281 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoEventos principales (I) – El Rey que viene (6) – Reinará con justicia

He aquí vienen días, dice YHVH, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y éste será su nombre con el cual le llamarán: YHVH, justicia nuestra (Jeremías 23:5,6)

Reinará con justicia

Hemos identificado claramente al Rey en la Escritura. Viene para establecer justicia en la tierra. Repito, en la tierra. En la Ley, los profetas y los salmos están recogidos con detalle. Veamos algunos aspectos de su reinado en la tierra. En próximos capítulos veremos su asentamiento terrenal, dónde tendrá lugar, y la extensión de su dominio. Ahora repasemos algunos detalles del reino que viene.

Dice el profeta: He aquí para justicia reinará un rey, y príncipes presidirán en juicio. Y será aquel varón [una vez más nos encontramos con la encarnación del rey] como escondedero contra el viento, y como refugio contra el turbión; como arroyos de aguas en tierra de sequedad, como sombra de gran peñasco en tierra calurosa (Isaías 32:1,2). Y añade más adelante. Y reinarán en tus tiempos la sabiduría y la ciencia, y abundancia de salvación; el temor de YHVH será su tesoro (Isaías 33:6). La justicia, la sabiduría, la ciencia y la salvación presiden su reinado; además de un gran bienestar natural: escondedero contra el viento, refugio contra el turbión, arroyo de aguas en tierra de sequedad, sombra de gran peñasco en tierra calurosa. Todo ello en el ámbito natural, y también como atmosfera espiritual única en el mundo. Su presencia en la tierra traerá gloria mediante el conocimiento del Señor como las aguas cubren el mar.

Hagamos ahora una parada en el Salmo 72 para ver algunos otros aspectos de su reinado. Juzgará a su pueblo con justicia, y a los afligidos con juicio (versículo 2). Salvará a los hijos del menesteroso, y aplastará al opresor (4). Florecerá en sus días la justicia, y muchedumbre de paz, hasta que no haya luna (7). Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra (8). Ante él se postrarán los moradores del desierto –seguramente una apelación al sometimiento de la potestad islámica que proviene del desierto de Arabia− (9). Este reino se caracteriza por la justicia entre los pueblos. Juzgará la causa de los afligidos de Israel y las naciones; salvará a los hijos de los menesterosos y aplastará al opresor.

La ideología comunista ha pretendido establecer, −más bien imitar o falsificar−, la justicia social en la tierra mediante una revolución proletaria que solo ha traído más injusticia, pobreza, represión y nuevas élites dominantes. No es así el reino venidero. Florecerá en sus días abundancia de paz. El Mesías-Rey dominará de mar a mar; su reino no tendrá fin. Los reyes de las naciones le traerán presentes y ofrecerán dones; todos los reyes se postrarán delante de él (10,11).

En sus días la oración del menesteroso será respondida con prontitud (12); recuerda que el diablo estará atado. La causa de los pobres será reivindicada (12,13). Redimirá y libertará sus almas del engaño y la violencia (14). Habrá continua oración por el Rey; todo el día se le bendecirá (15). No habrá escasez de alimentos, las cosechas serán abundantes y se gestionarán los recursos de forma justa y equitativa (16). Las ciudades florecerán y sus habitantes vivirán ampliamente realizados en sus expectativas (16). El nombre de nuestro Rey será perpetuo mientras dure el sol. La bendición de Dios alcanzará a todas las naciones según la promesa dada a Abraham. Benditas serán en él todas las naciones (17). Tenemos aquí una referencia clara a la simiente de Abraham y su llamamiento en Génesis 12:1-3. Y toda la tierra será llena de su gloria (19).

Es un anticipo del reino milenial anunciado. El corazón del hombre piadoso clama por la justicia de su reinado. Hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios. La pérdida del paraíso perdido y la espada del ángel que lo custodiaba han hecho que anhelemos nuestro reencuentro con el reino del que fuimos despojados. La misma creación y los hijos de Dios gimen y claman por la redención de nuestro cuerpo de muerte para regresar al estado primigenio. Es el reino mesiánico que aparece por toda la Biblia. Es el Rey que esperamos y que viene a Sion.

EL EVANGELIO – 7

El evangelio (2)El evangelio de Dios es un misterio eterno revelado

Después de todo lo dicho me gustaría acabar este capítulo haciendo un recorrido lo más condensando posible de cuál es el evangelio de Dios que debemos predicar; el evangelio que aparece en las Escrituras y que ha sido revelado por los apóstoles y profetas. En primer lugar debemos saber que el evangelio es un misterio revelado, ese misterio se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ahora ha sido manifestado por las Escrituras de los profetas. En esas Escrituras se recogen los sufrimientos del Mesías y las glorias que vendrían después para beneficio de todos los llamados del Señor. Los profetas hablaron de una gracia destinada, dirigida por Dios para que fuera alcanzada por todos aquellos que oyen el mensaje y lo reciben; anunciada por los apóstoles que predicaron el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo.

Y al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de Jesucristo, según la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe, al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén (Ro.16:25-27).

Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos. A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles (1 Pedro, 1:10-12).

Resumiendo estos dos pasajes vemos lo siguiente: que el evangelio es un mensaje eterno; que había estado preparado desde antes de la fundación del mundo, por tanto es un propósito diseñado por Dios, un plan de redención. Ese plan se fue revelando paulatinamente a través de los profetas y tuvo su culminación en la Persona de Jesucristo. Que ha sido revelado, manifestado, a través de la predicación de los apóstoles por el Espíritu Santo y que ha sido recogido en sus escritos para todas las generaciones posteriores. Pablo es consciente de este misterio revelado y de la necesidad de transmitirlo correctamente, sin adulteraciones, cuando pide la oración de los hermanos de Éfeso a favor de su apostolado.

orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos;    y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas; que con denuedo hable de él, como debo hablar (Efesios, 6:18-20).

La revelación del evangelio se transmite a través del Espíritu Santo en aquellos que obedecen a la fe; no se puede comprender por la mente natural, es un mensaje escondido desde la fundación del mundo y transmitido en muchas ocasiones a través de parábolas para poder relacionarlo con realidades cotidianas y poder comprenderlo mejor. Este fue uno de los métodos más usados por el Maestro, que a su vez mantenía lejos de la revelación a aquellos cuyo corazón no era recto.

Todo esto habló Jesús por parábolas a la gente, y sin parábolas no les hablaba; para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo: Abriré en parábolas mi boca; declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo (Mateo, 13:34-35). Compararlo con Salmo, 78:2.

La palabra de la cruz es locura para los que se pierden, pero para los que se salvan es poder de Dios. La mente natural no puede alcanzar el misterio escondido desde tiempos eternos, se ha de discernir por el Espíritu, “Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Co. 2:11-14).

Y en su carta a los colosenses una vez más el apóstol Pablo deja constancia de esta verdad: que el mensaje que estaba anunciando le fue dado por Dios para que fuese proclamado y de esa forma el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades fuese revelado. Ese misterio se sintetizaba en poner de manifiesto las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros la esperanza de gloria.

Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la   iglesia; de la cual fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria, a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre; para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí. (Colosenses, 1:24-29).

280 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoEventos principales (I) – El Rey que viene (5) – Un Rey para las naciones

He aquí vienen días, dice YHVH, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y éste será su nombre con el cual le llamarán: YHVH, justicia nuestra (Jeremías 23:5,6)

Un Rey para las naciones

El Rey que esperamos es también el Deseado de todas las naciones (Hag.2:7). Es la simiente de Abraham mediante el cual serán benditas todas las familias y naciones de la tierra (Gn.12:3). El propósito de Dios siempre ha sido alcanzar con su bendición a todos los que creen en su nombre, y esa bendición tiene un recorrido, como hemos visto, a través del hijo de la promesa (Isaac); y un pueblo (Israel); para que reciba al Mesías (Yeshúa) en la tierra que le fue prometida (Eretz Israel), y de allí salga la salvación a todas las naciones.

Así ha sido con el evangelio, desde Jerusalén a los confines de la tierra. Así será en su venida a Sion, desde Jerusalén serán bendecidas todas las naciones de la tierra. Por ello debemos colaborar en pro de Israel que ha rebrotado en su tierra en 1948, como anunciaron sus profetas, preparando el camino del Señor. Como está escrito: He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones… por medio de la verdad traerá justicia. No se cansará ni desmayará, hasta que establezca en la tierra justicia; y las costas esperarán su ley (Isaías 42:1-4). Esto concuerda con el testimonio que dio el Padre en varias ocasiones, diciendo: Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia, a él oíd (Mt.3:17; 17:5).

Sobre él reposa el Espíritu de YHVH para ministrar justicia en el poder de Dios, y quien lo suministra (Is.11:1-3) (Mt.12:15-21). Yeshúa es el soberano de los reyes de la tierra (Apc.1:5). Todos los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Mesías; y él reinará por los siglos de los siglos (Apc.11:15). El mismo Maestro lo anunció a los suyos poco antes de partir al cielo, diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra (Mt.28:18). Un día toda rodilla se doblará voluntariamente ante él reconociendo su señorío y magnificencia; mirarán al que traspasaron; será reconocido por sus hermanos como lo fue José en Egipto.

Las naciones le adorarán. Tiempo vendrá para juntar a todas las naciones y lenguas; y vendrán, y verán mi gloria (Is.66:18). Vendrán todos a adorar delante de mí, dijo YHVH (Is.66:23). El centro de adoración mundial será Jerusalén, donde se asentará el trono de David. Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento (Is.60:3). Aquí se superponen la Jerusalén terrenal y la celestial. Hay que complementar la profecía de Isaías 60 al 66 con Apocalipsis 21 y 22; junto con Zacarías 12 al 14. Lo veremos en el siguiente capítulo sobre Sion y Jerusalén.

Recordemos. Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella [la desposada, la esposa del Cordero… la gran ciudad de Jerusalén Apc.21:10]; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella… y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella (Apc.21:24-26). O como dice el profeta Zacarías después que el Señor ponga sus pies en el monte de los Olivos, es decir, una vez que el Mesías-Rey haya venido: Y todos los sobrevivientes de las naciones que vinieron contra Jerusalén, subirán de año en año para adorar al Rey, a YHVH de los ejércitos, y a celebrar la fiesta de los Tabernáculos (Zac.14:16). Ese tiempo no es otro que la era mesiánica.

El Rey viene a Jerusalén y las naciones le adorarán. Porque es el Rey de todas las naciones. Este mensaje fue anunciado por los apóstoles, recogiendo las palabras de los profetas. El apóstol de los gentiles vio en esta palabra una confirmación de su ministerio a todas las naciones. Lo expresó así: para que los gentiles glorifiquen a Dios por su misericordia, como está escrito… alegraos gentiles con su pueblo. Y otra vez: Alabad al Señor todos los gentiles [las naciones]. Y otra vez dice Isaías: Estará la raíz de Isaí, y el que se levantará a regir los gentiles [a las naciones, Biblia Textual]; y los gentiles [las naciones] esperarán en él (Rom.15:9-12).

La Escritura es confirmada por la misma Escritura, requerimiento básico de toda exégesis hermenéutica. Aquí debería recordar que una parte de la teología de la iglesia ha olvidado el contexto histórico-profético de las Escrituras, sacando a Israel de la escena, y poniendo a la iglesia como institución, en la llamada Teología del Reemplazo. Regresemos a la Escritura.

9 – LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

Esperanza para la familiaLa responsabilidad individual.

Hay otro aspecto importante que tenemos que tener en cuenta cuando hablamos de la educación de nuestros hijos. Está claro que podemos educarlos correctamente y a pesar de ello tener experiencias amargas con hijos desobedientes, contumaces o rebeldes que pueden atormentar nuestra vida. Las Escrituras nos hablan claramente de nuestra responsabilidad individual, cada uno morirá por su pecado, cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo. Esta verdad hay que situarla en el Nuevo Pacto, porque en las leyes dadas a Moisés en el Sinaí se decía que Dios visita el pecado de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación.

“… Porque yo soy el Señor, tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen” (Éxodo 20:5) (Comparar con Numeroso 14:18; Deuteronomio 5:9,10;  1Reyes 21:29).

Sin embargo, en el Nuevo Pacto, cada uno, individualmente, dará cuenta de sí y recibirá las consecuencias de su propio pecado. «En aquellos días (el tiempo del Nuevo Pacto) no dirán más: los padres comieron uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen dentera; sino que cada cual por su propia iniquidad morirá, los dientes de todo hombre que coma uvas agrias tendrán dentera» (Jeremías 31:29,30). Este pasaje aparece vinculado al tema del Nuevo Pacto. Sigue leyendo y encontrarás en el versículo 33 y 34 que: «… Pondré mi ley dentro de ellos… Pues perdonaré su maldad, y no recordaré mas su pecado».

Debemos comprender que vivimos bajo las promesas del Nuevo Pacto por la sangre de Jesús, la redención final que obtuvo en el Gólgota para salvarnos por completo. La nueva línea genealógica que tenemos en el Mesías nos libra de los pecados de nuestros padres. El Nuevo Pacto está establecido sobre mejores promesas, dice el autor de Hebreos. Por tanto, tenemos que saber que hemos sido redimidos de la vana manera de vivir, heredada de los padres, con la sangre preciosa de Jesús, como de un Cordero sin mancha y sin contaminación. Lo vemos también en el pasaje de Ezequiel 18:1-20 donde se enfatiza la responsabilidad individual de cada uno de nosotros ante Dios, al margen del comportamiento de nuestros hijos o padres. «De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí» (Romanos14:12).

279 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoEventos principales (I) – El Rey que viene (4) – Anunciado por los profetas de Israel

He aquí vienen días, dice YHVH, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y éste será su nombre con el cual le llamarán: YHVH, justicia nuestra (Jeremías 23:5,6)

Anunciado por los profetas de Israel

Jesús dijo que las Escrituras dan testimonio de él (Jn.5:39). Se estaba refiriendo a la ley de Moisés, los profetas y los Salmos (Lc.24:27,44). Esas Escrituras se cumplen necesariamente, no solo en su primera venida, sino también en la llegada del Rey que estamos esperando. Era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos (Lc.24:44). Esas mismas Escrituras, junto con los evangelios y las cartas apostólicas, revelan una diversidad multifacética de su Persona y obra a través de sus nombres. Toda ella manifiesta la revelación de Jesucristo (Ap.1:1).

Hagamos un recorrido sintético de la amplia manifestación del Rey que viene. Se le llama Señor, Hijo de Dios, el Cordero de Dios, el Logos (la palabra encarnada), Hijo del Altísimo, Salvador, el Mesías (Cristo), el Santo de Dios, Maestro, el Nazareno, Rey de los judíos, la Piedra angular, el Unigénito del Padre, el Rey de Israel, la Cabeza de la iglesia, el novio, el esposo, Yo soy (el pan de vida, la luz del mundo, es de arriba, la puerta, el buen pastor, el camino, la verdad y la vida, la resurrección, la vid verdadera), el Salvador del mundo, el Santo de Dios, profeta, el hijo de David, el Alfa y la Omega, el León de la tribu de Judá, el Todopoderoso, Rey de reyes y Señor de señores, la raíz de David, Rey de los santos, Fiel y Verdadero, el Verbo de Dios, la estrella resplandeciente de la mañana, el Siervo de YHVH, el Rey que ha de venir y a quien esperamos.

Además es nuestro Sumo sacerdote, intercesor y mediador. Los tres ministerios predominantes de profeta, sacerdote y rey recaen sobre él. Es el Juez. Quien da a conocer a Dios (Jn.1:18). Y es a través de él que Dios nos ha hablado en los postreros días (Heb.1:1-4). Es superior al día de reposo (Mt.12:8); mas grande que el templo (Mt.12:6); mayor que Salomón y todos los reyes (Mt.12:42); mayor que Jonás y todos los profetas (Mt.12:41); mayor que Moisés (Heb.3:3). En el habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Col.2:9), y estamos completos en él (Col.2:10), porque él es la plenitud de Dios (Jn.1:16) (Ef.4:13). Es el resplandor de la gloria de Dios, quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, que efectuó la purificación de nuestros pecados, y se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas (Heb.1:3). Tal es el rey que esperamos, y las Escrituras lo manifiestan amplísimamente. Él mismo dijo a los judíos: antes que Abraham fuese, yo soy (Jn.8:58).

A él sea la gloria por los siglos de los siglos. Su identidad sigue siendo piedra de tropiezo. En cierta ocasión le preguntó a los suyos qué decía la gente de él, las respuestas fueron variadas: Juan el Bautista, Elías, Jeremías o alguno de los profetas. El apóstol Pedro, por revelación del Padre, respondió, Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente.

Muchos han distorsionado su identidad, algunos pretenden suplantarla, como el mismo Señor anunció: se levantarán muchos diciendo yo soy el Cristo, y a muchos engañarán. Se le ha disfrazado de gentil, de hippy, de líder de una religión, pero su identidad natural es judía, de la tribu de Judá, y su pueblo es Israel, el pueblo de las promesas.

También es Cabeza de la iglesia universal, de todas las congregaciones extendidas entre las naciones que reconocen su nombre y su obra. Este mismo Jesús (Yeshúa), que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo (Hch.1:11). Es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo (Hch.3:21,22).

Por ello tenemos la palabra profética más segura, a la que debemos estar bien atentos como a una antorcha que alumbra en los días oscuros que vivimos, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana aparezca en nuestros corazones (2 Pedro 1:19-21). Y así podríamos seguir deleitándonos en la meditación de todas las Escrituras que dan testimonio de él; poniendo de manifiesto la redención, su reino venidero y el reino eterno.

278 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoEventos principales (I) – El Rey que viene (3) – Nacido de una virgen

He aquí vienen días, dice YHVH, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y éste será su nombre con el cual le llamarán: YHVH, justicia nuestra (Jeremías 23:5,6)

Nacido de una virgen. La encarnación.

El profeta Isaías habla de él ampliamente. Lo identifica como un niño dado a Israel, cuyos títulos impresionan: Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Además menciona lo dilatado de su imperio, cuya paz no tendrá límites, y culmina con la declaración de que será puesto sobre el trono de David, y su reino para siempre (Is.9:6,7). El profeta Miqueas menciona Belén Efrata como lugar de su nacimiento, de allí saldrá el que será Señor en Israel, y sus salidas son desde los días de la eternidad (Miq.5:2).

El Rey que viene es hombre, nacido de mujer, pero sus días se remontan a la eternidad. Es hombre y Dios. Siervo y Señor. Una conjugación difícil de comprender para los prejuicios religiosos y las limitaciones de una mente natural. Los principales sacerdotes y escribas del pueblo de Israel sabían que nacería en Belén, así lo declararon a Herodes, respondiendo a la pregunta de los magos sobre dónde nacería el rey de los judíos (Mt.2:1-6). Este suceso pone de manifiesto que podemos conocer algunas Escrituras perfectamente, identificar textos claros, y perder al mismo tiempo la revelación que emana de ella misma por no conocer el tiempo de la visitación. La palabra revelada necesita el espíritu de revelación, junto con la actitud correcta, para poder conectar con su mensaje.

El ángel que visitó a María, la mujer escogida como seno materno para la encarnación del Mesías, le dijo: Y ahora concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin (Lc.1:31-33).

La encarnación es un tema principal en la Escritura. Era necesario preparar un cuerpo humano, porque el cuerpo contiene sangre, y la sangre es para ser derramada, porque sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados. Por tanto, la encarnación del Hijo de Dios es una verdad esencial de la fe bíblica. Lo venimos viendo desde Génesis 3:15, el primer anuncio sintetizado del evangelio, cuya verdad central es la venida de la simiente de la mujer, un hijo de mujer, nacido como hombre, el postrer Adán.

El apóstol Juan enseña con rotundidad que para saber diferenciar el mensaje que emana del Espíritu de Dios y el del espíritu del anticristo, la clave fundamental está en la confesión que se hace respecto al Mesías y su venida en carne. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y éste es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo (1Jn.4:2,3). Y lo repite en su segunda carta. Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo (2 Jn.7).

Saber de qué espíritu somos se revela por lo que confesamos. Los espíritus se identifican por lo que hablan, la verdad bíblica que confiesan, o el error que transmiten. Y en esto el epicentro de la revelación está en reconocer la venida en carne del Hijo de Dios. La encarnación es doctrina fundamental de la fe puesto que en ella descansa la manifestación de Dios en la Escritura (Heb.1:1). No es un tema baladí, ni secundario en cuanto a doctrina.

Tal vez tenemos aquí una de las respuestas al por qué padecemos una campaña insensata cada año en la fecha tradicional de la Navidad. Al margen de la mezcla pagana –y que verdad bíblica no está leudada con cizaña− que contiene dicha fiesta, el centro de su mensaje está en la encarnación. Nos ha nacido un niño (Isaías 9:6). La virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel (Isaías 7:14). Es la simiente de la mujer que había de venir para redimir a la humanidad y derrotar a la serpiente antigua. Ese es, y no otro, el centro de la cuestión. Las campañas islamistas y laicas para erradicar todo vestigio de celebración de la encarnación como hecho histórico en las naciones de tradición judeocristiana se acentúan cada año. Se pretende negar la confesión abierta de que ha nacido la simiente de la mujer, el Mesías que había de venir para redimir.

El autor de la carta a los Hebreos, recogiendo el texto del Salmo 40:6-8, dice: Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí… He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad… En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez y para siempre (Heb. 10:5-10).

Si no hay cuerpo, tampoco hay ofrenda; si no hay ofenda, tampoco hay redención; si no hay redención, no hay perdón de pecados. La negación de la encarnación de Jesús nos devuelve a la desesperanza y la condenación. No hay esperanza sin encarnación. No hay salvación sin la ofrenda del cuerpo del Mesías levantado en el Gólgota. Las ofrendas anteriores no pudieron borrar el pecado, solo lo taparon por un tiempo hasta que vino Aquel que quita el pecado del mundo. El Cordero de Dios.

Uno de los títulos mesiánicos más usados en los evangelios es el de Hijo del Hombre, que aparece ampliamente en el libro del profeta Ezequiel (Ez.2:3), y que menciona el profeta Daniel (Dn.7:13; 10:16). El Rey que ha de venir es un hombre, aunque mucho más que hombre. Nacido de una virgen judía, de la descendencia de Abraham y Sara, Isaac y Jacob, de la tribu de Judá y la familia de David. Nacido en Belén se encarnó en el cumplimiento del tiempo, −en su primera venida−, para redimir a Israel y las naciones mediante el evangelio; y volverá como Rey para establecer su reino en la tierra que fue prometida a Abraham para siempre. Su nombre es Yeshúa (Jesús), el Hijo del Hombre.

Por tanto, reafirmemos nuestra fe en la encarnación, porque de ella depende todo el desarrollo de la salvación y redención del mundo, incluyendo el futuro reino mesiánico que se sustenta sobre la base del Siervo de YHVH entregado en sacrificio (Isaías 53); para poder reinar habiendo derrotado la simiente de la serpiente (Génesis 3:15). Nació de una virgen, fue llamado Jesús (Yeshúa), porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt.1:21). Nació de una virgen para recibir el trono de David su padre; y reinar sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin (Lc.1:32,33). Amén.

EL EVANGELIO – 6

El evangelio (2)El evangelio y las doctrinas de los últimos tiempos

Quiero hacer una alusión breve a este asunto porque me parece relevante. Cíclicamente parece ponerse de moda hacer un énfasis desmesurado en predicar sobre los últimos tiempos. Se abusa de los conceptos bíblicos  para generar temor en los creyentes y llevarles, por este medio,  al sometimiento, la consagración o al arrepentimiento.

La predicación que tiene el temor y la duda como base para inducir a los oyentes a tomar una decisión por Cristo, engendra un evangelio basado en el miedo y la inseguridad, que acompañará al nuevo convertido durante su desarrollo espiritual. Me refiero a proclamas tales como: “Si el Señor viene hoy mismo ¿te irás con él?”, y usar la duda sobre si tendrás aceite o no cuando venga el Señor con la intención de mover a los creyentes a la consagración, que en muchos casos significa ser un fiel consumidor de cultos y mantener el status religioso correspondiente. Se mete miedo con la idea de quedarse con el anticristo a pasar la gran tribulación sino te mantienes en la cerca de la iglesia local como base de la salvación.

Es una predicación de la duda y la incertidumbre que no tiene nada que ver con el fundamento de nuestra salvación realizada en la cruz del Calvario. Todo ello tiene su servidumbre de sistemas eclesiásticos, es decir, lo que se lee entre líneas es que si no participas del sistema religioso al que perteneces te juegas la salvación y te quedarás a pasar la gran tribulación.

La agonia del planeta tierraEste enfoque doctrinal de los últimos tiempos basado en la teología dispensacionalista (una teología relativamente moderna que procede del jesuita Lacunza y que se popularizó a través de John Darby, el seminario Moody, los libros de Hal Linsey y la Biblia de Scofield) es una de tantas interpretaciones posibles de los últimos tiempos; personalmente creo que esta doctrina tiene lagunas insalvables bíblicamente hablando. Ahora bien, algunos pretenden que si no tienes esta doctrina del tiempo del fin, o cualquier otra, no vas a ser salvo (porque no serás arrebatado en la venida “invisible” de Jesús y deberás salvarte en el tiempo de la gran tribulación de siete años, donde el Espíritu Santo no estará y solo podrás salvarte a través del martirio por no dejarte poner la marca del anticristo que estará gobernando en ese tiempo) es un disparate de tal calibre que hace depender la salvación de una doctrina escatológica, lo cual es una deformación de la verdad que lleva al error. Ese es otro evangelio.

Si nuestra salvación depende de tener la doctrina correcta acerca de los tiempos del fin (cosa imposible porque las Escrituras no dan apoyo definitivo a ninguna de ellas, y tampoco especifica con claridad como serán los tiempos finales, aunque sí tenemos muchos indicios y pruebas de esos tiempos, pero no el orden puntual de todos los acontecimientos de manera inequívoca; Dios no ha querido dejarlo claro; lo que sí está claro es que debemos estar velando y orando, siempre preparados, fervientes en espíritu sirviendo al Señor), entonces hemos inventado otro evangelio basado en otra expiación y no en la obra perfecta y acabada de nuestro Amado Señor Jesucristo.

Por tanto, el evangelio de la gracia de Dios no depende de que tengamos la doctrina exacta sobre escatología, aunque podamos tener convicciones al respecto, pero nunca definitivas porque sencillamente las Escrituras dejan abiertas las opciones múltiples que hay y no es una doctrina cerrada. La salvación depende de Jesús, de su obra en la cruz del Calvario, de su sangre derramada, de su resurrección de entre los muertos y su exaltación a la diestra del Padre para que nosotros podamos ser justificados y aceptados como hijos de Dios; trasladados de las tinieblas al Reino de Su amado Hijo.

277 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoEventos principales (I) – El Rey que viene (2) – Hijo de David

He aquí vienen días, dice YHVH, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y éste será su nombre con el cual le llamarán: YHVH, justicia nuestra (Jeremías 23:5,6)

Hijo de David

La Escritura identifica a un heredero de David como el futuro Rey que ha de venir, y lo hace de forma reiterada. Fue prometido mediante un pacto. Yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino (2 Sam. 7:12,13). El propio David lo confirmó por el Espíritu poco antes de morir: El Dios de Israel ha dicho, me habló la Roca de Israel: Habrá un justo que gobierne entre los hombres (2 Sam.23:3). Y él mismo sabía que su identidad le superaría, porque conocía las limitaciones de su propia familia. No es así mi casa para con Dios; sin embargo, él ha hecho conmigo pacto perpetuo (2 Sam.23:5). Y en uno de sus salmos escribió sobre él llamándole Señor, reconociendo así la superioridad de aquel que no vería corrupción (Sal.110:1) (Hch.13:36,37).

En su primera aparición el heredero de David fue confrontado por los fariseos y escribas en múltiples ocasiones acerca de su identidad. El Maestro los encaró con el argumento que el Mesías es hijo de David y él mismo le llama Señor; no supieron qué responder (Mt.22:41-46). El profeta Isaías reitera que saldrá una vara del trono de Isaí (padre de David), y un vástago retoñará de sus raíces. Sobre él reposará el Espíritu de YHVH en plenitud (Is.11:1,2).

Juan el Bautista dijo de él que bautizaría en Espíritu Santo y fuego (Mt.3:11). El mismo apóstol Pablo lo reconoce como hijo de David (Rom.1:3); y recoge el testimonio del profeta Isaías confirmando que la raíz de Isaí se levantará para regir las naciones (Rom.15:12). El apóstol Juan cita el testimonio de uno de los ancianos ante el trono de Dios, identificando al que puede abrir los sellos como el León de la tribu de Judá, la raíz de David (Apc.5:5). Y el mismo Señor dice de sí mismo al final del libro: Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana (Apc.22:16).

No hay duda. Está plenamente documentado. El Rey que ha de venir es hijo de Abraham y de David (Mt.1:1); confirmado mediante pacto. Hice pacto con mi escogido; juré a David mi siervo, diciendo: para siempre confirmaré tu descendencia, y edificaré tu trono por todas las generaciones… el más excelso de los reyes de la tierra (Sal. 89:3,4,27,28,29,34-36). Y se confirma, una vez más en el libro de Salmos: En verdad juró YHVH a David, y no se retractará de ello: de tu descendencia pondré sobre su trono… para siempre (Sal.132:11,12).

Una y otra vez vemos al Mesías aclamado en los evangelios como el Hijo de David; invocado para recibir auxilio y la manifestación de su servicio a las multitudes (Mt.9:27; 15:22; 20:30,31; 21:9). Las autoridades se indignaron cuando el pueblo identificó a Yeshúa con el Hijo de David, siendo conscientes de sus implicaciones mesiánicas (Mt.21:15,16). Pero un día, no muy lejano, Israel lo reconocerá y dirá: Bendito el que viene en el nombre del Señor (Mt.23:39). O como dice el profeta Jeremías en nuestro texto de base: En sus días [los de la venida del Rey] será salvo Judá, e Israel habitará confiado.

8 – LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

Esperanza para la familiaEl conflicto generacional: la herencia de nuestros padres

¿Cómo transmitimos la fe a nuestros hijos? ¿Cómo abordamos el desafío de los hijos rebeldes, desobedientes y contumaces? ¿Qué postura tomar como padres responsables, amantes y firmes ante los desafíos que presentan las diversas etapas de la vida de nuestros vástagos. Debemos recordar que somos padres, pero también somos hijos en dos vertientes: la natural y la espiritual. Dios también es nuestro Padre. Veremos verdades básicas para encarar el desafío de ser padres en esta generación, y transmitir la fe a nuestros hijos de la mejor manera posible.

Leamos el texto de 1 Pedro 1:13-25 para situarnos en el contexto y hacer énfasis en los versículos 18 y 19.

“Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: sed santos, porque yo soy santo. Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quién le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios. Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia  a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro; siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre. Porque: toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre. Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada”.

Haciendo un breve recorrido de estos versículos podemos ver lo siguiente: en primer lugar se apela a vivir en la expectativa de la gracia que traerá Jesús cuando sea manifestado, es decir, una perspectiva de la eternidad, sin perder de vista que somos peregrinos en la tierra, donde debemos vivir en santidad, como hijos obedientes, sin conformarnos a los deseos que antes teníamos cuando vivíamos en nuestra ignorancia, por causa de la incredulidad; sino vivir según la naturaleza de nuestro Padre, en santidad. Como hijos debemos manifestar la naturaleza del Padre (Efesios 4:22-24). Este es el fundamento también para nosotros como padres, mostrar la naturaleza renacida por la palabra de Dios a nuestros hijos. Pero ahora quiero pararme en los versículos de 1 Pedro 1:18-20, veamos la progresión que encontramos aquí.

“sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata,  sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros”.

«Sabiendo». Este saber viene por revelación, es la revelación de la redención. Si no estamos conscientes de lo que ha ocurrido en nuestras vidas mediante la obra de Jesús no tendremos identidad de redimidos.

«Redimidos». ¿Qué debemos saber? Que hemos sido redimidos, rescatados, sacados de la cárcel de pecado, la cárcel de la muerte eterna y el juicio de Dios. Vivíamos bajo la ira de Dios, nuestro destino era la condenación eterna, el lago de fuego y azufre que ha sido preparado para Satanás y sus ángeles, así como todos los que no están inscritos en el libro de la vida, es decir, los que no han sido redimidos por la sangre de Jesús (Apocalipsis 19:20; 20:10,14,15 y 21:8).

«De la vana manera de vivir heredada de nuestros padres». Aquí podemos hablar de diversos tipos de herencia, aunque en primer lugar se habla de la vanidad de esta vida natural que hemos recibido de nuestros padres, las costumbres, manías, los defectos de carácter, los ciclos de la vida como círculos viciosos que no satisfacen la eternidad que Dios ha puesto en nuestros corazones. Centrados en lo material y terrenal, que tiene su importancia temporal, pero está destinado para el fuego. Como dijo el salmista: «su íntimo pensamiento es que sus casas serán eternas, y sus moradas por todas las generaciones; a sus tierras han dado nombres. Mas el hombre en su vanagloria, no permanecerá; es como las bestias que perecen» (Salmo 49:10-12). Aparte de lo dicho podemos centrarnos en tres tipos de herencia que hemos recibido de nuestros padres:

  1. Herencia genética. (El cuerpo). Hemos heredado el color de los ojos, la caída del cabello, algunas enfermedades y ciertas habilidades naturales para algunos oficios o labores.
  2. Herencia de carácter. (El alma) Es increíble como llegamos a parecernos en algunas cosas a alguno de nuestros progenitores, en sentido positivo y en sentido negativo. Se hace evidente con tal fuerza que nos cuesta luchar contra esa herencia y mantenemos ciertas formas de carácter a lo largo de nuestras vidas idénticas a las de nuestros padres. A menudo, como padres, pronunciamos y agravamos el defecto del hijo haciendo notar que es igualito que su madre. Eso sí, cuando vemos alguna virtud enfatizamos su semejanza con nosotros mismos.
  3. Herencia espiritual. (El espíritu). Esta es sin duda la peor herencia que hemos recibido, porque tiene que ver con el pecado heredado de nuestros padres, y ahondando más aún, la herencia de la naturaleza de Satanás. La Biblia nos enseña que el pecado entró en el mundo por un hombre (Romanos 5:12 ss.), y por el pecado la muerte; que en esencia es la separación de Dios. Pero además, cuando el hombre pecó aceptando los argumentos de Satanás en Edén, recibió la naturaleza del mismo Lucifer, el ángel que ya había caído anteriormente. Recordemos lo que Jesús les dice a algunos judíos que querían justificarse con el argumento de ser hijos de Abraham, de la simiente santa y apartada por Dios, «vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira» (Juan 8:44). Acordémonos del dicho famoso: «de tal palo, tal astilla; y de tal padre, tal hijo». Nosotros hemos recibido en nuestro hombre caído la naturaleza del diablo y solo la sangre de Jesús puede redimirnos de esa losa insoportable.

Redimidos por la sangre de Jesús. Por eso es tan esencial y trascendente en la Historia de la Humanidad la redención de Jesús en la cruz del Calvario. Su sangre no solo nos limpia del pecado, sino que engendra en nosotros una nueva naturaleza y nos aparta de la vieja y vana manera de vivir heredada de nuestros padres. Nos hace una nueva creación, «las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas». Esto no quiere decir que abandonemos a nuestros padres o les culpemos por la herencia recibida, si no que los amamos más porque hicieron lo que pudieron para disciplinarnos según les pareció mejor hacerlo (Hebreos 12:9-11).

La sangre de Jesús traza una nueva línea genealógica, levanta un nuevo linaje: la simiente de Dios. Su naturaleza es engendrada en nosotros, por tanto, hay un nuevo comienzo y por la fe del Nuevo Pacto podemos anular las herencias acumuladas en Adán y en nuestros padres. Podemos vivir por encima de la vanidad y entrar en las palabras de vida eterna. Podemos vivir sin pecar, y si pecamos la sangre de Jesús nos limpia de todo pecado. No para vivir en la práctica del pecado, ni pecar para que la gracia abunde, no nos engañemos, todo lo que el hombre siembra eso siega. Pero hay una fuente de vida y salud en la sangre de Jesús para poder vencer.

Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte (Apocalipsis 12:10-11).

276 – El reino mesiánico

El reino mesiánicoEventos principales (I) – El Rey que viene (1) – Hijo de Abraham

He aquí vienen días, dice YHVH, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y éste será su nombre con el cual le llamarán: YHVH, justicia nuestra (Jeremías 23:5,6)

El evento principal en el devenir del reino mesiánico es la llegada del Rey. La Escritura enseña taxativamente que vendrá, por tanto, debemos saber identificarlo. ¿Quién es el Rey? ¿Cuál es su nombre? ¿Cuáles son las características de su gobierno? ¿Dónde estará su trono? ¿Cuánto tiempo durará su reinado? ¿Quiénes reinarán con él? El texto que hemos elegido como base para nuestro recorrido nos habla de la segunda venida del Rey. En su primera aparición vino como Siervo y Salvador; volverá como Rey para gobernar en la tierra. ¡Identifiquémoslo!

Hijo de Abraham

La revelación progresiva de la palabra de Dios muestra desde el principio la identidad del enviado de Dios. Nacería de la simiente de la mujer (Gn.3:15). Fue prometido a Abraham y Sara para que a través de su descendencia fueran bendecidas todas las familias y naciones de la tierra (Gn.12:3). El hijo de la promesa, −la simiente de Abraham−, fue llamado Isaac (Gn.15:4; 18:10; 21:1-7; 22:18).

Además YHVH prometió al padre de la fe una tierra donde se establecería su descendencia, −la tierra de Canaán−, dada como herencia para siempre a la nación del futuro Rey que habrá de venir (Gn.15:18-21). El heredero no será el hijo de Agar, Ismael, −que también fue bendecido por Dios para ser una gran nación (Gn.17:20)− sino Isaac, el hijo de Sara (Gn.17:7,19-21).

El pacto fue confirmado con Isaac para ser portador de la simiente, junto con la tierra que le fue prometida (Gn. 26:3-5); y a su hijo Jacob (Gn. 28:12-19). Más adelante, entre todos los hijos de Jacob, cuyo nombre fue cambiado por el de Israel, Dios escogió a la tribu de Judá para que fuera portadora de la simiente del Rey venidero (Gn.49:8-10).

Por tanto, antes de acabar el libro de Génesis tenemos encaminado el plan de Dios para la bendición de todas las familias y naciones de la tierra. Escogió hacerlo a través de la encarnación de un hijo de mujer. Nacería como hombre, y lo haría en la familia de Abraham y Sara; de Isaac y Rebeca; de Jacob y Lea; en la tribu de Judá. Y entre las familias de esta tribu de Israel vendrá de la casa de Isaí, un vástago de Isaí (Is.11:1).