nosotros, a quienes será contada: como los que creen en aquel que levantó de los muertos a Jesús nuestro Señor, el cual fue entregado por causa de nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación (Rom. 4:23-25). Una vez más vemos que en el evangelio la justicia de Dios se revela por medio de la fe. Y ese evangelio estaba oculto durante un tiempo para ser manifestado. La revelación del misterio que ha sido mantenido en secreto durante siglos sin fin, pero que ahora ha sido manifestado, y por las Escrituras de los profetas, conforme al mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las naciones para guiarlas a la obediencia de la fe” (Rom. 16:25-26).

         La Escritura revela en Abraham, David y los profetas, la justicia de Dios mediante la fe, y alcanza a todas las naciones para ser bendecidas por fe.

13 – LA REDENCIÓN – Justificados por la fe (II)

La locura de la cruzJustificados por la fe (II)

… Porque en verdad Dios es uno, el cual justificará en virtud de la fe a los circuncisos y por medio de la fe a los incircuncisos  (Romanos 3:30 LBLA)

La justificación es aplicar justicia a alguien mediante sólidos argumentos. Si la base del argumento no se sostiene no puede haber justificación. El juez la desestimará y la causa que se juzga mantendrá toda su fuerza contra el acusado. La base de nuestra justificación por la fe es tan fuerte que Jesús mismo entró en el tabernáculo celestial con su sangre para obtener eterna redención. La prueba de que ha sido aceptada por Dios es que el Espíritu Santo fue derramado una vez que Jesús fue glorificado y sentado a la diestra de Dios. La obra estaba consumada. Dios quedó satisfecho. Su justicia estaba a salvo. Por tanto, puede salvar a los que por fe se acercan a Él. El cetro de justicia ha sido extendido como gracia. Hemos hallado gracia.

Ahora bien, una vez que se anuncia la buena nueva, el mensaje choca frontalmente con los hábitos adquiridos. La mentalidad religiosa que los sustenta es piedra de tropiezo para quienes han estado acostumbrados hasta aquí a purgar pecados, hacer penitencias, ofrecer libaciones, mostrar obras que nos diferencian de otros que no alcanzan nuestro propio nivel de justicia propia. La verdad ha encontrado piedras de tropiezo.

Las tradiciones de los hombres, las costumbres que nos dan seguridad, y el ritual que engaña nuestras conciencias, son ahora nuestros peores enemigos. Por ello, los gentiles que no iban tras la justicia de Dios recibieron el evangelio masivamente, pero el pueblo de Israel —y en él todos los pueblos con arraigo en tradiciones religiosas— resisten la buena nueva y persiguen a sus anunciadores, en quienes ven ladrones de su propia justicia y gloria, que rebajan y anulan su orgullo patrio, sus ídolos, reduciéndolos a la nada.

Pablo, pensando en su propio pueblo, en Israel, y en la Shemá que sostiene su confesión de fe, les dice: Porque en verdad Dios es uno, y no hará diferencia a la hora de justificar a todos mediante la fe, sin las obras de la ley, sean estas la circuncisión y la ley litúrgica, las penitencias, o el conocimiento bíblico. Todos hemos quedado incluidos en los mismos parámetros; los que ya estaban revelados por los profetas: El justo vive por fe (Habacuc 2:4). Es la fe en aquel que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él (2 Corintios 5:21).

         Ningún sistema religioso es suficiente para justificarnos. La fe en el Hijo de Dios nos coloca a todos en las mismas condiciones de redención.   

12 – LA REDENCIÓN – Justificados por la fe (I)

La locura de la cruzJustificados por la fe (I)

Para demostrar en este tiempo su justicia, a fin de que El sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús… Porque concluimos que el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la ley  (Romanos 3:26,27 LBLA)

Pablo comienza su carta a los romanos diciendo que, en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe; como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá (Rom. 1:17). Ser justificados por fe está en oposición abierta al intento del hombre por participar en la salvación. Desde el principio Adán quiso hacerlo, una vez caído en pecado, se construyó un vestido de hojas de higuera para cubrirse del temor y la vergüenza que sentía por haberse rebelado contra el Dios que le había dado todo. Sin embargo, Dios les cubrió con un vestido de piel, resultado de una ofrenda, un sacrificio, derramamiento de sangre.

El intento del hombre cuando cae en la cuenta de que ha cometido un error y un error grave, es tratar de minimizar los efectos de su acción. La culpabilidad resultante de nuestros errores impulsa nuestra voluntad tratando de mitigar en lo posible el daño realizado. Sin embargo, Dios no permite la intervención humana en la obra que puede satisfacer su justicia. Una vez que el elemento humano, por tanto caído y pecaminoso, entra en acción, la obra pierde su eficacia y la rebaja, es insuficiente para satisfacer la santidad de Dios.

Dijimos que la salvación es obra de Dios de principio a fin. Para demostrar en este tiempo su justicia. El nivel de justicia de Dios es inmensamente superior a la justicia humana, como los cielos son más altos que la tierra. Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, declara el Señor. Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos (Isaías 55:8,9). Pablo dice luego: A fin de que El sea justo.

Dios no tendrá por inocente al culpable. Su reino es un reino de justicia. Para que Dios sea justo, y pueda justificar al culpable, no puede rebajar sus exigencias, y éstas solo pueden ser satisfechas por la sangre del justo, el Cordero de Dios que fue inmolado. Nadie puede tocar esta salvación. Las obras humanas y religiosas contaminan la obra y la hacen ineficaz, no sirve. Se justifica al que tiene la fe en Jesús, el autor de la salvación de ellos. Las obras de la ley son insuficientes, los sistemas religiosos no bastan, la fe en Jesús debe levantarse y mirarle colgado en la cruz, como la serpiente fue levantada en el desierto, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, sino que tenga vida eterna.

         La justificación por la fe le da la gloria al que nos salvó.